Capítulo 14 Brad
Observé cómo Sarah volvía a salir a la acera, claramente frustrada, a juzgar por la expresión de fastidio de su rostro.
Llevaba los brazos cargados de bolsas de papel de los distintos recados que le había encargado aquel día.
Todo eran cosas superfluas, nada que necesitara hacerse de verdad.
En realidad, no necesitaba las pilas AA.
Solo quería ponerla a prueba. Ver hasta dónde podía presionarla.
La verdad era que aún no habíamos pasado tiempo juntos en la oficina para que pudiera comprobar cómo se desenvolvía como asistente personal.
Su primer día, yo había estado en el club, adonde me llevó la ropa de la tintorería.
El segundo, el día anterior, habíamos estado en Nueva Jersey.
Ahora era un día normal en la oficina, pero no tenía intención de trabajar a su lado con la desorbitada cantidad de recados que había anotado en pósits.
Un sistema que ella menospreciaba claramente, aunque probablemente no supiera que no era más que otra prueba. Claro que sabía manejar un maldito ordenador. Claro que sabía utilizar un calendario digital. Las notas adhesivas solo servían para cabrearla.
Había sentido la tentación de tirarlas todas a la basura cuando entró aquella mañana con ese vestido.
Era un color hecho para ella. Una mezcla de azul real y azul marino.
Una combinación perfecta de tonos joya sobre su piel clara.
Una piel que hoy exhibía gracias al pronunciado escote que dejaba a la vista las curvas interiores de sus generosos pechos.
Era como si me suplicara que mirase, y no pude evitar complacerla cuando mis ojos recorrieron su cuello y descendieron aún más.
¿Había sonreído al reparar en mi mirada errante?
La polla me había dado un respingo bajo los pantalones, y agradecí más que nunca que el escritorio nos separase.
Era como si ella me estuviera poniendo a prueba a mí .
Pero aquella era mi prueba.
Por eso, durante mi reunión con contabilidad en la segunda planta, cuando vi por la ventana a Sarah regresar a la oficina, le envié un mensaje sobre el café.
Solo quería tocarle un poco más las narices.
En realidad, no necesitaba café, y mucho menos uno de una cafetería concreta que no le pillaba de camino.
Aunque un capuchino no sonaba nada mal en aquel momento.
Una parte de mí disfrutaba con aquel juego, pues consideraba mi leve tortura una especie de flirteo de patio de colegio. Otra sentía curiosidad por ver hasta dónde podía presionarla antes de que dimitiese y saliera huyendo.
Si de verdad dimitía, la pequeña fantasía que Anton me había metido en la cabeza sobre hacerla pasar por mi novia dejaría de ser una posibilidad.
Era una idea intrigante. Llevaba dándole vueltas desde que él la sugirió.
El día anterior había estado a punto de proponérselo a Sarah, pero no lo hice.
Estaba disfrutando del largo viaje de vuelta juntos y no quería estropearlo con una descabellada propuesta de negocios.
Probablemente fuera mejor no haberlo hecho.
¿Y si hubiera aceptado? No podía imaginar que fuéramos capaces de fingir que estábamos juntos durante mucho tiempo antes de que mis deseos más íntimos tomaran el control, sobre todo cuando se ponía un vestido como aquel.
Me pregunté si ella sentiría los mismos deseos que yo.
Negué con la cabeza ante aquella idea. Los líos de oficina eran complicados, por eso había sido una estupidez contratarla. Quizá, de manera inconsciente, intentaba alejarla para evitarme problemas.
Si dimitía, tendría que encontrar a otra mujer con quien fingir una relación.
Cualquier otra me resultaba poco atractiva.
O tendría que encontrar la forma de aplacar a mi padre mientras continuaba en la soledad a la que me había acostumbrado.
Tendría que hacerle ver más allá del camino que había trazado para mí en su cabeza.
No necesitaba esposa ni familia para triunfar.
De hecho, debería alegrarse de que centrara toda mi atención en el negocio.
De todos modos, las novias eran un engorro. Las prometidas también.
Fueran reales o falsas.
Lo había aprendido por las malas.
—¿Señor Ashcroft? —preguntó la mujer mayor sentada frente a mí. Tenía el ceño fruncido, lo que acentuaba aún más las arrugas de su rostro envejecido.
—Sí. Disculpe. Quiero aumentar el crédito de esta cuenta para Sarah Atkinson —dije mientras ordenaba mis pensamientos.
—Sí, señor. —Asintió y empezó a teclear en el ordenador.
Había visto perezosos mover los dedos más deprisa que ella.
Llevaba años trabajando allí. Mi padre insistía en conservarla porque era leal a la empresa, pero, en el tiempo que estaba durando aquella reunión, yo podría haber entrevistado a varios contables.
—¿Una asistente nueva? —preguntó con curiosidad. Reparé en la leve sonrisa que intentó reprimir, como si le hiciera gracia que ya hubiera pasado a la siguiente. No me gustaba demasiado que mi mala reputación me precediera.
—La anterior se quedó embarazada —respondí con brusquedad. Quería que supiera que no había hecho huir a aquella. Se había marchado por sus propios problemas.
—Qué bonito —dijo con empalago.
Puse los ojos en blanco y me ajusté la corbata. No era bonito cuando me hacían perder el tiempo, como estaba sucediendo en aquel momento. Otra persona más que creía que el amor y los bebés movían el mundo. Quería largarme de allí de una vez.
—Parece que puedo aumentar el límite de crédito a 20.000 dólares. ¿Será suficiente? —preguntó, con los dedos suspendidos sobre el teclado mientras entornaba los ojos para mirar la pantalla.
—Sí. Bastará.
Quería que Sarah dispusiera de más dinero para gastar con la tarjeta de la empresa. Cuando le entregué la prima en efectivo en el coche el día anterior, me di cuenta de cuánto la necesitaba. Quería darle más. Podría ir de compras, quizá comprar aquel mismo vestido color zafiro en otro tono.
En todos los tonos.
O podría ir a restaurantes caros. Comprarse el último modelo de teléfono. Lo que necesitara.
De todas formas, todo sería desgravable.
—Solo necesitaré unas cuantas... —empezó a decir.
El trino de mi teléfono la interrumpió. Gracias a Dios, tenía una excusa para salir de allí.
—Le doy plena autorización para hacer lo que sea necesario. Ahora tengo que irme. Gracias.
Miré la identificación de llamada en la pantalla iluminada del teléfono. Era Anton. Volví a dar las gracias a la contable, que aún me miraba desde abajo, y me levanté. Estaba deseando salir de su despacho, que olía a perfume de abuela. Una vez fuera, respondí a la llamada.
—¿Ya lo has hecho? —preguntó Anton sin molestarse siquiera en saludar.
—¿Hacer qué? —pregunté mientras me dirigía al ascensor y pulsaba el botón.
—Pedirle a esa chica que sea tu novia... bueno, una especie de novia —preguntó, como si yo debiera saber exactamente de qué hablaba.
Probablemente debería haberlo sabido, teniendo en cuenta lo mucho que había pensado en ello.
En ella.
Melocotón y vainilla.
—Sarah —dije, recordándole su nombre.
— Como se llame . ¿Se lo has pedido? —insistió.
—Todavía no —respondí al entrar en el ascensor, el mismo que había acabado empapado de café la semana anterior—.
Ni siquiera sé si voy a seguir adelante.
Es un plan disparatado. Y también es mucho pedirle a alguien.
Además, podría demandarme solo por proponérselo.
Sería como buscarme una demanda. O, peor aún, podría acudir a la prensa, que se pondría las botas.
Las excusas siguieron saliendo de mi boca. Me pregunté si de verdad temía todo aquello o si solo me asustaba lo que Sarah me hacía sentir. Lo cierto era que, hasta aquel momento, ni siquiera había pensado en las posibles consecuencias.
—Es verdad —dijo Anton, pensativo—. Pero quizá aceptaría por el precio adecuado.
Incliné la cabeza de un lado a otro mientras lo pensaba. El día anterior sí había parecido contenta con el dinero. Tal vez una cantidad mayor la incentivaría. No podía creer que estuviera planteándomelo siquiera, sobre todo después de mencionar todo lo que podía salir mal.
—Podría ser divertido —dijo con tono sugerente.
—No estoy aquí para divertirme . Estoy aquí para conseguir la participación mayoritaria de Stellar Industries y para que mi padre deje de hacerme de niñera —dije con algo más de brusquedad de la que pretendía.
—Vale, vale —dijo Anton—. No me arranques la cabeza. Solo intento ayudar.
Suspiré mientras contemplaba cómo cambiaban los números de la pantalla situada sobre mí conforme el ascensor pasaba una planta tras otra.
—Lo sé. Solo intento averiguar cómo hacerle ver a mi padre que puedo encargarme de esto. No entiendo por qué tengo que superar este extraño obstáculo suyo. El amor y el matrimonio no demuestran nada.
—Probablemente solo quiera verte feliz. Esta es su extraña manera de demostrarlo.
—Lo que me haría feliz sería que se jubilase —murmuré.
Las puertas del ascensor se abrieron y me dirigí a mi despacho, preguntándome si de algún modo me habría cruzado con Sarah mientras volvía con el café.
Sentado en el despacho de contabilidad, viendo los nudosos dedos de aquella mujer mayor desplazarse por el teclado, había tenido la sensación de estar atrapado en una distorsión temporal.
No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que mandé a Sarah de nuevo a la calle.
Bien podría haber llegado ya el día siguiente.
Pero Sarah no estaba en su escritorio cuando entré, y en el mío tampoco había ningún capuchino con canela. Una bebida cursi que me permitía de vez en cuando.
Me acomodé tras el escritorio y apoyé la cabeza contra el fresco y mullido cuero del sillón.
—¿Y cómo le va a Sarah? —preguntó Anton—. Como asistente personal, quiero decir.
—Sigue aguantando —respondí con indiferencia.
El recuerdo del día anterior, cuando flotaba en el cielo, me vino a la cabeza y solté una risita al recordar la expresión de pánico de su rostro antes de que me sonriera en el aire. —Saltó de un avión por mí ayer.
—¿De qué coño estás hablando? —preguntó Anton, realmente confuso.
Le conté lo de la reunión con Trent Page y cómo habíamos acabado saltando de un avión en Nueva Jersey. La historia sonaba demasiado inventada para ser cierta, así que me pregunté si me habría creído.
—Estás loco. No conseguirías que hiciera eso ni aunque me pagaras —dijo Anton.
—Un acuerdo de varios millones de dólares hizo que saltar me resultara más fácil... —dije con aire confiado.
—No puedo creer que lo hiciera. Sube el sueldo a esa chica —dijo, atónito.
—Yo tampoco. Le di una prima en efectivo.
—Debe de querer mucho este trabajo...
—Ya veremos.
—Porque saltar de un avión no es suficiente...
Me reí. —La verdad es que es una locura cuando lo piensas.
—Entonces, pregúntaselo —dijo Anton—. Si está dispuesta a saltar de un avión , ser tu novia ficticia no es nada. Está chupado.
—¿Es que no me conoces? —pregunté mientras me pasaba una mano por el pelo y contemplaba la ciudad bajo mis pies.
Desde aquella altura no podría ver a Sarah; todas las personas no eran más que motas que se movían allá abajo.
Aun así, busqué una mota azul. Odiaba tener tantas ganas de verla.
Quizá no debería haberla mantenido fuera de la oficina todo el día.
Al final, el que había salido perdiendo era yo, pues sabía que podría haberla tenido todo el día sentada frente a mí con aquel vestido escotado.
—Es verdad. Debería darse la vuelta y salir corriendo. Das más miedo que cualquier deporte extremo —se burló Anton.
Probablemente tuviera razón.
Probablemente debería dimitir.
Pero sabía que, en realidad, no quería que lo hiciera.
Me gustaba mirarla. Me gustaba hablar con ella.
Me gustaba que cada recado que hacía tuviera como fin complacerme.
Me gustaba imaginarla complaciéndome, aunque no fuera más que una fantasía que me rondaba por la cabeza a altas horas de la noche.
—¿Crees que aguantará toda la semana? —preguntó Anton, arrancando mis pensamientos de su boca y de lo que deseaba que hiciera con ella.
—Ya veremos —dije mientras miraba el reloj de la pared. Eran casi las cinco de la tarde. De momento, había aguantado tres días enteros.
Si podía seguir así y soportar algunas bromas inocentes, quizá fuese capaz de asumir un trabajo más complicado.
Como ser mi novia ficticia.
No. Si de verdad quería que mi padre me escuchase, tenía que tomarme aquello en serio.
Todo lo en serio que uno podía tomarse una relación falsa.
Una novia no bastaría. Tenía que ir un paso más allá para superar cualquier prueba absurda a la que quisiera someterme.
La prueba que me impedía ocupar de verdad su lugar.
Necesitaba una prometida ficticia.