Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 15 Sarah
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Capítulo 15 Sarah

Para ser casi las cinco de la tarde, la cola de Café Lola salía por las puertas de madera y rodeaba el edificio de ladrillo encalado.

El olor a granos de café recién molidos llegaba hasta mí mientras seguía la sinuosa cola hasta encontrar el final.

Cuando por fin llegué a la última persona de la fila, me coloqué detrás de ella y solté un suspiro de frustración.

Ya debería estar de camino a casa, no haciendo cola para pedir un café complicado.

La verdad, el pedido de café que Brad me había enviado por mensaje era ridículo. No sabía cómo iba a acercarme al mostrador y pedirlo sin descojonarme.

Me recolocqué las bolsas esparcidas por mi brazo, que habían hecho que el largo paseo se me hiciera aún más largo.

Ya no sentía los dedos de los pies. Había pagado una fortuna por aquellos zapatos.

Pensé que al menos serían cómodos, pero nadie compraba las suelas rojas por comodidad.

Me removí dentro de los zapatos, intentando encontrar una postura en la que no tuviera los dedos aplastados. Nada ayudaba.

Metí la mano en el bolso y rebusqué mi teléfono hasta que lo saqué. Abrí la conversación con Brad.

La cola es larguísima. No volveré antes de las cinco.

Esperaba que lo viera y me dijera que me olvidara del café. Esperé a que los tres puntitos rebotaran por mi pantalla, pero no apareció nada. Esperé otro minuto antes de tirarlo de nuevo al bolso con lo que me pareció el centésimo suspiro del día.

Cansada, me pasé una mano por el pelo, ahora enmarañado y húmedo de sudor.

Bajé la vista hacia el vestido color zafiro, que estaba peligrosamente cerca de despegarse de la cinta adhesiva de doble cara después de todas las carreras que me había dado.

No pude evitar reírme de lo ridícula que debía de parecer. Era un desastre andante.

La cola avanzaba lentamente. Por lo visto, al resto de Manhattan también le había parecido buena idea tomarse un chute de energía a primera hora de la tarde. Entonces, mi teléfono vibró dentro del bolso.

Jessica: Tengo abierto el menú tailandés y lista una película romántica.

Casi había olvidado que esta noche teníamos una cita con nuestro sofá de segunda mano y el pad thai.

Yo: Voy a llegar un poco tarde.

Jessica: ¡Me muero de hambre!

Yo: ¡Estaré ahí enseguida!

O eso esperaba. Tendría que coger el metro para evitar el tráfico de la salida del trabajo.

Di golpecitos impacientes con el pie, maldiciendo en silencio a Brad Ashcroft.

Esa mañana había estado emocionada por llegar a la oficina para verlo.

Ahora me sentía ridícula por haberme arreglado para impresionarlo.

No importaba que hoy lo hubiera pillado mirándome de arriba abajo.

No cuando me había hecho trabajar hasta reventar y me estaba impidiendo volver a casa con mi hermana.

Quizá debería haber sido más clara con él durante la entrevista.

Necesitaba cuidar de mi hermana, lo que significaba llegar a casa a tiempo.

Aunque mi hermana diría que era más que capaz de cuidarse sola, seguía sin gustarme dejarla durante largos periodos de tiempo.

Era como si temiera que el cáncer volviera de repente una tarde y se la llevara para siempre. El pensamiento me hizo estremecerme.

Le envié otro mensaje.

Yo: ¿Estás bien, verdad?

Solo quería asegurarme.

Jessica: Si consideras que morirse de hambre está bien, entonces sí.

Yo: Qué dramática eres.

Jessica: Creo que veo la luz…

Yo: Adióóóós

Sonreí mientras cerraba nuestra conversación. Sabía que a veces podía ser demasiado protectora. A Jessica le gustaba tomarme el pelo por ello. Su sarcasmo nunca había flaqueado, ni siquiera durante los días más duros. Era algo que me encantaba de ella. Su sentido del humor no tenía rival.

Busqué nuevas notificaciones en la pantalla del teléfono, pero Brad no me había respondido, lo que significaba que tenía que quedarme en aquella maldita cola.

Al menos ya estaba en el umbral de la puerta.

El local estaba abarrotado. Sus mesas de mármol blanco estaban llenas de bollería hojaldrada, cafés con leche espumosos y tazas de café solo pintadas a mano.

Quizá podría llevarme a casa una galleta con pepitas de chocolate, la favorita de Jessica, para compensar mi retraso.

—¡Sarah! —gritó alguien. Miré alrededor de la cafetería buscando alguna señal de a quién pertenecía aquella voz. Conocía esa voz.

—¡Sarah! —volvieron a llamar. Seguí el sonido y vi a Juliet un poco más adelante, a mi derecha.

Estaba junto al mostrador, saludándome con la mano.

Le devolví el saludo mientras la veía meter una pajita en su vaso transparente, lleno de un cremoso café con leche y caramelo.

Se abrió paso entre las mesas hacia mí. Iba informal, con unos pantalones cortos vaqueros deshilachados y una camiseta holgada, y llevaba unas sandalias de tiras en los pies.

Su larga melena rubia le caía sobre los hombros en ondas de sirena.

—Vaya, qué sorpresa —dije, atrayéndola hacia mí para abrazarla, con cuidado de no derramarle el café.

—¡Ya ves! Me apretó con fuerza antes de soltarme y dar un paso atrás.

Me recorrió con la mirada de arriba abajo y arqueó las cejas. —¡Guau! Estás fantástica. ¿Dónde te has comprado ese vestido?

—En Bloomingdales —dije, contoneándome un poco, aunque me sentía como un desastre sudoroso.

—Está hecho para ti —dijo—. ¿Acabas de salir del trabajo?

—No exactamente —dije cansada—. Estoy recogiendo un café para mi jefe.

—Ahhh. El infame Brad Ashcroft, ¿verdad? Arqueó una ceja mientras me estudiaba el rostro.

—¿Lo conoces? —pregunté.

—Sé de él. Asintió y dio otro sorbo a su café. —Stellar Industries es un gigante tecnológico. Chester es muy fan de lo que hacen. Se ha reunido con Brad unas cuantas veces. Dice que es un auténtico tiburón. Supongo que hace falta uno para reconocer a otro, ¿no? Me guiñó un ojo.

—¿Qué más puedes contarme de él? —pregunté, mientras la cola avanzaba.

—Mmm… No sé. Se encogió de hombros. —He oído que es un adicto al trabajo. Peor de lo que solía ser Chester. Si se parece en algo al Chester de antes, buena suerte.

Sentí que los labios se me torcían en una mueca. No eran precisamente las palabras de ánimo que quería oír después de un día agotador.

—Ayyy, cariño. Lo siento. ¿Qué pasa? —preguntó, tocándome el brazo con suavidad.

—Solo estoy cansada. Tengo la sensación de que me está poniendo a prueba o algo así.

—¿Por eso llevas todas esas bolsas? —preguntó, señalando mi brazo, que se estaba poniendo rojo bajo las asas de las bolsas.

—No he parado en todo el día —gemí.

—Puede que te esté poniendo a prueba. Estos directores ejecutivos son exigentes. Tienen muchísimas cosas entre manos. Hay muchas piezas que encajar. Necesitan a una persona concreta trabajando para ellos. Debió de escogerte por algún motivo —me tranquilizó.

Aunque yo no tenía muy claro cuál era ese motivo.

Asentí, recordando que ella también había sido asistente personal en su día, hasta que se enamoró y tuvo su final feliz.

—¿Al menos es simpático? —preguntó con curiosidad.

—A veces. Me encogí de hombros. —No sé. Solo es mi tercer día. La verdad es que no debería quejarme. El sueldo es estupendo y, aparte de haber llevado los zapatos equivocados, hoy no ha estado tan mal.

No lo había estado. En realidad, no. Había podido conducir su descapotable, ir de compras, recoger su almuerzo y hacer unos cuantos recados más. No debería quejarme. Quizá lo que de verdad me molestaba era la sensación de que no me quería cerca.

—Además —añadí con una sonrisa pícara—, no está nada mal de ver.

Juliet soltó una risita. —He visto su foto en el periódico. No está nada mal, desde luego.

—Basta de hablar de mí —dije, agitando una mano en el aire con desinterés—. ¿Cómo estás tú ?

—¡Bien! Disfrutando de la vida de mamá. De ahí la cafeína. Te juro que Blair no para quieto.

—¿Es todo lo que esperabas que fuera? —pregunté, dándole un ligero golpe con el hombro.

—Y más… Me sonrió cálidamente. Habría jurado que tenía los ojos empañados por la emoción. Sabía cuánto le gustaba ser la madre de Blair. Además, se le daba de maravilla.

Sentí de pronto una punzada de añoranza en el pecho, pero me la tragué.

—Debería irme —dijo—. Chester y Blair han quedado conmigo en el parque para dar un paseo a última hora de la tarde.

—¡Diles que les mando recuerdos! —dije, atrayéndola para darle otro abrazo.

—Claro. Tenemos que quedar pronto. Me vendría bien una noche de chicas.

—Sin duda. Asentí.

La vi alejarse, con su café helado y una bolsa de bollería con lo que supuse que sería algo dulce para Blair. Me giré y avancé en la cola, sorprendida al ver que ya me tocaba pedir. Charlar con Juliet había hecho más llevadera la aburrida espera.

Cuando me acerqué al mostrador, abrí el mensaje de Brad con su pedido de café.

—Que conste que este no es mi pedido —dije con una sonrisa nerviosa.

Empecé a leer desde el teléfono—. Necesito un capuchino mediano, lleno hasta tres cuartos, dejando espacio para espuma extra.

El capuchino debe estar a 190 grados y preparado solo con los granos molidos más recientemente.

Y, por favor, añada una pizca de canela sobre la espuma.

Sonreí a la barista, que parecía aburrida de mí.

Me pregunté si siquiera me había escuchado, pero entonces se puso a trabajar detrás del mostrador.

Como no sabía nada de café, confié en que prepararía bien el exigente pedido de Brad.

Me pregunté cómo se le habría ocurrido siquiera algo así.

Me daban pena los baristas a los que había utilizado como científicos locos.

—Que conste que he tenido pedidos peores… La barista me guiñó un ojo antes de deslizar un vaso blanco de cartón y colocarle una tapa. Claro que sí. Después de todo, aquello era Nueva York, con todos sus pijos corporativos y sus excentricidades de alto copete.

Me reí por lo bajo mientras le tendía mi tarjeta.

La tarjeta que Brad me había dado esa mañana para cosas como aquel caro pedido de café.

Pesaba en mi mano, y su brillo plateado relucía bajo las lámparas colgantes de cristal sobre el mostrador.

Nunca había estado ni cerca de tener una tarjeta así. Parecía cara.

Después de que la barista pasara la tarjeta, le di las gracias y me encaminé hacia la puerta, comprobando la hora en el reloj que había encima al salir.

Ya eran las 5:20. Me recolocqué las bolsas y agarré bien el vaso, atravesando la cafetería y saliendo a la acera, lista para emprender el camino de vuelta a la oficina.

Recorrí deprisa las varias manzanas de vuelta, haciéndome sudar todavía más.

Debería haber cogido un taxi, por mis doloridos pies y para librarme de las bolsas que me lastraban, pero, a juzgar por el tráfico, probablemente ir andando sería más rápido.

Mientras caminaba, el olor del capuchino subía hasta mí y me hacía rugir el estómago.

Olía de maravilla. Debería haber pedido dos.

Al doblar la esquina y ver aparecer el edificio de oficinas, mi teléfono vibró dentro del bolso. Equilibrando el café y las bolsas con una mano, saqué el teléfono y vi un mensaje de Brad: Bueno, ya es demasiado tarde. Me voy a casa. Por hoy has terminado.

Me detuve en seco y dejé caer el brazo cansadamente a un lado; las bolsas se deslizaron de él y cayeron sobre la acera. ¿Después de todo aquello? ¿No podía haberme mandado un mensaje veinte minutos antes?

—Capullo —murmuré.

Me apoyé un momento contra el edificio de cristal que tenía detrás para descansar.

Estaba más convencida que nunca de que o me estaba evitando o me estaba poniendo a prueba.

O las dos cosas. Mala suerte para él: yo no era de las que se rendían.

Y no sabía hasta qué punto necesitaba ese trabajo.

Sonreí para mis adentros, orgullosa de mi determinación.

Quité la tapa del capuchino y di un largo sorbo.

Joder. Estaba buenísimo.

—Gracias por el café, Brad —dije antes de dar otro sorbo.