CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #6
—No me pidas perdón por no saber estar bien después de lo que has vivido.
La frase quedó entre ellos con una madurez que no pertenecía todavía a esa Marta, y sin embargo salió de ella. Leo pensó que quizá algunas cosas no necesitan años para existir. Quizá estaban ya en las personas, esperando una situación brutal que las sacara a la superficie.
—Cuando lo vea —dijo Leo—, no sé qué va a pasar.
—Entonces lo veremos despacio.
Lo veremos.
Otra vez esa manera de incluirse sin invadir.
Leo sintió una punzada de gratitud y miedo.
—Marta.
—Dime.
—No sé volver.
Ella se quedó quieta.
—¿A casa?
Leo la miró.
—A nada.
Marta respiró hondo.
Luego acercó la silla un poco más a la cama.
—Entonces no vuelvas a todo hoy.
La sencillez de la respuesta lo dejó sin argumento.
El médico aceptó finalmente un alta condicionada al día siguiente, más por la insistencia tranquila de Leo que por convencimiento completo. No sería exactamente alta, dijo, sino salida con control próximo, reposo estricto, vigilancia de síntomas, regreso inmediato ante cualquier alteración. La madre de Leo escuchó las instrucciones como si fueran órdenes militares. Clara tomó notas en el móvil, aunque luego aseguró que lo hacía porque no confiaba en nadie. Marta recogió la ropa limpia que Clara había traído: pantalón cómodo, camiseta, una sudadera. No había traje. No había camisa. No había corbata.
Cuando Leo se vistió, sentado en el borde de la cama, sintió la humillación física de la fragilidad.
Marta lo ayudó sin hacerlo evidente. Le acercó la camiseta, se giró cuando él necesitó incorporarse con torpeza, sostuvo la sudadera abierta para que pudiera meter primero el brazo que menos le dolía. No lo trató como enfermo, pero tampoco fingió que no lo estaba. Ese equilibrio, tan delicado, le recordó de pronto una escena que ella no podía recordar: Marta sentada en el suelo, partiendo premios pequeños para Nerón viejo, midiendo la ternura para no hacer daño.
Leo tuvo que cerrar los ojos.
—¿Mareo? —preguntó Marta.
—No.
—¿Dolor?
—Siempre.
Ella asintió.
No preguntó más.
Al salir del hospital, el aire de la calle le pareció demasiado grande.
Había amanecido del todo. Bilbao estaba húmedo, gris, normal. Los coches pasaban. Un autobús frenó frente a una marquesina. Una mujer cruzó con bolsas de supermercado. Dos médicos fumaban bajo un alero, con las batas abiertas y la cara de quien ha visto demasiadas madrugadas. El mundo no tenía la menor intención de comportarse como si él acabara de regresar de una vida que nadie había vivido.
Clara condujo.
La madre de Leo quiso ir delante para “controlar la ruta”, aunque todos sabían que era porque necesitaba mirar a su hijo por el retrovisor cada pocos segundos. Marta se sentó atrás con él. No se tocaron al principio. Leo apoyó la cabeza contra el cristal y vio pasar calles que conocía y no conocía. Todo estaba en su sitio, pero no en su tiempo. Las fachadas tenían demasiada juventud. Algunos comercios que en la otra vida habían cerrado seguían abiertos. Un local que él recordaba convertido en panadería seguía siendo una tienda de reparación de móviles. Una esquina donde había visto a Lara una vez después de tomar café no tenía nada que ver con Lara. Ni siquiera existía ese recuerdo para la ciudad.
La ciudad lo negaba sin saberlo.
Marta lo observaba de reojo.
—¿Te molesta la luz?
—No.
—¿Quieres cerrar los ojos?
—Si los cierro, se mueven más cosas.
Ella no entendió del todo, pero no pidió explicación.
Clara aparcó cerca del portal.
Leo se quedó unos segundos dentro del coche.
No por dolor.
Por miedo.
La casa estaba allí arriba. La casa real. La casa de antes del rayo. La casa donde había dejado una cena improvisada para Marta, no una pared llena de recortes. La casa donde Nerón no había envejecido hasta morir. La casa donde no existía la caja con el collar rojo porque el collar seguía en su cuello. La casa donde la nota del pan quizá seguía pegada en la nevera o tirada en alguna parte, sin saber aún que se convertiría en una reliquia.
—¿Puedes subir? —preguntó su madre.
Leo asintió.
—Sí.
—Despacio.
—Ama.
—Despacio he dicho.
Esa forma de mandar, tan intacta, le apretó el pecho.
Subieron en ascensor.
El ascensor olía a metal, lejía y perfume barato. Leo se apoyó contra la pared, cerrando los ojos solo un instante. En la otra vida, había subido ese ascensor miles de veces con otras edades encima: borracho, agotado, esperanzado, destruido, con bolsas de comida para Nerón, con Marta a su lado después de una visita imposible, con Lara una tarde en que fueron a buscar un libro que él había olvidado. Ahora el ascensor subía como si nada de eso hubiera pesado nunca en sus cables.
Al llegar al rellano, Leo oyó el sonido antes de ver nada.
Un golpe.
Luego otro.
Tac.
Tac.
Tac.
Una cola contra una puerta.
El cuerpo se le abrió por dentro.
—Nerón —susurró.
La madre de Leo sacó las llaves, pero le temblaban las manos. Clara se las quitó con una suavidad rara en ella.
—Deja.
Marta se quedó un paso detrás de Leo.
Clara abrió.
El perro estaba al otro lado.
No esperó.
Nerón empujó la puerta con el hocico y salió al rellano como una sombra negra llena de vida, torpe por la emoción, las patas resbalando un poco, el collar rojo sonando contra la placa, los ojos azules abiertos, enormes, limpios. No era el cachorro de las fotos, pero tampoco el anciano que Leo había sostenido al morir. Era Nerón en medio de la vida, fuerte todavía, con el lomo brillante, la energía contenida de quien ha pasado horas sin entender por qué todos se fueron y por fin recupera el centro de su mundo.
Se lanzó hacia Leo.
Clara intentó sujetarlo.
—¡Nerón, cuidado!
Pero Leo ya se había agachado.
No debería haberlo hecho tan rápido. El dolor le atravesó el costado, la cabeza se le llenó de luz y el equilibrio casi se le fue. Marta dio un paso para sostenerlo, pero él no llegó a caer. Se quedó de rodillas en el rellano, con una mano apoyada en el suelo y la otra abierta hacia el perro.
Nerón llegó a él con todo el cuerpo.
Le lamió la cara, el cuello, las manos, la barbilla. Gemía. No ladraba. Gemía con una alegría desesperada, como si también él hubiera tenido miedo de una pérdida que nadie le había explicado. El collar rojo chocó contra la muñeca de Leo. El pelo negro le llenó la cara. El olor del perro lo golpeó con una fuerza brutal: piel, casa, pienso, lluvia seca, vida.
Leo lo abrazó.
No pudo hacer otra cosa.
Hundió la cara en su cuello y se rompió.
No lloró como en el hospital, expuesto bajo luces blancas, incapaz de moverse. Lloró con el cuerpo entero, arrodillado en el rellano, agarrado a Nerón como si el perro fuera el último puente entre los 2 mundos. Lloró por haberlo perdido y encontrarlo. Por haberle dicho adiós y tocarlo vivo. Por la manta vacía que seguía existiendo en algún lugar de su memoria. Por el collar rojo que aquí sonaba contra su pecho. Por todas las veces que Nerón lo había esperado en una vida y en la otra.
—Mi chico —murmuró—. Mi chico. Mi chico.
Nerón le lamía las lágrimas con una entrega feliz, sin entender el duelo que estaba deshaciendo dentro de él, pero respondiendo a él con la única sabiduría que tenía: estar, empujar el hocico, mover la cola, volver a poner el cuerpo donde hacía falta.
La madre de Leo lloraba en silencio junto a la puerta.
Clara miraba al techo como si insultar a la emoción pudiera impedirle salir.
Marta no se movió.
Se quedó detrás, con una mano en el pecho, observando a Leo abrazado al perro. Y quizá entonces entendió algo que ninguna explicación del hospital había podido darle. Entendió que aquello no era una confusión común. Que Leo no estaba exagerando una pesadilla. Que aquel abrazo contenía una despedida que ella no había visto, una muerte que no había ocurrido allí, pero que lo estaba atravesando con la misma verdad física que si el cuerpo de Nerón hubiera estado frío sobre la manta.
Leo levantó la cara.
Vio a Marta.
Y algo cambió.
Nerón, vivo entre sus brazos, no solo le devolvió al perro. Le devolvió la casa anterior. La casa antes de la pared, antes del Café Lur, antes de David, antes de Lara incluso. Le devolvió a Marta entrando de guardia a las 05:37 con los ojos cansados. Le devolvió la nota en la nevera. Le devolvió los planes pequeños. El pan. La cena. La forma en que ella dejaba los zapatos junto a la puerta. La manera en que Nerón la seguía de una habitación a otra. La vida que no había llegado a perderse en esta realidad, aunque él hubiera pasado años llorándola en otra.
Y al verla allí, joven, asustada, con el mismo amor suspendido sin saber si podía tocarlo, Leo comprendió que no solo estaba de duelo por Lara.
También estaba volviendo a enamorarse de Marta.
O, más exactamente, estaba recordando el amor que la otra vida había cubierto de ausencia, culpa, imposibilidad y despedidas.
Ese amor seguía allí.
No limpio.
No intacto.
Pero vivo.
Como Nerón.
Leo acarició la cabeza del perro y habló sin apartar la mirada de Marta.
—Perdón.
Ella frunció el ceño, dolida.
—¿Por qué?
Leo intentó levantarse, pero las piernas no respondieron bien. Marta se acercó de inmediato y lo ayudó por un brazo. Esta vez él no se apartó. Su madre quiso intervenir, pero Clara la detuvo suavemente con una mano.
—Déjalo —susurró.
Marta ayudó a Leo a ponerse de pie. Nerón siguió pegado a sus piernas, moviendo la cola sin descanso.
Leo quedó frente a ella en el umbral de la casa.
El umbral.
Ese lugar donde, en otra vida, tantas veces la había visto entrar y salir sin poder retenerla.
—Perdón por haberte perdido —dijo.
Marta negó enseguida.
—No me perdiste. Estoy aquí.
—Te perdí allí.
—Leo…
—Y aunque aquí no haya pasado, yo lo viví. Viví años pensando que no sabía si estabas viva. Me acostumbré a hablar contigo en una pared. Me enfadé contigo por no volver aunque no tuvieras culpa. Te esperé hasta convertirme en alguien que ya no sabía esperarte bien. Y cuando volviste… cuando volviste allí, yo ya estaba lleno de miedo, de rabia, de necesidad. No supe quererte sin pedirte que arreglaras todo lo que tu ausencia había roto.