Ocho horas CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #7
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CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #7

—Porque desde ahí se ve el patio, pero no todo el mundo te ve a ti.

Lara lo miró.

—Eso es exactamente lo que buscaba.

—Entonces lo has hecho bien.

Ella no contestó enseguida.

Después dijo:

—Hay días en que pareces no darte cuenta de cuánto entiendes de lugares dañados.

Leo se apartó un poco de la mesa.

—No soy arquitecto.

—No he dicho eso.

—Ni terapeuta.

—Tampoco.

—Ni una metáfora andante.

Lara lo miró con calma.

—No. Eres un hombre que aprendió a mirar dónde fallan las cosas porque quizá nadie miró a tiempo cuando fallaban en él.

La frase cayó con una precisión peligrosa.

Leo sintió el impulso de irse.

No por enfado.

Por miedo a quedarse.

—Eso sí es demasiado —dijo.

Lara bajó la vista.

—Puede ser.

—No me conoces.

—No del todo.

—Casi nada.

—Lo suficiente para saber que esa frase te ha dado ganas de marcharte.

Leo cerró la mandíbula.

—No deberías hacer eso.

—¿Qué?

—Leer a la gente como si fuera un plano.

Lara sostuvo el silencio un segundo más de lo cómodo.

—No puedes acercarte a alguien y enfadarte porque esa persona lo note.

La frase salió firme, pero no dura.

Ane, desde la sala principal, movió unas carpetas con una discreción bastante poco convincente.

Leo miró hacia la salida.

—Tengo que irme.

—Vale.

Lara no intentó detenerlo.

Eso lo irritó más.

Recogió la chaqueta. Llegó hasta la puerta del estudio y se detuvo con la mano en el picaporte.

No quería irse así.

Tampoco sabía quedarse de otra manera.

—Perdón —dijo, sin girarse.

Lara estaba junto a la maqueta. Había dejado el cúter sobre la mesa, perfectamente alineado con la regla, aunque el gesto no parecía deliberado.

—No te estoy pidiendo que no te duela.

Leo no respondió.

—Solo que no me trates como si yo hubiera tocado una herida que tú dejaste a la vista.

Él soltó el aire despacio.

—Hay alguien.

La frase salió de golpe.

Lara no pareció sorprendida. O quizá sí, pero supo no convertirlo en espectáculo.

—Lo imaginaba.

Leo se giró.

—¿Cómo?

—Porque nunca entras del todo en ninguna conversación.

Él soltó una risa seca.

—Eso suena a diagnóstico.

—Lo es. Malo, seguramente.

Por primera vez, Lara pareció dudar de su propia precisión. Bajó la vista hacia la maqueta, corrigió con un dedo una pieza diminuta que no necesitaba ser corregida y volvió a hablar con más cuidado.

—Perdona. No quería sonar como si te estuviera leyendo un informe.

—Está casada.

La frase cambió el aire.

Lara dejó la pieza quieta.

—Ah.

—Y antes fue… mi vida. O lo que yo creía que era mi vida. Desapareció. Volvió. Está viva. Está con otro. No sé qué lugar tiene. No sé qué lugar tengo yo. No sé por qué te estoy diciendo esto.

Lara escuchó sin interrumpir.

Esa fue su forma de cuidado.

—Porque ibas a marcharte dejando que yo imaginara la peor versión de ti —dijo al final—. Y has preferido decir algo verdadero, aunque sea tarde.

Leo apretó la chaqueta entre los dedos.

—Qué amable.

—No especialmente.

—Ya.

Lara se cruzó de brazos, pero enseguida los soltó, como si hubiera recordado que también estaba defendiéndose.

—Leo, no quiero ocupar un sitio que todavía tiene nombre.

La frase le dolió.

No sonó a amenaza.

Sonó a límite.

—Lo sé.

—Bien.

—Pero tampoco sé salir.

Lara tardó en responder.

Esta vez no tuvo una frase perfecta preparada.

—Entonces no salgas corriendo —dijo—. Empieza por no romper todo lo que encuentras antes de saber si quieres quedarte.

Leo bajó la mano del picaporte.

—Me voy.

—Vale.

—No porque quiera.

—Lo sé.

Esta vez sí se fue.

La calle estaba oscura y húmeda. Caminó sin rumbo durante casi una hora antes de volver a casa. No bebió. No llamó a Marta. No escribió a Lara. No respondió a Unai, que mandó una foto absurda de un perro con gafas acompañada de un “este tiene mejor vida que nosotros”.

Al llegar, Nerón dormía.

La pared respiraba con más espacio que antes.

Leo se quedó frente a la foto de Marta.

No la quitó.

Pero se atrevió a tocar el borde del papel.

—No sé salir —dijo en voz baja.

Nerón abrió un ojo.

Leo sonrió sin humor.

—Ya. Tú tampoco.

Los días siguientes no vio a Lara.

Eso fue bueno.

Y fue malo.

La ausencia de Lara no se parecía a la ausencia de Marta. No era una amputación. No era una búsqueda. No ocupaba la pared ni le cerraba la garganta al despertar. Era algo más leve y, por eso mismo, desconcertante. Aparecía en zonas pequeñas del día: al ver una grieta en una fachada, al revisar una instalación mal resuelta, al sentarse en una sala de espera y notar que algunas sillas estaban colocadas de forma que nadie podía mirar por la ventana. Pensaba: Lara odiaría esto. Luego se enfadaba por pensar eso.

Marta volvió a ver a Nerón el domingo.

Esta vez vino con menos miedo, pero más tristeza.

Trajo una manta pequeña que había encontrado en casa de sus padres, una que Nerón usaba de cachorro cuando aún cabía debajo de la mesa de la cocina. Estaba lavada, doblada, casi sin olor. Al verla, Nerón la olfateó durante mucho rato y luego se tumbó encima con una decisión lenta que hizo llorar a Marta sin que pudiera evitarlo.

—La guardó mi madre —dijo ella—. Yo no sabía que seguía allí.

Leo se sentó en la butaca.

—Siempre guardaba cosas.

—Sí.

—Una vez guardó un ticket de cine porque decía que era de la primera película mala que vimos juntos.

Marta sonrió entre lágrimas.

—Era malísima.

—Tú dijiste que era valiente.

—Eso decía cuando algo era malo pero no quería admitirlo.

—Lo sé.

Durante un segundo, la casa pareció recordar por ellos.

Después el móvil de Marta vibró.

El sonido cayó en medio del salón con una precisión cruel.

—Puedes cogerlo —dijo Leo.

—No quiero.

—Quizá es David.

—Por eso.

La respuesta quedó allí, demasiado honesta.

Nerón dormía sobre la manta antigua, ajeno a la forma en que una sola vibración podía dividir una habitación.

—Marta.

—No.

—No he dicho nada.

—Ibas a decir algo correcto.

Leo no pudo negarlo.

—Probablemente.

—Estoy cansada de lo correcto.

—Yo también.

—Pero lo incorrecto no nos arregla.

Leo desvió la atención hacia la pared.

Había más huecos que antes. Menos recortes. Menos fotos. Menos pruebas de una vida organizada alrededor de una desaparición.

Marta lo entendió sin preguntar.

—Has quitado cosas.

—Algunas.

—Gracias.

—No lo hice por ti.

Marta aceptó la frase con una calma triste.

—Mejor.

El móvil volvió a vibrar.

Esta vez ella lo sacó.

David.

El nombre iluminó la pantalla durante un segundo. Marta escribió algo breve y guardó el teléfono con demasiado cuidado.

—Me tengo que ir en un rato.

Leo sintió una punzada de rabia.

No por David.

Por “en un rato”.

Por la limosna de tiempo.

Por el modo en que su casa tenía ahora horario de visita.

—Claro.

Marta captó el filo de la palabra.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Decir claro como si te estuviera apuñalando con educación.

Leo soltó una risa amarga.

—Tienes razón. Perdón por mi estilo de sangrado.

—Leo.

—¿Qué quieres que haga?

La pregunta salió más alta de lo que pretendía.

Nerón levantó la cabeza.

Leo bajó la voz.

—Perdón.

—No. Dilo.

—No.

—Dilo.

Leo se levantó y caminó hasta la ventana.

Afuera, el edificio de enfrente tenía varias luces encendidas. En una cocina, alguien lavaba platos. En otra, una mujer colgaba ropa. La vida doméstica de los demás seguía funcionando, igual de ajena, igual de insoportable.

—Quiero que te quedes —dijo.

La frase cayó sin protección.

Marta no respondió.

Leo apoyó una mano en el marco de la ventana.

—No para tomar café. No para ver a Nerón. No para hablar de cómo estamos los dos de rotos con cuidado de no tocar nada. Quiero que te quedes como antes. Y sé que no puedes. Sé que no debo pedírtelo. Sé que hay un hombre que estuvo cuando yo no estaba, aunque yo no estuviera porque te estaba buscando. Sé todo eso. Lo sé tanto que me dan ganas de arrancármelo de la cabeza. Pero lo quiero igual.

Marta tardó en contestar.

—Yo también he querido quedarme.

Leo no se volvió.

Ella continuó:

—La primera vez que entré y Nerón me reconoció, pensé: si me siento aquí y no me muevo, quizá el mundo vuelve a encajar. Pensé que si tocaba la manta, si bebía agua en este vaso, si tú estabas en la butaca, si él se dormía entre los dos, quizá algo se corregía. Pero no se corrige, Leo.

Él no se giró.

—Ya.

—No puedo deshacer a David porque tú sigas aquí.

Leo apretó los dientes.

Marta lloraba.

—Y no puedo deshacerte a ti porque David me haya cuidado.

La frase lo obligó a girarse.

Marta estaba sentada en el suelo, con Nerón entre las piernas, una mano sobre el perro y la otra apretada contra su propio pecho.

—No sé vivir con 2 verdades —dijo ella—. Pero las tengo.

Leo la miró.

La rabia se le fue rompiendo en pedazos demasiado pequeños para sostenerse.

—Yo tampoco sé.

—Lo sé.

Nerón se levantó con esfuerzo y caminó hasta Leo. Apoyó la cabeza contra su pierna. Después volvió hacia Marta. Como si, en su lógica sencilla, ambos estuvieran demasiado lejos.

Marta soltó una risa entre lágrimas.

—Él sí sabe.

Leo se agachó y acarició el lomo del perro.

—Él siempre supo más que nosotros.

Cuando Marta se fue, no hubo casi beso.

No hubo mano retenida.

No hubo promesa.

Solo un abrazo.

Fue Marta quien lo pidió.

—¿Puedo?

Leo asintió.

Se abrazaron en el recibidor, de pie, con Nerón entre los dos intentando participar. El cuerpo de Marta seguía recordando el suyo. Eso fue lo peor. La forma exacta en que encajaba la cabeza bajo su barbilla, la presión de sus manos en su espalda, el olor leve de su pelo. Pero el abrazo no abrió nada. Cerró algo. O empezó a cerrarlo.

Marta se separó primero.

—No voy a desaparecer —dijo.

Leo cerró los ojos.

—Pero no vas a volver.

Ella cerró los ojos.

—No de esa forma.

La precisión fue una forma de misericordia.

Marta se fue.

Leo no bebió.

No esa noche.

Quitó 5 papeles de la pared.

Al quinto, se sentó en el suelo y lloró.

No de forma hermosa.

No como en las películas.