Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 9 Sarah
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Capítulo 9 Sarah

—¿Cómo va ese pedido? —pregunté, tamborileando con los dedos sobre el metal de la ventanilla de la cocina.

Les dediqué una sonrisa afectuosa a los cocineros.

Sabía que trabajaban tan deprisa como podían.

Al fin y al cabo, era sábado por la noche.

El restaurante estaba abarrotado de clientes habituales y gente de fuera.

Colonie era uno de los locales de moda de Brooklyn, con sus productos de proximidad y su menú en constante cambio.

La gente volvía para probar algo nuevo o pedir sus platos favoritos, que permanecían en la carta.

Caponata de berenjena o Campanelle con setas maitake.

Había oído ambos pedidos más veces de las que podía contar.

En ese momento esperaba la caponata de berenjena, con el murmullo del restaurante a mi espalda mientras los cocineros se gritaban los pedidos entre el armonioso repiqueteo de los platos al apilarse y el chasquido de los fogones de gas al encenderse.

Brittany se acercó a mi lado, arrancó una comanda de su bloc y la dejó sobre la encimera.

—Está a tope ahí fuera —dijo sin aliento.

—Ya. Buena noche para las propinas.

—Desde luego.

—¡Pedido listo! —gritó el cocinero mientras deslizaba hacia mí el plato de berenjena.

—¡Gracias! —dije, acercándomelo y sosteniéndolo en equilibrio sobre una mano—. Nos vemos ahí fuera. —Asentí en dirección a Brittany.

Las dos habíamos empezado a trabajar en Colonie cuando todo se había ido al traste en Brandfield Enterprises.

Yo necesitaba empleo y había convencido a Brittany para que presentara la solicitud conmigo.

Ella disponía de algunas noches a la semana para trabajar después de su jornada diurna en una boutique de Brooklyn, y el dinero extra le venía bien para comprar telas para los encargos de costura que hacía por su cuenta.

Dada nuestra escasa experiencia como camareras durante el instituto y la universidad, nos sorprendió que nos contrataran.

Colonie no era precisamente un restaurante con estrella Michelin, pero sí un establecimiento de barrio de cierta categoría.

Pagaban el salario mínimo, aunque las propinas lo compensaban.

Mantuve en equilibrio el plato de aperitivos mientras me abría paso entre las largas mesas de madera.

La idea era que todos se sentaran juntos, como una gran familia, fueran parientes de verdad o completos desconocidos.

Era la visión del propietario para reunir a personas de toda condición y en cualquier etapa de la vida con el fin de disfrutar de una buena comida.

Cuando encontré mi mesa, dejé el plato en el centro, entre dos personas que parecían estar en una cita.

Se hallaban en esa primera etapa en la que se está embobado con el otro.

Lo notaba por cómo se miraban, por sus sonrisas tímidas y sus murmullos apagados.

Me marché enseguida para no entrometerme en su momento.

No recordaba la última vez que había tenido una cita. Sentí un vacío punzante en la boca del estómago. Eran noches de sábado como aquella en el restaurante las que me recordaban la soledad que tantas veces intentaba reprimir y olvidar.

—¿Estás bien? —preguntó Brittany al encontrarse conmigo en la trastienda durante un breve respiro.

—Solo soy dolorosamente consciente de lo soltera que estoy. —Me encogí de hombros—. Mira a esos tortolitos. —Señalé mi mesa con la cabeza.

—Puaj, qué asco. —Brittany sacó la lengua en broma.

Le di un empujoncito con el hombro, captando su sarcasmo. —¿Mañana por la mañana sigues viniendo conmigo a cuidar de la niña? —pregunté.

Le había prometido a mi amiga Juliet que cuidaría de su hija Blair mientras ella asistía a un brunch benéfico con su marido, Chester. Mi antiguo jefe.

—Cuando lo dices así, siento como si hubiéramos vuelto al instituto —dijo Brittany, negando con la cabeza mientras observaba las mesas para comprobar si alguien la buscaba.

—Es verdad, ¿eh? —Me reí.

—Allí estaré —dijo Brittany, apartándose de la encimera para dirigirse hacia una mesa cuyos ocupantes acababan de dejar la tarjeta de crédito dentro de la carpeta negra de piel.

A la mañana siguiente, Brittany y yo llegamos al ático de Chester y Juliet en el Upper East Side.

Brittany llevaba dos cafés con hielo y yo, una bolsita con bloques de goma y puzles de madera de piezas grandes que probablemente fueran un poco difíciles para Blair, pero podíamos intentarlo.

Me encantaba sorprender a la pequeña con regalos.

Apenas tenía dos años y era una mezcla encantadora de dulzura y descaro.

Juliet abrió la puerta haciendo equilibrio sobre un zapato de salón de charol blanco como un flamenco, mientras intentaba calzarse el otro.

Estaba impecable, con su larga melena rubia recogida en un moño alto sobre la cabeza y los ojos azules realzados con una máscara de pestañas negra que los hacía resaltar.

Chester se encontraba unos pasos detrás de ella, peleándose con los gemelos y con el ceño fruncido.

—¿Hemos llegado pronto? —pregunté, mirando la hora en el móvil.

—No, somos nosotros los que llegamos tarde —respondió sin aliento—. Entrad, entrad. —Nos hizo pasar al majestuoso recibidor y nos dio un abrazo a cada una.

—Bueno, estás estupenda —dije, contemplando el vestido recto blanco que llevaba.

—A que sí —dijo Chester, acercándose para rodearle la cintura con los brazos. Hundió el rostro en su cuello y aquel gesto íntimo hizo que Juliet se ruborizara. De pronto tuve una ligera sospecha de por qué llegaban tarde.

—¿Dónde está Blair? —pregunté, mirando alrededor.

—Está escondida —respondió Juliet con una sonrisa pícara, señalando un montón de mantas sobre el sofá—. Quiere jugar al escondite contigo.

—¡Oh! ¡Me encanta el escondite! —dije mientras bajaba los escalones que llevaban al salón, donde una risita escapó de debajo de una mullida manta color crema.

Hice un gesto a Juliet y Chester para que se dirigieran a la puerta, con una mirada que les indicaba que quedaban relevados de sus deberes parentales.

Sonrieron agradecidos y salieron a hurtadillas.

Brittany y yo recorrimos el salón fingiendo buscar en distintos lugares mientras las risitas de Blair se volvían cada vez más fuertes.

Incapaz de seguir escondida, se quitó la manta de un tirón y se levantó de un salto.

Yo me llevé una mano al corazón y Brittany soltó un grito melodramático, lo que hizo que Blair se riera aún más.

La levanté, la estreché entre mis brazos y le di un beso en la cabeza.

Pasamos las dos horas siguientes jugando más al escondite, viendo Bluey y entreteniéndonos con los juguetes que le había llevado. Brittany preparó tortitas y beicon en la cocina. Después de devorar todos aquellos bocados dulces y salados, los párpados de Blair empezaron a cerrarse por el sueño.

—¡Hora de la siesta! —Di una palmada.

Gimió a modo de protesta, pero echó a andar hacia su habitación con sus pasitos de pato.

La acosté en la cuna y cerré las cortinas de terciopelo rosa para dejar el cuarto sumido en la oscuridad.

Al salir, encendí su máquina de sonidos.

El rumor de las olas rompiendo llenó la estancia.

Cerré la puerta con suavidad y recorrí el pasillo hasta donde Brittany secaba los últimos platos.

La ayudé a guardarlos y después nos dejamos caer perezosamente sobre el sofá.

Brittany sacó el móvil y me miró con expresión traviesa.

—¿Qué? —pregunté, arqueando una ceja.

—Ha llegado el momento —dijo mientras tecleaba rápidamente en el móvil, desplazando las uñas rojas a toda velocidad por la pantalla.

—¿El momento de qué?

—¡De cotillear! —Giró el móvil hacia mí y me encontré con el rostro de Brad mirándome desde la pantalla.

—¡Brittany! —exclamé, tratando de quitarle el teléfono.

Volvió a girarlo hacia ella y recorrió la pantalla con la mirada.

—¡Es megamultimillonario y está soltero ! —Movió las cejas de forma sugerente.

—¡Dame eso! —dije, arrebatándole el móvil.

Leí la breve reseña de la pantalla. Era multimillonario y hacía poco había roto su compromiso.

Esa última parte captó mi atención. Sentí el deseo de buscarla a ella y poner a trabajar el talento de Brittany para el acoso digital, pero me contuve porque quería leer algo más sobre Brad.

Probablemente fuera algo que debería haber hecho antes de presentarme a la entrevista.

Aunque ya no importaba. Había conseguido el empleo.

—Es verdad que está buenísimo —dijo Brittany mientras recuperaba el móvil y recorría las imágenes de Google.

—Ya te lo dije.

Recordé mi numerito en el probador y noté que me ardían las mejillas.

—Muchísimo más que el innombrable... —dijo, sacando la lengua con repugnancia.

Solté una risita al pensar en mi ex. Matt había irrumpido en mi vida como una tormenta eléctrica, rápida y poderosa, y me había cautivado por completo con lo que decía y con su forma de hacerme sentir como si yo fuera la única persona en la habitación.

Me enamoré de él.

Perdidamente.

Era mayor que yo y uno de esos hombres que no hacen sino volverse más atractivos con el paso de los años.

Nos habíamos conocido en una aplicación de citas, algo que había jurado que nunca haría, pero la curiosidad pudo conmigo.

Deslicé a la derecha a unos cuantos hombres, pero solo sentí emoción al ver la foto de Matt.

Tuvimos una coincidencia y celebramos nuestra primera cita tres días después; para cuando terminó, ya me tenía comiendo de su mano.

Mis amigas decían que me estaba bombardeando de amor, pero yo me negaba a verlo.

Me negaba a ver muchas cosas.

Cuando me pidió matrimonio, acepté de inmediato.

Había sido un romance vertiginoso. Mi hermana me advirtió que no lo hiciera porque apenas nos conocíamos desde hacía poco.

Pero ¿acaso el injusto revés que le había deparado la vida no era un recordatorio de que esta era demasiado corta? Al menos, eso era lo que me decía.

Mientras yo estaba ocupada planeando la boda, él se volvió cada vez más distante y mostró menos interés por las flores con las que quería adornar el pasillo o por los platos imprescindibles del menú.

Intenté atribuirlo a que estaba muy ocupado en el trabajo, su excusa habitual.

Creía que trabajaba tanto para que pudiéramos construir una vida juntos y que por eso estaba tan cansado.

Que ese era el motivo de nuestro distanciamiento.

La verdadera razón era que tenía prometida. Una prometida que no era yo. Toda una vida distinta de la que yo no formaba parte.

Ahora estaba casado con ella y vivía en Syracuse con sus dos hijos.

Llevaba la vida que yo creía que íbamos a compartir mientras yo trabajaba en un restaurante para llegar a fin de mes e intentaba cuidar de mi hermana.

Ella nunca ha sido una carga para mí, pero esperaba tener a alguien en quien apoyarme mientras la llevaba a sus interminables citas médicas y lloraba hasta quedarme dormida por las noches.

En lugar de eso, estaba sola y arruinada.

Bueno, hasta ahora.

Todo iba a cambiar cuando empezara mi nuevo trabajo.

El lunes por la mañana me presenté en la oficina sintiéndome estupenda con mi vestido nuevo.

No era el vestido color zafiro. Estaba esperando el momento de estrenarlo.

Este tenía el tono de rosa perfecto, lo bastante claro para resaltar el ligerísimo bronceado que había conseguido tomando el sol en la azotea el día anterior.

El escote bajaba bastante y, aunque al salir del apartamento me había infundido confianza, ahora me sentía un poco ridícula con él en una oficina.

Respiré hondo antes de entrar en el despacho de Brad y me sorprendió encontrarlo vacío.

Más grande que mi apartamento, la estancia era inmensa y estaba amueblada con piezas modernas.

En el centro había un sofá de piel color tostado, acompañado por dos butacas a juego dispuestas alrededor de una gran mesa baja de piedra.

Encima de esta descansaba una bandeja de cristal con una botella de lo que parecía bourbon y varios vasos bajos ornamentados.

Mis zapatos de salón negros repiquetearon contra el oscuro suelo de madera mientras me acercaba al moderno escritorio color bellota que supuse que era el mío.

Era más pequeño que el situado ante el enorme ventanal con vistas directas a Central Park.

Aquel tenía que ser el de Brad. Me pregunté dónde estaría mientras tomaba asiento en el mullido sillón de piel de mi escritorio, cuya superficie estaba cubierta de notas.

Tareas.

Montones de ellas.

Pero eran bastante sencillas y sentí alivio por la poca carga de trabajo administrativo, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que me pagaban.

Mientras ordenaba unos archivos alfabéticamente, el teléfono de mi escritorio sonó con estridencia y me arrancó de aquella actividad soporífera. Descolgué y, antes de que pudiera decir nada, oí la voz de Brad al otro lado de la línea.

—Tráeme el traje al club —dijo con brusquedad y sin saludar.

—¿A-al club? —tartamudeé.

—Metropolitan Club —respondió irritado, como si de algún modo tuviera que haberle leído la mente. Como si yo supiera qué era aquel sitio.

—¿Qué traje? —pregunté mientras examinaba el despacho en busca de alguno.

—El que se supone que debes recoger de la tintorería.

—Claro —dije mientras revolvía sus notas.

—Estate aquí dentro de treinta minutos.

Oí el chasquido del teléfono al colgar.

—¿Pero qué coño...? —me susurré.

Cuarenta y cinco minutos después, mi taxi se detuvo frente a un alto edificio de ladrillo gris con ventanas arqueadas.

Pagué al conductor antes de recoger del asiento contiguo la funda de la tintorería.

Bajé del taxi y alcé la vista hacia el edificio, que tenía un toldo azul marino con el emblema dorado de una M .

Había un único portero ante la puerta de hierro y, detrás de él, brillaba una luz dorada. Me miró con indiferencia.

—Hola. Eh... Vengo a ver a Brad Ashcroft. Soy su asistente. Sarah. Sarah Atkinson.

—Llega tarde —dijo mientras se volvía para abrir la puerta de hierro.

La empujó con una facilidad impresionante e inclinó la cabeza para indicarme que entrara.

Le di las gracias y me colé en el interior.

En el pasillo en penumbra, seguí el sonido de las voces hasta un gran salón lleno de hombres con trajes imponentes y mujeres ataviadas con vestidos de gala.

Vestidos de gala.

Bajé la vista hacia mi vestido y, de pronto, me sentí como una campesina.

¿Qué clase de sitio era aquel?