Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 2 Brad
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Capítulo 2 Brad

El café no estaba caliente, pero tampoco podía decirse que estuviera templado, mientras se filtraba por las solapas de mi chaqueta hasta la camisa blanca abotonada que llevaba debajo.

Aunque agradecía que no estuviera hirviendo, bañarme en una taza de café no entraba en mis planes para esta mañana.

Sin levantar la vista hacia la persona que acababa de entrar en mi lista negra, traté de sacudirme el café, cuyas gotas salieron despedidas hacia el suelo de baldosas del ascensor como la lluvia del exterior.

Al evaluar los daños, vi que mis intentos de limpiarme eran inútiles.

—Qué torpe —exclamé y suspiré a medias mientras la veía salir del ascensor dando un ligero traspié.

Impaciente por llegar a mi despacho, aporreé el botón de la última planta.

Sorprendentemente, era el único que no había acabado empapado con mi necesaria dosis matutina de cafeína.

Tendría que mandar a alguien a por otro capuchino y avisar al equipo de limpieza para que se ocupara de aquel desastre.

Sonó el timbre del ascensor, y solo entonces levanté la mirada para observar bien a la culpable de haberme arruinado la mañana.

Mis ojos se toparon con otros de color castaño claro que me devolvían la mirada, angustiados y llenos de remordimiento, pero también cautivadores de un modo desconcertante.

Era como si el caramelo se arremolinara en ellos, con motas cobrizas salpicando los iris.

Abrí un poco los ojos, desesperado por ver mejor el resto de su rostro.

Entonces desapareció. Las puertas correderas doradas del ascensor ocultaron de mi vista a aquella mujer misteriosa mientras yo iniciaba el ascenso.

De pie, con el traje húmedo, dentro de una caja de dos metros y medio por dos metros y medio empapada de café, descubrí que quienquiera que fuese aquella mujer a la que acababa de dejar atrás había despertado mi curiosidad.

La cortina de cabello castaño oscuro que le caía alrededor del rostro en forma de corazón.

Las cejas oscuras y pobladas que enmarcaban sus redondos ojos castaños.

Los labios entreabiertos, como si una disculpa estuviera a punto de brotar de su boca rosada.

Pero entonces desapareció y me quedé imaginando cómo sonaría su voz mientras mi cerebro intentaba memorizar aquel fugaz vistazo.

Ese irritante encuentro fortuito con una completa desconocida, y además una desconocida torpe, me había dejado trastornado mientras el ascensor seguía subiendo.

Me reprendí mentalmente, no solo por haberle gritado como un capullo, sino también por no haber detenido el ascensor en cuanto nuestras miradas se cruzaron.

Ella no podía saber que la había perdonado en cuanto aquellas lagunas de caramelo se encontraron con mi mirada glacial y se fundieron conmigo.

Bastaba con pulsar rápidamente un botón, con meter la mano entre las puertas que se cerraban, y aún podría estar con ella.

El ascensor no tardó en detenerse lentamente y las puertas se abrieron.

Casi esperaba encontrarla allí de pie, como si nunca la hubiese dejado atrás, pero lo que me recibió fue la última planta de Stellar Industries, rodeada por ventanales del suelo al techo cubiertos de lluvia.

El suelo de mármol oscuro se extendía como tinta, y las vetas de las baldosas negras atrapaban el resplandor dorado de los focos empotrados del techo.

Antes de salir del ascensor, me planteé volver a bajar hasta la planta veintisiete, pero seguro que ella ya se habría marchado.

Nadie derramaba café sobre Brad Ashcroft sin salir corriendo.

Muy lejos.

Sobre todo en este edificio.

Mi edificio.

Stellar Industries. La envidia del mundo tecnológico. Mi creación.

Sin ella, ninguna de esas redes sociales podría funcionar.

Nadie podría pulsar dos veces sobre la foto de una noche de chicas.

Ni retransmitir en directo a gente jugando a los videojuegos más recientes.

Ni repetir una y otra vez vídeos virales de bailes al ritmo de una canción de la lista de los cien mayores éxitos.

No habría forma de republicar ni responder a una ocurrencia de doscientos ochenta caracteres.

Sin ella, el país se vendría abajo.

Los gobiernos de todo el mundo dejarían de funcionar.

El mundo se arrodillaría a mis pies, y así era exactamente como me gustaba. Ese era el poder que deseaba.

Por eso, en aquel momento, necesitaba poner en orden mis ideas.

La distracción momentánea me había hecho sentir desarmado, pero recuperé la compostura al adentrarme en la planta con paso decidido, recordándome quién era exactamente.

Era multimillonario. Director ejecutivo.

La cabeza del mayor gigante tecnológico del país.

El motivo por el que la mayoría de los empleados de aquella planta se afanaban ahora en sus mesas ante mi mera presencia, tecleando con rapidez en sus portátiles y atendiendo llamadas con tono resuelto, mientras me lanzaban miradas cautelosas.

Me había acostumbrado a ser el centro de atención.

Mucho antes de recorrer la planta de uno de los edificios más altos de Manhattan, corría por el mullido y verde campo de mi instituto de Indiana como capitán del equipo de fútbol americano.

Con el casco bien ajustado alrededor de mi sudorosa cabeza, el pelo rebelde bajo el plástico granate y blanco y el balón firmemente sujeto en una mano, gritaba las jugadas a mis compañeros, que me miraban expectantes.

Me nombraron quarterback del equipo principal al comenzar mi penúltimo curso, algo inaudito en un instituto de categoría 4A, pero no era como si no me lo hubiese ganado.

Claro que tenía un talento natural en el que todos mis entrenadores coincidían desde que era pequeño, pero había puesto el sudor, los músculos y las lágrimas derramadas a escondidas necesarios para llegar a lo más alto.

Y estar en lo más alto tenía sus ventajas.

Popularidad.

Chicas.

Becas.

Acepté una beca completa para jugar al fútbol americano en la Universidad Purdue.

Mi madre estaba entusiasmada, pero la reacción que más ansiaba ver era la de mi padre.

Probablemente fue una estupidez por mi parte esperar que se sintiera orgulloso.

Como antiguo alumno de Yale, esperaba que su único hijo siguiera sus pasos.

Desde que empecé el instituto, había hecho cuantiosas donaciones a su alma mater y había llamado a sus peces gordos.

Yo nunca le había pedido que lo hiciera.

Nunca quise que lo hiciera. Quería ganarme mi puesto.

Quizá por eso elegí Purdue. Una rival de Yale y de todo lo que mi padre había querido para mí.

Era entretenido observarlo en las gradas durante mis partidos, sobre todo cuando jugábamos contra sus adorados Bulldogs.

No llegaba al extremo de llevar prendas de Yale, pero tampoco se vestía nunca con el negro y dorado de Purdue.

Parecía que animar a su hijo, el quarterback, cuando marcábamos contra nuestros rivales le provocaba dolor físico.

Aunque no había seguido sus pasos al elegir universidad, sí había estudiado Empresariales, como él.

Mi padre había construido su propio imperio, y yo había podido verlo crecer desde que era un bebé hasta la adolescencia, fascinado por todos sus entresijos.

El poder. El dinero. Quería aquello para mí, y mi padre me prometió una parte.

Pero, al igual que con el fútbol, quería ganarme un asiento a la mesa.

No quería que me lo regalaran solo porque compartíamos la misma sangre.

En realidad, solo era un plan alternativo por si lo del fútbol no salía bien.

Y estaba claro que no había salido bien.

Mis sueños de llegar a la NFL quedaron destrozados, igual que el ligamento cruzado anterior de mi rodilla, en el partido que puso fin a mi carrera durante mi último año.

Lo que debería haber sido mi victoria al frente del equipo en la Rose Bowl acabó conmigo viendo ganar a mis compañeros en un monitor desde el interior de la tienda médica azul.

Viendo cómo los demás jugadores alzaban a hombros al quarterback suplente mientras los vítores del público llenaban el estadio.

Viendo cómo mis sueños parecían alejarse flotando mientras me vendaban con fuerza la rodilla.

Viendo cómo mi madre ahogaba sus sollozos quedos con una mano mientras me miraba desolada y cómo mi padre hablaba frenéticamente con el sanitario.

—Puedes arreglarlo, ¿verdad?

—Podrá recuperarse, ¿verdad?

—Esto no ha terminado.

Pero yo sabía que sí.

La NFL no iba a seleccionar a un jugador lesionado ni a esperar a que me recuperase, algo que, a juzgar por el dolor que me recorría, llevaría mucho tiempo.

Sin embargo, lo conseguí. Necesité dos operaciones y casi un año de fisioterapia para volver a sentirme como antes.

Durante ese tiempo me concentré en los estudios, consciente de que mi plan alternativo era ahora el único plan.

Me gradué como el primero de mi promoción y después empecé a trabajar a las órdenes de mi padre, aceptando un puesto solo porque sabía que merecía estar allí.

Pese a sus protestas, escogí un cargo de poca importancia porque quería empezar desde abajo, como todos los demás, y ascender poco a poco hasta hacerme algún día con el control de la empresa.

Pensaba que ese día ya habría llegado, pero mi padre estaba decidido a quedarse hasta que lo enterraran. Al menos, eso parecía.

Y, hablando de él, mi padre dobló la esquina en ese preciso instante y me vio. Me recorrió con la mirada de arriba abajo en silenciosa desaprobación. No podía culparlo. Estaba hecho un desastre.

—Brad. —Asintió mientras se acercaba—. ¿Problemas esta mañana? —Enarcó una ceja al contemplar la enorme mancha de café que se extendía por la parte superior de mi cuerpo.

—Solo ha sido un accidente —dije, intentando contener mi irritación.

—Permíteme recomendarte un babero...

—Tengo ropa para cambiarme en el despacho —le aseguré, sintiéndome como un niño desaliñado y no como un hombre de casi cuarenta años.

—Bien. —Asintió antes de darse la vuelta y encaminarse hacia su despacho. No sabía que iba a venir hoy. Por lo general, trabajaba desde casa, pero nunca sabía cuándo aparecería sin avisar.

Reprimí el impulso de poner los ojos en blanco mientras lo veía alejarse, antes de darme la vuelta y recorrer el pasillo hacia mi propio despacho.

Odiaba que mi padre me pillara en un mal día, algo que rara vez ocurría, pero aun así me molestaba.

Me fastidiaba ser menos que excelente, sobre todo delante de él.

Quizá porque sentía que eso solo conseguiría retenerlo allí más tiempo, cuando yo estaba tan cerca de escapar de su sombra.

O quizá porque temía volver a perder. Ya lo había perdido todo una vez; mi lesión lo había cambiado todo. Sueños. Planes. Joder, hasta mi capacidad para moverme.

Por eso lo había dado todo por aquel negocio: había obtenido un máster en Empresariales y otro en tecnología, estudiado varios idiomas y viajado por el mundo para observar cómo se gestionaban los negocios en otros países.

Quería ser el mejor, y Stellar Industries era la mejor.

Por eso tenía miles de millones en el banco. Por eso la gente guardaba silencio cuando entraba en una sala. Por eso poseía las tres últimas plantas del edificio más codiciado de Tribeca. Por eso llevaba trajes de diseño que costaban más que un coche.

Como aquel, que ahora estaba teñido de un marrón apagado.

En cuanto entré en mi despacho y cerré la puerta a mi espalda, me quité la chaqueta de lino húmeda y desabroché la camisa blanca pegada al pecho.

Me puse una camisa negra y una chaqueta a juego que la tintorería había entregado el día anterior.

Estaba a punto de llamar a mi asistente para que llevara a la tintorería el traje manchado de café cuando recordé que ya no tenía asistente.

Al menos, no desde ayer. Le había dado un caso de «soy idiota, me he quedado embarazada y ahora tengo que dejar el trabajo».

Dejé escapar un suspiro irritado mientras doblaba la chaqueta y la camisa manchadas de café y las colocaba en una estantería cercana para ocuparme de ellas más tarde.

Por el momento, al menos estaba seco, lo cual me facilitaba concentrarme en la infinidad de correos electrónicos y llamadas telefónicas que debía atender.

Tareas de las que debería encargarse un asistente.

También seguía necesitando café, lo que me hizo suspirar aún más fuerte al saber que no tenía a nadie a quien mandar a la cafetería cercana.

Gracias a Dios que el proceso de selección ya había comenzado y debería tener un sustituto para la semana siguiente.

Me pasé las manos por las mejillas con cansancio y giré en la silla para contemplar la lúgubre ciudad bajo aquella inesperada tormenta veraniega.

A través de la niebla, miré hacia abajo, hacia las diminutas motas que eran las personas cruzando la calle a toda prisa para huir de la lluvia.

No pude evitar preguntarme si una de ellas sería alguien con un vestido manchado de café.