Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 5 Sarah
13%

Capítulo 5 Sarah

—¿Hablas en serio? —pregunté antes de poder contener las palabras.

Un millón de dólares.

Las palabras se repetían en mi cabeza como un disco rayado, pero no lograba asimilarlas.

Era una cantidad desorbitada. Nunca había visto tanto dinero ni había tenido la oportunidad de poseerlo.

Y ahora aquel hombre, Brad Ashcroft, me lo ofrecía.

Además, con una indiferencia pasmosa, como si para él no fuera nada.

Siendo el director ejecutivo de la empresa y el propietario del edificio, probablemente no fuera nada para él.

No era la única sorprendida. El señor Parsons estaba sentado a mi lado con los ojos como platos y la boca abierta.

Juraría que le tembló el bigote mientras miraba a Brad.

Había dejado claro que aquel no era el sueldo habitual de una asistente.

Yo tampoco era idiota. Sabía que los asistentes no ganaban semejante cantidad de dinero.

Entonces, ¿por qué me lo ofrecía a mí?

—Hablo muy en serio, señorita Atkinson —dijo Brad con una sonrisa burlona asomándole a los labios. Intenté no dejarme distraer por ella ni por aquel maldito hoyuelo izquierdo.

Ahora se mostraba encantador. No tenía nada que ver con el hombre con el que había chocado junto a los ascensores, empapándonos de café a los dos.

Al menos, él había podido cambiarse. Y, cuando se había burlado de mi torpeza, ¿estaba coqueteando conmigo?

Aquel hombre me estaba provocando un latigazo cervical emocional y apenas lo conocía desde hacía unos diez minutos.

Y ahora estaba allí, ofreciéndome un empleo sin saber casi nada de mí, salvo que trabajaba en Brandfield Enterprises y estaba soltera. Me pregunté si aquella pregunta formaba parte del proceso de selección o si se debía a su curiosidad personal.

Un millón de dólares era más dinero del que la mayoría de la gente veía en toda su vida.

Rechazarlo sería absurdo. Me ahogaban los intereses de mi préstamo estudiantil, una deuda que parecía imposible de afrontar junto con la de las facturas hospitalarias de mi hermana.

Los avisos de impago no dejaban de infiltrarse en mi buzón como termitas pertinaces, y las cantidades aumentaban con cada sobre que abría.

Los números se emborronaban tras el velo de mis lágrimas.

Sin embargo, jamás permitiría que ella lo viera.

Nunca querría hacerla sentir una carga, porque no lo era.

Mi hermana no había pedido tener cáncer, una variedad poco común que le había arrebatado la capacidad de caminar.

Los médicos lo llamaban con un nombre que aún me costaba pronunciar, aunque resonaba en mi cabeza todos y cada uno de los días.

Aunque estaba recuperándose, todavía se encontraba en las primeras etapas y la amenaza de que el cáncer regresara se cernía sobre nosotras como las nubes de color gris carbón del exterior.

Intentaba mantener una actitud positiva, no solo por ella, sino también por mí.

La idea de perder a mi hermana me dejaba insensible.

Vivir sin ella me parecía inconcebible, por eso me pegaba una sonrisa a la cara y no dejaba de darle ánimos.

No siempre era fácil, sobre todo en sus días más sombríos, cuando se sentía frustrada por las cartas que le había repartido la vida. No habían sido justas.

Pero con aquel trabajo podía darle la vuelta a la situación. Con aquel dinero. Podía poner al día nuestras facturas. Podía conseguirnos un piso más accesible. Podía cambiar nuestras vidas.

—Entonces, ¿aceptas el puesto? —preguntó Brad, ladeando un poco la cabeza mientras su cabello oscuro caía en la misma dirección.

Tragué saliva. A mi lado, el señor Parsons se removió en su asiento como si estuviera reprimiendo algo. Al fin y al cabo, Brad había secuestrado su entrevista. Supuse que tenía autoridad para hacerlo. Además, a fin de cuentas, él iba a ser mi jefe. No Fred.

—No veo cómo podría negarme —dije en voz baja, molesta por sonar tan apocada. Es que todo aquello me abrumaba.

—¿Cuándo puedes empezar? —preguntó Brad.

—¿El lunes? —respondí como una pregunta, en lugar de afirmarlo. Solo faltaban tres días, pero me vendría bien disponer del fin de semana para recobrar la compostura.

—Perfecto. —Apoyó las palmas sobre la mesa de cristal y se incorporó, indicándonos al señor Parsons y a mí que la entrevista había terminado. La autoridad que transmitían su voz y sus gestos resultaba irritantemente sexy.

Me levanté deprisa y me dirigí hacia la puerta, desesperada por salir de aquella sala de juntas que de pronto parecía del tamaño de una caja de zapatos.

La presencia de Brad ocupaba todo el espacio y necesitaba recuperar el aliento, uno que no estuviera impregnado del ligero aroma cítrico de su colonia.

—Eh, señorita Atkinson —dijo Fred, deteniéndome.

—¿Sí, señor Parsons?

—Tendremos que tramitar su incorporación y darle de alta en el sistema. Hay contratos que debe firmar.

—Por supuesto —dije, sintiéndome idiota mientras Brad pasaba a mi lado y su cuerpo rozaba el mío como la caricia de un beso. Todo mi cuerpo se volvió consciente de él, irradiando nervios y calor.

No cedí a la tentación de volverme para verlo marchar, sino que me concentré en seguir a Fred hasta su despacho, donde repasamos el papeleo, incluidas las prestaciones y aquel sueldo disparatado.

La reunión pareció eternizarse, y quizá lo hizo porque Fred no estaba en absoluto preparado para que una nueva empleada empezara tan pronto.

Cuando terminó la reunión, logré mantener la compostura mientras salía del edificio, tratando de fingir que no acababa de aceptar un empleo que me cambiaría la vida.

Al salir, me descubrí buscando cualquier rastro de Brad.

Me pregunté si debía siquiera llamarlo así.

Era mi jefe. Director ejecutivo. Y un puñetero multimillonario, suponía.

Quizá fuera más apropiado llamarlo señor Ashcroft.

Aunque tampoco es que él se hubiera comportado de forma muy apropiada cuando bajó la mirada hacia mi pecho.

Hasta que subí al autobús que me llevaría de vuelta a Brooklyn no se dibujó una sonrisa enorme en mi rostro. Ya sentada, los colores del autobús parecían más vivos. Juraría que las nubes estaban despejándose. Marqué el ritmo con el pie al son de la música que sonaba apagada por los altavoces.

Era extraño cuánto podía cambiar todo en apenas unas horas. Me sentía en la cima del mundo.

Al entrar en el piso, esa sensación se atenuó un poco cuando vi a mi hermana junto a los fogones, vertiendo una caja de pasta en una olla con agua hirviendo.

—¡Jessica! ¿Qué estás haciendo? —pregunté, dejando caer el bolso sobre una mesa cercana y corriendo hacia ella.

—Madre mía, Sarah. Relájate un poco —dijo, negando con la cabeza mientras dejaba sobre la encimera la caja azul de macarrones con queso.

—Deja que lo haga yo —dije, apartándola de los fogones con un gesto.

Cruzó los brazos y suspiró. Ignoré cómo ponía ligeramente los ojos en blanco.

Sentí una punzada de culpabilidad por haber irrumpido de aquella manera, pero me había entrado el pánico.

No estaba acostumbrada a que mi hermana se desplazara y se ocupara de las cosas.

Estaba recuperando las fuerzas, pero no sabía hasta qué punto debía llevar su independencia.

¿Y si se quedaba sin fuerzas y se desmayaba, dejando los fogones desatendidos y provocando un posible incendio? ¿Y si se golpeaba la cabeza al caer? ¿Y si no conseguía llegar a ella a tiempo?

Me hacía esas preguntas una y otra vez, todos los días. Resultaba agotador estar siempre tan preocupada. Me daba cuenta de que a ella también la agotaba.

—Lo siento —dije en voz baja, bajando un poco el fuego para que la olla no rebosara—. Pero podría haberlo hecho yo.

—No estabas en casa. Tenía hambre. —Se encogió de hombros.

—La próxima vez, quizá podrías usar la tostadora —sugerí—. Puedo ir a comprar unos bagels.

—No quiero bagels. —Volvió a acomodarse en la silla de ruedas y cambió un poco de postura para ponerse cómoda—. Quiero macarrones con queso.

—¿Tienes cinco años? —pregunté entre risas.

—Cinco y medio —respondió con un amago de sonrisa.

Negué con la cabeza mientras sacaba un colador de un armario cercano.

Cuando vertía con cuidado la pasta en el colador, dentro del fregadero, mientras el vapor me subía a la cara, llamaron a la puerta.

Antes de que pudiera acercarme, Jessica ya estaba avanzando hacia ella con la silla.

Decidí concederle aquella victoria y seguí mezclando el queso en polvo con la leche y la mantequilla.

—Hola —saludó desde la puerta la conocida voz cantarina de Brittany.

Miré por encima del hombro sin dejar de remover la pasta. —¿Qué haces aquí?

—¡He venido a celebrarlo! —dijo, alzando una botella de vino tinto y una caja rosa atada con un lazo.

Llevaba el cabello negro recogido en una coleta lisa y un vestido estructurado de color amarillo pálido que realzaba su bronceado.

Debía de acabar de salir de su turno en la boutique donde trabajaba.

Se agachó, besó a Jessica en la mejilla y le dejó la caja rosa sobre el regazo.

—Pastelitos de limón para ti.

—¡Mis favoritos! —exclamó Jessica, abriendo la caja con entusiasmo.

La observé desde la cocina con una sonrisa, recordando cuánto me había aterrorizado su falta de apetito durante el tratamiento.

Ahora no era así. Soltó un «mmmm» al morder el cuadrado amarillo y ácido, mientras el azúcar glas le cubría el labio superior.

—¡Y vino para ti! —dijo Brittany, acercándose a mí con paso ligero.

—¡Ni siquiera sabes si me han dado el trabajo! —Me reí y la estreché entre mis brazos.

—Bueno, podía ser una botella para celebrarlo o para borrar el recuerdo de una mala entrevista —dijo mientras se dirigía al armario superior junto al frigorífico. Abrió las puertas de madera blanca y sacó dos copas de vino.

Jessica gimió mientras regresaba a la cocina con la silla.

—Ya te llegará el momento —dije, asintiendo para tranquilizarla.

Durante aquella fase de la recuperación tenía prohibido beber alcohol.

—Al menos tengo mis pastelitos de limón —dijo—. Y no pienso compartirlos.

Dicho eso, se dirigió al salón y se subió al sofá.

Hice una leve mueca al verla esforzarse.

Odiaba verla así. Mi hermana se había vuelto experta en valerse del tren superior para casi todo, y la pérdida de masa muscular en sus piernas era evidente.

Sin embargo, sentí una punzada de optimismo al verla poner a prueba sus límites y superarse.

En su situación, no estaba segura de poder mostrar el mismo coraje y determinación.

—Puede hacerlo —dijo Brittany en voz baja, tocándome el brazo y apartando mi atención de ella.

Asentí al notar que las lágrimas me escocían en los ojos. Parpadeé para contenerlas. No se hará más fuerte si no lo intenta , me recordé.

El gluglú del vino al caer resonó en mis oídos mientras Brittany nos servía una cantidad generosa en las copas. Preparé tres cuencos de macarrones con queso y llevamos nuestra temprana cena al salón, donde nos sentamos alrededor de la mesa de centro.

—¿Y bieeen? —preguntó Brittany con curiosidad mientras se llevaba a la boca un bocado de pasta con queso—. ¿Cómo ha ido? ¿Te recuperaste del desastre del café?

—¿Qué desastre del café? —preguntó Jessica con curiosidad.

Me di cuenta de que aún llevaba puesto el vestido y me desabroché la americana para enseñarle los daños.

—¡Madre mía! —exclamó, llevándose una mano a la boca mientras intentaba reprimir una risita—. Eres un desastre con patas.

—Ni que lo digas. —Puse los ojos en blanco—. Nunca adivinaréis de quién era este café...

—¿De quién? —preguntó Brittany.

—De Brad Ashcroft. El director ejecutivo de Stellar Industries. Que, por cierto, está buenísimo.

—¡No me digas! —exclamó, dándome un manotazo en el brazo.

—Él tampoco salió indemne. De hecho, se cabreó bastante.

—Tú siempre has sido la torpe —dijo Jessica con una sonrisa burlona.

Le lancé una mirada antes de proseguir. —Al final se apropió de la entrevista de Recursos Humanos.

—¿Hizo lo mismo con todos los candidatos? —preguntó Jessica con curiosidad.

Negué con la cabeza. —No lo creo. Al menos, no con los que yo vi.

—Quizá le pones —sugirió Brittany, meneando las cejas.

Noté que se me encendía el rostro al recordar cómo se habían oscurecido sus ojos grises cuando su mirada había descendido por mi cuerpo y lo bien que me había hecho sentir.

Era tremendamente inapropiado, pero, por algún motivo, no me importaba.

Quizá aceptar aquel trabajo había sido un error.

Aparté la idea de mi cabeza y me recordé el dinero.

—Esto no me convence —dijo Jessica con recelo.

—No pasa nada, hermanita. Es un trabajo. Pienso mantener una relación estrictamente profesional —le aseguré, ahogando mis pensamientos con una copa de vino.