CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #2
La voz salió débil, pero cargada de una seguridad desesperada.
—Sí hubo.
Su madre le apretó la mano.
—Cariño…
—Mi traje.
La idea volvió, más fuerte.
Leo bajó la mirada, pero el cuerpo y la visión no le obedecían del todo. Vio la sábana, los cables, la bata. No su traje. No sus votos. No el anillo.
—¿Dónde está mi traje?
Su madre tardó en responder.
—No llevabas traje.
Leo sintió que algo se rompía por dentro.
—No.
—Llevabas ropa de trabajo. Te trajeron con ropa de trabajo, mojada, quemada… tuvieron que cortarla para atenderte.
Ropa de trabajo.
La palabra abrió una grieta.
Por ella entró la noche.
La avería.
La llamada de Iñaki.
La cena con Marta.
El pan.
Los girasoles.
La pasta al limone.
El chuletón.
El vino.
Nerón esperando bajo la mesa.
La lluvia.
La grúa.
Juan.
El rayo.
Leo cerró los ojos con fuerza.
No.
Eso era antes.
Eso era el inicio de una historia que ya había atravesado demasiada vida para regresar intacta. No podía estar otra vez allí. No podía haber vuelto al punto de partida como si todo lo demás hubiera sido una mala digestión del dolor.
—No —dijo.
La enfermera le pidió que respirara.
Su madre le dijo que estaba vivo.
Pero él no podía agarrarse a ninguna de las dos cosas porque, en su interior, la iglesia seguía existiendo con una precisión brutal.
Vio a Lara.
No como una imagen suelta.
Como una persona completa.
La vio la primera vez en la obra, con el casco demasiado limpio y la libreta negra. La vio apoyarse en la barandilla suelta. La vio mirarlo con interés, no con gratitud. La vio en el estudio, junto a la maqueta, diciendo que algunas casas necesitaban espacios para volver sin quedarse encerrado. La vio en su cocina, diciéndole que no tenía que arreglar la cafetera antes de besarla. La vio en el altillo rehabilitado, arrodillándose frente a él después de decir sí. La vio dormida en el sofá. La vio discutiendo con su madre por una planta. La vio mirando la pared vacía sin querer taparla. La vio de blanco, en la nave, avanzando hacia él.
¿Cómo podía una mente inventar la forma exacta en que alguien respira antes de llorar?
¿Cómo podía una descarga eléctrica fabricar años de gestos pequeños?
No podía.
O si podía, entonces el mundo era mucho más cruel de lo que él había imaginado.
—Llamadla —pidió.
Su madre se inclinó.
—¿A quién?
—A Lara.
—Leo…
—Por favor.
La voz se le quebró.
—Estará asustada. Se cayó conmigo. No… no la dejéis sola.
Su madre se llevó una mano a la boca.
La enfermera miró hacia la puerta, incómoda.
—Voy a avisar al médico —dijo en voz baja.
Leo intentó agarrar más fuerte la mano de su madre, pero apenas pudo mover los dedos.
—Ama, por favor.
La palabra la atravesó.
Su madre acercó la frente a su mano.
—Estoy aquí. Estoy aquí, mi vida. No te voy a soltar.
—Lara.
—Vamos a entenderlo, ¿vale? Vamos a entenderlo poco a poco.
No le dijo que Lara no existía.
Eso lo sostuvo un segundo.
La puerta se abrió y entró otra presencia. Leo no la vio clara al principio. Una figura joven, oscura contra la luz del pasillo, detenida en el umbral como si no se atreviera a cruzarlo. Después avanzó.
Marta.
El corazón le dio un golpe tan fuerte que el monitor lo convirtió en alarma breve.
Bipbipbip.
Marta se quedó paralizada.
—¿Qué pasa?
Su madre levantó la cabeza.
—Está despierto.
Marta se tapó la boca, y el gesto fue tan parecido al de otra Marta, en otra sala, viendo a Nerón respirar por última vez, que Leo sintió que ambas realidades se superponían en una sola herida.
Pero esta Marta no llevaba anillo.
O él no podía verlo.
La visión seguía borrosa. Todo tenía bordes de agua. Pero sus manos parecían desnudas cuando tomaron la suya.
—Leo —dijo ella—. Dios mío, Leo.
La voz era joven, rota por unas horas de miedo, no por años de supervivencia. Leo la miró y la vio en capas.
Marta en casa, dejando la nota del pan.
Marta desaparecida.
Marta en el Café Lur.
Marta casada.
Marta llorando por Nerón.
Marta diciéndole que no podía volver de esa forma.
Marta allí, sin saber nada.
Él quiso alegrarse sin límite.
Una parte de él lo hizo.
Marta estaba allí.
Viva.
A su lado.
Sin la distancia de David.
Sin el horror que le había contado en el café.
Pero en el mismo instante, la imagen de Lara en la boda se le clavó con más fuerza, como si la presencia real de Marta estuviera borrando a la otra mujer y él tuviera que resistirse para no perderla.
Marta le acarició la mano.
—Estoy aquí.
Leo cerró los ojos.
Estoy aquí.
La frase venía de demasiados lugares.
—Lara —dijo.
Marta miró a su madre.
La madre de Leo no supo qué decir.
—Pregunta por alguien —murmuró ella—. Está muy confundido.
Marta volvió a mirar a Leo.
No había celos en su cara.
No podía haberlos todavía.
Solo miedo.
—¿Quién es Lara? —preguntó con cuidado.
Leo no pudo soportarlo.
No esa pregunta en boca de Marta.
No Marta preguntando por Lara como si preguntara por una enfermera, por una compañera de trabajo, por una desconocida. No Marta con su mano desnuda sobre la suya mientras él lloraba por una mujer que quizá solo existía dentro de su cabeza.
—Me iba a casar con ella —dijo.
Marta se quedó inmóvil.
Su madre cerró los ojos.
Leo continuó, porque si dejaba de hablar sentía que Lara se desharía.
—Estábamos allí. Todos. Tú no… tú no estabas. No te invitamos. No por… no por daño. Era mejor así. Pero estabais todos los demás. Ama, Clara, Unai, Marcos… Lara llevaba un vestido blanco. No era… no era de esos vestidos enormes. Era suyo. Era perfecto. Yo tenía los votos. Estábamos a punto de…
La garganta se cerró.
Marta escuchaba con la boca entreabierta, sin entender y entendiendo a la vez que aquello, fuera lo que fuera, no podía tratarse como una simple incoherencia.
—Leo —dijo su madre, despacio—. Tuviste un accidente esta noche.
Esta noche.
La frase abrió otra grieta.
—¿Qué hora es? —preguntó él.
Marta miró hacia el reloj de la pared o quizá hacia el móvil. Leo no vio bien el gesto.
—Casi las 6 de la mañana.
Mañana.
No mediodía de boda.
No septiembre.
No años después.
Las seis de la mañana.
El rayo había ocurrido por la noche.
Leo empezó a respirar mal.
La enfermera regresó con un médico. Hicieron preguntas. Leo respondió algunas sin saber cómo. Su nombre. Su edad. El año. El nombre de su madre. El de Marta. Pero cuando el médico preguntó qué era lo último que recordaba, Leo no dijo la grúa.
Dijo:
—La boda.
El médico no lo corrigió con dureza. Habló de descarga, de pérdida de conciencia, de sedación, de actividad cerebral bajo estrés extremo, de sueños vívidos, de experiencias prolongadas en estados alterados. Leo dejó de escucharlo cuando dijo “sueños”.
Sueños no.
No podía llamar sueño a la muerte de Nerón.
No podía llamar sueño a la cicatriz de su madre.
No podía llamar sueño a Lara.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Leo, interrumpiéndolo.
El médico se detuvo.
—¿Perdón?
—¿Cuánto tiempo he estado así?
Su madre bajó la cabeza.
Marta le apretó la mano.
El médico respondió con prudencia:
—Desde que te trajeron, unas horas. Aproximadamente 8 desde el accidente.
Ocho.
La cifra cayó en la habitación sin volumen, pero dentro de Leo hizo un ruido imposible.
Ocho horas.
No repitió la cifra.
No pudo.
Su mente intentó colocar dentro de ella todo lo que traía y se negó. No cabía Londres. No cabían los carteles. No cabía el Café Lur. No cabía el olor de la casa sin Nerón. No cabía el pelo de su madre cayendo sobre una toalla. No cabía Clara adulta diciéndole que no se perdiera. No cabía la primera vez que Lara durmió en el sofá. No cabía el altillo. No cabía la pedida. No cabía la boda.
No cabía una vida.
—No —dijo.
El médico esperó.
—No es posible.
—Entiendo que ahora se sienta así.
—No lo entiende.
La voz de Leo salió ronca, débil, pero cargada de una furia que le quemó la garganta.
—No puede entenderlo.
Su madre lloraba otra vez, pero no intentó callarlo.
Marta tampoco.
Quizá porque, aunque no comprendían, empezaban a ver que él no estaba simplemente desorientado. No estaba diciendo palabras al azar. Estaba de duelo. Un duelo absurdo, sin cadáver, sin testigos, sin fechas, pero duelo.
Leo miró a su madre, aunque seguía viéndola borrosa.
—¿Estás bien?
Ella se inclinó hacia él.
—Sí. Estoy bien. Estoy aquí.
—¿No estás enferma?
Su madre hizo un gesto que él no pudo enfocar.
—No, cariño. Estoy bien.
El alivio fue tan fuerte que casi le hizo daño físico.
Y debajo del alivio, la pérdida.
Porque la madre que había luchado en aquella otra vida, la mujer del vestido azul y pelo corto, la que le había dicho “sé mi hijo”, también se desvanecía en esa respuesta.
Leo volvió hacia Marta.
—¿Nerón?
Marta lloró y sonrió.
—Está en casa. Está bien. Clara fue a verlo. Bueno, la vecina lo sacó. Está bien.
Nerón vivo.
El cuerpo de Leo reaccionó con una sacudida. Cerró los ojos y vio al perro sobre la manta, la respiración volviéndose lenta, la mano de Marta sobre su cabeza, la veterinaria bajando la voz.
Nerón vivo.
Nerón muerto.
Las dos cosas lo atravesaron a la vez.
—Juan —susurró.
Marta respondió enseguida:
—Vivo. Está grave, pero vivo.
Juan vivo.
Otra columna de aquella vida se desplomó.
La muerte de Juan, la culpa, el entierro que creyó haber vivido, Marcos llegando de madrugada, todo tembló y cayó en un lugar sin nombre. Pensó en los meses que había dedicado a cargar con esa muerte. En que su mente, mientras dormía, había necesitado un cadáver para dar forma a lo que sentía. Y que aquel cadáver inventado era, a su manera, lo más honesto que había producido nunca: la culpa era real. Solo el muerto era mentira.
Leo empezó a llorar otra vez.
Pero ya no era solo llanto. Era una forma de descomposición. Cada respuesta correcta destruía una parte de lo vivido. Cada alivio le arrebataba un duelo. Cada persona viva venía acompañada por la muerte de su versión anterior.
El médico indicó algo a la enfermera.
—Vamos a administrarle medicación para que descanse. Está muy agitado y necesita estabilizarse.
—No —dijo Leo.
Su madre se acercó.
—Solo para descansar.
—No quiero dormir.
Marta le acarició la mano.
—No nos vamos.
Leo la miró, desesperado.
No era eso.
No temía que Marta se fuera.
Temía que Lara sí.