CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #10
—Algo, probablemente. No de forma aguda todo el tiempo, pero sí vive con esfuerzo. Mucho esfuerzo.
Marta cerró los ojos.
Leo se agarró al marco de la ventana.
—Ayer bajó a la calle.
La veterinaria asintió despacio.
—Lo sé.
—Y movió la cola cuando llegó Marta.
—Lo sé.
—Entonces…
No terminó.
La veterinaria no le quitó la esperanza con brusquedad. La sostuvo un segundo con él y luego la dejó en el suelo con cuidado.
—A veces siguen haciendo cosas por nosotros cuando ya no las harían por ellos.
Leo miró a Nerón.
El perro seguía con los ojos abiertos, respirando despacio, rodeado de los cuerpos de quienes más había querido. No había que interpretarlo demasiado. No había que convertirlo en símbolo. Era un perro viejo y bueno, cansado hasta los huesos, en una casa donde todos estaban intentando no romperse antes que él.
—No quiero que espere por mí —dijo Leo.
Marta empezó a llorar.
La veterinaria bajó la mirada.
—Entonces hoy es un buen día para ayudarle.
Ayudarle.
La palabra dolía, pero esta vez no le pareció falsa.
Llamaron a Clara. Vino con el abrigo mal abrochado y los ojos rojos. Trajo una bolsa con una manta pequeña de casa de su madre, porque la madre de Leo había insistido en que Nerón debía tener “algo decente y no esa manta vieja que ya huele a historia”. Al decirlo, Clara se rompió a la mitad. Marta la abrazó en el pasillo, y durante unos segundos las dos mujeres lloraron juntas por un animal que había pertenecido a una familia que ya no existía igual.
La madre de Leo no pudo ir. El tratamiento la había dejado demasiado débil.
Llamó por teléfono.
Leo puso el altavoz y acercó el móvil a Nerón.
—Nerón —dijo su madre, con la voz cansada pero firme—, tú has sido más listo que todos nosotros. Menos que yo, claro, pero eso era imposible.
Clara soltó una carcajada llorosa.
Leo cerró los ojos.
—Has cuidado de mi hijo cuando él no sabía cuidarse ni a sí mismo —continuó ella—. Eso no se me olvida.
Nerón movió una oreja.
—Dale un beso de mi parte, Leo.
Leo se inclinó y besó la cabeza del perro.
—Ya está.
Su madre guardó silencio.
Luego dijo, más bajo:
—Hazlo bien.
Leo supo que no hablaba solo de Nerón.
Cuando llegó el momento, Clara no pudo quedarse. No por falta de amor. Por exceso. Besó al perro, le dijo que había sido el mejor compañero, que le perdonaba lo del bocadillo robado de hacía años, que si había un lugar para perros al otro lado exigiera cama grande. Después abrazó a Leo con una fuerza que lo dejó sin aire.
—Llámame —dijo.
—Sí.
—No te quedes solo si no puedes.
—No voy a estar solo.
Clara miró a Marta.
Marta asintió.
No como rival.
No como intrusa.
Como alguien que también tenía derecho a estar allí.
Cuando Clara se fue, la casa quedó en una intimidad antigua.
Leo, Marta, Nerón.
La veterinaria preparó todo con una delicadeza casi invisible. La lámpara del salón estaba encendida, aunque todavía no era de noche, y su luz cálida caía sobre la manta antigua, sobre el collar rojo, sobre las manos de Marta, sobre la cara de Leo. Afuera, la lluvia seguía escribiendo en el cristal.
Marta se sentó junto a la cabeza de Nerón.
Leo junto a su pecho.
Durante un momento, sus manos acariciaron al perro desde lados distintos, sin tocarse. Entre ambas quedaba un espacio mínimo, una franja de manta. En otro tiempo, ese espacio no habría existido. Ahora era necesario. No por frialdad, sino por respeto a todo lo que no podían volver a ser.
—¿Preparados? —preguntó la veterinaria.
Marta cerró los ojos.
Leo negó primero.
Después asintió.
La primera inyección hizo que Nerón se relajara poco a poco. No hubo miedo. No hubo resistencia. Su respiración se volvió más profunda, más lenta. Marta le hablaba en voz baja, palabras sueltas, recuerdos pequeños.
—¿Te acuerdas de la playa? ¿Te acuerdas de cuando mordiste el cojín nuevo? ¿Te acuerdas de que te hacías el dormido cuando Leo te reñía?
Leo apoyó la frente contra el lomo del perro.
—Siempre se hacía el dormido.
Marta rio llorando.
—Y tú siempre caías.
—Porque era buen actor.
Nerón respiró.
Arriba.
Abajo.
Más lento.
Leo le puso una mano sobre el pecho.
—Ya está, chico —dijo.
La voz le salió desde un lugar que no sabía que seguía entero.
—Ya puedes descansar.
La segunda inyección fue silenciosa.
El mundo no se detuvo.
Eso fue lo peor.
La lluvia siguió. La nevera siguió sonando. Un coche pasó por la calle. En el edificio de enfrente, alguien encendió una luz. La ciudad no supo que Nerón acababa de irse.
Pero la casa sí.
Leo sintió bajo la palma cómo el pecho del perro dejaba de subir.
Esperó.
No porque no supiera.
Porque el amor siempre espera una excepción.
Marta se inclinó sobre Nerón y lloró sin contenerse. Leo no pudo moverse. Su mano seguía sobre el pecho inmóvil, como si todavía pudiera convencer al cuerpo de recordar la respiración.
La veterinaria confirmó con voz baja lo que ya estaba confirmado.
Después se fue.
O quizá pasaron trámites.
O quizá hubo firmas.
Leo no lo recordaría bien.
Recordaría la manta.
Recordaría el peso del collar en la mano.
Recordaría a Marta de pie en el recibidor, con la cara destrozada, diciendo:
—Ahora ya no tengo excusa para venir.
La frase fue tan exacta que casi no pareció cruel.
Leo miró el salón vacío.
—Puedes venir.
Marta negó.
—No así.
Él no insistió.
Había insistido demasiado en demasiadas cosas.
Marta se acercó y lo abrazó. Fue un abrazo largo, sin deseo, sin futuro, sin aquella electricidad antigua que los había perseguido en el Café Lur. Era otra cosa: una despedida limpia, si es que las despedidas pueden ser limpias. Leo sintió el cuerpo de Marta contra el suyo y comprendió, con una tristeza serena, que una parte de él la querría siempre, pero que querer no era lo mismo que quedarse viviendo en una habitación cerrada.
—No te borres —dijo ella contra su pecho.
—No sé hacer eso.
—Pues no me borres a mí tampoco.
Leo cerró los ojos.
—No voy a borrarte.
—Cámbiame de sitio.
La frase llegó despacio.
Cámbiame de sitio.
No era una orden.
Era un permiso.
Cuando Marta se fue, Leo se quedó solo con una casa sin perro.
Ese silencio no se parecía a ningún otro. No era ausencia humana. Era ausencia de respiración en el suelo, de uñas sobre la madera, de agua salpicada junto al cuenco, de cola golpeando una puerta, de un cuerpo fiel ocupando los espacios bajos de la vida. Los perros, al morir, dejan la casa demasiado alta.
Leo no bebió.
Abrió el armario de la cocina, vio la botella, la sacó, la puso sobre la encimera y la miró durante mucho rato. Luego la abrió y la vació por el fregadero. El olor del whisky subió fuerte, áspero, casi dulce. Durante un segundo lo tentó más al irse que al quedarse. Leo dejó correr el agua hasta que el olor desapareció.
Después se sentó en el suelo del salón, donde había estado Nerón.
Allí pasó la noche.
A la mañana siguiente, quitó la fotografía de Marta de la pared.
Lo hizo despacio, después de doblar la manta de Nerón y guardar el collar rojo. No rompió nada. No arrancó nada. La sostuvo entre los dedos y miró esa sonrisa congelada que había mandado sobre su vida durante años como una estrella fija.
—No te borro —dijo.
La guardó en una caja.
Junto a la foto puso el papel del Café Lur, la nota antigua de Marta, el collar de Nerón, su juguete mordido, una foto del perro joven en la playa y la manta pequeña que todavía conservaba un resto de olor imposible.
No cerró la caja enseguida.
Dejó que la casa la viera.
Luego la cerró.
La pared quedó vacía con marcas.
No lisa.
No limpia.
Vacía.
Durante varios días, Leo vivió dentro de esa pared.
Iba a casa de su madre, volvía, comía algo, respondía a Clara, trabajaba lo mínimo, miraba el lugar donde Nerón ya no estaba, se sentaba, se levantaba, hacía café, lo dejaba enfriar. Unai escribió tres veces. Marcos llamó. Iñaki le dijo que podía tomarse unos días sin convertirlo en asunto laboral. Marta mandó un mensaje breve: “Estoy pensando mucho en él. Y en ti.” Leo respondió: “Yo también.”
Lara escribió al tercer día.
No voy a preguntarte si estás bien. Solo dime si estás vivo.
Leo estaba en la cocina cuando leyó el mensaje. El fregadero estaba limpio. El armario sin botella. La casa demasiado callada.
Respondió:
Vivo.
Lara:
Vale.
Después:
No hace falta más.
Y no pidió más.
Ese fue el comienzo real.
No el beso, que llegaría después. No las cenas. No las noches. No la boda. El comienzo fue ese: alguien dejando espacio sin desaparecer.
Se vieron 1 semana más tarde.
Lara propuso caminar. No café, no cena, no su estudio, no su casa. Caminar. Leo aceptó porque caminar no exigía mirarse todo el tiempo. Quedaron junto a la ría, en una tarde clara después de lluvia. El aire olía a piedra lavada y hojas húmedas. Los bancos estaban mojados, las farolas aún apagadas y el agua bajaba tranquila, arrastrando reflejos grises.
Lara llegó sin prisa.
No intentó abrazarlo.
—Hola —dijo.
—Hola.
Caminaron.
Durante un rato hablaron de un edificio feo que acababan de pintar de un color todavía peor, de una señora que llevaba un perro con impermeable amarillo, de una barandilla que Lara revisó por instinto y que Leo aprobó con gravedad técnica. La conversación fue leve, pero no superficial. Lo leve, descubrió Leo, podía ser una forma muy seria de cuidado.
Después de casi veinte minutos, él dijo:
—Murió en casa.
Lara asintió.
—Me alegro de que fuera en casa.
Leo la miró.
—Eso dijo Marta también. No con esas palabras, pero…
—Estuvo.
—Sí.
—Bien.
Él se detuvo.
—¿No te molesta?
Lara siguió dos pasos y luego se volvió.
—Me dolería más si no hubiera estado.
Leo no supo qué hacer con esa respuesta.
—No eres muy normal.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo he usado igual.
Siguieron andando.
Más adelante, junto a una zona donde el paseo se abría hacia la ría, Leo se detuvo y apoyó los antebrazos en la barandilla. Esta sí estaba firme. La tocó con la mano. Lara lo vio y sonrió apenas.
—¿Aprobada?
—De momento.
Ella se colocó a su lado.
No demasiado cerca.
—No voy a ocupar el sitio de nadie —dijo.
Leo miró el agua.
—No te lo estoy pidiendo.
—Bien. Porque no sabría hacerlo.
La frase no intentaba consolar. Por eso sirvió.