Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 17 Sarah
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Capítulo 17 Sarah

Observé pasar los coches mientras el vehículo con chófer avanzaba por la manzana y Stellar Industries aparecía ante mis ojos, con sus paredes de cristal elevándose hacia el cielo azul y despejado, como si el edificio no tuviera fin.

Ordené las copias innecesarias que Brad me había pedido que hiciera en la copistería más cercana.

Al menos, yo creía que eran innecesarias.

No había fisgoneado demasiado, pero sí había visto por ahí un menú de comida para llevar impreso.

Puse los ojos en blanco al leer lo de los famosos rollitos de primavera del señor Chow.

No había llegado a la oficina con grandes expectativas. Después de lo de ayer, estaba segura de que Brad estaba poniéndome a prueba para ver si era capaz de hacer aquel trabajo. Eso o disfrutaba de verdad viéndome sufrir.

Sufrir era una palabra un tanto exagerada. Aunque mis pies no estarían de acuerdo. De ahí las bailarinas que me había puesto al salir de casa aquella mañana.

Al menos había sacado un café de todo aquello.

Había acabado volviendo al Café Lola para pedir aquel ridículo café suyo al que, de algún modo, me había vuelto adicta desde el día anterior.

El barista nunca tendría por qué enterarse de que ahora lo pedía para mí y no para mi jefe, tan extrañamente quisquilloso.

Le di un sorbo mientras el vehículo se detenía junto al bordillo. Casi no quería bajar. Estaba muy cómoda contra el cuero fresco, disfrutando de la ráfaga de aire acondicionado en aquella mañana de verano abrasadora.

—Hemos llegado, señorita —dijo el conductor, mirándome por el retrovisor con una sonrisa afable.

—¡Gracias! —Fui a abrir la puerta, pero él ya había bajado y rodeado el coche para abrírmela.

Volví a darle las gracias, me coloqué con cuidado los papeles bajo el brazo y salí del coche aferrada a mi capuchino. Ni siquiera me había molestado en preguntarle a Brad si quería uno. Se lo tenía merecido.

Subí al bordillo y vi salir del edificio a un hombre mayor vestido con elegancia.

Me sonaba de algo. El abundante cabello blanco.

Las cejas pobladas. Las facciones severas.

Me devanaba los sesos intentando recordar de qué lo conocía cuando el recuerdo me asaltó de pronto.

Lo había conocido en el club la semana anterior.

Brad nos había presentado, pero no recordaba su nombre.

Mientras se acercaba a mí, me miró dos veces antes de sonreír. Una sonrisa de quien sabía algo que yo ignoraba. Abrí la boca para decir algo, pero pasó de largo y subió a un vehículo con chófer que lo esperaba.

Qué raro.

No le di más importancia y entré en el edificio, preparándome para cualquier otra cosa que Brad tuviera reservada para mí.

Esperaba que nos quedáramos en la oficina, como había mencionado, en parte por motivos puramente egoístas, pero también porque, incluso después de lo ocurrido el día anterior, quería estar cerca de él.

—Tengo tus copias —dije, agitándolas en el aire al entrar en el despacho.

—Gracias, Sarah. Cierra la puerta al entrar, por favor.

Me detuve en seco. Tragué saliva y obedecí antes de volverme hacia él. Estaba sentado a su escritorio, con las manos juntas y el ceño ligeramente fruncido bajo aquella espesa mata de pelo oscuro. Me imaginé pasando los dedos entre sus cabellos.

Déjalo ya.

Dejé los papeles sobre su escritorio, incapaz de ignorar cómo su colonia me envolvía como un cálido abrazo. Retrocedí un paso.

—Está todo. Incluido el menú del señor Chow. Nunca se tienen suficientes menús de comida para llevar, ¿verdad? —bromeé.

Mi pequeña gracia no pareció hacerle ninguna gracia. En vez de eso, tensó un poco la mandíbula, lo que acentuó aún más sus rasgos. No sabía que eso fuera posible.

—Siéntate —dijo con firmeza, señalando el sillón que había delante de mí.

Me senté y tiré del bajo del vestido, que se me había subido por los muslos. Habría jurado que su mirada se demoró allí un instante antes de volver a posarse en mí. El gris de sus ojos parecía una tormenta a punto de estallar.

Brad se quedó pensativo un momento antes de hablar.

—¿Qué te pareció conocer a mi padre? —preguntó, inclinando un poco la cabeza.

—¿T-tu padre? —pregunté, confusa.

¿Cuándo demonios había conocido yo a su padre?

—En el club...

Entonces caí en la cuenta. Aquel hombre mayor del club, el mismo con el que acababa de cruzarme en la entrada. ¿ Ese era el padre de Brad? ¿Por qué no me lo había dicho?

—Ah, claro. ¿Cómo se llamaba? —pregunté.

—William.

—Eso es. No sabía que fuera tu padre. No dijiste nada...

Brad guardó silencio, estudiándome el rostro como si buscara una respuesta que yo no estaba segura de poder darle.

—Fue muy amable —dije.

Era cierto. Durante nuestro breve encuentro se había mostrado cálido y afable. Al recordarlo, podía ver a Brad en él. En sus marcadas facciones. También parecía la clase de hombre que se tomaba el trabajo muy en serio, igual que Brad.

Brad asintió y giró un poco la silla para mirar por la ventana, sumido en sus pensamientos.

—Quiere que siente la cabeza —dijo en voz baja—. De hecho, insiste en ello.

Permanecí sentada, moviéndome inquieta y esforzándome por seguir los pensamientos a los que estaba poniendo voz. No sabía por qué me contaba aquello.

—Los padres pueden ser muy insistentes —dije.

Al menos, recordaba que mi madre era así. El corazón me dolió al pensar en ella.

—No es solo eso —dijo con un suspiro. Volvió a girar la silla hacia mí—. La empresa depende de que lo haga.

—No lo entiendo —dije, negando con la cabeza.

—Nuestro mayor cliente, Music Now, amenaza con dejarnos. El propietario es un lunático chapado a la antigua que no parece confiar en mí como director de Stellar Industries porque no soy el «hombre de familia» que le gustaría que fuera.

—Eso es un poco absurdo —repliqué con desdén.

—Mi padre piensa igual —dijo—. Y, si no hago lo que se espera de mí, podría perder mi participación en la empresa.

—Pero eres el director ejecutivo...

—Da igual. Aun así, tengo que rendir cuentas ante mi padre y el consejo. Si perdemos a nuestro mayor cliente, podría perderlo todo.

—¡Acabas de conseguir un cliente enorme! Lo del paracaidismo, ¿recuerdas?

—No es suficiente... —Negó con la cabeza.

Me removí en el asiento y bajé la mirada hacia mis manos, entrelazadas sobre el regazo.

En el poquísimo tiempo que llevaba conociendo a Brad, nunca lo había visto así ni imaginado que pudiera ser así.

Su coraza había desaparecido. También su actitud estrictamente profesional.

Aquella era una versión más vulnerable del hombre al que apenas empezaba a conocer de forma superficial.

Una parte de mí quería abrazarlo; parecía tan perdido...

Recordé lo firme que lo había sentido después de saltar del avión.

Parecía necesitar suelo firme bajo los pies.

—Voy a pedirte algo y necesito que mantengas la mente abierta —dijo, alzando la vista hacia mí.

—Vale... —respondí con vacilación.

—Necesito que finjas que tenemos una relación —soltó de golpe.

—¿Qué? —farfullé, atragantándome.

—Si pareciera que tengo novia, incluso una prometida, me dejarían en paz.

—Ni hablar. —Negué con la cabeza.

No podía estar hablando en serio. ¿O sí?

Estudié su rostro, esperando que esbozara una sonrisa. Esperando que me dijera que todo aquello era una gran broma.

—Solo sería hasta que consiguiéramos firmar el contrato con Music Now —dijo. Había una súplica en su voz. Me pregunté si alguna vez habría suplicado por algo.

Bajé la mirada hacia mis manos e intenté ordenar mis pensamientos, que se arremolinaban confusos. No sabía ni dónde estaba. Aquel no era el trabajo para el que me habían contratado. ¿Era por eso por lo que me había contratado desde el principio?

Quería enfadarme, pero algo revoloteó en mi interior al imaginar cómo sería fingir. Quería sentir sus brazos a mi alrededor. Sus labios sobre los míos. Quizá algo más...

Entonces volví en mí. Estaba siendo ridícula.

Lo miré con dureza. —Me contrataste para ser tu asistente. No una prostituta.

—Por favor, Sarah. No te estoy pidiendo que hagas nada aparte de actuar. Limítate a fingir que eres mi prometida. No tienes que hacer nada que no quieras.

—¡No soy actriz, Brad! —Me levanté, alzando las manos con exasperación, y empecé a caminar de un lado a otro delante de su escritorio.

—Te pagaré una prima generosa. En negro. Nadie se enterará.

—Ah, claro, porque eso no es nada turbio —dije, poniendo los ojos en blanco.

—Un millón de dólares —dijo.

Me detuve de golpe y lo miré con los ojos como platos.

—Además de lo que ya cobras —me aseguró con un gesto de asentimiento.

—Esto es una locura —susurré—. Tú estás loco.

—Me han llamado cosas peores. —Rio entre dientes, y aquella risa retumbó en mi interior.

¿Por qué demonios tenía que ser tan encantador? Cuando se lo proponía, de verdad sabía desplegar todo su encanto. Podía imaginar cosas peores que hacerme pasar por su falsa prometida, pero, aun así...

Aquello era... demasiado.

—Tengo que irme —dije. La confusión me abrumaba y empezaba a sentirme mareada.

—Sarah... —Se levantó de la silla y me miró con preocupación.

—Necesito pensármelo. —Caminé hacia mi escritorio, sintiendo la mirada de Brad sobre mí mientras cogía el bolso y salía de su despacho. Me pregunté si alguna vez volvería o si todo aquello sería demasiado para mí.

Mientras prácticamente corría hacia el ascensor, le envié un mensaje a Brittany.

Yo: SOS. Queda conmigo en nuestra cafetería.

Brittany: Voy para allá.

Encontré una mesita redonda al fondo de la cafetería.

Había llegado a Brooklyn en un tiempo récord gracias a que, por suerte, pude coger el siguiente metro que salía de Manhattan.

Ya sentada, recorrí el local con la mirada en busca de Brittany, pero aún no había llegado.

Le pedí a la camarera dos chai latte con café y me acomodé en la silla, aferrando mi vaso.

El hielo me mordía las palmas mientras pensaba en lo que Brad me había propuesto.

No podía aceptar su oferta de ninguna manera. Me pregunté si ya se lo habría contado a su padre, a juzgar por cómo me había sonreído en la acera. Ahora todo cobraba sentido. Empecé a enfadarme de nuevo, pero entonces recordé el dinero.

—¿Qué está pasando? —preguntó Brittany, alterada, al sentarse frente a mí, con el pecho agitado mientras intentaba recuperar el aliento.

—¿Has venido corriendo? —pregunté.

—Prácticamente. He tenido que suplicarle a mi jefa que me dejara salir antes a comer.

—Lo siento. —Hice una mueca.

—No pasa nada. —Le quitó importancia con un gesto de la mano—. De todos modos, no había mucho movimiento en la boutique. Y ahora dime: ¿qué está pasando?

Se lo solté todo como una avalancha de palabras, dejando a Brittany sentada frente a mí, atónita.

—¿Un millón de dólares? —repitió.

—Ajá. —Asentí.

—Joder, Sarah. Esto es una locura.

—Lo sé —gemí.

—Sabía que estaba colado por ti, pero esto es...

—Una locura —terminé por ella.

—No sé —dijo con cautela—. Tienes que andarte con cuidado.

—¿Me estás sugiriendo que lo haga? —pregunté, sorprendida.

—No sé ni lo que estoy diciendo —respondió, negando con la cabeza y haciendo oscilar su coleta castaña—. Sé que has pasado por mucho. Lo de tu hermana y dejar tu último trabajo. Haces tanto...

Bajé la mirada hacia mi bebida, pensando en lo duro que había sido aquel año. Todas las facturas atrasadas. La subida del alquiler. Mi deuda estudiantil.

Brittany alargó la mano por encima de la mesa, cogió la mía y me la apretó.

—Limítate a confiar en tu instinto. Si eso significa mandarlo a la mierda, hazlo. Si significa hacerte pasar por su pareja, hazlo. Decidas lo que decidas, estoy contigo.

—Gracias —dije.

Ojalá las palabras de mi mejor amiga me hubieran ayudado a decidir qué hacer. Ojalá me hubiera dicho «ni hablar» o «tienes que hacerlo». Pero, en vez de eso, había sido esa amiga comprensiva por la que tanto la quería. Solo que ahora me sentía más confusa que nunca.