CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #4
Unas horas eran una tarde mala, una guardia larga, una espera de aeropuerto.
No una vida.
Leo miró sus manos unidas.
—Para mí no fueron unas horas.
Marta no respondió enseguida.
No dijo “lo sé”, porque no podía saberlo. No dijo “fue un sueño”, porque algo en su cara indicaba que había entendido que esa palabra podía hacerle daño. Se quedó allí, sujetándole la mano, esperando que él encontrara la forma de hablar desde un lugar al que ella no había ido.
—Para mí fue mucho tiempo —dijo Leo.
La voz le tembló.
No por debilidad física solamente.
Por la imposibilidad de resumir.
Marta inclinó la cabeza.
—¿Cuánto?
Leo respiró despacio.
Durante un instante estuvo a punto de decir una cifra. Pero la cifra le pareció pobre. Ridícula. Una etiqueta pequeña sobre una vida enorme. No era “diez” ni “once” ni “once y medio”. Era más que una década en la carne de sus recuerdos. Era suficiente tiempo para envejecer un perro, para enfermar una madre, para mudarse de ciudad, para amar, para perder, para reconstruir, para prometer matrimonio.
—Más de 10 años —dijo al final—. Mucho más de lo que cabe en una noche.
Marta dejó de respirar un segundo.
Sus dedos se cerraron sobre los de él.
—Leo…
Él negó muy poco.
—No me digas todavía que no puede ser.
—No iba a decir eso.
—Todos lo van a decir.
—Yo no.
Leo la miró.
Marta tenía miedo. Se le veía. Tenía miedo de su estado, de sus palabras, de esa mujer llamada Lara, de lo que pudiera significar que Leo despertara hablando de una boda que no había ocurrido. Pero debajo del miedo había algo más fuerte: una decisión de quedarse. No de entenderlo todo, no de creerlo todo, sino de no retirarse cuando él empezaba a contar.
—No sé qué fue —dijo Marta—. Pero sé que para ti está siendo real ahora.
Leo cerró los ojos.
Esa frase le dio un lugar mínimo donde apoyar el peso.
—Pensé en ti todos los días —dijo.
Marta se quedó quieta.
—¿En mí?
Leo abrió los ojos.
—Sí.
La palabra fue limpia.
Demasiado limpia para todo lo demás.
—Durante todo ese tiempo. Al principio te buscaba. No como se busca a alguien que se retrasa. Como se busca a alguien que se ha caído del mundo. Llené la casa de papeles. Mapas. Fotos. Números. Pistas. Cualquier cosa. Nerón se quedaba en la puerta esperándote.
Marta empezó a llorar sin hacer ruido.
Leo siguió, porque si se detenía quizá no podría volver a entrar en esa memoria.
—Me fui a Londres. No porque dejara de buscarte. Me fui porque Bilbao estaba lleno de ti por todas partes y yo ya no podía respirar aquí. Pero incluso allí seguía mirando nombres, noticias, fotos borrosas. Cualquier mujer de espaldas podía ser tú si yo estaba lo bastante roto.
Marta se llevó la mano libre a los labios.
—Leo…
—Volviste.
La palabra cambió el aire.
Marta levantó la mirada.
—¿Volví?
Leo asintió.
La vio de nuevo en el Café Lur, con el abrigo gris, las manos en torno a la taza, el anillo de David, los ojos llenos de una supervivencia que aquella Marta de hospital todavía no tenía.
—Volviste distinta. Viva, pero distinta. Yo también era distinto. Ya no éramos los de la nota del pan ni los de Nerón subiendo a la cama. Tú habías sobrevivido a cosas que no quiero contarte ahora. Y yo había convertido tu ausencia en una pared.
Marta lloraba abiertamente.
No entendía los hechos, pero sentía el peso de lo que él le estaba diciendo.
—¿Y qué pasó?
Leo miró el techo.
La luz blanca ya no borraba tanto. Era solo luz de hospital. Fría, pobre, cansada.
—Que no pudimos volver.
La frase salió sin violencia.
Como una piedra que por fin cae al fondo.
Marta no dijo nada.
—Yo quería —continuó él—. Una parte de mí quería que entraras en casa y que todo volviera a obedecer. Que Nerón te reconociera, que tú te sentaras en el suelo, que yo preparara café, que el mundo pidiera perdón y se corrigiera. Pero no se corrigió. Tú tenías otra vida. Yo tenía una herida con muebles alrededor.
Marta apretó la mano de Leo contra su pecho.
—Aquí estoy —dijo, casi en un susurro—. Estoy aquí ahora.
Leo la miró.
Ahí estaba la crueldad.
Y el milagro.
Marta estaba allí ahora.
La Marta que él había buscado durante años imposibles. La Marta por la que había llorado frente a una pared llena de pistas. La Marta cuya ausencia había dado forma a todo. Estaba allí, joven, con la mano desnuda, mirándolo como si no hubiera abandonado la casa, como si solo hubieran pasado unas horas, como si la vida le estuviera devolviendo algo intacto.
Y aun así Leo no podía regresar intacto con ella.
Porque él no volvía de la misma noche.
Volvía con otra vida encima.
—Me alegro de verte —dijo.
Marta cerró los ojos.
Leo sintió que aquella frase era pequeña, insuficiente, casi absurda. Pero era verdadera. Antes de explicar a Lara, antes de explicar la boda, antes de ordenar la locura, necesitaba decir eso.
—Me alegro de verte otra vez —repitió—. No como recuerdo. No como una foto en una pared. No como alguien que no sabía si estaba viva. Tú. Aquí.
Marta se inclinó sobre la cama con cuidado y apoyó la frente contra la mano de él.
Lloró allí.
Leo sintió sus lágrimas calientes sobre los dedos.
Durante un instante, no hubo boda, ni nave, ni hospital, ni descarga, ni años imposibles.
Solo Marta respirando contra su mano.
Y el alivio brutal de saber que no tenía que buscarla.
—Pensé que te perdía yo a ti —dijo ella, sin levantar la cabeza—. Cuando llegué y te vi… Dios, Leo. No eras tú. Estabas tan quieto. Había médicos por todas partes. Tu madre no podía ni hablar. Clara gritaba a la gente porque no la dejaban pasar. Yo solo pensaba: no puede irse así. No después de haber salido a trabajar como cualquier noche. No después de dejar la cena a medias. No después de la nota estúpida del pan.
Leo abrió los ojos.
—No era estúpida.
Marta levantó la cara.
—¿Qué?
—La nota.
Ella lloró y sonrió al mismo tiempo.
—Te pedí pan.
—Y compré pan.
—Lo sé.
—¿Lo viste?
—Sí. Estaba en la cocina. Al lado de los tomates. Todo estaba… todo estaba tan normal que daba miedo.
Leo cerró los ojos un momento.
La normalidad anterior al desastre.
Eso sí pertenecía a ambos.
No a la otra vida.
A esta.
—También compré girasoles —dijo.
Marta se quedó mirándolo.
—No los vi.
—Creo que no llegué a casa con ellos.
—Entonces me los debes.
La frase salió de Marta sin pensarlo.
Una frase pequeña, casi doméstica, casi de antes.
Leo la miró con una ternura dolorosa.
—Te los debo.
El silencio que siguió no fue vacío. Estaba lleno de cosas que todavía no podían tocar. Marta seguía sujetándole la mano. Leo seguía tumbado, agotado, con el cuerpo roto y la mente partida entre dos mundos. Pero algo se había ordenado mínimamente: ella no había desaparecido aquí. Él no tenía que buscarla aquí. Y, sin embargo, debía llorar lo que había vivido allí.
Marta se sentó de nuevo, sin soltarlo.
—¿Quién es Lara? —preguntó al fin.
No hubo reproche.
No hubo derecho.
Solo una pregunta hecha con cuidado, como quien se acerca a una herida que no entiende.
Leo miró el monitor.
Bip.
Bip.
Bip.
La respuesta tardó.
No porque dudara.
Porque decirlo en voz alta dentro de esa habitación era darle a Lara la única forma de existencia que podía conservar.
—La conocí después —dijo.
—Después de mí.
Leo la miró.
Marta bajó la vista.
—Después de perderme —corrigió.
—Sí.
Marta asintió.
Leo respiró con dificultad.
—No apareció para salvarme. Eso fue lo importante. Si hubiera intentado salvarme, me habría alejado. O la habría usado para no mirar nada. Ella no hizo eso. Era arquitecta. La conocí en una obra. Había una barandilla suelta y casi se apoya. La aparté. Luego me miró como si no le interesara que la hubiera ayudado, sino cómo había visto el fallo antes que otros.
Marta escuchaba sin interrumpir.
Leo siguió.
—Veía las casas como yo veía los circuitos. No lo bonito. Lo que soportaba peso. Lo que estaba mal repartido. Lo que alguien había tapado para que pareciera resuelto. Decía cosas que parecían técnicas y luego me destrozaban tres horas después.
Una sonrisa mínima apareció en su boca.
No de felicidad.
De recuerdo.
—Tenía una maqueta. Un proyecto para mujeres que necesitaban un lugar de paso. Yo le dije que una casa posible tenía que dejar elegir cuándo desaparecer y cuándo volver. Ella robó la frase.
Marta se limpió una lágrima.
—Casa posible.
Leo asintió.
—Así la llamamos.
El silencio volvió, más profundo.
—La quisiste —dijo Marta.
No fue pregunta.
Leo cerró los ojos.
Esta era la parte que más podía dolerle a Marta y, aun así, no podía mentirle. No después de haber despertado de una vida entera que nadie más recordaba. Mentir sería matar a Lara por segunda vez.
—Sí.
Marta apretó los labios.
Él abrió los ojos.
—Pero no de la forma en que te quise a ti al principio. No como una continuación. No como reemplazo. No como castigo a tu ausencia. La quise después de romperme mucho. Después de entender que no podía vivir convertido en una búsqueda. Después de perder a Nerón.
Marta bajó la mirada.
—¿Nerón murió allí?
Leo no pudo responder enseguida.
La habitación pareció enfriarse.
—Sí.
Marta se llevó una mano al pecho.
—Pero está vivo.
—Lo sé.
—Leo…
—Lo sé.
Los dos se quedaron callados, enfrentados a una imposibilidad que no tenía consuelo. En la casa real, Nerón podía estar dormido en su manta, quizá enfadado porque nadie había vuelto todavía. En la memoria de Leo, Nerón había muerto en casa, con Marta a un lado y él al otro, después de una vida entera de esperar.
—No sé cómo alegrarme sin traicionarlo —dijo Leo.
Marta lloró de nuevo.
—No creo que alegrarte de que esté vivo sea traicionarlo.
—Tú no lo viste morir.
La frase salió más dura de lo que quería.
Marta no se defendió.
—No —dijo—. No lo vi.
Leo cerró los ojos.
—Perdón.
—No. No me pidas perdón por eso.
Él respiró mal.
—Es que para todos vosotros no ha pasado. Pero para mí sí. Yo tengo el cuerpo lleno de despedidas que aquí no existen.
Marta se quedó muy quieta.
Después dijo:
—Entonces tendremos que ir despacio.
Leo la miró.
Tendremos.
La palabra era pequeña, pero no era inocente.