CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #8
Lloró con la cara entre las manos, la espalda contra la pared, respirando mal, con Nerón intentando meter el hocico entre sus brazos. Lloró por Marta viva y perdida. Por su madre enferma. Por su padre muerto hacía tantos años y de pronto presente en todo. Por Clara convertida en adulta. Por Lara, a quien quizá había herido antes de conocerla del todo. Por la mujer del bar cuyo nombre ya no sabía. Por el hombre que había sido en Londres. Por el chico que quería estudiar ingeniería y acabó aprendiendo a reparar edificios ajenos mientras el suyo se llenaba de grietas.
Cuando terminó, la casa estaba en silencio.
Nerón se había tumbado a su lado.
Leo apoyó la cabeza contra la pared.
—No sé hacerlo —susurró.
El perro respiró.
Arriba.
Abajo.
Arriba.
Abajo.
Leo cerró los ojos.
A la mañana siguiente, escribió a Lara.
No estoy disponible. Pero estoy intentando estarlo algún día. No sé si eso sirve de algo.
No envió el mensaje.
Lo dejó escrito durante doce minutos.
Luego lo borró.
Escribió otro.
Perdón por el otro día.
Ese sí lo envió.
Lara respondió por la tarde.
Aceptado.
Nada más.
Leo miró la palabra.
Aceptado.
No era cálida.
No era fría.
Era una puerta sin decoración.
Escribió:
¿La casa posible salió bien?
Lara tardó más.
Mejor de lo esperado. Robé varias de tus no frases.
Leo sonrió.
Me debes derechos de autor.
Lara:
Te pagaré en café sin azúcar y críticas estructurales.
Leo:
Suena justo.
Lara:
No, pero es lo que hay.
Después de esa conversación no se vieron durante dos semanas.
En esas dos semanas, la madre de Leo tuvo su segunda sesión de tratamiento y la primera tarde realmente mala. Náuseas, cansancio, un dolor sordo que le apagó la ironía durante varias horas. Clara se asustó más de lo que quiso admitir. Leo estuvo sentado junto al sofá, sosteniendo un cuenco, cambiando paños, aprendiendo a no decir “todo irá bien” porque no lo sabía. Su madre, pálida y sudada, le agarró la muñeca una vez.
—No me mires así.
—No sé cómo mirarte.
—Como cuando te hacía lentejas malas y fingías que estaban buenas.
Leo sonrió con los ojos húmedos.
—Tus lentejas eran buenas.
—Mentiroso.
—Sí.
Ella cerró los ojos.
—Así.
Y él entendió que cuidar era, a veces, mentir de la forma correcta. No negar el miedo. No inventar salvación. Solo quedarse en una habitación y recordar a la persona que sigue ahí debajo de la enfermedad.
Nerón empeoró después de una semana de lluvia.
La humedad le atacó la piel y las patas. La veterinaria ajustó tratamiento otra vez y habló, con más suavidad que antes, de calidad de vida. Leo escuchó esa expresión como quien oye una puerta abrirse en una casa que no quiere recorrer.
—No estamos en ese punto todavía —dijo la veterinaria.
Todavía.
Otra vez.
—Pero hay que observar.
Leo asintió.
Observó.
Observó a Nerón levantarse más despacio, elegir no seguirlo hasta la cocina algunas veces, quedarse mirando la escalera como si evaluara una montaña. Observó cómo seguía alegrándose al ver a Marta, pero después dormía durante horas, agotado por la emoción. Observó cómo una tarde no quiso su comida favorita hasta que Leo se sentó junto a él y se la dio con la mano. Observó demasiado. No sabía hacer otra cosa.
Marta vino el jueves y lo notó enseguida.
—Está peor.
Leo no lo negó.
—Sí.
Marta se arrodilló a su lado. Nerón apoyó la cabeza en sus piernas.
—¿Le duele?
—A veces.
—¿Qué dice la veterinaria?
Leo miró hacia la ventana.
—Que observemos.
Marta cerró los ojos.
—Odio esa palabra.
—Yo también.
Se quedaron en el suelo, uno a cada lado del perro. Nerón, satisfecho de tenerlos allí, cerró los ojos. Durante un rato no hablaron. El silencio no fue tenso. Fue un silencio viejo, de casa compartida, quizá el último tipo de silencio que todavía sabían tener sin hacerse daño.
Después Marta dijo:
—David quiere conocerlo.
Leo la miró.
No había esperado eso.
—¿A Nerón?
—Sí.
—¿Por qué?
Marta acarició el lomo del perro.
—Porque le hablo de él.
Leo sintió una reacción fea, inmediata, casi infantil.
—Claro.
Marta levantó la vista.
—No lo uses contra mí.
—No he dicho nada.
—Tu “claro” ya tiene biografía.
Leo respiró hondo.
—Perdón.
Marta bajó la mirada.
—No te lo digo para traerlo aquí. No sería justo. Solo… quería que lo supieras.
—¿Que le hablas de mi perro a tu marido?
Marta no se defendió.
—Que le hablo de nuestra vida porque existió.
Leo cerró la boca.
Nerón suspiró.
Nuestra vida.
La frase no devolvía nada.
Pero reconocía algo.
Eso también dolía.
Esa noche, cuando Marta se fue, Leo no quitó papeles. No tenía fuerza. Se sentó junto a Nerón y buscó en el móvil fotos antiguas. Nerón cachorro con las patas enormes. Marta dormida en el sofá con el perro encima. Leo más joven, menos roto, sosteniendo una correa roja en una playa. Su madre con gafas de sol dando a escondidas un trozo de tortilla al perro. Clara adolescente, con aparato dental, abrazándolo como si fuera un oso.
Pasó fotos hasta que no pudo más.
A las 05:37 despertó en el sofá.
El móvil estaba sobre su pecho.
En la pantalla, una foto antigua seguía abierta.
Marta en la cocina, riéndose, con harina en la mejilla.
Nerón, cachorro, robando pan de la mesa.
Leo no recordaba haber hecho esa foto.
Y sin embargo allí estaba.
Durante unos segundos, el dolor de cabeza fue tan intenso que no pudo moverse.
Bip.
No.
La nevera.
Bip.
No.
La calle.
Bip.
No.
Nada.
La foto parecía respirar.
Marta reía en la imagen con una naturalidad que ya no existía en ninguna habitación. Leo tocó la pantalla con el dedo. Al hacerlo, la imagen cambió al siguiente archivo.
Una foto negra.
Totalmente negra.
Fecha: 05:37.
Leo se incorporó.
No recordaba esa foto.
La abrió.
No había nada.
Solo oscuridad.
Amplió con los dedos.
Nada.
En la esquina inferior, al subir el brillo, apareció una línea muy tenue. Una especie de reflejo vertical, casi imperceptible. Como luz filtrada por una puerta entreabierta.
El corazón le empezó a golpear.
Buscó detalles del archivo.
Fecha de creación: la noche del accidente.
05:37.
Pero eso era imposible.
Aquella noche, a esa hora, él no había estado haciendo fotos.
O no lo recordaba.
Se quedó mirando la pantalla hasta que Nerón se movió a su lado.
El perro gimió en sueños.
Leo bloqueó el móvil.
La habitación volvió a la penumbra.
No quiso pensar.
No quiso abrir otra puerta.
A la mañana siguiente, Clara le escribió temprano.
Ama quiere pan de semillas. No preguntes. Es fase capricho.
Leo respondió:
Compro.
Clara:
Y duerme.
Leo:
No preguntes. Es fase mentira.
Clara:
Idiota.
Compró pan de semillas, fruta, leche y una planta pequeña para su madre. No sabía por qué. Una planta de hojas verdes, resistente, de esas que sobreviven a dueños torpes. Su madre la miró al recibirla.
—¿Me estás comparando con un ficus?
—Es una planta resistente.
—Entonces sí.
—No es un ficus.
—Da igual. Me gusta.
La puso junto a la ventana.
Durante varios días, la planta se convirtió en tema de conversación. Si tenía demasiada agua. Si poca. Si la luz directa. Si Clara la había movido. Si Leo la había comprado para sentirse útil. La madre de Leo decía esto último con burla, pero la regaba ella misma cuando podía. Y cada vez que lo hacía, Leo veía una pequeña desobediencia contra la enfermedad: cuidar algo vivo mientras el propio cuerpo se estaba convirtiendo en campo de tratamiento.
Lara reapareció en una tarde sin especial importancia.
Leo estaba saliendo de casa de su madre cuando recibió un mensaje.
Estoy cerca de Santutxu por una visita. Café rápido si no estás salvando ningún edificio ni evitando barandillas.
Leo se quedó en el portal con el móvil en la mano.
No había visto a Lara desde el estudio.
Habían intercambiado mensajes sueltos, nada más. Frases breves. Ironías. Una foto de la maqueta terminada. Una respuesta de Leo sobre una sombra mal resuelta en un pasillo. Un “bien visto” de ella. Pequeñas cosas que no eran nada y, acumuladas, empezaban a tener peso.
Miró hacia la calle.
La tarde estaba húmeda, sin lluvia. Clara se quedaba con su madre. Nerón había comido bien por la mañana. Marta no venía hasta el día siguiente.
Escribió:
No salvo edificios por la tarde. Solo los juzgo.
Lara:
Entonces café.
Quedaron en un local pequeño cerca de una plaza, no el Café Lur. Leo agradeció eso. No habría soportado repetir escenario. Este sitio era más claro, menos íntimo, con mesas de mármol falso, plantas colgantes y una camarera que llamaba “cariño” a todo el mundo sin conocer a nadie.
Lara llegó con una carpeta bajo el brazo y el pelo suelto, algo húmedo en las puntas. No llevaba la ropa del estudio, sino un abrigo verde oscuro y una bufanda gris. Al verla entrar, Leo sintió algo simple y peligroso: alivio.
Ella lo vio sentado junto a la ventana.
—Has elegido una mesa desde la que se ve la salida —dijo antes de sentarse.
Leo miró la puerta.
—No lo he hecho a propósito.
—Eso es lo peor.
Él sonrió.
Pidieron café. Lara sin azúcar. Leo también, aunque antes siempre lo tomaba con una cucharada.
—No tienes que copiarme —dijo ella.
—No te emociones. El azúcar se había acabado en la mesa.
Ella miró el azucarero lleno.
—Claro.
Durante unos minutos hablaron de la visita que ella había hecho en Santutxu. Un bajo antiguo que una asociación quería convertir en centro de apoyo vecinal. Humedades, ventilación pobre, demasiada profundidad sin luz natural. Lara hablaba de espacios como quien habla de personas difíciles: con frustración, sí, pero también con una especie de lealtad hacia lo que podían llegar a ser.
Leo la escuchaba.
Descubrió que podía escuchar sin esperar la parte en que alguien le preguntara por su tragedia.
Eso también era nuevo.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Sigues quitando andamios?
Leo la miró.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Nadie. Lo imaginé.
—He quitado papeles de la pared.
Lara no fingió no entender.
—¿De ella?
—Sí.
—¿Todos?
—No.
—¿La foto?
—No.
Lara asintió.
No preguntó más.
—Ayer vino a ver a Nerón —dijo Leo.
Lara sostuvo la taza entre las manos.
—¿Y?