Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8)
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Capítulo 1 Sarah
El autobús se detuvo poco a poco y el fuerte tsss me llenó los oídos, sumándose al coro de sonidos de la ajetreada mañana de Brooklyn que me rodeaba.
Puertas de taxis al cerrarse. El murmullo apagado de los trabajadores que se dirigían al metro.
El ratatatá de un martillo neumático golpeando el pavimento.
Cuando se abrieron las puertas del autobús, volví a comprobar las letras luminosas del lateral, que me confirmaban que me llevaría hasta Manhattan.
Ir en autobús era una experiencia nueva para mí; había dejado de utilizar el metro para ahorrarme unos dólares.
Cada céntimo contaba ahora que ya no era contable, sino camarera.
Tras el drama que se había desatado en la asesoría contable donde trabajaba antes, chantaje y aventura entre compañeros incluidos, la investigación interminable y exasperante de la empresa había paralizado todo el negocio.
Mi amiga Juliet se había encontrado justo en el centro de todo aquello después de enamorarse del director ejecutivo de la empresa. Acabó teniendo un hijo con él, y ahora estaban casados y vivían felices para siempre, mientras que el chantajista estaba en prisión.
Aunque la empresa se ocupó de los afectados, yo me lo tomé como una señal de que quizá debía cambiar de rumbo.
El problema era que aún no sabía qué rumbo tomar, así que, mientras me encontraba en aquel limbo, había estado trabajando en un restaurante.
Ya convertida en la esposa del director ejecutivo, Juliet me había suplicado que siguiera en el equipo de contabilidad.
Como amiga, me había rogado que la dejara ayudarme económicamente.
Pero yo jamás podría aceptar el dinero que se ofrecía a prestarme.
No me parecía bien. Valoraba mucho su amistad. El dinero enturbiaría las aguas.
Además, no quería que se sintiera culpable por haber seguido los dictados de su corazón.
Algo que yo misma la había animado a hacer, aunque hubiera sido una decisión arriesgada tanto para ella como para Chester.
A ellos les había salido bien, y no podía alegrarme más por el amor que compartían y por la familia que ahora formaban con su hija, Blair.
Incluso había sido dama de honor en su boda.
Por otra parte, ser contable nunca había sido mi verdadera vocación.
De hecho, aún no sabía cuál era. No dejaba de repetirme que todavía era joven y ya lo averiguaría.
A pesar de haber solicitado varios empleos, entre ellos uno de ventas y otro como ayudante de un agente de reservas, el único por el que me habían llamado era uno de asistente personal, y hacia allí me dirigía en ese momento.
No era el trabajo más emocionante, pero era un trabajo y necesitaba uno desesperadamente.
Las propinas que ganaba como camarera apenas me daban para subsistir.
Y no podía permitirme el lujo de ponerme exigente ni de esperar a encontrar un trabajo que me apasionara. Aquello era Nueva York, no precisamente el lugar más asequible para vivir. Hasta Brooklyn se estaba volviendo pijo.
—¿Sexta Avenida? —preguntó el conductor del autobús, enarcando una ceja con impaciencia mientras me miraba desde arriba y apoyaba el codo en el respaldo de su asiento.
—Sí —balbuceé, agarrándome a la fría barandilla metálica y subiendo a toda prisa los escalones, que vibraban bajo mis pies.
Aún no había encontrado asiento cuando el autobús cobró vida y se alejó del bordillo con estruendo mientras yo me aferraba con fuerza a los respaldos, procurando no agarrarle el pelo a nadie por accidente.
Inestable sobre los zapatos de salón negros de charol que me había prestado mi hermana, caí en un asiento cercano y fulminé al conductor con la mirada.
Parecía muy satisfecho de sí mismo en el gran retrovisor mientras maniobraba entre el tráfico matutino.
El móvil sonó dentro del bolso y me sacó del resentimiento que empezaba a incubar. Abrí el broche dorado del bolso negro que llevaba colgado al hombro y rebusqué hasta sacar el teléfono. Era mi mejor amiga, Brittany.
—¿Ya estás de camino? —preguntó con tono jovial antes de que pudiera siquiera saludarla.
—Casi me rompo un tobillo en el maldito autobús, pero sí. Voy de camino a la entrevista para el trabajo de mis sueños —murmuré.
—Noto el sarcasmo desde mi apartamento .
—Vaya. ¿A dos manzanas enteras? Sí que llega lejos.
—Calla. —Se rio—. ¿Cómo te encuentras?
—Nerviosa —admití mientras miraba por la ventana y reparaba en las nubes de un gris oscuro que se cernían sobre la ciudad, engullendo las cimas de los edificios más altos—. Necesito mucho este trabajo.
—Lo sé —dijo Brittany, adoptando un tono serio—. ¿Leíste los artículos que te envié anoche?
—¿Los veinte? —pregunté con una sonrisa burlona.
—Oye, más vale ir preparada.
—Lo sé, lo sé. La primera impresión y todo eso.
—Me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja.
Todavía estaba acostumbrándome al castaño, pues me lo había teñido la noche anterior expresamente para aquella entrevista.
Había pensado que el pelo magenta quizá fuera demasiado para el mundo empresarial, aunque en mi último trabajo nunca había importado.
Con aquellas grandes compañías, nunca se sabía.
—¿Qué tal te queda el vestido? —preguntó Brittany con entusiasmo.
Bajé la vista hacia el vestido de color crema, que destacaba contra el desvaído estampado gris y azul del asiento del autobús.
—Probablemente sea mi mejor baza —contesté mientras deslizaba la mano por la suave tela.
—¡Eso no es verdad! —exclamó—. Pero sí está entre las mejores...
Solté una risita mientras negaba con la cabeza.
Brittany había personalizado el vestido que encontré la semana anterior durante una de nuestras jornadas de compras en una de mis tiendas vintage favoritas de Williamsburg.
No parecía gran cosa en la percha, pero Brittany lo cogió entusiasmada, pues estaba claro que veía en él algo que a mí se me escapaba.
Lo había sostenido contra mis vaqueros desgastados y descoloridos y mi camiseta de tirantes negra antes de encasquetármelo con decisión entre los brazos, junto con la americana a juego que colgaba de una percha cercana.
Una hora después, yo estaba de pie frente al espejo de mi dormitorio mientras Brittany recogía la tela y clavaba con cuidado alfileres de colores por todas partes, haciéndome sangre una sola vez.
Se encontraba en su elemento, con el pelo castaño recogido en un moño desordenado que mantenía sujeto con una cinta métrica blanda enrollada.
Me recordó a cuando íbamos a clase de economía doméstica en el instituto.
Yo hacía unas tartas de muerte, pero era incapaz de coser una línea recta aunque me fuera la vida en ello.
Brittany, en cambio, acabó confeccionándonos conjuntos a juego y, años después, diseñó nuestros vestidos de graduación.
—Creo que quizá sea tu mejor obra hasta la fecha —le dije, fijándome en las puntadas del dobladillo, que había subido hasta dejarlo a una altura coqueta pero profesional sobre las medias de color carne que llevaba.
Malditas medias.
¿En quién me había convertido ?
También llevaba mi perfume más caro, que reservaba para ocasiones especiales, e intentaba alargarlo todo lo posible porque dudaba que pudiera volver a permitírmelo.
Aunque debía admitir que aquel vestido me hacía sentir poderosa.
Femenina, pero fuerte. Incluso triunfadora, aunque solo tuviera lo justo para pagar mi mitad del alquiler y comprar ramen para microondas durante todo el mes.
Nadie lo habría adivinado al verme con aquel vestido, con su discreto escote redondo y la cintura entallada.
Cualquiera habría dicho que era de Chanel.
—No sé... —dijo Brittany pensativa—. Era difícil superar aquellos pantalones capri de flores y las camisetas de tirantes a juego que improvisé para aquel baile del instituto.
—Parecíamos las gemelas Olsen. —Me reí al acudir el recuerdo a mi mente.
—¿Y quién no quería parecerse a ellas?
—Es verdad.
—Finge que eres Mary-Kate durante la entrevista de hoy —dijo Brittany—. De actriz infantil a empresaria de éxito.
—Oye, creía que yo era Ashley.
— La que sea . Tú bórdalo.
—Lo intentaré.
—Buena suerte —dijo con voz cantarina antes de que nos despidiéramos.
Volví a guardar el móvil en el bolso y apoyé la cabeza contra la ventana, mientras las estructuras del puente de Brooklyn se alzaban sobre mí contra el cielo cada vez más oscuro.
—Por favor, que no llueva —susurré, sintiéndome poco preparada sin paraguas y con un vestido que, mojado, bien podía enseñar más de la cuenta.
A medida que los rascacielos de Manhattan sustituían a los bajos edificios de ladrillo de Brooklyn, los nervios empezaron a revolotearme en el estómago, amenazando con subir volando y escapar por mi garganta.
Tragué saliva para contenerlos y me distraje con uno de los muchos artículos que Brittany me había enviado por mensaje la noche anterior.
5 maneras de mostrar seguridad en una entrevista.
Respira.
No te muevas nerviosamente.
Mantén el contacto visual.
Haz preguntas.
Sé positiva.
Leí los consejos, aunque casi todos eran bastante obvios. Aun así, leer constituía una buena distracción, hasta que el autobús se detuvo poco a poco y los nervios volvieron de golpe.
—¡Sexta Avenida! —anunció el conductor con indiferencia antes de coger del salpicadero el periódico de aquella mañana y ponerse a leerlo.
Me puse en pie y mantuve el equilibrio con cuidado sobre los tacones mientras avanzaba por el pasillo.
Le hice al conductor un breve gesto de agradecimiento con la cabeza antes de bajar los escalones.
Fuera, en la acera, el aire parecía más denso que la humedad habitual de la ciudad.
Olía a lluvia. Alcé la vista al cielo, deseando que el gris se volviera azul por arte de magia.
Aquel día, una tormenta de verano no sería nada bienvenida.
Comprobé enseguida el GPS del móvil para asegurarme de que estaba bien orientada.
Cuando supe con certeza dónde me encontraba, me dirigí hacia un paso de peatones cercano sin perder de vista el cielo.
La ciudad hervía de actividad: hombres y mujeres trajeados se abrían paso a empujones entre la multitud mientras conversaban a través de los dispositivos Bluetooth que llevaban en las orejas.
Intenté seguirles el ritmo, procurando que no se me enganchara un tacón en el pavimento.
Intentando sentirme tan importante como ellos aparentaban ser.
Conseguí salir de la multitud y me encontré en la manzana donde estaba mi destino: un imponente edificio de cristal rematado por una cúspide que parecía perforar las nubes de tormenta.
Y tal vez lo hiciera de verdad, porque de pronto sentí unas gotas de lluvia en las mejillas mientras contemplaba el que podía convertirse en mi futuro lugar de trabajo.
—Mierda —murmuré, acelerando el paso mientras me dirigía hacia el edificio.
Cayeron más gotas, mayores esta vez, y dejaron un dibujo sobre mi vestido.
—Mierda. Mierda. Mierda —susurré.
Me quité la americana y la sostuve sobre la cabeza a modo de paraguas improvisado antes de echar a correr. Bueno, más bien a trotar, si es que podía llamarse así. Malditos tacones.
Abrí de un tirón la alta puerta de cristal del edificio y me colé dentro justo cuando el cielo se abría y el agua empezaba a caer a cántaros.
Suspiré aliviada mientras veía cómo la lluvia intensa oscurecía la acera, agradecida por haberme librado por los pelos.
Me coloqué la americana sobre los hombros, comprobé la hora en el móvil y vi que además había llegado pronto. Otra cosa por la que estar agradecida.
Sonreí para mis adentros al volverme hacia el vestíbulo, cuya inmensidad me dejó sin aliento.
El suelo de mármol gris se extendía a mi alrededor hasta encontrarse con los elevados muros blancos que se alzaban a mi alrededor.
Sobre mi cabeza colgaba una lámpara circular de varios niveles, cubierta de cuentas de cristal que reflejaban la luz blanca que irradiaba de su centro.
Unas grandes letras metálicas doradas formaban el nombre Stellar Industries sobre una pared de color gris antracita situada detrás de un enorme mostrador de mármol con acabado en cascada.
Sentadas tras él había tres mujeres casi idénticas, impecables con sus trajes negros a juego mientras se ocupaban de las llamadas telefónicas y del cliqueteo de sus teclados.
Dos guardias de seguridad con auriculares permanecían de pie a su derecha, observándome ya con los ojos entrecerrados.
Los saludé con la mano, nerviosa y sintiéndome estúpida por hacerlo, antes de refugiarme en el aseo más cercano.
Dentro, me sequé rápidamente bajo uno de los secadores de manos y me peiné con los dedos el largo cabello, que, de algún modo, aún conservaba las ondas de los rulos calientes que había probado aquella mañana.
Me hice un firme gesto de asentimiento ante el gran espejo retroiluminado, salí del baño con paso decidido y me encaminé hacia el cercano conjunto de ascensores dorados.
Durante el trayecto hasta la vigesimoséptima planta, repasé los consejos que había leído en el artículo y me di cuenta de que no estaba siguiendo el primero: respirar.
Cuando las puertas se abrieron, inspiré hondo y di un paso al frente, solo para chocar contra algo sólido.
No contra algo.
Contra alguien.
Alto.
Moreno.
Con un café en la mano.
Un café que ahora cubría mi vestido. Y el traje de lino gris impecablemente ajustado al cuerpo de quienquiera que lo llevara.