Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 7 Sarah
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Capítulo 7 Sarah

Después de que Brittany se marchara a su apartamento, mi hermana y yo nos quedamos despiertas viendo películas románticas y comiendo palomitas mientras yo me terminaba la botella de vino.

El líquido rojo con notas de roble me bajaba por la garganta y me nublaba un poco la cabeza.

Hacía que mi mente vagara por lugares que no debía.

Hacia personas en las que no debía pensar.

El rostro cincelado de Brad acudió a mi mente por lo que parecía la milésima vez en aquel día. Era como jugar a las adivinanzas, preguntándome si me tocaría su sonrisa ladeada y sensual o esa expresión de labios apretados. Cualquiera de las dos hacía que se me derritiera algo muy dentro.

Y esos ojos.

Esos ojos grises que pasaban de un día nublado a una tormenta de nieve en un abrir y cerrar de ojos. Nunca había visto nada parecido, y por eso me había resultado tan difícil mirarlo aquel día. Contemplarlos se me antojaba un lujo que no debería tener derecho a disfrutar.

Pero, por otra parte...

Sus ojos también se habían desviado, y el mero recuerdo seguía haciéndome sonrojar horas después. Cuando se posaron en el escote de mi vestido, se oscurecieron como un dibujo a carboncillo, y yo me moría por saber qué imagen estaba imaginando.

—Llamando a Sarah... —dijo Jessica mientras agitaba una mano delante de mi cara.

Parpadeé varias veces hasta que mis ojos enfocaron a Matthew McConoughey y Kate Hudson en un partido de baloncesto. Me volví hacia mi hermana, que estaba sentada con una ceja arqueada y los brazos cruzados.

—¿Qué? —pregunté.

—¿Dónde te habías metido?

Suspiré, sintiéndome ridícula por aquellos pensamientos de borracha sobre mi jefe. Tal vez fuera por el vino, o quizá solo necesitaba desahogarme, pero decidí contarle algo más sobre la entrevista.

—No puedo dejar de pensar en mi jefe —admití con timidez.

Jessica se llevó los dedos a las sienes y se las masajeó. —Oy vey —gimió.

—Ya lo sé. Ya lo sé. —Hundí el rostro entre las manos y solté una risita—. Pero tú no estabas allí , Jess. Fue como si existiera una fuerza magnética.

—¿Entre tu café y su traje? —preguntó con una sonrisa burlona.

—Chist. —Le di un suave empujón en el hombro—. Me miró, ¿sabes...?

—La mayoría de los entrevistadores miran a los candidatos.

Levanté las manos, exasperada.

—Vale, vale —dijo Jessica con voz contrita mientras se recostaba en el respaldo del sofá y me observaba con curiosidad—. Te escucho.

—Había algo entre nosotros. Algo detrás de su sonrisa. Y lo pillé mirando mi pecho, sin ninguna duda. Y lo más increíble es que no me molestó.

—¡Sarah! —exclamó Jessica a voz en grito.

—Esto pinta mal, ¿verdad?

—Desde luego.

—Pero es un trabajo... —dije con una sonrisa esperanzada asomando a mis labios.

—Y tú necesitas uno de esos, sin duda —dijo Jessica en tono juguetón, antes de fruncir ligeramente los labios.

—¿Qué pasa? —pregunté preocupada, examinándola para comprobar si sentía dolor—. ¿Qué te duele?

—Nada. —Me apartó con un gesto, molesta—. Estoy bien. Solo odio que hayas aceptado este trabajo por mí.

Su sentimiento de culpa me encogió el estómago. Nunca quería que pensara que me complicaba la vida, porque no era así. Haría cualquier cosa por ella.

—He aceptado el trabajo porque no puedo pasarme la vida trabajando en un restaurante —dije para tranquilizarla—. No todo gira a tu alrededor —añadí en tono juguetón.

—Zorra. —Me sonrió.

Solté una sonora carcajada.

—Creo que necesito vestidos nuevos —dije pensativa.

—¿Porque arruinaste el otro?

Le lancé una mirada fulminante. —Porque necesito causar una buena segunda impresión. Una en la que no derrame café. Una que dé buena imagen.

—¿Por el trabajo o por tu jefe ?

Sin hacer caso de su pregunta, dije: —¡Vámonos de compras mañana!

—No sé... —dijo con recelo—. Solo conseguiré retrasarte. —Señaló con la cabeza su silla de ruedas, que estaba junto al sofá.

—No, qué va —insistí.

—Llévate a Brittany.

—Ella también puede venir, pero quiero que tú estés allí.

Jessica titubeó mientras jugueteaba con su largo cabello castaño, recogido en una trenza.

—Está bien. —Suspiró y puso los ojos en blanco.

Di unas palmadas de alegría y envié un mensaje a Brittany para invitarla.

A la mañana siguiente, Brittany se reunió con nosotras en Bloomingdales.

No recordaba la última vez que había entrado allí.

Tal vez hubiera sido cuando compré aquel perfume tan caro que reservaba para las ocasiones más especiales.

Pensé que podía permitirme algún capricho, ya que ahora tenía un sueldo de un millón de dólares.

Podía pagar la ropa con la tarjeta y saldar la deuda más adelante.

Brittany soltó un silbido grave mientras avanzábamos sobre las baldosas blancas y negras recién pulidas, con mis manos guiando la silla de ruedas de Jessica por el pasillo.

Subimos a la segunda planta, donde se encontraba la sección de ropa de mujer.

Los maniquíes flanqueaban los pasillos vestidos con elegantes trajes de chaqueta con falda y vestidos de gala.

Las prendas de los percheros estaban ordenadas por colores y las etiquetas se ocultaban cuidadosamente en el interior, como si quisieran evitar asustar a nadie con los precios.

—Empecemos aquí —dijo Brittany, deteniéndose ante un perchero de vestidos en tonos neutros. Empezó a sacar las perchas y a colocarse sobre el brazo las distintas telas. Jessica y yo la dejamos hacer. Al fin y al cabo, ella era la experta.

Una de las dependientas se acercó para ofrecernos champán y liberar a Brittany del montón que se le acumulaba en los brazos, solo para que volviera a llenárselos con una pila de vestidos nuevos en tonos pastel.

La seguí por la tienda bebiendo champán; las burbujas me hacían sentir ligera y feliz.

Estaba segura de que el champán era una táctica para conseguir que gastáramos más dinero, y parecía funcionar, porque, cuando llegamos al probador, estaba lleno.

La dependienta tuvo que traer un perchero con ruedas aparte para colocar todas las prendas que Brittany había escogido.

Las chicas me hicieron entrar mientras ellas se acomodaban en los sofás de terciopelo negro de la sala de espera, justo al otro lado.

Cerré la puerta del espacioso probador y pasé las manos por los vestidos, aunque solo miré de reojo unas cuantas etiquetas.

El corazón me dio un vuelco ante aquellas cifras que parecían gritarme.

—No pasa nada. Puedes permitirte uno o dos —me susurré, recordando el contrato salarial que había firmado. Incluso existía la posibilidad de recibir un aumento, además de primas. Era absurdo, la verdad.

Me quité los vaqueros contoneándome, me saqué la camiseta de tirantes y descolgué con entusiasmo un vestido azul marino.

Me lo pasé por la cabeza, me subí la cremallera lateral y me estudié en el espejo.

Tenía un corte evasé y el cuello alto. Sinceramente, era un poco aburrido, pero probablemente apropiado para un trabajo de oficina.

Salí sin demasiada confianza y les enseñé el vestido a Jessica y Brittany.

Mi hermana levantó una mano y la inclinó de un lado a otro, indecisa.

Brittany, algo más expresiva, abrió la boca y sacó la lengua.

—No. —Negó con la cabeza—. Vuelve dentro.

Me reí y obedecí. Volví a salir con un vestido negro ajustado que me llegaba hasta las rodillas, aunque resultaba algo más atrevido por detrás, con una abertura que me subía por los muslos.

—¡ Eso está mucho mejor! —dijo Brittany, asintiendo con entusiasmo.

Di una vueltecita, con la cabeza mareada por el champán, antes de regresar al probador para probarme más vestidos.

Todavía estaba buscando el vestido .

El que dejaría boquiabierto a Brad Ashcroft.

Sabía que vestirme pensando en él era de lo más inapropiado, pero quería volver a sentir aquellos ojos grises sobre mí.

Quería ver de nuevo aquel fugaz destello de deseo que había percibido el día anterior.

Solo quería sentirme deseada. Hacía mucho tiempo que no me sentía así.

E incluso cuando me había sentido así, al mirar atrás me preguntaba si algo de aquello había sido real.

Matt me había dejado hecha polvo.

Había destrozado mi confianza.

No había estado con nadie desde él, y de eso hacía ya tres años.

Había intentado tener citas, pero nadie me había hecho sentir como él.

Quizá mis amigas tuvieran razón al decir que me la bombardeó de amor.

Eso era lo que hacían los hombres como él.

Conseguían que nadie más estuviera a su altura porque te habían hecho sentir demasiado bien.

Y él lo hizo.

Hasta que dejó de hacerlo.

Me lo quité de la cabeza y cogí del perchero un vestido verde zafiro. No se parecía a nada de lo que tenía. Su color llamaba la atención. Me lo pasé por la cabeza y llevé las manos a la espalda para subirme la cremallera. Me miré en el espejo de cuerpo entero y sonreí.

Era este.

El vestido era de corte estructurado, con mangas largas que terminaban justo debajo de las muñecas.

El escote descendía mucho y revelaba las curvas interiores de mis pechos.

La tela me ceñía la cintura antes de bajar, ajustándose a mis caderas, y terminaba a mitad de los muslos. Era profesional, con un toque sensual.

Bueno, quizá más que un toque, con semejante escote.

Me puse unos zapatos de salón de charol color nude con suelas rojas que había traído la dependienta. Eran el toque final perfecto y hacían que mis piernas parecieran largas a pesar de mi baja estatura. Contuve el aliento y salí para someterme al veredicto del jurado.

A Brittany se le desencajó la mandíbula. —Madre. Mía.

—Joder —susurró Jessica.

—Supongo que eso significa que os gusta —dije, reprimiendo una sonrisa mientras las miraba alternativamente.

—¡Creo que vas a quedarte embarazada con ese vestido! —exclamó Brittany.

Jessica le dio un manotazo y yo solté una carcajada.

—Me lo llevo —dije, volviéndome hacia el probador.

—¡Cómpratelo en todos los colores! —me gritó Brittany mientras se levantaba y meneaba el culo en mi dirección—. De hecho, creo que voy a buscar uno de mi talla.

—¡Voy contigo! —dijo Jessica.

Brittany la ayudó a sentarse en la silla de ruedas y se la llevó a toda prisa fuera de la zona de probadores, dejándome sola. Volví a entrar en el probador y me contemplé en el espejo. Imaginé a Brad viéndome con aquel vestido y el corazón se me aceleró en el pecho.

Deslicé la mano por la clavícula y bajé por el centro del pecho, con la piel erizada bajo mi suave caricia. Imaginé sus ojos posándose allí. Imaginé sus dedos recorriéndome. Contuve una respiración queda, perdida en el gris de sus ojos, en el roce fantasmal de sus manos.

Bajé la mano por el abdomen y todavía más, rozando con el pulgar la tela que cubría mi entrepierna. La espalda se me arqueó ligeramente, perdida en la fantasía de estar en el despacho de Brad mientras él cedía a sus tentaciones.

Despacio.

Provocándome.

Mis dedos llegaron al dobladillo del vestido y desaparecieron debajo, levantando un poco la tela verde joya.

Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra el espejo y separé ligeramente las piernas.

Mis dedos encontraron el tanga de rejilla, húmedo por aquellos pensamientos cargados de deseo.

Pasé el pulgar por la fina tela y sentí la hendidura entre mis labios.

Imaginé los largos dedos de Brad explorándome allí, mi piel estremeciéndose bajo las yemas de sus dedos.

Enganché la tela de rejilla con el índice y dejé mi sexo al descubierto mientras el corazón empezaba a latirme más deprisa. Deslicé el índice por mi abertura húmeda, primero hacia arriba y luego hacia abajo. Notaba los pezones tensos contra la tela del vestido.

Imaginé la aspereza de su voz mientras me explicaba con todo detalle lo que quería hacerme.

Un escalofrío me recorrió la espalda cuando imaginé la sonrisa ladeada que se dibujaba en sus labios mientras introducía un dedo.

Dejé escapar un leve gemido y empecé a moverlo lentamente dentro y fuera de mi abertura palpitante.

Introduje otro dedo y fui adquiriendo un ritmo pausado mientras presionaba con firmeza la palma contra mi clítoris.

En mi imaginación, no era mi mano. Era la suya.

Deseosa.

Exigente.

Ya sentía crecer el orgasmo; unas descargas eléctricas me recorrían el cuerpo mientras aceleraba el movimiento de la mano, anticipando la liberación. Eché la cabeza hacia atrás contra el espejo, y el placer que rompió sobre mí como una ola ahogó el dolor sordo que sentí en la base del cráneo.

Quería gritar su nombre, pero me tapé la boca al correrme, ahogando los gemidos con la mano.