Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 4 Brad
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Capítulo 4 Brad

Estaba aquí. Yo, convencido de que no volvería a verla, contemplando la bulliciosa ciudad como si pudiera distinguirla entre las diminutas motas de gente que se movían casi ochenta pisos más abajo, y resultaba que ni siquiera había salido del edificio.

No se había movido de la planta en la que la había dejado apenas unas horas antes.

No podía creer la suerte que había tenido cuando doblé la esquina y la vi sentada en la sala de espera, a punto de hacer una entrevista.

Había bajado a Recursos Humanos por pura casualidad, para ver cómo iban las entrevistas.

Como no quería perder el tiempo, había encargado al departamento que evaluase a los candidatos y me enviara solo a los mejores para una entrevista final en la que decidiría si encajaban conmigo.

No muchos lo hacían. Mi vida tenía un sinfín de frentes abiertos, y eso implicaba encargarse de casi cualquier cosa, desde recoger mi bocadillo italiano favorito en la tienda cercana hasta cruzar el país en avión para asistir a una reunión.

Cada día era distinto y necesitaba a alguien capaz de seguirme el ritmo.

Me habían llamado cabrón exigente más veces de las que podía contar. Casi siempre a mis espaldas, aunque a veces también a la cara. Exigente, desde luego. Lo de cabrón era un poco excesivo.

Mientras observaba a la mujer que me había tenido embelesado toda la mañana, me pregunté si tendría lo necesario para el puesto. A juzgar por cómo seguía plantada en el umbral, tratando de encajar las piezas de algún rompecabezas mental, no albergaba demasiadas esperanzas.

Pero, joder, daba gusto mirarla.

Me recosté en la silla, cuyo cuero crujió bajo mi peso, y me recreé en ella como en una taza de café humeante durante un lluvioso día de invierno.

Ahora podía tomarme mi tiempo, sin correr el riesgo de que un ascensor me arrancara de allí.

Era esbelta y menuda. Llevaba el cabello castaño claro con la raya a un lado, cayéndole en ondas sueltas un poco más abajo de los hombros.

Con la nariz ligeramente respingona y unos labios carnosos y rosados, apenas necesitaba maquillaje; sus llamativos rasgos hablaban por sí solos.

Me pregunté si lo sabía. Si sabía cuántos hombres debían de girarse para mirarla.

Si sabía que había ocupado mis pensamientos durante casi toda la mañana.

Señorita Atkinson.

Ya tenía un nombre. No era el de pila, pero estaba a punto de averiguarlo. Estaba a punto de averiguar muchas cosas.

Por fin, tomó asiento frente a mí, acomodándose con cuidado en la silla de oficina de cuero situada junto a Fred Parsons, el director de selección de Recursos Humanos.

Mantuvo la atención fija en él, con el cuerpo vuelto en su dirección y una expresión expectante.

Reparé en la americana color crema que ahora llevaba abotonada sobre el pecho, ocultando discretamente la mancha causada por nuestro choque de aquella mañana.

Solo una tintorería podría quitar algo así.

Tendría que darle el nombre de la que yo usaba.

—Soy Fred Parsons —dijo Fred, jugueteando con la punta curvada de aquel ridículo bigote suyo. Había imaginado demasiadas veces acercarle una cuchilla—. Director de selección de personal aquí, en Stellar Industries. Gracias por sacar tiempo para venir hoy a la entrevista, señorita Atkinson.

Ella asintió con entusiasmo. —Por supuesto, señor Parsons. Gracias a usted por recibirme.

—Señorita Atkinson —dije, interviniendo en la conversación desde el otro lado de la mesa. Ella vaciló antes de volverse hacia mí y alzar los ojos hasta encontrarse con los míos—. ¿Tiene nombre de pila?

—Sarah —respondió, tragando saliva. Parecía nerviosa, pero entonces preguntó con un tono algo más cortante—: ¿Y usted es...?

Solté una leve risita desdeñosa, me incliné hacia delante y apoyé la barbilla en una mano. Una sonrisa espontánea se dibujó en mis labios. No tenía ni idea de quién era yo.

Eso me gustaba.

Suponía un cambio refrescante respecto a lo habitual. Todo el mundo parecía saber quién era. Con quién hacía negocios. Con quién me acostaba. La prensa vigilaba con lupa todos mis movimientos. Mi padre también. Era agotador.

Fred tenía la boca ligeramente abierta por la sorpresa y miraba de Sarah a mí con los ojos desorbitados, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.

—Señorita Atkinson..., este es Brad Ashcroft. El director ejecutivo de Stellar Industries —dijo.

A Sarah se le descompuso un poco la expresión antes de apretar los labios y levantar la barbilla, tratando de recomponerse.

La observé sumamente divertido. La mayoría de quienes se presentaban a aquel puesto investigaban al menos un poco, aunque solo fuera quién dirigía la empresa. Ella era una excepción.

—Sí, claro —dijo. Parecía haber resuelto el rompecabezas que se traía entre manos, aunque no estaba seguro de que le gustara la imagen completa ahora que había encajado todas las piezas.

—Bien, señorita Atkinson... —empezó Fred mientras alargaba la mano hacia el documento con membrete que tenía delante.

El mismo que tenía yo. Era el currículum de Sarah, mecanografiado y fotocopiado.

Contenía todo cuanto necesitaba saber acerca de su formación y trayectoria profesional, pero aquello no era lo que me interesaba.

Probablemente debería haberme interesado, si iba a convertirse en mi asistente.

Sí reparé en que antes había trabajado para Brandfield Enterprises, un punto impresionante que me llamó la atención.

Quizá sí tuviera lo necesario.

Chester Brandfield era un multimillonario hecho a sí mismo.

No era competencia directa, sino otro tiburón de la Costa Este al que admiraba.

Sin embargo, según la prensa y los cotilleos del mundo empresarial, estuvo a punto de perderlo todo debido a una aventura en la oficina que acabó en chantaje.

Había visto las fotos de él y su asistente publicadas por todos los periódicos.

Era prácticamente porno blando en la portada de todos los diarios de todos los quioscos.

Sorprendentemente, Chester salió victorioso: pasó de ser un soltero multimillonario que había encontrado el amor con la susodicha asistente a convertirse en el hombre de familia favorito de Manhattan.

Al mirar a Sarah en aquel momento, entendía cómo alguien podía dejarse arrastrar por algo así, salvo por todo el asunto del matrimonio y los niños. Podía prescindir de la casita con valla blanca y del portabebés. Que me dieran solo el sexo.

—Yo me encargo a partir de aquí, Fred —lo interrumpí.

—P-pero...

Le lancé una mirada severa. Se aclaró la garganta con nerviosismo, asintió y se recostó en su asiento, sin apartar la mirada de ninguno de los dos.

Tamborileé los dedos sobre la superficie de cristal de la mesa, acerqué hacia mí el currículum de Sarah y lo examiné, plenamente consciente de que ella me observaba.

—Aquí dice que trabajó en Brandfield Enterprises durante varios años —dije.

—Sí, así es. Era contable.

—Una empresa impresionante en la que trabajar.

—Disfruté del tiempo que pasé allí.

—Entonces, ¿por qué está aquí ? —pregunté, arqueando una ceja.

Se encogió ligeramente de hombros y dejó escapar un suspiro profundo, como si llevara bastante tiempo conteniéndolo. —Supongo que busco probar algo nuevo.

—¿Y cree que convertirse en asistente personal es el camino adecuado?

—No veo por qué no. Se me da muy bien administrar el tiempo. Mis habilidades comunicativas son...

—Sí, sí. —Hice un gesto para interrumpirla y ella cerró la boca de golpe—. Todo eso ya lo veo en su currículum.

—¿Cómo es su vida personal? —pregunté.

—¿P-perdone? —tartamudeó.

Miró a Fred en busca de ayuda, pero él se limitó a removerse ligeramente en su asiento, claramente inseguro ante mis tácticas durante la entrevista, aunque sin las agallas necesarias para cuestionarme. Al fin y al cabo, yo era su jefe.

—Este trabajo es exigente. Puede requerir madrugar. Quedarse hasta tarde de vez en cuando. Necesito a alguien en quien pueda confiar —dije.

—Trabajo y, de vez en cuando, paso tiempo con mis amigos —respondió con sequedad.

Me pregunté si aquellos «amigos» serían algo más.

—Mi última asistente... —Puse los ojos en blanco—. No era de fiar. Se quedó embarazada y dimitió, por eso está usted aquí ahora.

—Bueno, no tengo pensado tener hijos, señor Ashcroft. —Entornó los ojos—. Si es eso lo que está preguntando.

—¿Y novio? —pregunté sin rodeos, yendo directo al grano.

Fred se aclaró la garganta con nerviosismo. Probablemente estaba infringiendo todas las normas de Recursos Humanos, pero me daba igual. Era divertido ver a Sarah retorcerse mientras la acribillaba a preguntas.

—No veo qué tiene eso que... —dijo Sarah con el ceño fruncido.

—Solo me pregunto hasta qué punto podría comprometerse con el trabajo. —Me encogí de hombros, me recosté en el asiento y apoyé las manos sobre el estómago.

—No tengo novio —respondió con voz cortante.

Me pregunté si sería un tema delicado.

—¿Novia? —probé, queriendo contemplar todas las posibilidades.

Eso hizo que en la comisura de sus labios asomara una levísima sonrisa.

—Tampoco puedo decir que tenga una —respondió, tratando de ocultar su diversión—. Aunque sí cuido de mi hermana... —añadió. Su sonrisa desapareció y las comisuras de sus labios descendieron ligeramente. Estaba claro que aquel era un tema delicado.

La miré con curiosidad, esperando más. Deseando más. Pero no dio explicaciones y yo no insistí. Sabía cuándo debía retroceder.

—Parece que se puede confiar en usted —dijo Fred con voz animada, inmiscuyéndose en la que, en teoría, era su entrevista.

Sin embargo, Sarah no apartó sus ojos de los míos, y mi mirada descendió hasta la mancha de café que asomaba justo debajo de los botones de su americana.

Se percató de que la había visto y se llevó rápidamente el pulgar a la boca.

Pasó la lengua por la punta, mientras yo imaginaba que se trataba de la punta de otra cosa, y después frotó la mancha.

Al tirar de la tela, vislumbré la piel pálida justo por debajo del escote.

Su canalillo, abundante y suave, acaparó toda mi atención.

Tiré ligeramente del cuello de mi camisa mientras el calor me subía por el cuello y descendía hacia la entrepierna.

El impulso de saltar por encima de la mesa para ir hacia ella era abrumador y, de no haber estado Fred allí y no haberme expuesto a una demanda, quizá lo habría hecho.

Sarah se aclaró la garganta y se irguió en la silla. La americana se desplazó y cubrió aquel pedazo de piel que me había paralizado momentáneamente. Alcé la mirada hasta encontrarme con la suya y reparé en el rubor de sus mejillas y en sus repentinas y entrecortadas inspiraciones.

—¿Ha tenido un pequeño percance? —pregunté mientras una sonrisa socarrona se extendía por mis labios.

— Alguien no miraba por dónde iba —replicó con mordacidad.

La cabeza de Fred parecía ir de uno a otro como una pelota de pimpón, como si tratara de entender una broma privada que se había perdido. Haciendo caso omiso de él, le seguí el juego.

—Parece un desperdicio de una buena taza de café... —reflexioné, pensando que al final nunca había conseguido otro capuchino.

—Más bien un desperdicio de un buen vestido —murmuró para sí.

—No sé si puedo tener una asistente personal tan torpe... —dije.

Abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor al mirar a Fred.

—Pero le daré una oportunidad de todos modos —dije.

—¿C-cómo? —dijeron Sarah y Fred al unísono, mirándome con los ojos muy abiertos.

—Brad... Esto, señor Ashcroft —dijo Fred con nerviosismo—. Todavía no hemos visto a todos los candidatos...

—He visto suficiente —afirmé con seguridad.

—P-pero...

Levanté una mano, lo que consiguió que dejara de tartamudear como un idiota.

—Fred. He tomado una decisión. Al fin y al cabo, será mi asistente personal —le recordé.

Sarah permaneció allí sentada con incomodidad, retorciéndose las manos sobre el regazo. Parecía insegura. No sabía si de sí misma o de aceptar el puesto. Fred no mejoraba las cosas al insinuar que había otras personas aptas para el trabajo.

Puede que las hubiera, pero yo la quería a ella .

—Si quiere el puesto, claro —dije, dedicándole una mirada tranquilizadora desde el otro lado de la mesa.

Vaciló un momento. Como no quería que cambiara de opinión, decidí endulzar un poco la oferta.

—Le aseguro que no encontrará mejores prestaciones.

—Es verdad. —Fred asintió, aunque todavía parecía dudar de mi decisión.

Sarah miró alternativamente a Fred y a mí mientras intercambiábamos comentarios como una pelota de pimpón.

—Y el sueldo inicial es de un millón de dólares —añadí.

Si antes a Fred se le había desencajado la mandíbula, ahora la tenía en el suelo de la sala de reuniones.