Ocho horas CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #5
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CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #5

Marta no estaba prometiendo volver a una vida que para ella no había pasado. No estaba diciendo que pudiera entender a Lara, ni que supiera qué hacer con una boda soñada, ni que pudiera ocupar sin conflicto el lugar que él había dejado vacío en la otra realidad. Pero decía tendremos. Como si, al menos por ahora, no pensara dejarlo solo con aquello.

—No sé quién soy aquí —dijo Leo.

Marta sostuvo su mirada.

—Ahora mismo eres alguien que acaba de despertar después de casi morirse.

—No es solo eso.

—Lo sé.

—No lo sabes.

—No. Pero sé que no es solo eso.

Leo se quedó mirándola.

La diferencia importaba.

Marta tomó aire.

—Hay cosas que no voy a saber hacer bien. Te lo digo desde ya. Si me hablas de una mujer que para ti fue tu vida durante años, voy a asustarme. Si me dices que viste morir a Nerón, voy a no saber dónde poner eso mientras él esté en casa esperándonos. Si me miras como si yo hubiera vuelto de un sitio al que nunca fui, probablemente voy a equivocarme. Pero estoy aquí.

Leo bajó la vista a sus manos.

—Eso me dijiste muchas veces.

—¿Cuándo?

—Allí.

Marta no preguntó más.

No todavía.

La puerta se abrió con suavidad.

La madre de Leo asomó la cabeza.

Esta vez Leo la vio con más claridad.

No del todo. El cansancio y la medicación seguían filtrando las cosas, pero ya no había agua en el aire. Vio su pelo, su cara agotada, la ropa arrugada, los ojos hinchados por el llanto. No era la madre del tratamiento. No era la del vestido azul. Era su madre antes de la enfermedad que él recordaba. Su madre recuperada de una muerte que solo había ocurrido dentro de él.

La emoción fue tan compleja que no supo dónde ponerla.

Ella sonrió al verlo despierto, una sonrisa rota, enorme, de puro alivio.

—Hola, mi niño.

Leo sintió que se le llenaban los ojos.

—Ama.

Ella entró, pero se detuvo al ver que Marta seguía sujetándole la mano. No pareció molestarle. Pareció agradecerlo.

—¿Cómo estás?

La pregunta era absurda y necesaria.

Leo la miró.

Pudo haberle dicho: te vi enferma. Te corté el pelo. Te llevé a quimio. Me enseñaste a ser hijo otra vez. Te vi sobrevivir.

No lo hizo.

Todavía no.

—Cansado —dijo.

Su madre soltó una risa llorosa.

—Eso te pasa por hacerte el héroe con tormenta.

Marta bajó la mirada y sonrió entre lágrimas.

La frase era tan de ella que Leo sintió otro golpe de realidad.

Su madre estaba allí.

Viva.

Sin saber nada.

Pero era ella.

La madre se acercó al otro lado de la cama y le tocó la frente con el dorso de los dedos, como cuando era niño. Leo cerró los ojos al contacto. Aquel gesto no pertenecía a ninguna realidad concreta. Las atravesaba todas.

—Nos has matado del susto —dijo ella.

—Perdón.

—No pidas perdón todavía. Ya te gritaré cuando puedas defenderte.

Leo casi sonrió.

Su madre miró a Marta.

—¿Ha preguntado otra vez por…?

No terminó el nombre.

Marta asintió despacio.

Leo abrió los ojos.

—Se llama Lara.

Su madre lo miró con una ternura asustada.

—Lara —repitió.

La palabra sonó extraña en su boca.

Pero la dijo.

Y al decirla, aunque no supiera quién era, le dio un lugar mínimo en la habitación.

Leo sintió que algo se aflojaba en su pecho.

—No quiero olvidarla —dijo.

Su madre tragó saliva.

—Entonces no la olvides ahora. Descansa, y luego me cuentas.

—No me vas a creer.

Ella se inclinó y le besó la frente.

—Soy tu madre. No necesito creerte todo para quedarme.

Marta miró a la mujer con los ojos llenos de lágrimas.

Leo cerró los ojos.

Por primera vez desde que había despertado, no se sintió obligado a convencer a nadie de inmediato. No porque el mundo tuviera sentido. No porque Lara estuviera a salvo. No porque la otra vida hubiera encontrado explicación.

Sino porque alguien había pronunciado su nombre.

Lara.

Y nadie lo había arrancado de la habitación.

El médico volvió más tarde. Habló de pruebas, observación, daño eléctrico, recuperación neurológica, posible confusión, necesidad de descanso. Leo escuchó a medias. Marta no soltó su mano. Su madre estuvo sentada al otro lado. Clara entró un minuto, lloró, lo insultó suavemente, prometió volver con ropa limpia y preguntó si podía ir a ver a Nerón antes de que “el perro denunciara abandono emocional”.

Leo la miró.

—Dile que lo quiero.

Clara se quedó quieta, con una emoción que no esperaba.

—Se lo digo.

—Y que no suba al sofá.

Clara soltó una risa.

—Claro. Seguro que obedece después de casi quedarte frito.

Cuando Clara se fue, la habitación quedó más silenciosa.

Marta seguía allí.

El cansancio empezó a pesar otra vez sobre Leo, pero ya no era el mismo sueño impuesto de antes. Era un cansancio triste, humano, lleno de restos. El cuerpo necesitaba dormir. La mente quería vigilarlo todo.

—Marta —dijo.

Ella se acercó.

—Dime.

Leo la miró despacio.

—Si me duermo y digo cosas raras…

—Probablemente las apuntaré para chantajearte cuando estés mejor.

La broma fue pequeña, temblorosa.

Pero funcionó.

Leo respiró un poco mejor.

—No dejes que digan que fue solo un sueño.

Marta no respondió rápido.

Eligió las palabras con cuidado.

—No voy a dejar que nadie te trate como si lo que sientes no importara.

No era lo mismo.

Era más honesto.

Leo asintió apenas.

—Y cuando salga de aquí… quiero ver a Nerón.

—Lo verás.

—Y quiero girasoles.

Marta lo miró, confundida al principio.

Luego recordó.

La cena.

La deuda.

—Te llevaré girasoles.

Leo cerró los ojos.

La imagen apareció con suavidad: Marta entrando en la habitación con girasoles, Nerón en casa moviendo la cola, su madre viva, Clara insoportable. Y, detrás, más lejos pero no borrada, Lara junto a una barandilla firme, esperándolo en una casa que quizá no existía en ninguna calle.

La tristeza volvió.

Pero ya no vino sola.

Marta le acarició la mano.

—Descansa.

Leo quiso decirle que había pensado en ella durante más de una década de recuerdos imposibles. Ya lo había dicho, pero no bastaba. Nada bastaba. Aun así, antes de que el sueño lo venciera, abrió los ojos una vez más.

—Marta.

—Estoy aquí.

—Me alegro mucho de verte.

Ella cerró los ojos y lloró en silencio.

—Yo también, Leo.

Él apretó apenas sus dedos.

—No sabes cuánto.

Marta se inclinó y besó su mano.

—Entonces me lo contarás despacio.

Despacio.

La palabra no arregló nada.

Pero por primera vez no sonó como una condena.

Leo se quedó dormido con la mano de Marta entre las suyas, la voz de su madre hablando bajo con alguien al fondo, y el nombre de Lara sostenido en un rincón de la habitación, frágil, incomprensible, pero todavía presente.

El médico no quería darle el alta todavía.

No lo dijo como una prohibición severa, ni como uno de esos diagnósticos que cierran una puerta con llave. Lo dijo mirando los resultados, el monitor, la hoja de evolución, los electrodos todavía pegados al pecho de Leo y la marca rojiza que la descarga había dejado en una zona del hombro y del costado. Habló de observación. De control cardíaco. De dolor neurológico. De posibles secuelas. De evitar esfuerzos. De vigilar mareos, confusión, pérdidas de memoria, cambios de humor. Habló con un tono prudente, profesional, ligeramente cansado, como si hubiera aprendido que los cuerpos no siempre obedecen a la lógica de los informes.

Leo lo escuchaba desde la cama con los ojos abiertos y la sensación de estar siendo descrito por partes.

Corazón.

Sistema nervioso.

Quemadura superficial.

Descarga.

Trauma.

Sueño.

Confusión.

Ninguna de esas palabras contenía a Lara.

Ninguna contenía la barandilla, ni el vestido, ni la mano de Marta en el Café Lur, ni la respiración última de Nerón. Ninguna podía explicar por qué mirar a su madre viva y entera le producía alivio y duelo al mismo tiempo. Ninguna podía explicar por qué el olor de hospital le parecía menos real que la cocina de una vida que, según todos, no había ocurrido.

Marta estaba sentada junto a él, con una chaqueta sobre los hombros y una taza de café intacta entre las manos. Su madre había salido un momento con Clara a hablar por teléfono, aunque Leo sospechaba que en realidad la habían sacado para que no siguiera vigilándolo como si pudiera volver a apagarse por un descuido de los demás. Marta no había querido irse. No insistía, no preguntaba todo el tiempo, no llenaba los silencios con frases optimistas. Solo estaba.

Eso lo salvaba y lo hería.

Porque durante mucho tiempo la había imaginado así.

Sentada a su lado.

Real.

Disponible.

Sin anillo.

Sin años de por medio.

Pero ahora que la tenía allí, no sabía cómo volver a ella sin traicionar lo que acababa de perder.

—Necesito ir a casa —dijo Leo.

Marta levantó la vista.

—El médico quiere que te quedes hasta mañana.

—Necesito ver a Nerón.

La frase no sonó como un capricho.

Sonó como una urgencia física.

Marta dejó la taza sobre la mesilla.

—Está bien. Clara fue a verlo hace un rato. Dice que está bien. La vecina lo sacó y le dio comida.

Leo cerró los ojos.

La imagen apareció de inmediato: Nerón viejo, tumbado sobre la manta, negándose a comer. Nerón moviendo la cola una última vez. Nerón respirando despacio bajo su mano. Luego la imagen se rompió y apareció otra: Nerón en casa, unas horas después del accidente real, quizá inquieto por la ausencia, quizá esperando frente a la puerta con esa fe absurda de los perros.

—No es suficiente con saberlo —dijo Leo—. Tengo que verlo.

Marta lo miró con una tristeza que todavía no entendía del todo, pero que empezaba a respetar.

—Lo sé.

—No lo sabes.

Ella aceptó la corrección sin defenderse.

—No. Pero empiezo a entender que no es solo verlo.

Leo giró la cabeza hacia ella.

La luz de la mañana entraba por la ventana de la habitación con una palidez sucia, de hospital. Marta tenía el pelo recogido mal, algunos mechones sueltos, la cara lavada por la falta de sueño. No era la mujer reconstruida del Café Lur. No era la que había aprendido a hablar de su propio dolor con frases medidas. Era Marta antes del agujero. Pero había algo en sus ojos que sí era igual en todas las versiones: una forma de quedarse incluso cuando no sabía dónde poner las manos.

—Lo vi morir —dijo Leo.

Marta apretó los labios.

—Ya.

—No puedes decir “ya” a eso.

—No sé qué otra cosa decir.

Leo bajó la mirada.

—Perdón.