CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #5
Leo no lo hacía de golpe. No podía. La pared no era un corcho, ni un archivo, ni un resto de una investigación que hubiera terminado. Era una parte de su sistema nervioso trasladada al salón. Cada hoja retirada producía una alteración física en la casa, como si moviera muebles invisibles. Había papeles que no decían nada y aun así costaba quitar: un ticket de tren comprado durante una pista falsa, una dirección en Londres donde nadie había oído hablar de Marta, un recorte de periódico sobre una red de trata que no tenía relación demostrable con ella, pero que durante semanas había sido la única forma de imaginarla viva.
Los quitaba por la noche, cuando Nerón dormía y la ciudad bajaba el volumen.
Primero se quedaba frente a la pared con los brazos cruzados, como si esperara que alguno de los papeles protestara. Después elegía uno. Solo uno. Lo leía de nuevo, aunque ya supiera de memoria lo que ponía. Lo sostenía entre los dedos un rato. A veces recordaba el día en que lo había pegado allí: la lluvia en el abrigo, el café frío, Clara diciéndole que descansara, su madre fingiendo que no lloraba al verlo rodeado de mapas. Luego lo despegaba despacio para no romper la pintura. Si quedaba una marca de cinta, la rascaba con la uña. Si se levantaba un poco de pared, se quedaba mirando el desconchón como si hubiera cometido una falta contra la memoria.
No tiraba los papeles directamente.
Los doblaba.
Los metía en una bolsa de papel.
La bolsa quedaba junto a la puerta del salón, a medio camino entre quedarse y marcharse.
La fotografía de Marta seguía en el centro.
No podía quitarla.
Todavía no.
Nerón, cuando estaba despierto, lo observaba desde la manta con una paciencia que Leo no sabía interpretar. A veces, al verlo despegar un papel, levantaba la cabeza. Otras veces suspiraba y volvía a cerrar los ojos, como si lo entendiera que los humanos también mudan pelo, solo que lo hacen arrancando recuerdos de las paredes.
La resonancia de Leo llegó antes que los resultados definitivos de su madre.
Fue una mañana blanca, de esas en las que el hospital privado parece más limpio que real. Leo entró en la máquina con el cuerpo rígido y los auriculares puestos, escuchando instrucciones de una voz que parecía venir de otro planeta. No se mueva. Respire normal. Unos minutos más. El techo estaba demasiado cerca. El ruido empezó enseguida: golpes secos, vibraciones, pulsos metálicos, una música industrial que no seguía ritmo humano.
TAC.
TAC.
TAC.
BIP.
No.
No era un monitor.
Era la máquina.
BIP.
No.
Leo cerró los ojos.
En la oscuridad artificial de la resonancia, la mente empezó a abrir habitaciones sin permiso. Vio la grúa. El brazo extendido bajo la tormenta. La cara de Juan iluminada por un resplandor blanco. Marta en el Café Lur con las manos alrededor de una taza. Lara en el rellano, diciéndole que se fuera al lugar donde tenía que estar. Su madre en el taxi, ordenándole que no la sujetaran como vajilla cara. Nerón frente a la puerta, esperando un olor que había vuelto y se había ido.
La máquina golpeaba alrededor de su cabeza como si alguien estuviera construyendo un edificio dentro de él.
TAC.
TAC.
TAC.
Cuando salió, se incorporó despacio. La técnico le preguntó si estaba bien. Leo dijo que sí por costumbre, luego corrigió.
—Mareado un poco.
Ella le dio tiempo.
Ese pequeño gesto, no ser expulsado de inmediato hacia el pasillo, le pareció una forma inesperada de bondad.
Los resultados no mostraron lesión nueva. Nada que explicara por sí solo el modo en que el mundo a veces parecía repetir signos para él. Nada que justificara el 05:37 en los relojes, ni los pitidos donde no había monitores, ni esas imágenes de luz blanca que le aparecían como restos de un sueño que no recordaba haber tenido. El neurólogo habló de secuelas funcionales, estrés, cefaleas, sueño, alcohol, vigilancia, tratamiento preventivo si aumentaba la frecuencia. La palabra “funcional” regresó a la consulta con su traje limpio de medicina.
Leo salió con un informe en la mano y una sensación absurda de decepción.
No quería estar enfermo.
Pero una parte de él quería que algo apareciera.
Algo visible.
Algo que pudiera señalar y decir: esto.
Esto es lo que falla.
Esto es lo que hay que reparar.
En la calle, mandó mensaje a Clara.
Resonancia bien. Nada nuevo.
Clara respondió casi al instante.
¿Bien de verdad?
Leo miró el informe.
Eso dicen.
Clara:
Entonces hoy no me peleo contigo.
Leo:
Milagro.
Clara:
Pero no bebas.
Leo guardó el móvil.
A los pocos segundos vibró de nuevo.
Lara.
¿Siguió existiendo tu cabeza?
Leo leyó el mensaje y, por primera vez en todo el día, soltó una risa breve en mitad de la acera. Una mujer que pasaba con un paraguas lo miró de reojo. Leo escribió:
Parece que sí. Resonancia sin nada nuevo.
Lara:
Lo dices como si te molestara.
Leo tardó en responder.
Un poco.
La respuesta quedó enviada antes de que pudiera convertirla en otra cosa.
Lara no contestó enseguida.
Cuando lo hizo, la frase llegó sin adorno.
A veces uno quiere una grieta visible porque así no tiene que explicar por qué le duele la pared.
Leo se quedó quieto bajo el toldo de una farmacia.
La lluvia empezaba otra vez. Fina. Bilbaína. Constante.
Escribió:
Vas a tener que dejar de robarme frases y empezar a cobrar por las tuyas.
Lara:
Yo ya cobro por fingir que las grietas son parte del concepto.
Leo:
Eso sí suena arquitectónico.
Lara:
Y tú suenas vivo. Eso es buen dato.
Leo no respondió.
No porque no quisiera.
Porque la palabra “vivo” se le quedó demasiado dentro.
Esa tarde, al volver a casa, compró pescado para su madre, comida húmeda para Nerón y un cuaderno nuevo sin saber exactamente para qué. En la tienda de animales, la dependienta le preguntó la edad del perro. Leo dijo que casi doce. Ella hizo ese gesto involuntario, una mezcla de ternura y cálculo, que la gente hace cuando traduce la edad de un animal a despedida futura. Leo pagó rápido.
No quería que nadie le hiciera cuentas a Nerón.
Al llegar, el perro no estaba en la puerta.
Otra vez.
Lo encontró en el salón, tumbado de lado, despierto, pero sin levantarse. Leo dejó las bolsas en el suelo y se sentó junto a él.
—Hoy tampoco, ¿eh?
Nerón movió la cola contra la manta.
Tac.
Tac.
Tac.
—Eso cuenta.
Le revisó las patas, le acarició el lomo, comprobó la piel. Nerón lo miraba con una confianza que empezaba a parecerle insoportable. Los perros no saben que uno está fallando. O quizá lo saben y deciden quedarse igual.
—La cabeza está bien —le dijo.
Nerón parpadeó.
—Más o menos.
Le dio la comida húmeda en un plato bajo. Nerón comió con ganas, pero despacio. Antes devoraba. Ahora negociaba cada bocado con el cuerpo. Leo se quedó sentado en el suelo mirándolo comer, como si aquel acto simple fuera una votación diaria contra la pérdida.
Los resultados de la biopsia de su madre llegaron un martes de cielo limpio.
Eso molestó a Leo.
Había imaginado que las malas noticias necesitaban lluvia, nubes, frío, una coherencia mínima entre el clima y el daño. Pero el día era luminoso. Bilbao amaneció con una claridad casi insolente, las fachadas lavadas por la lluvia de la noche anterior, las ventanas brillando, la ría quieta bajo una luz plateada. En el camino al hospital, su madre comentó que hacía buen día.
—No empieces con simbolismos —dijo Clara desde el asiento trasero del taxi.
La madre de Leo giró la cabeza.
—¿Qué simbolismos?
—Lo de “hace buen día”.
—He dicho que hace buen día porque hace buen día.
—Pues no lo digas tan normal.
La madre sonrió.
—Hija, si un día bueno no puede ser un día bueno porque tenemos médico, entonces ya le hemos regalado demasiado al médico.
Leo miró por la ventana.
A veces su madre decía cosas así, frases que parecían pequeñas y luego se quedaban flotando dentro de él durante horas.
La consulta fue breve y larguísima.
El médico ya no rodeó tanto el lenguaje. Cáncer. Localizado, según las pruebas iniciales, aunque pendiente de completar estadificación. Tratamiento posible. Cirugía quizá. Quimioterapia según evolución. Equipo multidisciplinar. Buen estado general. Hay opciones. Hay que ir paso a paso.
Cáncer.
La palabra, cuando por fin apareció, no hizo el ruido que Leo esperaba.
No rompió la habitación.
No hizo que Clara gritara.
No hizo que su madre se desmayara.
Solo se sentó con ellos.
Como alguien que hubiera llegado temprano y hubiera estado esperando a que lo nombraran.
La madre de Leo preguntó por porcentajes. El médico respondió con prudencia. Preguntó por tiempos. Respondió con fases. Preguntó por dolor. Respondió con posibilidades. Preguntó por si se le caería el pelo. El médico dijo que dependería del tratamiento. Ella asintió con una seriedad que a Leo le partió algo por dentro.
—Siempre quise saber si me quedaría bien el pelo corto —dijo.
Clara se tapó la boca.
El médico sonrió con cuidado.
Leo no pudo.
Al salir, caminaron hasta una cafetería cercana porque su madre se negó a volver a casa directamente.
—Necesito café —dijo.
—No sé si deberías —empezó Clara.
—Hoy tengo cáncer oficialmente. Me tomo un café oficialmente.
Clara no tuvo argumentos contra eso.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Afuera, la gente pasaba con bolsas, mochilas, gafas de sol. Había una pareja discutiendo en la acera. Un repartidor aparcó mal la moto. Un niño arrastraba un globo con forma de dinosaurio. La vida seguía con una vulgaridad que, por primera vez, no le pareció ofensiva a Leo. Le pareció enorme, brutal, resistente. La vida no se detenía porque alguien recibiera un diagnóstico. Eso no era indiferencia. Era la manera que tenía el mundo de no morirse con cada uno.
Su madre removió el café.
—No quiero que hagamos de esto un funeral adelantado.
—Ama —dijo Clara.
—No. Escuchadme los dos.
Leo levantó la vista.