Ocho horas CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #3
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CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #3

Temía cerrar los ojos y que su rostro empezara a perder nitidez. Temía olvidar la forma exacta de su voz. Temía que el sueño, la sedación o el simple paso de los minutos hicieran lo que nadie en la habitación se atrevía a decir: convertir aquella vida en un delirio.

—No me dejéis olvidarla —dijo.

Su madre bajó la cabeza hasta besarle la mano.

—No vamos a dejarte solo.

—No es eso.

—Lo sé.

Pero no lo sabía.

No podía saberlo.

Y, aun así, lo dijo con una ternura que no necesitaba comprender para acompañar.

Marta, con los ojos llenos de lágrimas, preguntó en voz baja:

—¿Cómo era?

Leo la miró.

La pregunta lo sostuvo y lo destrozó al mismo tiempo.

—Arquitecta —dijo.

La palabra salió como una piedra pequeña salvada de un derrumbe.

Marta no se movió.

Su madre tampoco.

—Se llamaba Lara —continuó Leo, con la voz rota—. Miraba las grietas antes que las paredes bonitas. Decía que una casa no tenía que ser perfecta, solo honesta. Casi se cae por una barandilla el día que la conocí. Yo la sujeté. Luego ella… ella me sujetó a mí muchas veces.

Marta lloró en silencio.

No por celos.

No por entender.

Por verlo amar algo que se le estaba muriendo allí mismo.

—Era real —dijo Leo.

Su madre le acarició el pelo.

—Para ti lo fue.

No era suficiente.

Pero era lo máximo que podía darle.

La medicación empezó a entrar por la vía.

Leo sintió el cuerpo más pesado, la luz más lejana, las voces más blandas. Luchó contra el sueño con la poca fuerza que tenía. Intentó aferrarse a detalles.

El lápiz en el pelo de Lara.

Su abrigo verde oscuro.

El café sin azúcar.

La maqueta de la casa posible.

La barandilla firme.

Su manera de decir “no te acostumbres”.

Su mano en su pecho después del primer beso.

El vestido blanco.

Los votos.

La palabra sí.

No quería perder nada.

Marta le sujetaba una mano.

Su madre la otra.

La habitación seguía borrosa.

El monitor seguía vivo.

Bip.

Bip.

Bip.

Leo movió apenas los labios.

—Lara.

Esta vez nadie preguntó quién era.

Nadie lo corrigió.

Nadie dijo que no existía.

Y esa pequeña piedad, antes de que el sueño lo venciera otra vez, fue lo único que impidió que la realidad recién recuperada lo aplastara por completo.

La segunda vez que Leo despertó, la habitación ya no era agua.

Seguía siendo blanca, seguía oliendo a hospital, seguía teniendo ese silencio falso que nunca es silencio porque está lleno de máquinas, pasos contenidos y respiraciones vigiladas. Pero ahora los bordes existían. El techo tenía esquinas. La lámpara era una lámpara. La bolsa de suero colgaba de un soporte metálico y no de un lugar imposible. El monitor estaba a su izquierda, con números verdes, líneas pequeñas y aquel pitido que ya no parecía venir de dentro de su cabeza sino de un aparato concreto, visible, indiferente.

Bip.

Bip.

Bip.

Leo tardó en mover los ojos.

No por miedo solamente.

Por agotamiento.

El cuerpo se le había vuelto una cosa pesada, prestada, llena de cables y zonas apagadas. La boca seguía seca, pero ya no tenía aquella sensación de estar tragando arena. La cabeza le dolía de una forma profunda, como si alguien hubiera dejado una luz encendida detrás de la frente. El pecho le pesaba. El hombro izquierdo respondía con una punzada lenta cada vez que intentaba cambiar de postura.

Pero veía.

Y ver fue otra forma de caer.

No llevaba traje.

La sábana le cubría hasta la cintura. Debajo asomaba la tela azul claro de una bata de hospital. En el brazo derecho tenía una vía fijada con esparadrapo. En el índice, una pinza gris. Sobre el pecho, bajo la abertura de la bata, distinguió varios electrodos pegados a la piel. No había camisa. No había corbata. No había chaqueta azul oscuro. No había bolsillo interior con los votos. No había anillo esperando.

Durante unos segundos se quedó mirando su propio cuerpo como si fuera el cuerpo de otro hombre.

El hombre de la boda había desaparecido.

No el alma, no el recuerdo, no la intención.

El cuerpo.

Aquello era lo más difícil de aceptar. La mente podía estar todavía en la nave, frente a Lara, con las flores blancas y el olor de madera húmeda, pero el cuerpo estaba allí, horizontal, atado a una cama por cables blandos, vestido con una bata abierta, devuelto a un punto anterior a todo lo que él recordaba haber construido.

Giró la cabeza despacio.

Marta estaba sentada junto a la cama.

No dormía.

Tenía los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas, como si llevara mucho tiempo rezando sin saber a quién. Al verlo moverse, levantó la cabeza de inmediato. Sus ojos estaban enrojecidos, pero claros. Leo pudo verla bien por primera vez desde el despertar anterior.

Y verla bien fue casi insoportable.

Era Marta.

Pero no era la Marta del Café Lur.

No tenía esa dureza triste en la mirada, ni el cansancio de quien ha aprendido a sobrevivir con frases pequeñas, ni esa forma de sentarse dejando siempre una salida libre detrás de ella. No llevaba anillo. No había en su rostro la sombra de David, ni la de los años perdidos, ni la del regreso imposible. Tenía ojeras, sí. Tenía la piel pálida y los labios secos. Había llorado. Probablemente no había dormido. Pero era un cansancio de noche larga, no de década rota.

Era la Marta de antes.

La de la casa.

La de la nota.

La de Nerón joven.

La de aquella cena que él había dejado a medio preparar para ir a una avería.

Leo sintió un alivio tan violento que no pudo sonreír.

Marta se levantó de la silla.

—Leo?

Él parpadeó.

—Sí.

La voz salió baja, ronca, pero salió.

Marta cerró los ojos un segundo y llevó una mano a la boca. No era un gesto dramático. Era el cuerpo intentando no deshacerse por completo después de haber estado sosteniéndose a la fuerza durante horas.

—Dios —susurró—. Dios, Leo.

Se acercó a la cama, pero no se abalanzó sobre él. Parecía tener miedo de tocarlo mal, de hacerle daño, de despertarlo del todo o de devolverlo al fondo. Sus dedos se quedaron suspendidos sobre la sábana.

—¿Puedo? —preguntó.

La pregunta lo atravesó.

En la otra vida, Marta había aprendido a pedir permiso para casi todo. Para entrar. Para tocar a Nerón. Para abrazarlo en una despedida. Para volver a una casa que ya no era exactamente suya. Ahora, aquella Marta joven, real, sin saber nada de eso, también preguntaba.

Leo movió apenas la mano.

Marta se la tomó con una delicadeza desesperada.

La piel de sus dedos estaba tibia.

Real.

No recuerdo.

No sueño.

Real.

Leo miró sus manos juntas. No había anillo en ella. Tampoco en él. Durante un instante sintió la necesidad absurda de buscar el anillo de Lara en el suelo de la habitación, como si se le hubiera caído al desmayarse y alguien pudiera recogerlo bajo la cama.

—¿Dónde está mi madre? —preguntó.

Marta miró hacia la puerta.

—Fuera. Con Clara. La convencieron para que saliera un momento a tomar agua. No quería moverse de aquí.

Leo cerró los ojos un segundo.

Su madre.

Fuera.

Viva.

No enferma.

O, al menos, no la madre de la otra vida.

Todavía no quería verla bien. No estaba preparado para comprobar con los ojos lo que ya empezaba a intuir. La imagen de su madre con el vestido azul oscuro seguía demasiado cerca. Si ahora la veía con el pelo de antes, con el cuerpo de antes, con la salud de antes, quizá perdería también aquella versión que había aprendido a cuidar.

Marta le acarició el dorso de la mano con el pulgar.

—Nos diste un susto horrible.

Leo volvió a mirarla.

—¿Qué pasó?

Marta respiró hondo.

No parecía preparada para contar, pero llevaba horas esperando que él pudiera preguntar.

—Te llamaron por una avería. Iñaki, creo. Dijiste que volvías rápido. Yo… yo no estaba todavía en casa cuando saliste. Luego llegué y vi la cena.

Leo parpadeó.

La cena.

La cocina apareció en su memoria con una nitidez dolorosa: la pasta al limone, los tomates confitados, la burrata esperando, el chuletón fuera de la nevera, la botella de Rioja, el pan comprado porque la nota lo había pedido. El intento casi adolescente de hacer una noche bonita. Nerón mirando desde la puerta como si supervisara todo con paciencia.

—La cena —murmuró.

Marta asintió. Se le humedecieron los ojos.

—Estaba todo preparado. O casi. Al principio pensé que habías bajado a comprar algo, o que te habían llamado del trabajo. Te escribí. No contestaste. Después llamé. Nada. Me enfadé un poco, te lo confieso. Pensé: este idiota se ha ido a arreglar algo y ha dejado la cocina como si el restaurante siguiera solo.

Leo casi sonrió.

No llegó.

Marta apretó los labios.

—Luego llamó Clara.

El nombre de su hermana abrió otra zona de la noche.

—¿Clara?

—Sí. A ella la avisaron desde tu móvil o desde el hospital, no lo sé bien. Todo fue muy rápido. Me dijo que habías tenido un accidente, que estabas en urgencias, que fuera. Yo no entendía nada. Pensé que era una caída, una quemadura, cualquier cosa. No… no imaginé…

Se detuvo.

Leo miró el monitor.

Bip.

Bip.

Bip.

—La grúa —dijo.

Marta apretó su mano.

—Sí.

La palabra bastó.

La noche regresó por un segundo: la lluvia, el metal, el olor a ozono, Juan en la plataforma, el brazo de la grúa recortado contra el cielo, el transformador abierto, el tornillo que no cedía, la electricidad escondida en los cables, la tormenta acercándose con una lentitud de animal enorme. El rayo no apareció todavía como imagen completa. Solo como un blanco al fondo de la memoria, una puerta demasiado luminosa.

Leo cerró los ojos.

—No quiero recordarlo ahora.

—No tienes que hacerlo.

La respuesta de Marta fue inmediata.

Como si hubiera aprendido esa frase en otra vida.

Él la miró.

—¿Cuánto tiempo he estado…?

No terminó.

No quería volver a oír la cifra y, al mismo tiempo, necesitaba oírla con claridad, sin la niebla anterior, sin la voz del médico atravesada por sedación.

Marta entendió.

—Desde el accidente hasta ahora, unas horas. Te trajeron de madrugada. Te sedaron. Hubo momentos en que respondías un poco, pero no estabas despierto de verdad. Hace un rato abriste los ojos, preguntaste cosas, te agitaste mucho y te dieron medicación para que descansaras. Ahora estás más estable.

Unas horas.

La expresión era peor que una cifra.