Ocho horas CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #6
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CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #6

—Voy a tener miedo —dijo ella—. Vosotros vais a tener miedo. Habrá días horribles. Habrá días en los que no me apetezca ser valiente y no pienso serlo para que vosotros os sintáis mejor. Pero no quiero convertirme en una enfermedad con zapatos. Sigo siendo yo. Si me pongo insoportable, me lo decís. Si os ponéis insoportables, os lo diré. Y si me traéis caldo todos los días con cara de entierro, os lo tiro.

Clara lloraba y reía a la vez.

—Eres imposible.

—Eso ya lo sabíamos antes del diagnóstico.

Leo miró su taza.

—No sé cómo hacerlo.

Su madre lo miró.

—¿El qué?

—Esto.

Ella dejó la cucharilla.

—Nadie sabe.

—Tú pareces saber.

—Yo finjo con más experiencia.

Leo sonrió apenas.

Su madre alargó una mano sobre la mesa y tocó la de él. Tenía la piel fría.

—Leo, mírame.

Él obedeció.

—Cuando murió tu padre, intentaste convertirte en adulto de golpe. Cuando Marta desapareció, intentaste convertirte en policía, juez, detective, mártir y pared. Ahora no intentes convertirte en médico, calendario, enfermero y santo.

Clara bajó la vista.

Leo no pudo apartarla.

—Sé mi hijo —dijo su madre—. Con eso ya tengo bastante.

La frase le hizo más daño que el diagnóstico.

Porque no sabía si recordaba cómo.

Aquella tarde, Leo escribió a Marta.

Ya hay diagnóstico. Cáncer. Tratamiento posible. Iremos paso a paso.

Tardó en enviar el mensaje. Lo reescribió tres veces. La versión inicial decía “mi madre tiene cáncer”. La segunda decía “confirmado”. La tercera, la que envió, se parecía demasiado al lenguaje del médico. Quizá necesitaba esa distancia.

Marta llamó.

No escribió.

Llamó.

Leo se quedó mirando la pantalla con el nombre de ella vibrando en la mano. Nerón, desde la manta, levantó la cabeza. La foto de Marta seguía en la pared, aunque ahora había más espacio alrededor. La llamada seguía vibrando.

Contestó.

—Hola.

Al otro lado, Marta respiró.

—Leo.

Solo dijo su nombre.

Fue suficiente para que toda la distancia de los mensajes se viniera abajo durante un segundo.

—Ya lo sabes —dijo él.

—Sí. Lo siento muchísimo.

—Ya.

—No quería escribirte una frase.

Leo cerró los ojos.

—Gracias.

Hubo un silencio.

No vacío.

Cargado.

—¿Cómo está ella? —preguntó Marta.

—Más entera que nosotros.

—Eso suena a ella.

—Sí.

—¿Y tú?

Leo miró la botella en el armario de la cocina. Cerrada. Desde hacía días.

—No lo sé.

—Esa respuesta al menos parece tuya.

Él soltó una risa mínima.

—Marta.

—Dime.

No sabía qué decir.

Ese era el problema.

Había tantas cosas que ninguna encontraba salida.

Quería decir: ven.

Quería decir: no vengas.

Quería decir: cuando entraste y Nerón te reconoció, la casa dejó de obedecerme.

Quería decir: vi que mirabas la nota de Lara.

Quería decir: no quiero que vuelvas por él solamente.

Quería decir: no tengo derecho a pedirte otra cosa.

Quería decir: sigo viviendo en una frase que escribiste para comprar pan.

No dijo nada de eso.

—Gracias por llamar —dijo.

Marta tardó en responder.

—De nada.

La palabra sonó herida, aunque intentó no estarlo.

—Tengo que ir a casa de ama —dijo Leo.

—Claro.

—Te aviso de Nerón.

—Sí. Cuando puedas.

Otro silencio.

—Leo.

—Sí.

—No tienes que estar bien para llamarme.

La frase fue tan generosa como imposible.

Leo apretó el móvil contra la oreja.

—No sé qué puedo ser contigo.

Marta no respondió enseguida.

Cuando lo hizo, su voz sonaba más baja.

—Yo tampoco sé qué puedo ser contigo.

La verdad, otra vez.

No consuelo.

Verdad.

Colgaron sin resolver nada.

Esa noche Leo no fue a casa de Unai, aunque Unai escribió dos veces.

La primera:

¿Cerveza?

La segunda, una hora después:

Vale, mensaje de hombre preocupado disfrazado de imbécil: dime si estás vivo.

Leo respondió:

Vivo. Hoy no salgo.

Unai:

Bien. Odio madurar, pero bien.

Leo sonrió y dejó el móvil.

Fue a casa de su madre con una bolsa de compra, se quedó a cenar, discutió con ella por el café, ayudó a Clara a ordenar recetas, bajó la basura y volvió caminando despacio. Al llegar al piso, Nerón estaba en la puerta.

De pie.

Tembloroso, pero de pie.

Leo se agachó.

—Mira quién se ha dignado.

El perro movió la cola.

Leo lo abrazó con cuidado.

—Hoy cuenta doble.

Durante semanas, la vida entró en un ritmo de salas de espera, trabajo parcial, paseos lentos y mensajes que no siempre sabía contestar.

El tratamiento de su madre empezó con más logística que épica. Citas, autorizaciones, pruebas, llamadas, cambios de hora, hojas informativas, recomendaciones alimentarias, dudas sobre efectos secundarios, una carpeta que pasó de azul a insuficiente y necesitó separadores de colores. Clara se volvió experta en preguntar cosas que Leo no se atrevía a formular. La madre se volvió experta en decir que estaba bien cuando no lo estaba y en confesarlo solo cuando ya no le quedaba fuerza para fingir.

El primer día de quimioterapia, Leo descubrió que las salas de tratamiento no se parecían a las películas.

No había una música triste ordenando la emoción.

Había sillones reclinables, bolsas transparentes, tubos, bombas de infusión, mantas, revistas viejas, enfermeras con una humanidad práctica, pacientes que dormían, pacientes que leían, pacientes que hablaban del tiempo, del precio de la fruta, de nietos, de náuseas, de fútbol, de la vida normal invadiendo el territorio de la enfermedad como una forma de resistencia.

Su madre se sentó en un sillón junto a la ventana.

—No pongas esa cara —le dijo a Leo.

—¿Qué cara?

—La de niño al que han llevado al matadero.

Una enfermera que pasaba cerca soltó una risa discreta.

Leo se sentó a su lado.

—¿Quieres algo?

—Que respires.

—Estoy respirando.

—Como Clara en la sala de espera aquella. Raro.

Clara apareció con tres botellas de agua.

—He oído mi nombre.

—Decía que respirabas raro.

—Y tú tienes cáncer, pero sigues siendo una pesada.

—Eso no entra en tratamiento.

Leo escuchaba a las dos y, por un momento, sintió que aquella conversación absurda sostenía mejor la sala que cualquier estructura. Había terror, sí. Pero también había carácter. Su madre no estaba luchando como en los carteles motivacionales. Estaba sentada con una manta sobre las piernas, criticando la respiración de sus hijos y preguntando a la enfermera si después podría comer tortilla. Eso era más digno que cualquier metáfora de batalla.

Mientras la medicación entraba gota a gota en el cuerpo de su madre, Leo sintió el primer impulso de enviar un mensaje a Lara.

No a Marta.

A Lara.

Se dio cuenta con una incomodidad casi física.

Tenía el móvil en la mano. Marta había escrito por la mañana: Que vaya lo mejor posible hoy. Leo había respondido: Gracias. Lara, en cambio, no sabía que aquel era el primer día de tratamiento. No tenía por qué saberlo. No pertenecía a esa sala, ni a esa familia, ni a esa historia.

Y, sin embargo, pensó en enviarle una foto de la ventana, o una frase seca, o nada.

No lo hizo.

Guardó el móvil.

La lealtad, descubrió, no siempre es elegir una persona. A veces es no convertir cada pequeño alivio en una traición.

Esa tarde, después de dejar a su madre en casa y comprobar que Clara se quedaba con ella, Leo pasó por el estudio Hiru para entregar la documentación final de la reparación. Podía haberla enviado por correo. Ane se lo había dicho. Pero él imprimió el informe, lo metió en una carpeta y fue.

La excusa era profesional.

Lo sabía.

También sabía que no era solo eso.

El estudio estaba casi vacío. Eran las 19:30. Había luces encendidas en la sala de maquetas y música baja desde algún altavoz. Ane le abrió con una manzana en la mano.

—Qué formal. En papel.

—A algunos todavía nos gusta matar árboles por orden.

—Lara está dentro. Está peleándose con una cubierta.

Leo entró.

Lara estaba inclinada sobre la maqueta de la casa posible, rodeada de pequeñas piezas de madera y cartón. La maqueta había crecido. Ya no era solo un volumen blanco con patios. Tenía texturas, huecos, sombras, pequeñas zonas comunes, puertas sugeridas, rincones donde una figura humana de escala podía estar sin quedar expuesta.

Ella levantó la vista.

—Vienes con cara de informe.

Leo dejó la carpeta sobre la mesa.

—Traigo un informe.

—Qué decepción. Pensé que era metáfora.

—La vida a veces es literal.

Lara tomó la carpeta.

—Gracias.

—Está todo explicado. Lo provisional, lo definitivo, las cargas, la recomendación.

—¿Y lo que no hemos querido entender?

—Eso va sin IVA.

Ella sonrió.

Leo miró la maqueta.

—Ha cambiado mucho.

—Tú también.

La frase salió tranquila.

Leo la miró.

—No nos vemos tanto como para que puedas saber eso.

—No hace falta ver mucho una obra para notar que han retirado andamios.

Leo bajó la vista.

—Hoy empezó el tratamiento de mi madre.

Lara dejó la carpeta despacio.

—¿Cómo fue?

La pregunta no era “¿bien?” ni “¿mal?”. Era más respetuosa. Permitía una respuesta que no tuviera que elegir entre falso optimismo y desastre.

Leo se apoyó en el borde de una mesa.

—Raro. Normal. Horrible. Menos horrible de lo que esperaba. No sé.

Lara asintió.

—Las cosas importantes suelen venir mal etiquetadas.

—Pensé que sería más… solemne.

—¿Y fue?

—Mi madre criticó nuestra forma de respirar y pidió tortilla.

Lara sonrió con ternura.

—Me cae bien tu madre.

—Le caería bien que dijeras eso.

—¿Ella sabe que existo?

Leo se quedó quieto.

Lara levantó una mano.

—No lo digo así. Pregunto si le has hablado del estudio, de la obra, de la barandilla.

—Clara sí sabe.

—Ah.

—Y se puso insoportable.

—Entonces tu hermana también me cae bien.

Leo la miró.

—No te gustaría en equipo con ella.

—Probablemente sí. Eso es lo preocupante.

El silencio que siguió fue distinto a otros.

Más cercano.

No cómodo del todo, pero menos defensivo.

Leo miró la maqueta para no mirarla a ella.

—La casa posible —dijo.

—Se quedó con el nombre.

—Era buen nombre.

—Lo robaste.

—Lo encontré sin dueño.

Lara apoyó las manos en la mesa.

—Mañana presento una revisión interna. Cambié los recorridos, como viste. Más opciones. Menos obligación de cruzarse. Zonas donde estar sin tener que explicar por qué no quieres hablar.

Leo observó una pequeña terraza interior, resguardada por celosías.

—Esa parte está bien.

—¿Por qué?