Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 10 Brad
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Capítulo 10 Brad

El sonido apagado de un jazz lento descendía de los altavoces del techo, ahogado por el repiqueteo de los tacones y las risas estrepitosas de los socios del club que me rodeaban.

Solo en Manhattan se reunirían los más ricos entre los ricos para almorzar formalmente un entrecot con unas copas a las once de la mañana de un lunes.

Preferiría estar de vuelta en la oficina, pero rechazar aquella invitación supondría renunciar a posibles negocios, por muy a última hora que me hubiera llegado. Socializar formaba parte del trabajo.

Me dirigí con paso decidido hacia la barra, saludando educadamente con la cabeza a quienes reconocía e intentando asociar caras con nombres.

El salón estaba en penumbra debido a las largas cortinas verde bosque que colgaban del techo y bloqueaban el sol de primera hora de la tarde.

Las lámparas de araña que se sucedían por el techo artesonado se mantenían tenues; de sus cristales emanaba un débil resplandor dorado que se reflejaba en el papel pintado con flores de lis que revestía las paredes.

El aire estaba cargado de humo de puros y de demasiado perfume.

—¿Qué le pongo, señor Ashcroft? —preguntó el camarero que ya me había atendido muchas veces.

Mi traje no estaría mal para empezar, pero parecía que Sarah se retrasaba en traerme el traje formal negro de la tintorería, mucho más apropiado para aquel evento.

—Whisky escocés. Solo —dije, tamborileando con los dedos sobre la encimera de nogal barnizado de la barra.

—Por supuesto —dijo mientras se volvía para coger una botella ornamentada de los estantes de cristal que tenía detrás. Allí solo servían bebidas de primera calidad.

El club mantenía una plantilla tan exclusiva como los socios a los que permitía entrar. Aquellos camareros y empleados habían presenciado con creces las extravagancias de los ricos y escuchado sus secretos. Todos sujetos, sin duda, a un NDA blindado.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó la familiar voz ronca de mi padre.

Hice una mueca para mis adentros. Sabía que estaría allí, pero aún no lo había visto. Esperaba que, por algún milagro, pudiera escabullirme sin que me detectara. Sin embargo, mi padre tenía un radar infalible conmigo y la sala tampoco era tan grande.

—Pedir una copa —dije.

—¿A las once de la mañana? —Arqueó una ceja.

—Parece que tú has tenido la misma idea —dije, fijándome en el vaso vacío que sostenía en la mano y en las últimas gotas de licor marrón del fondo. Seguramente whisky irlandés.

—Esta tarde no trabajo —dijo, haciéndole una seña al camarero para que le trajera otro—. Pero tú...

—Estoy aquí por negocios, papá.

¿Por qué me sentía como un adolescente rebelde al que hubieran pillado saqueando el mueble bar de sus padres?

—¿Has traído a alguien? —preguntó, apoyando la espalda contra la barra y recorriendo la sala con la mirada. Había varios socios acompañados: los hombres lucían sus mejores trajes y sus esposas llevaban vestidos a juego con las corbatas de ellos.

—Es día laborable —dije, encogiéndome de hombros.

En ese momento, el camarero trajo la copa que tanta falta me hacía, junto con el whisky de mi padre. Di un largo trago, sabiendo adónde conducía aquella conversación. Sabiendo que no podía hacer nada para evitarlo.

Mi padre todavía era copropietario de Stellar Enterprises.

Yo poseía el 49 %, pero ese 1 % que él tenía sobre mí se interponía en mi camino para asumir el control absoluto de la empresa.

Mi padre, que ya no era ningún jovencito, era testarudo.

No conseguía dejar atrás sus días de gloria y jubilarse sin más, a pesar de la insistencia de mi madre.

Mi padre dio un buen trago a su whisky, casi vació el vaso y terminó con un profundo suspiro.

—No da buena imagen, hijo —dijo con severidad, volviendo la mirada hacia mí.

—¿El qué? —pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.

—Este traje, para empezar —dijo, tocando la tela como si fuera una bolsa de basura y no un traje de Armani.

—¿Y? —pregunté, apretando los labios hasta formar una fina línea mientras estudiaba el rostro de mi padre y reparaba en las nuevas arrugas que le surcaban la frente.

—Tienes casi cuarenta años. Y sigues soltero.

Suspiré y puse los ojos en blanco de forma instintiva.

—No da buena imagen. Stellar Industries es una empresa familiar . Eso le gusta a la gente.

Guardé silencio y di un sorbo a mi whisky escocés; el ardor me distrajo de aquella conversación. Hablaba como si nunca hubiera estado prometido. Lo había intentado .

—No puede ser bueno para ti —añadió mi padre—. ¿No hay nadie? Quizá alguien de aquí... —Recorrió la sala con la mirada.

Busqué a alguien que me librara de la posibilidad de que mi padre intentara emparejarme con una mujer. Fue entonces cuando vi a Sarah en la puerta, con una bolsa de la tintorería sobre los brazos. Entrecerró los ojos mientras se acostumbraban a la escasa luz, hasta que por fin se posaron en mí.

Gracias a Dios. Ya tenía escapatoria.

Le hice una seña para que se acercara y ella se abrió paso entre la multitud.

Mis ojos se dirigieron de inmediato al escote de su vestido, peligrosamente bajo y redondeado, que dejaba al descubierto su generoso canalillo.

Iba demasiado informal para un lugar como aquel, pero estaba mejor que cualquiera de las presentes.

—Sarah, ahí estás —dije en tono cordial mientras le quitaba rápidamente la bolsa de la tintorería y la guiaba con suavidad hasta mi lado.

Me miró sorprendida, y reparé en la ligera curva de su ceja, que cuestionaba mi numerito de chico encantador. Ignoré su expresión y me volví hacia mi padre.

—Papá, esta es Sarah. Sarah, este es William —dije, procurando omitir los títulos formales que revelarían que ella era mi asistente y él, mi padre. Dejaría que sacara sus propias conclusiones sobre quién era Sarah.

Se aclaró la garganta y sonrió a Sarah. —Encantado de conocerla, querida —dijo, tomándole la mano para estrechársela.

—El placer es mío —dijo ella, inclinando ligeramente la cabeza.

Mi padre cogió su copa de la barra y me lanzó una mirada cómplice antes de marcharse y desaparecer entre la multitud.

Había mordido el anzuelo y creía que Sarah era mi cita.

Tal vez así me dejara en paz durante una temporada.

Aunque sabía que estábamos jugando con fuego.

Sarah y yo teníamos que salir de allí antes de que volviera con preguntas.

—Llegas tarde —dije, volviéndome hacia Sarah.

—Eso me han dicho —murmuró.

—Ya puedes irte. De hecho, puedes tomarte libre el resto del día... —dije, impaciente por que saliera del club y quedara fuera del alcance de mi padre.

—Ah. —Consultó el reloj—. Todavía no son ni las doce...

—No pasa nada —dije mientras la conducía hacia las grandes puertas dobles que había cruzado unos minutos antes, muy consciente de cómo su cuerpo se tensaba ligeramente al sentir mi mano en la espalda.

Nos quedamos en la entrada sumidos en un silencio incómodo.

Se notaba que el salón en penumbra, abarrotado de gente, había despertado su curiosidad.

—Hoy ya no te necesito para nada —dije con firmeza, captando de nuevo su atención.

Me dirigió una mirada en la que se mezclaban el dolor y la confusión. Una parte de mí se preguntó si debería pedirle que se quedara, ayudarla a soltarse con una copa de champán y tenerla a mi lado mientras alternaba con la élite de Manhattan. Quizá buscar algún rincón oscuro...

—Vale —dijo en voz baja—. Hasta mañana.

Recorrió el largo pasillo en dirección a las puertas de hierro de la entrada.

Ver cómo se movía su culo bajo la tela rosa pálido del vestido hizo que me arrepintiera de inmediato de haberla mandado a casa.

Menudo vestido. Sacudí ligeramente la cabeza para romper el hechizo y entré en un baño cercano para ponerme un traje más apropiado para el club.

Después de alternar con los socios habituales del club y evitar a mi padre durante otra hora, estaba a punto de salir cuando me detuvo uno de nuestros clientes más importantes, Trent Page.

—¿Ya se marcha? —preguntó, con el aliento empapado en alcohol.

—Alguien tiene que trabajar —respondí con una risita.

—El señor Responsabilidad. —Asintió—. Por eso es usted el mejor entre los mejores.

—Eso dicen.

—Bueno, tengo algunas ideas para el próximo trimestre que quiero comentarle.

Aquello despertó mi interés. Su aplicación estaba escalando puestos en la tienda de aplicaciones, lo que generaba un buen flujo de ingresos para ambos. Estaba deseando descubrir qué tenía en mente. Y aún más deseoso de que invirtiera más dinero.

—Me encantaría oírlas —dije—. ¿Cuándo puede reunirse?

—Mañana —dijo con rotundidad. Bueno, con toda la rotundidad de la que era capaz alguien borracho como una cuba.

—Creo que puedo organizarme —dije, consciente de que sería fácil reprogramar unas cuantas reuniones si había millones de dólares en juego.

—Bien. Me pondré en contacto con usted. —Asintió y fue en busca de su novia más reciente, una rubia alta con el pelo corto al estilo pixie y un vestido negro con la espalda descubierta.

Cuando crucé las puertas de hierro y salí a la acera del Upper East Side, me alegré de que asistir a aquel almuerzo no hubiera sido una pérdida de tiempo absoluta, ahora que tenía una reunión con Trent Page.

Mientras recorría la hilera de parquímetros hacia mi coche, el teléfono vibró en mi bolsillo. Anton.

—Hola, tío —dije mientras abría el coche—. ¿Qué pasa?

—Estoy a punto de entrar en el restaurante —dijo. Oía tras él los sonidos de la ciudad, que se fundían con los que me rodeaban en una misma melodía.

—¿Cuál?

—El de Uptown —dijo.

—Ahhh.

—¿Dónde estás? —preguntó, probablemente al oír cómo cobraba vida el motor de mi Mercedes.

—Estaba en el Metropolitan Club —dije.

—Qué elegaaante —dijo con una modestia cargada de sarcasmo—. Sabes que es como la una de la tarde, ¿verdad?

—Lo sé —dije, separando el coche con cuidado del bordillo mientras el teléfono se conectaba al Bluetooth.

—Solo lo comprobaba. A veces los ricos os olvidáis de cómo es el mundo normal.

—Ja, ja. —Solté una risa sarcástica.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó con curiosidad.

—Lo de siempre. Libertinaje de ricos y mi padre dándome la lata con que tengo que casarme.

—Sigue con eso, ¿eh? —preguntó entre risas.

—Siempre —mascullé, girando el volante para entrar en mi calle—. Necesito que me deje en paz. No para de repetir que es una empresa familiar . Jamás me la cederá si sigo disfrutando de la soltería.

—Siempre puedes pedir una esposa por catálogo —sugirió Anton, y me pareció que lo decía medio en serio.

—Estás de broma, ¿verdad? Si mi padre descubriera que mi esposa rusa es un fraude, me destituiría como consejero delegado. Me echaría de la empresa por completo.

—Ya... Quizá deberías buscar a alguien que hable inglés...

—Alguien que siguiera el juego —dije, recordando el momento en que Sarah había llegado al club y mi padre por fin había dejado de insistir en que buscara esposa—. Hay una chica, Sarah... —añadí pensativo.

—Mmm... —dijo Anton, con curiosidad en la voz.

Me di cuenta de que aún no le había hablado de ella, porque no quería quedar como un idiota por haber contratado a alguien solo porque estaba buena.

—Es mi nueva asistente. De hecho, ha pasado antes por el club. Creo que mi padre supuso que estábamos juntos porque dejó de incordiarme.

—¿Por qué no se lo pides a ella ?

Una idea tentadora.

Una idea con la que estuve debatiéndome hasta que, a primera hora de la mañana siguiente, Trent me llamó para invitarme a un aeródromo de Long Island.

Hice que mi chófer me recogiera y me llevara en el trayecto de casi dos horas mientras escribía correos electrónicos en el asiento trasero.

Ya le había enviado un mensaje a Sarah y estaba de camino para reunirse conmigo en el aeródromo, probablemente tan confusa como yo, aunque no hizo preguntas.

Yo tampoco. Trent Page era un tipo peculiar.

Había aprendido a dejarme llevar con él.

Cuando mi chófer aparcó en el aeródromo, Trent se estaba poniendo un mono gris y unas gafas protectoras. Al verme, agitó los brazos con entusiasmo.

¿Pero qué coño...?

—¿Lo ha hecho alguna vez? —gritó, señalando el cielo mientras el avión arrancaba con un zumbido.

—¿Subir a un avión? —Arqueé las cejas.

Se echó a reír. —¡Paracaidismo!

Se me cayó el alma a los pies. Nunca había saltado en paracaídas ni había pensado hacerlo.

No figuraba en mi lista de cosas que hacer antes de morir, como ocurría con otras personas.

Me gustaba tener los pies en el suelo, salvo cuando viajaba en un avión privado con un cubo de champán.

Tragué saliva al comprender que Trent me había llevado hasta allí para que lo acompañara en su aventura.

Siendo como era, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de conseguir que aquel tipo firmara con nosotros otro trimestre.