Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 16 Brad
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Capítulo 16 Brad

—Has llegado pronto —dije mientras dejaba mi maletín negro sobre el escritorio.

—Podría decir lo mismo de ti —repuso Sarah desde su escritorio, que aún no estaba cubierto de notas adhesivas con tareas pendientes. Todavía no había tenido tiempo de ponérselas.

Me sorprendió verla allí sentada cuando llegué a las ocho de la mañana.

Estaba tan guapa como siempre, con un vestido que reconocí.

El mismo que creía arruinado después de que un capuchino en perfecto estado se derramara sobre él.

Me alegré de ver que había sobrevivido, porque le sentaba de maravilla.

—Bonito vestido —dije mientras me acomodaba en la silla, con el sol de la mañana a mi espalda, derramándose sobre el pelo castaño de Sarah y haciendo brillar sus distintos tonos de caramelo y miel.

—Gracias —respondió con sequedad.

Parecía molesta. Tal vez el día anterior la había presionado demasiado. Sobre todo cuando la obligué a salir a última hora de la tarde a por un café que al final ya no necesité. Me había comportado como un cabrón exigente. Lo admitía.

Reparé en las bailarinas de color crema que llevaba aquel día y que asomaban bajo el escritorio. Otra señal de que lo de ayer quizá había sido demasiado. No había tenido en cuenta que llevaba tacones.

—¿Cuál es el plan para hoy? —preguntó Sarah, alzando la vista del ordenador—. ¿Quizá hay que llevar otro coche a limpiar? —Me lanzó una mirada mordaz.

—¿Qué tal fue el trayecto? —pregunté con una sonrisa burlona—. ¿Suave?

Puso los ojos en blanco.

—Casi lo aparcaste tan recto como yo.

—Perdona por no estar a la altura de tus expectativas como profesor de autoescuela. Yo uso el transporte público o voy andando. Ya sabes, como los neoyorquinos normales —masculló.

Nadie me había plantado cara como ella. Si alguien lo hubiera hecho, probablemente lo habría despedido en el acto, pero con ella era distinto.

A ella le funcionaba .

En ella resultaba sexy.

—La verdad es que tengo mucho trabajo para ti aquí —dije.

Relajó un poco los hombros, aliviada, aunque mantuvo la expresión impasible.

Me pregunté cuánto tiempo seguiría irritada conmigo.

Aquel era el trabajo para el que se había apuntado.

Aunque la presionaba un poco más que a la mayoría de mis asistentes, solo lo hacía para comprobar si estaba a la altura.

No podía permitirme perder a otra asistente, y menos aún con mi padre vigilándome.

—¿Dónde están los pósits? —preguntó, contemplando su escritorio, desprovisto de filas de papelitos en tonos pastel.

—Como estamos aquí los dos, he pensado que podía decirte directamente lo que necesito —contesté mientras abría el maletín y rebuscaba en él.

Pareció servir para derretir su frialdad hacia mí, porque vi el atisbo de una sonrisa jugueteando en sus labios rosados.

—Me parece bien —dijo con un asentimiento. Un mechón de pelo castaño se soltó del moño desenfadado que llevaba en lo alto de la cabeza. Se lo colocó detrás de la oreja y aguardó expectante.

—Tengo reuniones y comidas que necesito que organices. Muchas , me temo —dije con un suspiro.

—No pareces muy entusiasmado con esas reuniones y comidas... —Arqueó una ceja, intrigada, y bebió un sorbo de agua del vaso que tenía sobre el escritorio.

—No lo estoy, pero son necesarias. Tengo que complacer a los cobardes. —Puse los ojos en blanco.

Estuvo a punto de escupir el agua y abrió los ojos de par en par. —¿Perdona?

Solté una carcajada mientras la veía limpiarse la boca, todavía mirándome como si estuviera loco. Se me ocurría un coño al que sí me gustaría complacer, pero me estaba desviando del tema.

—Perdona, debería explicarme... —dije entre risas.

—Por favor. —Se recostó en la silla, cruzó los brazos e inclinó un poco la cabeza mientras me observaba. Sus ojos castaños brillaban de diversión.

—Los cobardes , como me gusta llamarlos, son los miembros del consejo.

Otros directores ejecutivos que quieren formar parte del nombre de Stellar Industries.

Pronto empezaremos un nuevo trimestre, así que tengo que reunirme con ellos para asegurarme de que estamos en sintonía y de que van a seguir dándonos su dinero... esto, su negocio.

—¿Y por qué los llamas así? —preguntó Sarah, frunciendo el ceño.

—Porque son débiles. —Me encogí de hombros.

—Ah. Claro —respondió con una nota de sarcasmo en la voz—. No tienes pelos en la lengua, ¿verdad? —Negó con la cabeza.

—A veces. —Sonreí.

Ella no me devolvió la sonrisa.

La verdad era que no tenía pelos en la lengua.

Sabía qué lugar ocupaba yo en la cadena de mando y cuál ocupaban los demás.

Muy por debajo de mí. Pisoteaba a aquellos tipos y la mayoría hacía lo que yo decía porque no les quedaba otra.

Sí, votaban ciertas cuestiones, pero casi todos se ponían de mi parte.

Firma aquí.

Paga esto.

Despídelos.

Ese era el poder que confería ser dueño de la mayor empresa tecnológica del país.

Pero sabía que en aquellos momentos tenía que ejercer ese poder con responsabilidad. Con mi padre vigilándome como un halcón, debía ser más diplomático. Más agradable , como a él le gustaba decir.

En ese momento vibró mi teléfono. Lo saqué del bolsillo de la chaqueta. Hablando del rey de Roma.

Padre: Acabo de llegar a la oficina. Tenemos que hablar.

Hice una leve mueca. Me recordaba a cuando estaba en el instituto y mi padre me soltaba un sermón, salvo que ahora ya casi era un hombre de mediana edad. Otra razón por la que necesitaba que se jubilara.

Yo: Estoy en mi despacho.

Pulsé enviar y miré a Sarah con preocupación. Como sabía que mi padre subiría en pocos minutos, tenía que sacarla de allí. Si pensaba seguir adelante con la idea de pedirle que se hiciera pasar por mi prometida, mi padre no podía verla allí. No podía saber que era mi nueva asistente personal.

—En realidad, tengo un recado para ti —dije, tratando de pensar algo deprisa.

Sarah me miró con incredulidad y dejó los dedos suspendidos sobre el teclado. Sabía que acababa de prometerle que pasaríamos el día en la oficina.

—Es fácil. Te lo prometo. Incluso puedes llevarte mi coche —dije, intentando hacer más atractiva la propuesta.

—Te escucho.

—Tengo unos documentos que necesito fotocopiar en la copistería. —Miré hacia la puerta, temeroso de que los viejos huesos de mi padre se hubieran vuelto más rápidos de alguna manera.

—¿No hay fotocopiadoras aquí? —preguntó.

—Se han quedado sin tinta. —Negué con la cabeza, cogí al azar un montón de papeles de mi escritorio y se los llevé rápidamente.

—Vale —dijo con cautela, como si no estuviera segura de creerme.

—Gracias —dije con un enérgico asentimiento, esperando que captara la indirecta y se marchara.

Por suerte, lo hizo. Cogió el bolso y salió por la puerta, dejando tras de sí el aroma de su perfume de vainilla, que inhalé. Antes de desaparecer de mi vista, gritó por encima del hombro: —¡Me llevo el coche con chófer! Y voy a comprar café.

Sonreí mientras la veía alejarse. Cada vez me gustaba más su descaro.

Sin volverse, agitó los dedos en el aire a modo de despedida. Aproveché la oportunidad para mirarle el culo antes de que desapareciera. Tenía un buen culo.

Me reí para mis adentros y regresé a mi escritorio.

A mi espalda, oí a alguien aclararse la garganta.

Me volví y vi a mi padre entrar por la puerta con su habitual traje azul marino y una expresión sombría.

Sin saludar, cerró la puerta tras él y se sentó en el sillón situado frente a mi escritorio.

Me pregunté si habría visto salir a Sarah. Esperaba que no.

—Papá. —Asentí a modo de saludo—. ¿Quién ha muerto?

Me lanzó una mirada cortante. —No es momento para bromas.

—No estoy bromeando. Parece que se esté acabando el mundo.

—Acabo de enterarme de algo. En realidad, es un rumor...

—¿Valeee?

—Nuestro mayor cliente, Music Now, está pensando en retirarse del acuerdo del próximo trimestre.

—¿Qué? —exclamé.

Music Now era un cliente enorme. Generaba alrededor del 30 % de nuestros ingresos anuales.

A diferencia de cualquier otra plataforma de streaming, ofrecía a sus oyentes sesiones acústicas, actuaciones en directo o conciertos exclusivos de los artistas más importantes.

Si lo perdíamos, otra empresa se abalanzaría sobre él para hacerse con su idea patentada.

—De momento solo es un rumor —dijo mi padre con cautela y la frente surcada por la preocupación—. Pero, por lo visto, el propietario no te considera demasiado sensato.

—¿Qué coño significa eso? —pregunté, con la irritación impregnando mi voz.

—No te pongas histérico. —Mi padre levantó una mano.

—¿Quién cojones te ha contado eso? —Alcé la voz.

—Un amigo mío —respondió con calma.

—¿Y es de fiar ese amigo ? —pregunté, haciendo comillas con los dedos.

—Mucho. Solo intenta velar por mí. Por ti. Por Stellar Industries. Oyó al director ejecutivo de Music Now durante una comida y me transmitió la información.

—Qué amable —mascullé—. Y ¿qué más tiene que decir Music Now sobre mí?

Mi padre respiró hondo y soltó el aire despacio.

—Dice que no tienes los pies en la tierra.

—¿Qué demonios significa eso?

Empezaban a exasperarme aquel supuesto rumor y aquellas pullas.

—Probablemente lo mismo que llevo tiempo diciéndote...

—Otra vez no —mascullé.

—Sí, otra vez —replicó mi padre con firmeza.

Se levantó del sillón, entrelazó las manos detrás de la espalda y empezó a caminar de un lado para otro frente a mi escritorio—.

Tienes que dar la impresión de que has puesto orden en tu vida.

Eso significa sentar la cabeza. Convertirte en un hombre de familia.

No seguir siendo ese soltero multimillonario que describe la prensa, ávido de dinero y desinteresado por la vida real .

Empezaba a cansarme de oír lo mismo una y otra vez, sobre todo cuando podía llegar a perjudicar al negocio.

No entendía por qué la gente estaba tan obsesionada con sus ideologías anticuadas y se empeñaba en imponérselas a los demás.

No prestaban atención a lo que importaba: todo el esfuerzo que había dedicado a aquella empresa. El dinero. El prestigio.

Por muy ridículo que sonara mi padre y por mucho que me irritara aquella situación, necesitaba quitármelo de encima.

Necesitaba quitarme a todo el mundo de encima.

Tenía que tranquilizarlo. Sabía lo importante que era aquel cliente.

Si para seguir vinculado a Stellar Industries necesitaba ver una faceta distinta de mí, tendría que seguir adelante con el plan que se le había ocurrido a Anton.

Solo esperaba que Sarah estuviera dispuesta, porque estaba a punto de ponerlo en marcha.

—Eso no debería ser un problema —dije, encogiéndome de hombros con indiferencia.

Mi padre se detuvo en seco y me miró.

—¿Ah, no? —preguntó, alzando mucho sus cejas blancas.

—Puede que haya encontrado a alguien —dije—. La mujer de mi vida.

—Vaya, pues... —Mi padre volvió a sentarse despacio, incrédulo.

Sentaba bien haber encontrado por fin una forma de hacerlo callar.

Sus ojos se iluminaron al ocurrírsele algo. —¿Es esa chica? ¿La del club? Sarah, ¿no?

Me limité a sonreírle.

Se recostó en el sillón y tamborileó con los dedos sobre el reposabrazos. Me devolvió la sonrisa. Una sonrisa auténtica y sincera. Quizá de verdad solo quería que fuera feliz, pero según su concepto de la felicidad. Sentí una punzada de culpa por mentirle, pero la reprimí.

—Me cayó bien —dijo.

—Apenas la conociste. —Me reí.

—Es muy guapa —continuó—. Me recordó a tu madre.

Puse los ojos en blanco ante su sentimentalismo. Aparte de que tanto Sarah como mi madre tenían el pelo castaño, no veía el parecido.

—Al consejo también le caerá bien —dijo mi padre, ya sin rastro de melancolía. Volvíamos a hablar de negocios—. Tiene que dejarse ver más. Tiene que estar a tu lado.

—Claro. —Asentí.

—Tienes que tomarte esto en serio, hijo.

—Ya lo sé.

—Si perdemos a Music Now...

—No lo perderemos —le aseguré.

—Es muy tradicional, ¿sabes? Como yo. Por lo visto, quiere trabajar con un hombre de familia.

—Lo entiendo, papá.

—Entonces empieza a comportarte como tal antes de que lo perdamos todo.