Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 13 Sarah
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Capítulo 13 Sarah

—Hoy has sacado la artillería pesada, ¿eh?

—preguntó Jessica desde el umbral de la puerta de mi dormitorio.

Estaba sentada en su silla de ruedas, con un pijama de franela y una camiseta extragrande, el pelo recogido en un moño deshecho sobre la cabeza.

Dio un sorbo al café y opté por ignorar la expresión con la que me miraba mientras intentaba subirme la cremallera del vestido.

El vestido.

Después de la aventura de ayer haciendo paracaidismo y de aquel abrazo en el que no podía dejar de pensar por mucho que lo intentara, pensé que hoy sería perfecto para el vestido color zafiro.

Ayer había sentido algo, en la forma en que descendíamos en picado hacia la tierra juntas y en cómo Brad no dejaba de mirarme.

Asustado, feliz y alentador, todo a la vez.

No había sido solo un ejercicio de confianza para él y una clienta. También había sido un ejercicio de confianza para nosotros.

Como ayer habíamos estado fuera de la oficina todo el día, y casi todo el día anterior también, supuse que hoy tendría que estar en la oficina.

La sensación de euforia que me crecía en el estómago me hacía sentir tonta y emocionada.

Estaba deseando verlo. Estaba deseando ver su expresión cuando entrara en la oficina llevando esto puesto.

Este vestido cuya cremallera no conseguía subir por mucho que retorciera el cuerpo.

—¿Me echas una mano? —pregunté, volviéndome hacia mi hermana, que se contenía la risa. Alcé una ceja y di golpecitos impacientes con el pie.

Se acercó con la silla de ruedas hasta donde yo estaba, delante del espejo de cuerpo entero colgado en la puerta del armario. Me di la vuelta y me agaché un poco. Agarró la cremallera y la subió hasta el escote de un tirón.

—Ya está —dijo, alejándose hacia atrás con la silla para verme mejor.

Di una vueltecita y me puse las manos en las caderas.

—¿Qué te parece? —pregunté nerviosa.

—Roza lo inapropiado para la oficina...

Le lancé una mirada.

—Pero te queda todavía mejor ahora que en Bloomingdales —añadió, asintiendo para animarme.

Sabía que estaba preocupada por mí. Eso es lo que hacen las hermanas: preocuparse. Durante los últimos años yo me había preocupado bastante por las dos, así que aquello era una sensación nueva.

Sabía que estaba jugando a un juego peligroso al desear la atención de mi jefe, siendo consciente de lo poco profesional que era.

Pero no podía evitarlo. Brad no había salido de mi cabeza desde que me choqué de lleno con él.

Lo de ayer solo lo había empeorado. Aún podía sentir sus manos rodeándome la espalda, sus dedos apretándose contra mí con deseo.

El latido acelerado de su corazón todavía resonaba en mi oído, allí donde había apoyado la mejilla contra su pecho.

El olor a cítricos y cedro seguía en mis pulmones.

—Gracias, hermanita —dije.

Asintió, seguramente mordiéndose la lengua, antes de salir de mi dormitorio con la silla de ruedas y dirigirse al salón.

Pasaba allí la mayor parte de los días, leyendo, haciendo puzles o viendo la tele.

No paraba de insistir en que debía buscar trabajo, pero yo no paraba de insistir en que no debía hacerlo.

Jessica apenas acababa de entrar en remisión.

Bueno, hacía unos meses, pero yo aún no estaba preparada para que volviera al mundo real.

No soportaba pensar que pudiera pasarle algo cuando yo no estaba allí. O que enfermara por tener las defensas bajas. O que sintiera que necesitaba trabajar para ayudar a pagar las facturas. Esa era mi responsabilidad. Ella era mi responsabilidad.

Estaba más segura aquí, en nuestro apartamento.

Aun así, sabía lo sola que debía de sentirse. Encerrada aquí, pensando en todas las cosas que antes hacía. Podía hacer.

—¿Qué te parece si esta noche traigo tu comida para llevar favorita? —grité, pensando en algo que pudiera alegrarla un poco.

—Me parece bien —respondió ella.

Me puse unos pendientes pequeños de oro y me repasé en el espejo.

El vestido era aún más bonito bajo la luz del sol que entraba a raudales por la ventana.

Me alisé la parte delantera con las manos antes de levantar los brazos y ajustar el pronunciado escote para que el pecho luciera bien.

Estaba depositando mucha confianza en la cinta adhesiva de doble cara.

Cuando llegué a la oficina, los nervios que se me habían ido acumulando durante toda la mañana estaban por las nubes.

Mientras subía en ascensor a la última planta, sentí un pequeño vuelco en el estómago.

Antes de que se abrieran las puertas, miré mi reflejo en las paredes espejadas del ascensor.

Me pasé los dedos por el pelo alisado y me retoqué rápidamente el pintalabios rosado que me había puesto.

Lo había comprado en Bloomingdales el día que fuimos de compras.

La mujer del mostrador de maquillaje me había convencido de que era el tono perfecto y de que combinaba a la perfección con el colorete a juego que también acabó en mi bolsa, junto con un tubo de rímel completamente nuevo.

Armada con las tres cosas y aquel vestido espectacular, me sentía segura de mí misma. Hacía tiempo que no me sentía así.

Me pregunté si era por Matt y por cómo me había dado todo lo que quería antes de arrebatármelo con tanta crueldad.

Antes de elegir a otra persona. A menudo me había preguntado qué era lo que me faltaba.

Por qué no me había querido lo suficiente para elegirme a mí.

Me afectó más de lo que me gustaría admitir.

Cuando sonaron las puertas del ascensor, dejé atrás mi autocompasión y aparté a Matt de mi mente. Salí a la planta de oficinas, con las mejillas ardiéndome por las miradas que me lanzaban los demás empleados. Caminé hacia el despacho de Brad. Nuestro despacho compartido .

Llamé suavemente a la puerta.

—Adelante —dijo Brad desde el otro lado de la puerta.

Solté una respiración profunda y abrí la puerta antes de deslizarme dentro.

Los ojos de Brad se posaron en mí casi de inmediato, y la expresión molesta de su rostro se deshizo en algo distinto mientras me miraba.

Lo que fuera que estuviera a punto de decir se le quedó atascado en la garganta cuando sus ojos se posaron en el vestido y se oscurecieron al recorrer el bajo escote.

—Buenos días. —Sonreí.

Se aclaró la garganta y sus ojos volvieron a los míos de golpe. —Tu lista está sobre tu escritorio —dijo con brusquedad.

Intenté que su repentino cambio de actitud no me desconcertara y caminé hacia mi escritorio. Estaba cubierto de filas de notas Post-it, todas garabateadas con tareas pendientes. Cogí una de color amarillo pálido y la leí.

Recoger la ropa de la tintorería.

¿Cuántos trajes se gasta este hombre?

Cogí una azul.

Llevar el coche a limpiar a fondo.

Después, una rosa.

Recoger ropa de Saks Fifth Avenue.

Cada una parecía más personal que profesional. Pero supuse que eso era lo que yo era.

Una asistente personal.

Simplemente no me había dado cuenta de que significaría hacer prácticamente de todo para este hombre, y que la mayoría de las tareas me tendrían fuera de la oficina todo el día.

Qué desperdicio de vestido. Aun así, me aferré a la forma en que sus ojos se habían demorado en las curvas de la tela, en la piel desnuda que dejaba al descubierto.

—Deberías idear un sistema mejor... —dije con una risita suave, pasando los dedos por los papelitos adhesivos que había dispuesto sobre mi escritorio. Había tantos que apenas podía ver la superficie de madera teñida de color bellota.

—Esto funciona perfectamente —dijo, sin levantar la vista del ordenador.

—Ya. —Asentí, fijándome en la tarjeta de crédito platino con mi nombre. La tarjeta de empresa que había mencionado. La cogí y la guardé en mi cartera, ahora vacía del dinero que me había dado ayer, pues lo había ingresado en el cajero automático—. Supongo que me pondré a ello.

Soltó algo que solo podía describirse como un gruñido.

¿Dónde estaba el hombre de ayer? El que había estado conmigo en el cielo.

El que me había hecho girar en el aire, emocionado.

El que me había abrazado. Empecé a preguntarme si me lo había imaginado todo.

Empecé a sentirme tonta. Arrastré los pies dentro de mis zapatos de tacón de charol color nude, invadida por aquella conocida sensación de no ser suficiente.

—Qué estúpida eres —me susurré a mí misma.

—¿Qué has dicho? —preguntó Brad, mirándome con dureza. Sus ojos grises eran del color del acero, e igual de fríos.

—Nada. —Negué con la cabeza.

Hice una foto de mi escritorio con el móvil, pensando que sería más fácil consultarla que llevarme todos aquellos papeles. De verdad que sería más sencillo con un calendario digital compartido, pero no iba a cuestionar de nuevo a Brad.

—Aquí tienes mis llaves... —dijo, levantando un llavero metálico con varias llaves.

—¿P-perdona? —pregunté.

—Para el coche. Tengo cita a las diez.

—Claro. Por supuesto. —Caminé hacia su escritorio y le cogí las llaves, procurando que nuestra piel no llegara a rozarse.

No podía soportar esa sensación en ese momento, no cuando sabía que no era correspondida.

Aquella sensación eléctrica y expectante que me calentaba y me helaba la piel al mismo tiempo.

—Está en la plaza 1. No te lo estampes —murmuró mientras yo caminaba hacia la puerta del despacho.

De espaldas a él, puse los ojos en blanco.

Abajo, en el garaje, mi confianza en mis habilidades al volante se desvaneció rápidamente cuando vi su Mercedes descapotable con los cristales tintados, aparcado a la perfección entre las líneas de su plaza.

No había tenido que conducir desde antes de mudarme a Nueva York.

Esa era la maravilla del transporte público.

Abrí el coche y me deslicé en el asiento del conductor.

Toqueteé los botones a mi izquierda, intentando ajustar el asiento a mi altura.

Después ajusté todos los espejos. El corazón me latía en la garganta como si estuviera haciendo una revisión de seguridad a un helicóptero.

Por fin, encendí el coche y el motor cobró vida con un ronroneo que reverberó en mi interior.

Empezó a sonar una canción acústica. Una voz suave y el rasgueo de una guitarra salían por los altavoces. Me resultaba extrañamente íntimo saber qué clase de música escuchaba. Bajé un poco el volumen, saqué el coche con cuidado de la plaza marcha atrás y salí del garaje.

Después de entrar en pánico durante unos minutos entre taxis amarillos y peatones, me acomodé en el asiento y aflojé la presa mortal con la que sujetaba el volante.

Estaba conduciendo el coche de Brad Ashcroft.

Olía a él. Incluso con el viento azotándome el pelo, aún podía percibir aquel cálido aroma cítrico.

Sonreí para mis adentros mientras el cuero se calentaba contra la parte trasera de mis muslos.

Llegué al concesionario de una pieza y dejé el coche allí después de que en recepción me dijeran que tardarían un par de horas.

Podía hacer los recados a pie. O en taxi.

Ahora que tenía una tarjeta de empresa a la que cargar los trayectos en taxi y llevaba aquellos tacones de cinco pulgadas, opté por un taxi amarillo que estaba a punto de pasar.

Tres horas después, había recorrido todo Manhattan.

El Upper East Side. El Lower West Side. Aunque había ido prácticamente a todas partes en taxi, me dolían horrores los pies y me moría de hambre.

Parecía que hubiera hecho los recados de toda una semana en solo unas horas.

Recogí el coche de Brad en el concesionario, triste al descubrir que ya no olía a él, sino a coche nuevo.

Lo conduje de vuelta a la oficina y lo aparqué con cuidado en su plaza, intentando dejarlo tan centrado entre las líneas blancas como él.

Cuando volví a su despacho, estaba al teléfono, de espaldas a mí mientras contemplaba las increíbles vistas de Central Park.

Dejé sus llaves sobre el escritorio, y el sonido hizo que se volviera.

Siguió escuchando a quien estuviera al otro lado de la llamada, dejando que sus ojos hablaran por él mientras me recorrían.

El corazón me dio varios saltos y sentí que se me encendían las mejillas.

—Comida —susurró, rompiendo el hechizo mientras cubría el auricular del teléfono.

—Ah, claro. —Asentí, recordando la nota adhesiva con su pedido para comer.

Volví treinta minutos después con un bocadillo italiano, una bolsa de patatas chips y una Coca-Cola. Aún al teléfono, Brad me tendió otra nota adhesiva.

Comprar pilas AA.

Me contuve para no poner los ojos en blanco. Seguro que este hombre podía permitirse que le entregaran algo así a domicilio. Me mordí la lengua y volví a salir por la puerta, armada con más recados y tareas pendientes que todavía no había terminado.

Varias horas después, regresé a la oficina. Sudada, con los pies doloridos y el pelo alisado ya rizado en las puntas por el calor y la humedad. Estaba agotada, pero en realidad no podía quejarme, ¿verdad? El hombre me estaba pagando un millón de dólares.

Me lo recordé, junto con el hecho de que la jornada laboral estaba a punto de terminar, mientras pulsaba el botón del ascensor. Mientras esperaba a que se abrieran las puertas, mi teléfono emitió un sonido. Lo saqué del bolso.

Brad: Necesito café. Ve al Café Lola.

Gemí. Esa cafetería estaba a varias manzanas de distancia. Con los brazos cargados de bolsas de las compras que había hecho para Brad, volví a salir por las grandes puertas de cristal para lo que esperaba que fuera mi último recado del día.