Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 11 Sarah
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Capítulo 11 Sarah

El taxi llegó al aeródromo después de un trayecto que me pareció de cinco horas, pues mis ganas de ver a Brad aumentaban con cada indicador de millas que nos acercaba a Nueva Jersey.

No tenía ni idea de qué podía necesitar de mí allí, tan lejos de todo, pero el mensaje que me había enviado cuando llegué a la oficina había sido insistente.

Una vez más, me había presentado allí esa mañana y me había llevado una decepción al no encontrarlo en su escritorio.

Ni en ninguna otra parte. Empezaba a preguntarme si de verdad se dejaba ver alguna vez por la oficina.

Y si los vestidos nuevos que me había comprado valían los precios desorbitados que había pagado por ellos.

Aún no había estrenado el vestido color zafiro bajo el que me había imaginado que él deslizaba la mano.

En su lugar, había escogido un traje de chaqueta y falda negro, con una abertura alta en la parte posterior, y una blusa sin mangas a juego.

Visto cómo estaba transcurriendo el día, había acertado.

Bajé del taxi, tambaleándome sobre los tacones en el asfalto, y vi a Brad hablando con otro hombre. Ambos llevaban monos grises y parecían muy entusiasmados con lo que fuera que estaban comentando por encima del fuerte zumbido de una avioneta cercana.

Me acerqué a él, más confundida que nunca, mientras el viento me revolvía el pelo y me lo azotaba contra la cara.

—¡Brad! —lo llamé, manteniéndome a una distancia prudencial de la avioneta. Agité los brazos por encima de la cabeza y conseguí llamar su atención. El hombre con el que estaba hablando subió a la avioneta y desapareció en su interior.

Brad se acercó a la carrera con una sonrisa nerviosa que nunca le había visto. Por supuesto, el pelo le quedaba aún mejor después de que las hélices de la avioneta se lo hubieran alborotado.

—¡Has venido! —dijo en voz alta mientras la avioneta cercana empezaba a recorrer la pista. La seguí con la mirada y reparé en el nombre escrito en el lateral.

Skydive Sussex .

—¿Acaso tenía elección? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Qué hacemos aquí? —Extendí los brazos para señalar las avionetas que nos rodeaban.

—Bueno, este cliente... Trent Page. Es un poco excéntrico. —Brad hizo girar los dedos junto a las sienes y bizqueó ligeramente. Tuve que contener la risa.

—Vaaale... —dije con cautela—. ¿Y eso qué tiene que ver contigo? ¿O conmigo? ¿O con que estemos en Nueva Jersey?

—Nos ha pedido que saltemos en paracaídas con él.

Se me fue toda la sangre de la cara. No estaba segura de haberlo oído bien. Quizá estuviera bromeando.

—Sí. —Asentí—. Claro. Por supuesto. —Mi voz rezumaba sarcasmo.

—Hablo en serio —dijo Brad, apretando los labios mientras buscaba mi mirada.

—Ni de puta coña —dije, cruzándome de brazos.

No pensaba subirme a aquella avioneta ni mucho menos saltar de ella. Me daban pánico las alturas. Todavía me estaba acostumbrando al trayecto en ascensor hasta la última planta de Stellar Industries.

Brad se rio ante mi apasionada respuesta. Extendió las manos y me agarró suavemente de los brazos; su contacto puso en alerta todas mis terminaciones nerviosas.

—Te necesito —dijo con expresión suplicante. A nuestro alrededor se había hecho el silencio tras la marcha de la avioneta, que probablemente se encontraba ya a miles de pies sobre nosotros—. Quiere celebrar la reunión ahí arriba. —Señaló el cielo azul y despejado.

—¿Pero qué coño le pasa a este tío? —pregunté en voz alta.

—Así es como trabaja Trent Page. Le gusta hacer este tipo de ejercicios de confianza. Dice que son buenos para las relaciones comerciales, y necesito que siga siendo cliente nuestro.

—¡Esto va mucho más allá de un ejercicio de confianza! —exclamé, mirando al cielo e intentando localizar la avioneta.

Allí estaba. Y alguien caía de ella, una mota diminuta en el aire. Me estremecí y aparté la vista.

—Por favor —dijo Brad, entrelazando los dedos ante el pecho en actitud suplicante.

—Ni hablar. —Negué con la cabeza, aunque cada vez me resultaba más difícil decirle que no cuando me miraba así, con sus ojos grises centelleando de nerviosismo y emoción.

—Podrías vencer tus miedos... —dijo.

Volví a negar con la cabeza, más despacio esta vez, para que le quedara claro.

—Y llevarte una buena prima —añadió, mientras una sonrisa astuta se dibujaba en sus labios. Mis ojos se desviaron de inmediato hacia ellos y supe que no podría resistirme mucho más.

—Vale —dije en voz baja.

—¿Qué? —Se llevó una mano a la oreja.

—¡He dicho que lo haré! —repetí en voz alta, soltando una risita nerviosa.

Brad me agarró de la mano con entusiasmo y tiró de mí hacia el gran edificio abovedado que se alzaba en mitad del campo de hierba que nos rodeaba.

Treinta minutos después, llevaba puesto un mono gris a juego con el de Brad y repasaba mentalmente el cursillo que acabábamos de recibir.

Había esperado que fuera más largo. Deseado que fuera más largo.

Tal vez, durante ese tiempo, a Brad le entraría miedo y cambiaría de opinión.

Pero no. Ahora caminábamos hacia una avioneta ante cuya puerta abierta un entusiasmado Trent Page prácticamente bailaba.

—Trent —dijo Brad, volviéndose hacia mí—, esta es Sarah.

Le tendí la mano y él me la estrechó con firmeza. Tenía el pelo hecho un desastre y manchas de hierba en el mono, y me sonreía de oreja a oreja.

—¿Qué tal ha sido? —pregunté, señalando el cielo.

—Increíble. ¿Lo ha hecho alguna vez?

Negué con la cabeza. —No tenía intención de hacerlo hasta hoy. —Señalé a Brad con el pulgar—. Pero puede llegar a ser muy persuasivo —dije, poniendo los ojos en blanco.

—¿Cómo cree que consiguió que firmara con él? —rio Trent.

—¿Están listos? —preguntó un instructor al acercarse corriendo a nosotros.

No. En absoluto.

—Listos —dijo Brad.

El instructor nos hizo subir a la avioneta y el pánico empezó a apoderarse de mí cuando nos sentamos en unas sillas plegables dispuestas a lo largo del fuselaje.

Me aferré con fuerza a las piernas mientras el zumbido del motor aumentaba y hacía vibrar mi cuerpo en tensión.

Brad se sentó a mi lado y parecía tan aterrado como yo, lo que solo consiguió tranquilizarme un poco.

Él y Trent empezaron a hablar de negocios, y yo agucé el oído para escucharlos.

¿Debería estar tomando notas? No se me había ocurrido llevar una libreta a una puñetera avioneta.

No podía creer que fueran capaces siquiera de pensar en una aplicación nueva o en las cifras trimestrales en un momento como aquel.

Poco después, la avioneta empezó a recorrer la pista y los instructores gritaron indicaciones mientras comenzaban a asegurarnos, ajustando cinturones y enganchando palancas.

El corazón empezó a latirme con fuerza en la garganta, y su sonido me retumbaba en la cabeza mientras todo lo demás parecía desvanecerse.

Creí que me estaba dando un infarto al ver cómo el campo de hierba se alejaba cada vez más bajo nosotros.

—Brad —dije, presa del pánico. Apenas conocía a aquel hombre, pero buscar su apoyo en ese momento era mi única opción.

—No te pasa nada —dijo mientras alargaba la mano, tomaba la mía y le daba un suave apretón. Me miraba con una intensidad sobrecogedora. Mi corazón aún latía desbocado, pero estaba regresando al lugar que le correspondía dentro de mi pecho. Ya no me ahogaba con él.

Asentí con los ojos muy abiertos mientras la avioneta parecía detenerse en el aire.

—¡Hemos alcanzado los 10 000 pies! —gritó el instructor.

Ojalá se hubiera guardado aquel dato tan divertido para sí mismo.

—¡Creo que te odio! —le grité a Brad cuando la puerta lateral de la avioneta se abrió y al otro lado solo quedaron el cielo azul pálido y las mullidas nubes blancas.

Se rio, pero noté que sus nervios aumentaban mientras contemplaba el paisaje. Vi cómo se le movía la nuez al tragar saliva.

Trent fue el primero en levantarse y avanzó hacia la puerta aferrándose a los asientos.

Nos dedicó una sonrisa a Brad y a mí antes de despedirse con un pequeño saludo militar y saltar desde el borde de la avioneta.

Solté un grito ahogado al verlo desaparecer de mi campo de visión, mientras el estómago me daba una voltereta.

—Vamos —le dijo Brad al instructor sentado a su lado. Se colocó las gafas protectoras y se levantó con aplomo, como si tratara de estar a la altura de Trent—. Venga —me llamó.

Asentí con las piernas temblorosas mientras me obligaba a ponerme en pie.

Otro instructor me guio hacia la puerta abierta de la avioneta.

Unió nuestros arneses y ajustó bien la correa, mientras el instructor de Brad hacía lo mismo con los suyos.

Avanzamos poco a poco hasta el borde. Me temblaban las manos mientras me ajustaba las gafas protectoras y contemplaba el cielo despejado. Comprendí que ya no había vuelta atrás.

—¡Saltamos al llegar a uno! —gritó mi instructor. Su voz parecía muy lejana, aunque tenía la boca pegada a mi oído.

—¡Tres!

Joder.

—¡Dos!

No puedo hacerlo.

—¡Uno!

Con un solo paso, el suelo desapareció bajo mis pies y la avioneta se perdió en algún lugar detrás de mí.

Lancé un chillido estridente mientras mi cuerpo se precipitaba hacia abajo y el mono ondeaba con el rugido del viento.

No podía cerrar los ojos. No podía respirar.

Entonces terminó la caída inicial y sentí que mi cuerpo flotaba.

—Extiende los brazos —dijo mi instructor con calma.

Hice lo que me había dicho y solté una carcajada demente mientras el aire pasaba a toda velocidad a mi alrededor.

No podía creer que estuviera haciendo aquello.

El nerviosismo que había sentido antes se había transformado en otra cosa, y por fin solté un largo suspiro.

Era una sensación increíble, como si el mundo estuviera lejísimos.

Divisé a Brad, que recorría el cielo con la mirada hasta que sus ojos se posaron en mí.

Se le iluminó el rostro y abrió la boca en una amplia sonrisa.

Levantó el pulgar y yo le devolví el gesto.

Tal vez fuera por él, porque había vencido uno de mis miedos o porque el viento me estiraba los labios, pero no pude reprimir una sonrisa.

Cuando el suelo estuvo más cerca, nuestros instructores tiraron de la anilla del paracaídas. Mi cuerpo ascendió varios metros de golpe mientras un arcoíris de colores se desplegaba sobre mí.

—Mantenga juntas las rodillas y los pies —me aconsejó el instructor mientras la hierba se aproximaba bajo mí.

Manejaba los mandos con destreza, y el paracaídas que teníamos encima se estabilizaba con cada movimiento.

Vi cómo nuestros pies se deslizaban justo por encima del suelo, todavía demasiado deprisa para detenernos.

Por fin, mis pies tocaron la hierba y los de mi instructor aterrizaron justo detrás; corrimos unos metros antes de detenernos.

—¡Lo ha hecho de maravilla! —dijo mi instructor mientras desenganchaba nuestros arneses y chocaba la palma conmigo.

—Gracias —dije, secándome la frente mientras me volvía para buscar a Brad.

Para mi sorpresa, ya corría hacia mí con expresión maravillada.

—¡Lo has conseguido! —dijo sin aliento mientras me estrechaba entre sus brazos y me hacía girar, con los pies suspendidos detrás de mí—. ¡Estoy muy orgulloso de ti!

Acababa de saltar de una puñetera avioneta, pero sentir los brazos de Brad a mi alrededor fue, de algún modo, lo más emocionante que había experimentado en todo el día.

Me derretí contra su cuerpo fuerte y apoyé la cabeza en su pecho mientras él volvía a depositarme en el suelo.

Era sólido. Necesitaba aquella solidez después de haber caído del cielo.

—No puedo creer que acabemos de hacer eso —susurré con voz temblorosa mientras sentía que su pecho subía y bajaba con rapidez bajo mi mejilla.

Nos quedamos allí, entre la hierba alta, aún abrazados y tratando de recuperar el aliento.

Al cabo de unos instantes, Brad se aclaró la garganta, me soltó y dio un paso atrás.

Oímos aplausos a nuestra izquierda y nos volvimos rápidamente para ver a Trent allí de pie, con una gran sonrisa, alternando la mirada entre los dos mientras aplaudía.

Me quité el casco y, nerviosa, me coloqué un mechón detrás de la oreja, como si eso pudiera arreglar la maraña que tenía por pelo. Me ardían las mejillas.

¿Cuánto tiempo llevaba Trent allí?

¿Cuánto tiempo habíamos estado abrazados?

—Hacen una pareja encantadora —dijo Trent.

Antes de que Brad o yo pudiéramos protestar, continuó: —Firmaré el contrato cuando regresemos a la base.