Capítulo 8 Brad
Me estiré en el gran sofá modular de color crema y di un sorbo al café, solo y caliente; el vapor se elevaba de la taza verde esmeralda que sostenía en la mano.
Cerré los ojos al sentir su intenso sabor y apoyé la cabeza en el respaldo del sofá, con el sonido de la CNBC mezclándose con el ruido del tráfico de la calle como banda sonora de mi mañana.
Había intentado dormir hasta tarde, pero el sol matutino se había colado entre las persianas y la ventana y me había despertado.
Pensar en Sarah me había mantenido despierto hasta más tarde de lo que pretendía, de ahí que ya fuera por mi segunda taza de café.
Giré el cuello para desentumecerlo y miré hacia el gran televisor de pantalla plana instalado en la pared encalada del salón.
Mientras veía desfilar por la pantalla las cotizaciones bursátiles, sonreí satisfecho al comprobar que Stellar Industries había subido tres puntos.
El móvil vibró sobre la madera oscura de la mesa de centro. Aparté los pies de ella y alargué la mano hacia la pantalla iluminada. Era Anton:
¿Golf esta mañana?
Bostecé, pensando en todas las demás cosas que podía adelantar. Aunque fuera sábado, aún tenía asuntos de trabajo que atender. No en la oficina propiamente dicha, sino estableciendo contactos con socios comerciales o con socios comerciales potenciales .
Además de tacharme de cabrón exigente, también me llamaban adicto al trabajo. Un título que lucía con orgullo. De no serlo, no estaría donde estoy hoy.
Dedicar algo de tiempo a disfrutar del fin de semana no iba a hundir mi empresa. Lo sabía. Sabía que otros multimillonarios se tomaban libre el fin de semana para disfrutar de las soleadas playas de las Bahamas o escaparse a sus casas frente al mar en los Hamptons. Pero yo no.
Anton: Es sábado...
Puse los ojos en blanco ante el intento de Anton de arrastrarme al campo de golf.
Pero entonces se me ocurrió una idea que lo contentaría a él y también satisfaría mi deseo de establecer contactos profesionales.
Podía invitar a un posible socio comercial, uno al que llevaba varias semanas intentando ganarme.
Yo: Cuenta conmigo. Reservaré hora de salida para las diez.
Anton: Vaya. ¿Estoy soñando?
Sin hacer caso de su sarcasmo, tecleé rápidamente una respuesta.
Yo: Nos vemos en Inwood.
Me sorprendía que Anton estuviera despierto antes de las siete de la mañana.
Los viernes por la noche eran ajetreados para cualquier restaurante de la ciudad, pero sobre todo para las pizzerías.
Anton era dueño de una de las cadenas más grandes de Manhattan, una a la que muchos juerguistas borrachos acudían después de una larga noche de baile y copas.
Eso era lo que hacía que su negocio tuviera tanto éxito: ofrecer un sitio al que ir a quienes sentían hambre a altas horas de la madrugada.
Además, su pizza estaba jodidamente deliciosa.
Sin embargo, ser dueño de una cadena de pizzerías no era suficiente para Anton.
Aunque dirigía la empresa, la parte empresarial le parecía aburrida, por lo que era habitual encontrarlo en la cocina hasta altas horas de la noche.
Trabajaba codo con codo con los cocineros, estirando masa y extendiendo su salsa secreta, repartiendo los ingredientes antes de meter las piedras para pizza en uno de los grandes hornos de leña.
En mi opinión, parte del atractivo que hacía que la gente eligiera Anton’s frente a otras pizzerías era precisamente ese. Se implicaba personalmente y sentía pasión por su producto. A la gente le gustaba vislumbrarlo en la cocina a través de la pequeña ventana redonda de las puertas batientes.
Ocurría lo mismo con cualquier empresario de éxito. La curiosidad podía con la gente, que quería echar un vistazo entre bastidores. En mi caso, era todo un poco más intenso, con la prensa buscando trapos sucios y cámaras furtivas intentando captarme en situaciones comprometidas.
Busqué en el móvil el número de teléfono de Neil Schwartz.
Era el director ejecutivo de una empresa tecnológica emergente que estaba revolucionando las redes sociales con su aplicación, una combinación del antiguo Instagram y la ola actual de TikTok que animaba a los usuarios a publicar vídeos en tiempo real.
La semana anterior había conseguido que su secretaria me diera su número personal a base de engatusarla durante una visita a las oficinas físicas de la empresa.
Yo: Neil. Soy Brad Ashcroft. Espero que esté disfrutando del fin de semana. ¿Le apetece acompañarme a jugar una ronda de golf esta mañana en el Inwood Country Club?
Neil: No sé si cabrearme o sentirme impresionado porque tenga mi número de móvil.
Yo: Puede decírmelo en el campo a las diez.
Neil: Tiene suerte de que sea madrugador y de que, además, me encante jugar al golf.
Yo: Nos vemos entonces.
Pulsé el botón lateral del móvil para bloquearlo. Estiré los brazos por encima de la cabeza y sonreí con suficiencia al ver que mi plan se desarrollaba tal como esperaba. Podía contentar a Anton y, con suerte, cerrar también el trato con Neil.
Horas después, el sol de agosto caía a plomo sobre mí mientras golpeaba con el driver; el chasquido de la bola resonó en el silencioso campo.
Me llevé una mano a la frente a modo de visera y observé cómo la bola blanca surcaba el aire a lo lejos, haciéndose cada vez más pequeña hasta aterrizar en el green a apenas unos metros del hoyo.
—Joder —dijo Anton, siguiendo la trayectoria con la mirada.
—Eres un tiburón —dijo Neil, negando con la cabeza.
Sonreí con confianza y me apoyé el palo en el hombro mientras Neil colocaba su bola en el tee.
—Tenías que trabajar hoy, ¿verdad? —murmuró Anton al acercarse a mí.
—No puedo evitarlo. —Me encogí de hombros.
—Ya lo sé. —Anton soltó una risita mientras se ajustaba sobre el pelo negro la gorra blanca de golf.
Me conocía mejor que nadie. Éramos amigos desde la universidad; nos habíamos conocido en la zona común de la residencia durante la primera semana del primer curso.
Él estaba jugando a Call of Duty mientras mascullaba palabrotas por los auriculares.
Yo me había burlado del arma que había elegido y él me había retado a unirme a la partida.
Tres horas después, habíamos pedido una pizza —no tan buena como las de Anton— y le habíamos sonsacado al responsable de la residencia una caja de cerveza.
Neil ejecutó un golpe limpio y su bola aterrizó cerca de la mía.
—Parece que hoy alguien me ha traído un poco de competencia —dije.
Anton me lanzó una mirada antes de subir al carrito de golf, mascullando las mismas palabrotas que durante aquella partida de Call of Duty de hacía casi veinte años.
Entre risas, me acomodé en el asiento del conductor.
Neil sonrió orgulloso antes de subir a su propio carrito y seguirnos por el camino asfaltado hasta el siguiente hoyo.
Dos horas después, estrechaba la mano de Neil en el vestíbulo del club de campo.
Me había ganado por un golpe, lo que había apaciguado su ego lo suficiente como para aceptar reunirse conmigo y me hacía sentir como el verdadero ganador.
Mientras lo veíamos acomodarse al volante de su Jaguar, Anton me dio una palmada en la espalda.
—¿Contento?
—Ya lo creo —dije asintiendo.
—¿Te apetece jugar un partido de baloncesto en el gimnasio? —preguntó.
—Nunca tienes bastante, ¿verdad? —pregunté mientras le daba el resguardo al aparcacoches.
—Necesito ganarte en algo —dijo, poniendo los ojos en blanco.
Acababan de darle una buena paliza .
—Vale. —Suspiré justo cuando el aparcacoches doblaba la esquina con mi descapotable negro de cristales tintados—. ¿Quieres que te lleve?
—Me vendría genial. He venido en Uber.
El gimnasio estaba abarrotado cuando llegamos, pero conseguimos hacernos con una de las canchas después de cambiarnos y ponernos la ropa deportiva que guardábamos en nuestras taquillas privadas.
Mientras me pasaba el balón de una mano a otra, vi a un abogado al que conocía de un bufete que nos había representado hacía poco.
Lo invité a él y a su compañero a unirse a nuestro partido y nos pusimos al día sobre negocios mientras recorríamos la cancha.
Anton puso los ojos en blanco mientras botaba el balón y avanzaba para hacer una bandeja.
—¿Tú nunca descansas? —preguntó, secándose el sudor de la frente mientras daba un trago a su botella de agua durante una breve pausa.
—No puedo evitarlo. Tampoco es que lo haya invitado yo. —Me encogí de hombros y bebí un sorbo de mi propia botella.
—Sí, sí —dijo mientras arrojaba la botella de agua al reluciente suelo de madera del gimnasio y recogía de nuevo el balón. Corrí tras él dando palmadas. Me pasó el balón y lo lancé desde la línea de tres puntos. Atravesó limpiamente la red.
—Eres insoportable, ¿lo sabes? —preguntó Anton.
—¡Estamos en el mismo equipo! —exclamé divertido, todavía con las manos en alto y los dedos curvados por el lanzamiento.
—Sí, sí —murmuró—. Tengo hambre.
—¿Por eso estás de tan mal humor? —me burlé—. ¿Cerveza y pizza en mi casa?
La propuesta lo animó de inmediato. Nos despedimos de nuestros contrincantes antes de recorrer la corta distancia hasta mi casa, haciendo una parada por el camino en el supermercado.
Mientras yo destapaba dos botellas de cerveza bien fría, Anton vació las bolsas de papel marrón de la compra.
Aceitunas, pepperoni, guindillas y champiñones quedaron repartidos por las encimeras de granito mientras él se movía por mi cocina como si fuera la suya.
Se la conocía al dedillo. Había cocinado allí para nosotros en infinidad de ocasiones y abría cajones y armarios con soltura.
Mientras cocinaba, puse el partido de baloncesto de aquella noche.
—Siempre deportes y negocios, ¿eh? —preguntó mientras estiraba la masa de pizza entre los puños y la hacía girar con cuidado frente a él.
—¿Qué más hay? —Me encogí de hombros.
—Mmm. No sé. Mujeres —respondió con sarcasmo—. ¿Vas a volver a salir con alguien alguna vez ?
Di un trago de cerveza y me apoyé en la encimera, con la mirada puesta en el salón y prestando al partido solo la mitad de mi atención. De pronto, el recuerdo del rostro de Sarah ocupó toda mi mente, pero lo aparté de inmediato. Era absurdo.
—Tú y yo sabemos de sobra lo bien que acabó la última vez que tuve a alguien lastrándome —dije, apretando los labios.
Anton asintió con solemnidad antes de lanzar con destreza la masa de pizza por encima de la cabeza y atraparla. No insistió más; sabía que era mejor dejarlo estar.
Mi ex había sido como un relámpago que me pilló por sorpresa con su vitalidad y sus ansias de vivir.
Era emocionante. Sexi. Embriagadora. Me hacía sentir capaz de cualquier cosa y a menudo me empujaba a hacer más de lo que yo creía posible.
Al principio, eso me encantaba de ella. Ardía en deseos de demostrarle lo que valía.
De ser el hombre que ella veía que yo podía llegar a ser.
Pero, al cabo de un tiempo, acabé agotado.
Nada parecía suficiente. Ni el trabajo. Ni el dinero.
Ni los lujos. Comprendí que no le interesaba tanto mi potencial como lo que podía sacar de mí.
Para ella era un cheque en blanco, no una pareja.
Anton era la única persona de mi vida que seguía viéndome como aquel chaval de diecinueve años que bebía cerveza, comía pizza barata y jugaba a videojuegos. Sí, me daba la tabarra por trabajar demasiado, pero me entendía.
Por eso sentía el impulso de hablarle de Sarah. Parecía estar constantemente en mis pensamientos, ya fuera de forma consciente o subconsciente. Necesitaba sacármelo de dentro, sobre todo sabiendo que volvería a verla pasado mañana.
Pero sabía que, si le contaba que la había contratado porque estaba buenísima, parecería idiota.
Podía soportar que se burlara de mí por trabajar demasiado, pero no por Sarah.
Al menos, todavía no. Hacía mucho tiempo que nadie me atraía de aquella manera.
No sabía qué significaba, así que decidí guardármelo durante un poco más de tiempo.
Anton sacó dos platos rebosantes de pizza, con una masa gruesa y esponjosa y una cantidad excesiva de ingredientes.
El estómago me rugió ante la imagen y el aroma del queso burbujeante y la salsa casera.
Subí el volumen del partido y mordí aquella sabrosa pizza de la que nunca me cansaba, obligando a mi cerebro a concentrarse en algo que no fueran esos ojos color caramelo que se me habían quedado grabados a fuego.