CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS
Leo no cayó.
Durante un instante, justo antes de que todo se apagara, tuvo la certeza física de que iba a golpearse contra el suelo de la nave. Vio la madera acercarse, las vetas alargadas bajo la luz gris, los zapatos de alguien moviéndose demasiado rápido, el borde blanco del vestido de Lara girando hacia él como una ola. Sintió sus dedos cerrándose sobre los suyos, no con delicadeza, sino con miedo. Sintió que el papel de los votos se le escapaba de la mano, una hoja pequeña, torpe, incapaz de entender que aquello no debía ocurrir en mitad de una boda.
Después no hubo impacto.
No hubo frente contra madera.
No hubo hombro rompiendo la caída.
No hubo grito claro.
Solo una blancura sin suelo.
Al principio, Leo no supo si seguía cayendo o si ya había caído y el cuerpo, por alguna forma misericordiosa de defensa, había decidido no informarle todavía. Todo era luz. No una luz cálida, ni una luz de iglesia, ni la claridad gris que entraba por los ventanales de la nave rehabilitada. Era una luz plana, densa, sin sombra, una luz que no mostraba nada porque lo ocupaba todo.
Intentó abrir los ojos.
No supo si lo consiguió.
Intentó decir Lara.
La palabra no salió.
Quiso levantar una mano, buscar la de ella, apretarla, decirle que no se asustara, que había sido solo un desmayo, que no se fuera, que no dejara que nadie recogiera los votos del suelo porque todavía no había terminado. Pero la mano no apareció. El cuerpo estaba lejos, como si lo hubieran dejado en otra habitación.
Entonces oyó algo.
Bip.
Un sonido pequeño.
Bip.
Regular.
Bip.
Demasiado limpio.
Durante un instante, en esa zona turbia entre la conciencia y el fondo, Leo pensó que era parte de la ceremonia. Un micrófono mal conectado. Un altavoz emitiendo interferencias. Marcos, quizá, levantándose con su tester y diciendo alguna idiotez sobre que ya lo sabía, que no se puede confiar en una instalación sin revisar. Casi pudo verlo: Marcos inclinándose hacia un enchufe, Clara amenazándolo con matarlo si convertía la boda en una auditoría eléctrica, Unai intentando bromear para que nadie se diera cuenta de que estaba asustado.
Pero el sonido siguió.
Bip.
Bip.
Bip.
No venía de un altavoz.
Venía de más cerca.
De él.
O de algo unido a él.
El cuerpo empezó a regresar poco a poco, no como un regreso triunfal sino como una lista de daños. Primero la garganta: seca, áspera, cerrada. Después la lengua, pesada como un trapo. Luego la cabeza, con un dolor profundo, blanco, extendido detrás de los ojos. El hombro izquierdo. El pecho. La espalda. La sensación de una aguja en el brazo. Una presión alrededor de un dedo. Tela sobre la piel. Una tela que no era la del traje.
Ese detalle atravesó la niebla antes que ningún otro.
No llevaba el traje.
No notaba el cuello de la camisa ni la corbata. No sentía el peso de la chaqueta azul oscuro, ni los botones en las muñecas, ni los zapatos rígidos que Clara había aprobado después de descartar otros 2 pares por “parecer de entrevista de trabajo y no de boda”. No sentía el bolsillo interior donde había guardado los votos. No sentía el anillo esperando su turno.
Sentía una sábana.
Una bata.
Algo abierto, flojo, ajeno.
El miedo entró por ahí.
No como pensamiento.
Como un animal.
Leo intentó moverse. El dolor le contestó antes que nadie. Un tirón en el brazo. Un peso en el pecho. El pitido del monitor se aceleró, aunque él todavía no sabía que era un monitor. Se oyó una silla moverse. Una voz femenina, muy cerca, rompió la luz.
—Leo.
No era Lara.
La decepción fue tan inmediata que ni siquiera tuvo forma de idea. No era la voz de Lara. Lara habría dicho su nombre de otra manera, con esa mezcla de firmeza y miedo que acababa de tener en la nave, cuando le sujetaba los brazos y le pedía que la mirara. Aquella voz era más antigua. Más honda. Venía de más abajo en su vida.
—Leo, mi vida.
Su madre.
La palabra “mi vida” llegó antes que su rostro.
Leo abrió los ojos.
El mundo apareció borroso, deshilachado en los bordes, como si alguien hubiera puesto una película de agua entre él y la habitación. Vio primero una mancha clara arriba, después una línea vertical, después un brillo metálico. Algo colgaba a un lado, transparente. Había una figura inclinada sobre él, pero no pudo enfocarla. Solo distinguió el contorno de una cara, el pelo, una mano cerca de la suya, unos ojos mojados que parecían enormes porque todo lo demás era niebla.
—Está despierto —dijo su madre.
No lo dijo con calma.
Lo dijo como si el mundo acabara de devolverle algo que ya había empezado a perder.
—Está despierto. Leo, cariño, mírame. Mírame, por favor.
Él intentó obedecer.
La imagen se partía.
Su madre era una forma temblorosa de luz y sombra. No podía verla bien. No podía medir su edad, ni su pelo, ni su piel, ni el estado de su cuerpo. Eso, sin saberlo, lo protegió durante unos minutos. Si hubiera podido verla con nitidez, quizá habría comprendido demasiado rápido que no era la madre de la boda, ni la mujer que había atravesado tratamientos, ni la que se había probado un vestido azul oscuro con una autoridad casi intacta. Pero la visión era borrosa y el dolor le ocupaba la frente. Solo sabía que era su madre y que estaba llorando de alivio.
Eso sí lo entendió.
Su madre lloraba porque estaba vivo.
No porque se hubiera desmayado en una ceremonia.
No con el susto breve de una boda interrumpida.
Lloraba con un terror acumulado en pocas horas, pero él todavía no podía saberlo. Para él, esa emoción podía pertenecer a la nave, a los bancos levantándose, a Lara gritando su nombre. Podía ser su madre después de verlo caer frente al oficiante. Podía ser la reacción lógica de cualquiera que ve desplomarse a su hijo el día de su boda.
Intentó hablar.
Solo salió un roce.
—La…
Su madre se acercó más.
—No fuerces. No hables si no puedes. Estás aquí. Ya está. Estás aquí.
Estás aquí.
La frase parecía una cuerda, pero no era la cuerda que él buscaba.
—La… ra…
Apenas fue una sílaba rota.
Su madre se quedó quieta.
—¿Clara?
Leo movió los párpados con frustración. La cabeza le dolió más.
—Lara.
Esta vez la palabra salió un poco más clara.
La figura borrosa de su madre se inclinó de nuevo, confundida, intentando entender en medio del llanto.
—¿Lara? ¿Quién es Lara, cariño?
La pregunta no tuvo sentido.
No al principio.
Leo la recibió como se recibe una frase mal oída. Quizá el golpe. Quizá la anestesia. Quizá su madre no la había visto caer con él. Quizá Lara estaba fuera, en otra sala, hablando con médicos, manchada de lágrimas y vestido blanco. Quizá no la dejaban entrar. Quizá su madre, asustada, no estaba entendiendo.
—Mi… —intentó decir.
La garganta le ardió.
Tragó saliva y fue como tragar cristal.
—Mi mujer.
Su madre no respondió.
La figura frente a él siguió siendo borrosa, pero el silencio se volvió nítido.
—Leo —dijo ella, despacio—. Tranquilo. Ahora no tienes que pensar en nada.
No tienes que pensar en nada.
Pero él solo podía pensar.
Pensaba en Lara de pie frente a él, en el vestido blanco sencillo, en el mechón suelto junto a la cara, en la mano temblando dentro de la suya, en sus votos, en la forma en que había prometido no salvarlo de nada, en el anillo que aún no le había puesto, en la frase suspendida del oficiante. Pensaba en la nave llena de gente. En su madre levantándose. En Clara. En Unai. En Marcos. En el altillo al fondo. En la barandilla firme.
—¿Dónde está? —susurró.
Su madre le acarició la mano.
—Estoy aquí yo. Estoy aquí.
—Lara.
—No sé quién es Lara, Leo.
La frase llegó más clara esta vez.
Y aun así su mente la rechazó.
No sé quién es Lara.
No podía ser.
Su madre había estado en la boda. Había visto a Lara entrar. Había llorado. Había dicho que el vestido era sobrio y elegante, que menos mal que Lara tenía gusto y no se había disfrazado de merengue. Había discutido con Clara sobre dónde sentarse. Había aprobado las flores. Había llamado dos veces esa mañana para preguntar por los anillos. Había visto a Lara durante años en su casa, en la mesa, con plantas, con planos, con esa manera de no dejarse intimidar por nadie.
¿Cómo no iba a saber quién era Lara?
Leo intentó levantar la cabeza.
El mundo se movió.
La luz se abrió y se cerró.
Una mano profesional apareció sobre su hombro.
Otra voz, más controlada, entró en la habitación.
—Leo, no intentes incorporarte. Estás en el hospital. Has tenido un accidente. Soy Ana, la enfermera. Necesito que respires despacio.
Hospital.
La palabra apareció tarde.
No encajaba.
Leo parpadeó varias veces, intentando limpiar la visión. El techo blanco. El soporte de suero. La bolsa transparente. El monitor junto a la cama. El pitido. Un clic sordo. El olor a desinfectante. La sábana sobre sus piernas. La bata.
No era una sala auxiliar de la iglesia.
No era un despacho donde lo hubieran llevado después del desmayo.
No era un lugar provisional en la nave.
Era hospital.
Pero su mente todavía intentaba negociar.
Tal vez lo habían trasladado después de caer.
Tal vez habían pasado horas desde la boda.
Tal vez Lara estaba esperando fuera, con el vestido arrugado y el maquillaje borrado por el llanto, discutiendo con alguien para entrar. Tal vez su madre, aturdida, no comprendía la pregunta porque habían tenido que sedarlo.
—La boda —murmuró.
Su madre no dijo nada.
La enfermera miró el monitor.
—Está desorientado. Es normal.
Normal.
Nada de aquello era normal.
—La boda —repitió Leo, con más urgencia—. ¿Se acabó?
Su madre empezó a llorar de nuevo.
No de la misma forma que antes.
Ahora el llanto tenía miedo.
—Leo, no hubo ninguna boda.
Él la miró sin comprender.
La frase entró en él y se quedó flotando, sin tocar todavía fondo.
No hubo ninguna boda.
No era una respuesta posible.
No se podía decir eso de una sala llena de gente, de votos escritos, de un vestido blanco, de meses de preparativos, de la pedida en la nave, de Clara revisando flores, de su madre con vestido azul oscuro, de Marcos con un tester, de Unai intentando bromear para no llorar. No se podía negar algo que tenía textura, olor, luz, temperatura.
—Sí —dijo él.