Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 6 Brad
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Capítulo 6 Brad

El sol de la tarde caía a plomo sobre mí a través de los altos ventanales de mi despacho.

Me quité la chaqueta y seguí revisando los correos electrónicos, que parecían multiplicarse cada vez que abría uno de la bandeja de entrada.

Suspiré, frustrado, y me pasé una mano por el pelo mientras me recostaba en la silla.

Debería haber obligado a Sarah a quedarse y empezar hoy mismo.

Miré el escritorio situado en un rincón de mi despacho.

Su escritorio .

Aquella mañana lo había vaciado de todo lo que mi anterior asistente había dejado, incluido un paquete de preservativos y unas láminas de Listerine.

Estaba claro que lo primero no había funcionado, porque ahora estaba embarazada.

Tiré los objetos personales a la basura y ordené el material de trabajo sobre la superficie de madera clara.

Una lámpara, un portalápices, pósits, un portátil, un iPad y un teléfono de sobremesa.

Mientras tanto, no dejaba de imaginar cómo se vería Sarah sentada en la silla de cuero del escritorio. Su rostro se me había quedado grabado en la memoria tras una reunión brevísima. No conseguía quitármelo de la cabeza.

Contratarla había sido una decisión impulsiva. Fred lo había dejado más que claro con la expresión de su cara. Pero no había podido evitarlo. No podía permitir que se me escapara de entre los dedos y se convirtiera sin más en otro rostro que acabaría perdiendo entre la multitud de la ciudad.

El teléfono trinó sobre el escritorio y captó mi atención de golpe.

Miré la identificación de llamada en la pantalla rectangular verde del teléfono. Gruñí. Era mi padre.

—Me han dicho que tu asistente ha dimitido —dijo a modo de saludo.

—Sí. La falta de café me lo recuerda dolorosamente... —mascullé.

—¿Qué ha pasado esta vez?

Hice una leve mueca ante sus palabras, como si yo hubiera sido el motivo de su marcha. No habría sido la primera vez que una asistente personal dimitía por mi culpa.

Un gilipollas exigente, ¿recuerdas?

—Se ha quedado embarazada.

Mi padre guardó silencio unos instantes.

—Chica insensata —murmuró.

—Estoy buscando a otra —dije, omitiendo que ya la había encontrado. Cuanto menos supiera sobre cómo le había birlado a Fred la entrevista de aquella mañana, mejor.

—Bien. Estamos a punto de entrar en un nuevo trimestre. Necesitamos que todo el mundo arrime el hombro.

—Por supuesto.

Gruñó a modo de despedida y después oí el clic del teléfono.

—Adiós a ti también —mascullé mientras devolvía el auricular a su base.

Estiré los brazos por encima de la cabeza y miré el reloj de la pared.

Se acercaban las tres de la tarde y ya no tenía ningunas ganas de seguir en la oficina.

Las tareas rutinarias de mi asistente habían recaído sobre mí, y todas ellas me aburrían y me abrumaban.

Eché un vistazo rápido al ordenador para asegurarme de haber respondido a los correos importantes, dejé los demás sin leer y cerré la sesión.

Me detuve ante el escritorio de Sarah y anoté las tareas que necesitaba que hiciera el lunes, dejándolas en una hilera de pósits de colores a lo largo de la mesa. Lo de siempre...

Clasificar archivos, programar reuniones, responder correos electrónicos, recoger la ropa de la tintorería, escuchar los mensajes de voz y devolver llamadas, pedir el almuerzo, etcétera. Nada que no pudiera hacer, o eso esperaba.

Cogí la chaqueta negra del respaldo de la silla y me la colgué del brazo, preparándome para el caluroso día de agosto que me aguardaba fuera. Y eso que la tormenta de verano de aquella mañana no había durado ni cinco minutos.

Bajé en ascensor al garaje y abrí la puerta de mi Mercedes descapotable.

Me acomodé en el asiento del conductor y pulsé un botón para poner el coche en marcha; el rock ambiental de aquella mañana empezó a fluir por los altavoces.

Metí la marcha, salí disparado del aparcamiento y me incorporé al tráfico de Manhattan, congestionado por otros que habían tenido la misma idea de salir temprano del trabajo.

La mayoría de la gente cogía taxis o el metro, pero a mí me gustaba sentir el volante entre las manos.

El ronroneo del motor. El poder de estar al volante.

Tenía un chófer a mi disposición, una berlina con un espacioso asiento trasero y una botella de whisky con vasos de cristal ocultos en la consola central, pero casi todos los días conducía yo mismo por la ciudad.

Al girar por Ventry Street, aceleré y dejé que el viento me revolviera el pelo. Era fin de semana. Bien podía disfrutarlo. Aunque a menudo me costaba. El trabajo siempre se colaba en los momentos tranquilos y ociosos, y probablemente por eso casi nunca tenía tiempo para salir con nadie.

No es que quisiera atarme a nadie, pero era un hombre con necesidades, así que algún que otro escarceo con una modelo de Victoria’s Secret o una socialité fiestera saciaba mi apetito de vez en cuando.

Ellas siempre querían más y yo no podía dárselo, de modo que, cuando nuestro breve periplo por la prensa y las fotos de los paparazzi llegaba a su fin, seguramente se dedicaban a ponerme a parir ante unas amigas que no me importaban lo más mínimo.

Mi padre siempre se mostraba decepcionado conmigo y decía que estaba perdiendo el tiempo. Que no daba una buena imagen de Stellar Enterprises. Me preguntaba si de verdad le interesaba mi felicidad o solo la imagen que eso proyectaba de la empresa.

Él y mi madre eran una anomalía. Novios desde el instituto que se habían abierto camino hasta la gran ciudad, con mi madre siguiendo a mi padre en su empeño por llegar a ser alguien.

Y lo consiguió. La mayoría de las parejas no sobrevivían siquiera al instituto, y mucho menos a cambios vitales enormes que incluían comprar casas como si jugaran al Monopoly y recorrer el mundo en aviones privados.

Podría parecer la vida ideal, pero el dinero cambiaba a las personas.

Por suerte, mis padres habían cambiado juntos, como uno solo.

A veces tenía la sensación de que mi padre esperaba una vida parecida para mí, pero terminé el instituto soltero y salí de la universidad soltero. Y ahora, casi veinte años después, seguía soltero.

Por elección propia.

Conduje despacio hasta el garaje situado bajo el edificio de ladrillo claro que se alzaba por encima de mí; mis ojos se adaptaron a la tenue iluminación mientras aparcaba en mi plaza asignada junto a los ascensores.

Cerré el coche con un clic, la alarma emitió un pitido al activarse y me dirigí a grandes zancadas hacia el ascensor para subir a la decimocuarta planta.

Lo primero que quería hacer era ir al gimnasio, así que me quité rápidamente el traje, lo arrojé al montón de ropa para la tintorería y me puse unos pantalones de chándal y una camiseta sin mangas de sisas recortadas.

Examiné la columna de estantes de cristal donde guardaba las zapatillas, cada par iluminado desde arriba.

Cogí unas Nike blancas y negras y me las puse.

Eché un rápido vistazo al espejo, como si hubiera alguien a quien impresionar en mi gimnasio privado, y cogí los AirPods de camino a la escalera envolvente de hierro situada junto al salón.

Subí dos pisos a pie, pasé por la segunda planta y contemplé el Hudson a lo lejos a través de los ventanales arqueados con marcos negros. Ya en el gimnasio, accioné el interruptor y las luces del techo cobraron vida mientras pisaba el suelo de caucho negro.

Me subí a la cinta para hacer un calentamiento rápido, puse rock clásico y empecé a trotar. Al otro lado de la ventana vi los ferris que regresaban por el río al final del día, dejando tras de sí una estela blanca. No había mejores vistas que aquellas.

Después de correr quince minutos, bajé de la cinta y me sequé con una toalla las gotas de sudor que se me habían formado en la frente.

Me acerqué al soporte para pesas situado a la derecha, junto a la pared de ladrillo, y cogí un par de mancuernas de hierro.

Mientras realizaba mi rutina habitual para el tren superior, mi mente volvió a Sarah, como si fuera un canal que no paraba de sintonizar.

¿Qué tenía aquella mujer?

Mientras levantaba las pesas por encima de la cabeza con un gruñido sordo, no pude evitar reírme de mi propia impulsividad. ¿Tanto tiempo hacía que no follaba como para permitir que mi polla tomara una decisión ejecutiva en el trabajo?

Le había birlado la entrevista a Recursos Humanos solo para saber más sobre su vida personal y después le había ofrecido el puesto allí mismo, pese a saber muy poco sobre si estaba cualificada. Todo porque me parecía que estaba buenísima.

Era oficial.

Era idiota.

Un idiota salido.

Al menos, por el momento, tenía una asistente que atendería mis llamadas y respondería los correos. Si no era capaz de seguir el ritmo de aquello y del resto de mis exigencias, se iría a la calle y buscaría a otra persona cuando pudiera pensar con un poco más de sensatez.

Tras una serie de flexiones de bíceps que me dejó los brazos ardiendo, solté las pesas en el soporte con un fuerte entrechocar de metal.

Los músculos me gritaban y ya empezaban a dolerme.

Cogí la toalla y me la pasé alrededor del cuello mientras caminaba hacia el otro extremo del gimnasio, que se parecía más a un balneario que a otra cosa, con sauna, baño de vapor, sala de masajes y piscina de inmersión en agua fría.

Giré el mando de la sauna y la estancia cobró vida bajo un resplandor rojizo.

Me desnudé, entré y extendí una toalla sobre la madera que empezaba a calentarse.

El calor creciente abrazó mis músculos mientras me sentaba y apoyaba la cabeza contra la pared.

Cerré los ojos e intenté relajar la mente. El cuerpo.

El cuerpo era la parte fácil. La mente no tanto.

Aparté los pensamientos sobre el trabajo, pero uno se mantuvo constante.

Sarah.

El vestido color crema que llevaba, ceñido a su cuerpo menudo como un guante.

Sus curvas, que entraban y salían en todos los lugares adecuados, como las dunas de un desierto, suaves e interminables.

El atisbo de escote que mis ojos habían captado durante la entrevista.

Su pulgar dentro de la boca mientras intentaba limpiarse el café.

Noté que la polla me palpitaba entre las piernas, cada vez más dura con las instantáneas mentales que había tomado aquella mañana.

Sonreí para mis adentros, cerré los ojos y alargué la mano hacia ella.

Eso era lo bueno de tener un gimnasio privado.

La palma se me había cubierto de una fina capa de sudor por el calor de la sauna cuando cerré los dedos con firmeza alrededor de la base de la polla.

Imaginé la mano de Sarah envolviéndome, su piel suave tan distinta de las callosidades que me rodeaban ahora.

Deslicé la mano por el miembro y dejé escapar un suspiro que llevaba mucho tiempo esperando salir.

Estabilicé la respiración, apreté el glande y volví a bajar la mano hasta la base.

Ajusté las caderas para recostarme aún más contra la madera.

El aire de la estancia era cálido. Denso.

Mi cuerpo ansiaba liberarse mientras imaginaba las piernas de Sarah envolviéndome, cabalgándome con fuerza, con el vestido color crema subido hasta las caderas mientras aceleraba el ritmo.

Cerré la otra mano sobre el banco de madera hasta que los nudillos se me pusieron blancos y dejé escapar un gemido que llenó la pequeña estancia.

Mi respiración se volvió entrecortada a medida que aumentaban la fuerza de mi agarre y el ritmo de mis movimientos.

Imaginé cómo sonaría Sarah al gemir. Qué aspecto tendría al echar la cabeza hacia atrás de placer, con el pelo castaño rozándome las rodillas desnudas.

Mi mano alcanzó el glande, resbaladizo por el sudor y el líquido preseminal, que humedecieron aún más mi agarre.

Cada movimiento se volvió más frenético, desesperado por alcanzar el alivio, mientras embestía con las caderas.

Una oleada de placer me recorrió hasta que la abrumadora descarga me arrancó un gemido gutural y me corrí en gruesos chorros.

Mi cuerpo se estremeció involuntariamente hasta que quedé vacío.

Aflojé el agarre sobre la polla y dejé escapar un suspiro largo y cargado de placer. El agotamiento se apoderó de mí, pero no podía dejar de pensar en Sarah.

Ni en todos los problemas que me acarrearía haberla contratado.