Ocho horas CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #9
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CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #9

—Quiere quedarse y no puede. Yo quiero que se quede y no debo. Nerón quiere que todos estemos en el suelo con él y probablemente es el único que tiene una propuesta sensata.

Lara sonrió con tristeza.

—Los perros suelen tener mejores modelos de convivencia.

Leo bebió café.

—Marta me dijo que algún día tendría que quitarla de la pared. Que podía hacerlo.

—Eso parece generoso.

—Lo es.

—¿Y te enfada?

Leo levantó la vista.

—Sí.

—Claro.

—¿Claro?

—Que alguien te dé permiso para soltarlo también significa que ya entendió que no va a volver a ocupar ese lugar.

Leo bajó la mirada.

La frase no fue cruel.

Pero encontró hueso.

—Tú dijiste que no ibas a meterte en una casa en ruinas si había alguien dentro gritando que todavía vivía allí.

Lara no apartó los ojos.

—Lo mantengo.

—¿Y si esa persona está saliendo?

—Entonces no me corresponde empujarla.

—¿Y esperarías?

Lara se quedó en silencio.

La cafetería siguió alrededor: cucharillas, platos, una cafetera, una pareja hablando de alquileres, una señora cortando un cruasán con precisión. Afuera, un niño pasó en patinete.

—No sé —dijo Lara al fin—. No soy tan noble como para prometer esperas abstractas.

Leo asintió.

—Bien.

—Pero tampoco soy tan cobarde como para fingir que no me interesa alguien solo porque llega tarde a sí mismo.

Leo la miró.

La frase quedó abierta sobre la mesa.

No era una declaración.

Tampoco era inocente.

—Llego tardísimo —dijo él.

Lara sonrió apenas.

—Ya lo he notado.

—Y mal.

—También.

—Y con perro viejo, madre enferma, ex desaparecida reaparecida y una tendencia preocupante a hablar con paredes.

—La mayoría solo trae divorcios y plantas muertas. Aprecio la originalidad.

Leo se rió.

De verdad.

La risa le salió tan limpia que se sorprendió. Lara también pareció sorprenderse, aunque no lo dijo. Solo bajó la mirada a su café con una satisfacción discreta.

—Eso sí no lo había visto —dijo.

—No lo documentes.

—Tarde.

El café duró cuarenta y siete minutos.

Leo lo supo porque miró el reloj al levantarse y le incomodó reconocer la cifra exacta. No se tocaron al despedirse. Ni beso en la mejilla. Ni abrazo. Solo quedaron de pie en la acera, bajo un cielo gris que parecía no decidirse a llover.

—Gracias por el café —dijo él.

—Lo has pagado tú.

—Por eso.

Lara sonrió.

—Cuida a Nerón.

—Lo intento.

—Y a ti, de vez en cuando.

Leo metió las manos en los bolsillos.

—Eso es más difícil.

—No he dicho que fueras competente.

Él negó con la cabeza, sonriendo.

Ella empezó a caminar, pero se giró después de unos pasos.

—Leo.

—Sí.

—No hace falta que estés disponible mañana.

Él la miró.

—¿Entonces?

—Pero no desaparezcas para parecer honesto.

La frase lo dejó quieto.

Lara siguió caminando.

Leo volvió a casa con esa frase en el cuerpo.

No desaparezcas para parecer honesto.

Pensó en Marta. En sus desapariciones involuntarias. En las propias, mucho más pequeñas, más cobardes. Pensó en todas las veces que había confundido no hacer daño con no estar. Pensó en David, a quien no conocía y a quien odiaba menos cuanto más entendía que quizá su bondad era real. Pensó en Lara, que no pedía entrar, pero tampoco aceptaba ser tratada como una culpa futura.

Al llegar, encontró a Nerón dormido junto a la puerta.

Se agachó, le acarició la cabeza y le dijo:

—Creo que hoy no he empeorado nada.

Nerón abrió un ojo.

—Sí. Es una noticia.

Aquella noche quitó la foto borrosa de Londres.

La metió en la bolsa.

Luego se quedó mirando la fotografía grande de Marta.

No la tocó.

Pero, por primera vez, pensó que quizá algún día no tendría que arrancarla.

Quizá bastaría con cambiarla de lugar.

No para negarla.

No para esconderla.

Para que dejara de vigilar la casa desde el centro de todas las cosas.

El sueño de esa noche fue distinto.

No hubo rayo.

No hubo furgoneta blanca.

No hubo hospital.

Soñó con una casa que todavía no existía. Una casa de ladrillo claro, patios interiores y ventanas que podían abrirse desde dentro. Nerón caminaba por un pasillo lleno de luz, más joven, sin dolor. Su madre regaba una planta junto a una ventana. Clara discutía con alguien en la cocina. Marta estaba en una habitación al fondo, sentada en el suelo, doblando una manta antigua. No parecía atrapada. No parecía esperarlo. Solo estaba allí, tranquila, formando parte de una casa que ya no necesitaba poseerla.

Lara, en el patio, dibujaba una línea sobre una mesa.

Leo se acercaba.

—¿Dónde va esa puerta? —preguntaba.

Ella no levantaba la vista.

—A donde puedas entrar sin quedarte encerrado.

Leo miraba el plano.

Había muchas habitaciones.

Ninguna tenía nombre.

Al despertar, eran las 05:36.

Se quedó mirando el reloj, inmóvil.

Durante un minuto entero no respiró bien.

Esperó.

Los números cambiaron.

05:37.

Nada ocurrió.

No hubo pitido.

No hubo dolor.

No hubo luz blanca.

Solo Nerón respirando en el suelo y la casa quieta alrededor.

A las 05:38, Leo cerró los ojos.

Y volvió a dormir.

A la mañana siguiente, cuando despertó por segunda vez, la casa no parecía una casa nueva.

Parecía la misma casa de siempre, pero menos enemiga.

El sol, raro en Bilbao con esa limpieza casi inesperada después de varios días de lluvia, entraba por la ventana del salón en una franja oblicua que caía sobre el suelo, tocaba la pata de la mesa y llegaba hasta la manta de Nerón. El perro dormía con el hocico apoyado sobre una de las esquinas, las patas delanteras estiradas y el cuerpo abandonado en esa postura pesada de los animales que ya no duermen del todo por descanso, sino porque mantenerse despiertos exige demasiado.

Leo se quedó sentado en el sofá sin moverse.

Había vuelto a dormir después de las 05:38. Eso, en su mundo, era casi un acontecimiento. No se lo dijo a nadie. Ni a Clara, porque Clara lo convertiría en un parte de evolución. Ni a Lara, porque todavía no sabía qué lugar tenía Lara en las cosas que uno cuenta al despertar. Ni a Marta, porque con Marta cada palabra parecía llevar dentro una habitación cerrada.

Se lo dijo solo a Nerón, cuando el perro abrió los ojos.

—Hoy hemos ganado un minuto —murmuró.

Nerón movió la cola una vez.

Tac.

Después volvió a quedarse quieto.

Aquella victoria mínima no detuvo nada.

Los días siguieron trayendo sus pequeñas cargas: el tratamiento de su madre, las llamadas de Clara, los recados, las revisiones, el trabajo, los paseos cada vez más breves de Nerón, los mensajes de Marta, los silencios con Lara. Pero Leo empezó a notar que algunas cosas ya no le exigían la misma violencia interior. Cuando sonaba el móvil, no siempre sentía que el mundo venía a darle otra noticia. Cuando miraba la pared, ya no veía solo una acusación. Cuando abría el armario de la cocina y veía la botella de whisky, podía cerrarlo sin convertir el gesto en una batalla épica. A veces simplemente lo cerraba.

No estaba bien.

Pero empezaba a entender que estar bien no era un lugar al que se llegaba de golpe, sino una suma de momentos en los que uno no se destruye.

Nerón fue el primero en enseñárselo, aunque ya casi no pudiera levantarse.

El perro empezó a medir la vida de la casa con otro ritmo. Las mañanas en que conseguía llegar hasta la cocina parecían mejores. Las tardes en que esperaba junto a la puerta, aunque fuera tumbado, tenían una luz distinta. Si comía, Leo respiraba. Si no comía, la casa entera se inclinaba hacia el plato. Marta venía a verlo una o dos veces por semana, siempre avisando antes, siempre con un cuidado que dolía. Ya no entraba como quien regresa. Entraba como quien visita algo sagrado que no le pertenece del todo y, aun así, la reconoce.

La última semana de Nerón no empezó con dramatismo.

Empezó con un cuenco lleno.

Leo se dio cuenta porque, al volver de casa de su madre, encontró la comida intacta. Nerón estaba tumbado junto a la manta antigua que Marta había traído, con los ojos abiertos y el cuerpo quieto. No parecía sufrir de forma evidente. No lloraba. No jadeaba. Solo parecía cansado de una manera que no admitía negociación.

—Eh —dijo Leo, dejando las llaves en el mueble—. ¿Qué hacemos?

Nerón movió los ojos hacia él.

No la cabeza.

Solo los ojos.

Eso fue lo que lo hundió.

Leo se arrodilló, tomó un poco de comida con la mano y se la acercó. Nerón la olió. Durante un segundo pareció que iba a comérsela por complacerlo. Luego apartó apenas el hocico.

Leo cerró la mano.

—Vale.

La palabra le salió rota.

Llamó a la veterinaria.

No dijo “creo que ha llegado el momento”. No pudo. Dijo que Nerón no comía. Dijo que estaba muy cansado. Dijo que quizá podían verlo. La veterinaria entendió lo que él no estaba diciendo y fue esa misma tarde.

Marta llegó antes que ella.

No preguntó nada al entrar. Vio a Nerón, dejó el bolso en el suelo y se sentó junto a él. Traía el pelo recogido, la cara sin maquillaje y los ojos ya preparados para llorar, como si hubiera llorado en el camino y se hubiera secado antes de tocar el timbre.

—Hola, mi chico —susurró.

Nerón movió la cola.

Una vez.

Nada más.

Marta se llevó la mano a la boca.

Leo estaba de pie junto a la ventana, incapaz de mirar directamente todo el tiempo. Afuera llovía de una forma casi silenciosa, una lluvia fina que no golpeaba el cristal, sino que lo iba llenando de líneas, como si alguien escribiera desde fuera en un idioma líquido.

—No ha comido —dijo él.

Marta acarició la cabeza de Nerón.

—Ya.

—La veterinaria viene ahora.

—Ya.

Leo la miró.

—Deja de decir ya.

Marta levantó la vista. No se enfadó.

—Perdón.

Él se pasó una mano por la cara.

—No. Perdón tú. No sé qué hacer con esto.

—No hay nada que hacer bien.

La frase, por ser tan simple, lo dejó sin defensa.

La veterinaria llegó con una mochila pequeña y una tristeza profesional en la mirada. Se sentó en el suelo, como siempre, y revisó a Nerón sin prisa. Le tocó las patas, el abdomen, el pecho. Escuchó su corazón. Observó cómo respiraba. Le habló con esa voz que algunas personas reservan para los animales y que no tiene nada de infantil; es una voz baja, honesta, sin exigencias.

Después miró a Leo.

—Está muy cansado.

Él asintió.

—¿Le duele?