Ocho horas CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #7
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CAPÍTULO 8 – OCHO HORAS #7

Marta escuchaba con los ojos llenos.

La casa abierta detrás de ella olía a la noche anterior.

No exactamente. Habían pasado horas. Clara o la vecina quizá habían recogido algo. Pero todavía estaba allí una mezcla de comida, pan, humedad, café, perro, vida interrumpida. Un olor doméstico, casi ridículo, que para Leo tenía la fuerza de un altar.

—Perdón por eso —continuó él—. Por todo lo que sentí contra ti allí. Por las veces que te convertí en una respuesta. Por no saber soltarte cuando tú también estabas rota. Por obligarte, aunque fuera en mi cabeza, a volver a una casa que ya no existía igual.

Marta lloraba.

—No sé cómo responderte a algo que no recuerdo.

—No tienes que responder.

—Pero me duele igual.

Leo bajó la vista.

Nerón metió el hocico entre ambos, reclamando su lugar.

Marta soltó una risa rota y lo acarició.

—Él sí sabe qué hacer.

Leo miró al perro.

—Siempre.

Hubo un silencio.

La madre de Leo, con una discreción forzada que le costaba físicamente, entró en la casa con Clara. Clara murmuró algo sobre preparar agua, medicación, una silla, cualquier cosa que permitiera a los demás no estar mirando directamente esa conversación. Pero Marta y Leo se quedaron en el umbral unos segundos más.

—Quiero volver ahí —dijo Leo.

Marta miró hacia dentro.

—¿A casa?

Él negó despacio.

—Al sitio donde te dejé.

Marta no entendió al principio.

Leo miró la cocina.

—La cena.

La palabra entró en ella.

Marta se quedó quieta.

—Leo, acabas de salir del hospital.

—Lo sé.

—No tienes que hacer nada ahora.

—Sí.

—No.

—Marta.

Ella cerró la boca.

—No quiero volver a esta casa como si el accidente solo hubiera interrumpido una noche —dijo él—. Para vosotros fue eso. Una noche rota. Para mí fue… otra vida entera abriéndose en medio. Pero si no vuelvo a ese punto, si no vuelvo a la cocina, a la cena, a donde te dejé esperando sin saberlo, no voy a saber dónde ponerme.

Marta lo miraba con una tristeza inmensa.

—¿Quieres repetir la cena?

Leo pensó.

Repetir.

No.

Nada podía repetirse.

La pasta preparada antes del rayo no era la misma después de una vida imposible. El pan no era el mismo. Marta no era solo la Marta de antes, aunque ella no hubiera vivido lo demás. Él no era el hombre que salió por la puerta prometiendo volver. Y, aun así, necesitaba regresar a ese gesto incompleto. Necesitaba terminar algo pequeño, no porque pudiera reparar lo grande, sino porque a veces el alma solo acepta empezar por una cosa concreta.

—No repetirla —dijo—. Volver a ella.

Marta bajó la vista.

Nerón se sentó entre los dos, feliz de tenerlos en el mismo lugar, ignorante de la carga simbólica de su propia presencia.

—Entonces volvamos —dijo ella.

Entraron.

La casa recibió a Leo con una mezcla de familiaridad y desajuste. Todo estaba demasiado cerca de la noche del accidente. La chaqueta que había usado antes de salir no estaba en su sitio porque se la habrían llevado cortada o quemada. Sus llaves estaban sobre el mueble de la entrada. La correa de Nerón colgaba junto a la puerta. Un par de zapatos de Marta seguía a un lado, como si ella acabara de llegar de una guardia cualquiera. En la pared no había recortes. No había mapas. No había fotografía central. No había hueco donde una imagen hubiera protegido la pintura del polvo durante años. Solo pared.

La bombilla del pasillo no parpadeaba.

La pared limpia le pareció más irreal que cualquier máquina del hospital.

Marta lo vio mirarla.

—¿Qué?

—Nada.

No podía explicarlo todo de golpe.

La cocina estaba recogida a medias.

No como él la había dejado. Alguien había guardado parte de la comida, tapado recipientes, limpiado una superficie, tirado quizá algo que no podía quedarse fuera. Pero aún quedaban señales: la tabla de cortar, un cuchillo lavado junto al fregadero, el corcho del Rioja, una sartén en el escurridor, la bolsa del pan cerrada con una pinza, los tomates confitados en un recipiente de cristal. La burrata estaba en la nevera. La carne también, probablemente salvada por Marta o Clara en medio del desastre, con esa manía humana de conservar comida incluso cuando alguien puede morirse.

Leo se quedó en la entrada de la cocina.

No podía cruzar.

Marta entró primero.

Tocó la encimera con la mano.

—Cuando llegué —dijo—, estaba la pasta sin terminar. La salsa casi lista. Los tomates en el horno apagado. El pan ahí. Pensé que ibas a volver en cualquier momento.

Leo cerró los ojos.

—Yo también.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—Pensé eso durante mucho tiempo. Que ibas a volver en cualquier momento.

Marta se quedó callada.

Leo avanzó un paso, apoyándose en el marco.

Nerón entró detrás y se tumbó en su sitio, junto a la puerta de la cocina, como si todo estuviera recuperando una coreografía antigua. Ese gesto sencillo, el perro colocándose donde debía, hizo que Leo sintiera otra vez el amor por Marta no como una idea, sino como una habitación entera que se encendía.

Marta en la cocina.

Nerón en el suelo.

El pan sobre la mesa.

La vida antes de romperse.

—Quería hacerte una cena bonita —dijo Leo.

—La hiciste.

—No. La dejé a medias.

—Técnicamente eso también es muy tuyo.

Él sonrió apenas.

Marta también.

La sonrisa de ella no era la sonrisa cansada del Café Lur. Era la de antes, pero con una sombra nueva: la de esa mañana en el hospital, la de escuchar que el hombre al que amaba volvía de otra vida.

—No puedo cocinar mucho —dijo Leo.

—No deberías cocinar nada.

—Puedo sentarme y dar órdenes.

—Eso sí suena compatible con tu estado.

Marta sacó una silla.

Leo se sentó despacio. El cuerpo le protestó con una punzada en el costado. Su madre apareció en la puerta casi de inmediato.

—¿Qué hacéis?

Leo la miró.

—Cena.

Su madre levantó las cejas.

—Son las 11 de la mañana.

—Improvisada.

Clara apareció detrás con un vaso de agua.

—Está recién salido del hospital y queréis hacer brunch traumático?

Marta se limpió una lágrima con el dorso de la mano y soltó una risa involuntaria.

Leo miró a su hermana.

—Necesito esto.

Clara se quedó quieta.

Su madre también.

Ninguna de las dos entendió del todo.

Pero ambas vieron algo en su cara que hizo innecesario discutir.

—Cinco minutos sentado —dijo su madre—. Y si te mareas, se acaba la poesía culinaria.

—Sí, ama.

—Y agua.

Clara puso el vaso delante de él.

—Y si haces el héroe, te insulto.

—Eso ya venía de serie.

Clara le tocó el hombro con cuidado al pasar.

—Idiota.

Pero lo dijo con ternura.

La madre y Clara se retiraron al salón, no lejos, pendientes, fingiendo no mirar. Nerón se quedó en la cocina. Marta abrió la nevera y fue sacando los restos de aquella noche interrumpida: la burrata, los tomates, la salsa de limón, la carne. Lo hacía despacio, como si cada recipiente tuviera más peso del normal. Leo la observaba desde la silla.

—No tiene que salir bien —dijo él.

Marta colocó la burrata sobre un plato.

—Nunca dijiste eso cocinando.

—He cambiado.

Ella giró la cabeza.

—Ya lo veo.

No hubo broma después.

Leo bajó la vista.

—Eso también me da miedo.

Marta cerró la nevera.

—A mí también.

La honestidad llenó la cocina con más fuerza que el olor de la comida.

Marta puso agua a calentar. Encendió el fuego. El sonido del gas prendiendo hizo que Leo tensara la espalda sin querer. Ella lo notó.

—¿Lo apago?

Él respiró.

—No.

—Leo.

—No. Sigue.

Ella siguió, pero bajó un poco la llama.

Ese gesto pequeño, casi invisible, lo conmovió más de lo que podía soportar.

Durante un rato, no hablaron. Marta calentó la salsa con cuidado, añadió un poco de agua de cocción cuando la pasta empezó a estar lista, probó sal, corrigió limón. Leo le indicó dónde estaba el aceite bueno, aunque ella ya lo sabía. O lo había sabido antes. O lo sabría siempre porque aquella cocina también era suya.

—La otra Marta no cocinaba esto conmigo —dijo Leo de pronto.

Marta no se giró.

—¿No?

—No así.

—¿Cómo era?

Leo miró a Nerón.

El perro tenía la cabeza apoyada en el suelo, los ojos abiertos, atento a cualquier posibilidad de comida.

—Estaba cansada. Herida. Viva, pero lejos. Yo la quería, pero quererla dolía en todas partes. No podíamos volver a esta cocina sin que faltaran años en medio.

Marta removió la salsa despacio.

—¿Y yo?

—¿Qué?

—¿Yo ahora? ¿Te duele mirarme?

Leo tardó en responder.

—Sí.

Marta cerró los ojos.

—Pero también me calma.

Ella respiró hondo.

—No sé si eso es bueno.

—Yo tampoco.

Marta sirvió la pasta en dos platos pequeños. No era una cena completa. No era la noche que Leo había imaginado antes de salir. No había velas, ni girasoles, ni carne bien hecha, ni vino servido. Él no podía beber, no debía esforzarse, apenas tenía hambre. Ella estaba agotada. Su madre y Clara vigilaban desde el salón. Nerón esperaba una recompensa bajo la mesa. La mañana se colaba por la ventana con una luz fría.

Y, sin embargo, cuando Marta puso el plato delante de él, Leo sintió que algo se cerraba con suavidad.

No la herida grande.

Una pequeña.

La suficiente.

Marta se sentó frente a él.

—Fusilli al limone de hospital post rayo —dijo.

Leo la miró.

—Nombre poco comercial.

—Estoy improvisando.

—Eso cuenta.

Ella tomó el tenedor.

Él también, con dificultad.

Comieron despacio.

La pasta estaba un poco pasada. La salsa demasiado ácida. Los tomates, sorprendentemente buenos. La burrata salvaba casi todo. Leo tomó un bocado y cerró los ojos.

No por sabor.

Por regreso.

La cocina existía. Marta existía. Nerón existía. Su madre hablaba bajo en el salón. Clara protestaba por algo. El mundo no estaba arreglado, pero había un punto concreto donde apoyar el pie.

Marta lo observaba.

—¿Está horrible?

Leo negó.

—Está perfecta.

—Mentiroso.

—Sí.

La palabra los hizo sonreír.

Después Leo dejó el tenedor.

—Perdón por irme aquella noche.

Marta negó de inmediato.

—Te llamaron por trabajo.

—Pude decir que no.

—No sabías lo que iba a pasar.

—Nunca lo sabemos y aun así luego cargamos con ello.

Marta no respondió.

Leo miró la mesa.

—Salí pensando que volvía en un rato. En mi cabeza, esta cocina se quedó esperándome. Tú te quedaste esperándome. Durante todo lo que viví después, creo que una parte de mí intentaba volver a este momento. A esta cena. A ti antes de perderte.