Capítulo 3 Sarah
Mientras miraba el lugar donde el desconocido alto, moreno y guapo había estado apenas unos segundos antes, vi mi expresión de asombro reflejada en las puertas doradas del ascensor.
El metal desgastado deformaba un poco mi rostro y hacía que mi boca abierta pareciera más larga de lo que era.
Cerré la mandíbula de golpe y traté de sacudirme de encima lo que acababa de ocurrir.
A saber: que acababa de hacer el ridículo delante de un tío absurdamente bueno, enfundado en un traje absurdamente bien cortado que probablemente yo acababa de estropear.
Había desaparecido tan deprisa que me pregunté si de verdad había estado allí, aunque el sonido ronco de su voz aún resonaba en mis oídos.
Chica torpe.
Lo era, sí, pero él no tenía por qué comportarse como un capullo.
Ojalá eso hubiera reducido su atractivo.
Me bastaron diez segundos mirándolo para convertirme en un pez mudo con la boca abierta que, de algún modo, había olvidado cómo articular una palabra, ya no digamos una frase coherente.
Probablemente fue mejor que se marchara con tanta prisa.
Así tuve menos oportunidades de quedar como una idiota.
Al darme cuenta de que seguía empapada de café y mirando las puertas cerradas de un ascensor, me metí en el baño más cercano.
Había visto más cuartos de baño de Stellar Industries que del resto del edificio.
Puse la mano bajo el dispensador de papel y arranqué el papel marrón claro que salió de él mientras un zumbido llenaba el baño.
Volví a pasar la mano y esperé otra hoja.
Repetí el proceso durante lo que me pareció una cantidad de tiempo absurda, hasta que tuve un buen fajo de papel en la mano.
Fui deprisa al lavabo, lo mojé y empecé a frotar la gran mancha marrón que me cubría la mitad superior del cuerpo.
La preciosa tela de color crema parecía ahora una bolsa de papel de supermercado, y no precisamente nueva.
Las toallitas no servían de nada. Si acaso, lo estaban empeorando.
Solté un suspiro de frustración, arrojé el fajo a la papelera y me aferré al borde de la encimera hasta que mis nudillos adquirieron el mismo tono que el cuarzo blanco.
—Este es un comienzo estupendo , Sarah —murmuré para mis adentros.
De todos los artículos que Brittany me había enviado la noche anterior, ninguno explicaba qué hacer si aparecía hecha un desastre.
Respiré hondo, me quité la americana de los hombros y la examiné.
De algún modo había sobrevivido al vertido sin una sola gota de café.
Volví a ponérmela y me la abotoné sobre el pecho.
Para mi alivio, ocultaba casi toda la mancha.
Mi intención había sido quitarme la chaqueta durante la entrevista para lucir «a las chicas» y obtener así una ventaja adicional ante quien yo suponía que sería el típico cretino del mundo empresarial.
Ahora ese plan se había ido al garete y tendría que depender por completo de las habilidades que quizá había adornado un poco en mi currículum.
Solo un poco.
Cogí el móvil, me hice una foto rápida y se la envié a Brittany.
Yo: Puede que todo ese esfuerzo se haya ido al garete.
Brittany: ¿Qué ha pasado?
Yo: Café: uno. Yo: cero.
Omití que el café había pertenecido a un hombre con una mandíbula que la habría hecho caer de rodillas.
Brittany: Nada que un poco de confianza y una visita a la tintorería no puedan arreglar.
Sonreí al móvil. El optimismo de Brittany era digno de admiración. En serio, deberían estudiarlo. En aquel momento agradecí que lo tuviera.
Yo: ¡Ya te contaré qué tal!
Apagué el móvil, salí del baño y, usando el bolso para ocultar la parte de la mancha que la americana no cubría, caminé hacia el mostrador de recepción, donde estaba sentada una mujer de mediana edad con un traje rosa empolvado y gafas.
Alzó la vista del ordenador y me dedicó una sonrisa afable.
Contrastaba muchísimo con las líneas limpias y monocromáticas que la rodeaban.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó mientras se ajustaba las gafas sobre el puente de la nariz.
—Hola, sí. He venido por el puesto de asistente.
—Ah, sí. Por supuesto. —Chasqueó la lengua y cogió una carpeta con pinza de su escritorio.
En el breve vistazo que le eché, vi una hoja con una larga lista de nombres.
Estaba claro que era un puesto muy solicitado.
Maldito capuchino, que me había privado de la ventaja que me proporcionaba un escote discreto pero sugerente.
—¿Nombre? —preguntó la recepcionista, que, según la placa dorada de su escritorio, se llamaba Donna. Debajo, en letras negritas, ponía Recursos Humanos .
—Sarah Atkinson —dije con seguridad, como si mi nombre tuviera alguna importancia, cuando en realidad no era nadie.
Sé positiva , me recordé mientras observaba cómo recorría con el dedo la lista de nombres hasta detenerse en el mío, más o menos hacia la mitad.
Parecía que ya habían realizado bastantes entrevistas aquella mañana y apenas eran las diez.
Intenté no pensar en que había muchas posibilidades de que el puesto se lo dieran a otra persona y yo tuviera que volver a empezar de cero.
—Bien. Sígame —dijo Donna. Se levantó y me condujo por un pasillo corto hasta una pequeña zona de espera rodeada de despachos con paredes de cristal esmerilado, que impedían distinguir al otro lado algo más que las sombras de unas figuras en movimiento.
En una hilera de sillas de cuero negro había sentadas tres mujeres y un hombre.
Él me miró sin interés, mientras que ellas parecían estar evaluando a la competencia.
—Puede sentarse aquí mientras espera —dijo Donna, señalando la única silla libre, situada al final de la hilera. Me dedicó una sonrisa tranquilizadora antes de desaparecer pasillo abajo, seguramente para recibir a los otros mil candidatos.
Me acomodé en la silla y olisqueé con discreción para comprobar si apestaba a capuchino. Había cosas peores a las que oler, pero no quedaba ni rastro del perfume absurdamente caro que me había puesto aquella mañana. Qué desperdicio.
Miré de reojo a la mujer que estaba a mi lado.
Llevaba el pelo rubio recogido en un moño muy tirante en la nuca.
Estaba elegante con su vestido tubo negro y sus zapatos de salón de terciopelo a juego.
La mujer sentada junto a ella podría haber sido su hermana, igual de elegante mientras mantenía una postura impecable y susurraba para sí.
Probablemente estuviera practicando las preguntas de la entrevista.
Yo lo había hecho con mi hermana Jessica la noche anterior, aunque ella solo me había prestado atención a medias porque estaban emitiendo su serie favorita de Netflix.
Un programa de telerrealidad sobre encontrar el amor con los ojos vendados tenía prioridad.
Demonios, a mí también me había enganchado.
Qué pena que quien fuera a entrevistarme no pudiera ponerse una venda aquel día.
El tiempo parecía pasar con lentitud mientras, una tras otra, las sillas a mi lado iban quedándose vacías.
Un hombre mayor, de entradas pronunciadas y llamativo bigote, iba a buscar a cada candidato.
Me pregunté si pretendía compensar la falta de pelo en la parte superior dedicando toda su atención a lo que aún le quedaba.
Se me ocurrió elogiarle el bigote, pero lo pensé mejor mientras permanecía sentada, entrelazando nerviosamente los dedos sobre el regazo.
Probablemente debería haber buscado en Google al hombre que podía convertirse en mi futuro jefe, pero la oferta no se había publicado hasta última hora de la tarde anterior.
Había pasado casi toda la noche perfeccionando mi currículum.
Lo único que sabía de él era que tenía un bigote negro con las puntas curvadas.
Intenté escuchar a escondidas desde donde estaba sentada, pero solo distinguía palabras amortiguadas y, al final de cada entrevista, un «Ya tendrá noticias mías» cuando salían.
Miré el reloj. A esas alturas, la zona de espera estaba vacía salvo por mí.
—Y yo que quería llegar pronto —murmuré para mis adentros.
Llevaba una hora esperando. Mi entrevista debería haber empezado treinta minutos antes.
No me extrañaba que aquel tipo necesitara un asistente personal.
Estaba claro que no sabía gestionar el tiempo.
Eché la cabeza hacia atrás y miré el techo, vencida por la impaciencia, sobre todo cuando oí una risita al otro lado de la puerta.
La rubita se estaba esforzando demasiado.
Por fin se abrió la puerta y salió la rubita número dos, luciendo una sonrisa de seguridad, como si tuviera el puesto en el bolsillo.
Tragué saliva. No ayudó que el hombre del bigote saliera detrás de ella con una sonrisa de entusiasmo pegada a la cara.
Era la clase de tipo que apreciaría a «las chicas».
Me pregunté si tener a un baboso por jefe merecía todo aquello.
—Ya tendrá noticias mías —dijo él con un tonillo cantarín que no había usado con los demás.
Mierda.
Vi cómo el moño rubio desaparecía por el pasillo y me volví para observar al hombre entrar de nuevo en el despacho.
Aferré con fuerza el bolso sobre mi regazo y alcé rápidamente la solapa de cuero para echar un vistazo al currículum.
Lo repasé para refrescarme la memoria, como si no me lo supiera de memoria.
Tampoco era que hubiera trabajado en ningún otro sitio desde hacía mucho.
Brandfield Enterprises había sido mi lugar de trabajo durante años.
Esperaba que el nombre de la empresa bastara para causar impresión durante la entrevista, pues era una de las compañías más importantes de la Costa Este.
Me centré en las aptitudes que había enumerado.
Estaba leyendo excelentes dotes de comunicación cuando el timbre del ascensor sonó al fondo del pasillo.
Genial. Más competencia de camino hacia mí.
Guardé deprisa el currículum y tamborileé con el pie, impaciente, preguntándome por qué todavía no me habían llamado.
Entorné los ojos para mirar a través del cristal esmerilado de la sala de conferencias, pero no vi ningún movimiento en el interior.
Al oír unos pasos que se acercaban, desvié los ojos a un lado para observar con la visión periférica al siguiente candidato.
El corazón me dio un vuelco cuando apareció una cabellera oscura que me resultaba familiar, asentada sobre un par de hombros anchos.
Ahora llevaba una chaqueta negra y una camisa del mismo color, ambas perfectamente ajustadas a su cuerpo alto.
El capullo del ascensor caminaba hacia mí y, de pronto, se me olvidó por qué había pensado que era un capullo.
Entonces me miró y una sonrisa diabólica se dibujó en sus labios, y lo recordé.
Su sonrisa me enfurecía y, al mismo tiempo, me derretía por dentro.
Era imposible apartar la mirada; mis ojos quedaron prendidos del pequeño hoyuelo de su mejilla izquierda, casi oculto por la ligera barba que le cubría la marcada mandíbula.
¿Por qué me miraba así?
La frialdad que antes había visto en sus ojos grises se había fundido para dar paso a otra cosa.
Estaban llenos de vida, como los nubarrones que pasaban a la deriva al otro lado de las ventanas.
Y, como ocurría con ellos, me pregunté qué vendría después.
¿Lluvia? ¿Rayos? ¿Una repentina ráfaga de sol?
Por su expresión, parecía ocultar algún as bajo la manga, y descubrí que estaba deseando averiguar de qué se trataba.
Pasó de largo y entró en la sala de conferencias. Algo molesta, me levanté y lo seguí. Si era un candidato, tendría que esperar su maldito turno. Aferrando con fuerza el bolso junto al costado e ignorando la mancha de café que asomaba bajo la americana, entré en la sala con la barbilla bien alta.
—Ah, señorita Atkinson. Justo iba a ir a buscarla —dijo el hombre del bigote con una sonrisa insegura—. Por favor, tome asiento.
—Pero yo...
Confundida, miré primero al hombre y después al recién llegado, que acababa de entrar con paso decidido y se había acomodado en la cabecera de la mesa, con las manos entrelazadas sobre la superficie de cristal.
Tenía la cabeza ligeramente ladeada mientras me estudiaba allí plantada en la puerta, con expresión divertida.
Fue entonces cuando reparé en la pila de currículums que había ante él. La lista de candidatos.
Joder.
Me había equivocado.
Él era el jefe y, por algún motivo, había decidido estar presente en mi entrevista.
Respira era el consejo número uno del artículo que había leído antes y, en aquel preciso instante, se me había olvidado cómo hacerlo.