Ocho horas CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #11
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CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #11

—Tampoco sé qué puedo darte ahora —dijo él.

—No te he pedido nada.

—Eso no significa que no merezcas algo.

Lara guardó silencio.

El agua pasaba abajo, lenta, indiferente, llevando restos invisibles hacia otro lugar.

—Puedo caminar contigo —dijo ella—. Eso sí sé hacerlo.

Leo asintió.

—Eso me sirve.

Y caminaron.

El noviazgo, si alguien hubiera querido llamarlo así desde fuera, no empezó de una forma clara.

No hubo una fecha que pudieran señalar con seguridad. No hubo una noche perfecta. No hubo una conversación donde ambos decidieran, con palabras limpias, entrar en una relación. Lo suyo fue más parecido a una obra de rehabilitación lenta: primero se apuntalan zonas, luego se revisan cargas, luego se abre donde duele, luego se decide qué puede conservarse y qué no debe soportar más peso.

Lara empezó a aparecer en lugares concretos de la vida de Leo.

Una tarde lo acompañó a elegir una lámpara para el salón, porque decía que la que tenía convertía la casa en una sala de interrogatorio. Leo protestó hasta que vio la diferencia. La luz nueva no arregló el silencio sin Nerón, pero lo volvió menos duro.

Otra tarde fueron a casa de la madre de Leo. No como presentación formal. Leo había pasado a llevar unas medicinas y Lara estaba con él. La madre la recibió en bata, con el pelo corto y una manta sobre las piernas, pero con la mirada intacta.

—Así que tú eres la arquitecta —dijo.

Lara no se intimidó.

—Y usted la señora que manda.

—Alguien tiene que hacerlo.

—Lo suponía.

La madre de Leo la miró de arriba abajo.

—¿Sabes cocinar?

Leo cerró los ojos.

—Ama.

Lara respondió sin pestañear:

—Regular. Pero sé detectar humedades.

—Eso en esta familia es más útil.

Clara, desde la cocina, gritó:

—¡Aprobada!

Lara sonrió.

Leo la miró y sintió algo nuevo: no alegría pura, sino una forma humilde de imaginar que ciertas personas podían convivir en la misma escena sin que el mundo se rompiera.

La primera vez que Lara entró en el piso después de la muerte de Nerón, se quedó de pie en el salón, mirando la pared vacía.

No dijo “ha quedado mejor”.

No dijo “puedes pintar”.

No dijo “hay que poner algo”.

Solo miró.

Leo se quedó junto a la puerta, inquieto.

—Está fea.

—No.

—Se ven las marcas.

—Ya.

—Podría pintarla.

Lara se acercó un poco, sin tocar.

—Podrías.

—¿Y?

—Y también podrías dejarla un tiempo.

Leo la miró.

—¿Por qué?

—Porque una pared que muestra dónde hubo peso no está necesariamente mal. A veces solo está diciendo la verdad.

Él no respondió.

Lara se giró hacia él.

—No voy a decorar encima de tus fantasmas.

—No son fantasmas.

—Mejor.

—¿Mejor?

—Los fantasmas ocupan más cuando finges que no están.

Aquella noche cenaron pasta. Se pasó. Mucho. Lara la probó y dijo que había materiales aislantes menos densos. Leo dijo que podía irse. Ella dijo que no, que se quedaría a supervisar el desastre hasta el final. Comieron igual, riéndose de vez en cuando sin que la risa tuviera que pedir permiso al duelo.

No se besaron esa noche.

Lara durmió en el sofá, con una manta que no era la de Nerón. Leo se despertó a las 05:37, como tantas veces, pero al levantarse para beber agua la vio dormida en el salón, medio tapada, el pelo sobre la cara, una mano fuera de la manta.

No sintió culpa.

Eso lo sorprendió tanto que se quedó inmóvil en el pasillo.

Después volvió a la cama.

No porque no quisiera mirarla.

Porque empezó a entender que amar a alguien vivo no exigía vigilarlo toda la noche para que no desapareciera.

El primer beso ocurrió tres semanas después.

Fue en la cocina, por una cafetera rota.

La cafetera empezó a soltar vapor por un lateral y agua por donde no debía. Leo la desmontó sobre la encimera con una concentración excesiva. Lara, sentada sobre una silla, lo miraba con los brazos cruzados.

—Está muerta —dijo ella.

—No está muerta. Tiene una junta mal.

—Leo.

—Qué.

—Es una cafetera de 19 euros.

—Eso no significa que no merezca dignidad.

—No tienes que arreglarlo todo antes de besarme.

La frase cayó en la cocina con una tranquilidad brutal.

Leo dejó la pieza en la encimera.

Lara no sonreía. O no del todo. Había humor, sí, pero también una decisión serena. No estaba pidiendo una salvación. Ni una promesa. Ni una garantía contra el pasado. Solo estaba allí, en una cocina con una cafetera rota, diciéndole que había una puerta abierta si él dejaba de fingir que primero tenía que reparar el edificio entero.

Leo se limpió las manos con un paño.

—No sé si sé hacerlo sin romper algo.

Lara se levantó.

—Entonces lo hacemos despacio.

Se acercaron.

El beso fue breve al principio, casi una pregunta. Leo sintió el impulso absurdo de pedir perdón a alguien que no estaba allí. A Marta. A Nerón. A su versión anterior. Pero el impulso pasó. No desapareció para siempre. Pasó como pasa una nube: dejando sombra y luego luz.

Lara apoyó una mano en su pecho.

No para detenerlo.

Para sentir si estaba allí.

Leo cerró los ojos.

Y estuvo.

Después de ese beso no fueron felices de una forma sencilla.

No se trata de eso.

Hubo días en que Leo se encerraba. Días en que Lara se cansaba de su forma de irse sin moverse del sitio. Días en que él interpretaba cualquier silencio como abandono y ella tenía que decirle, con paciencia limitada, que estar callada no era desaparecer. Hubo una noche en que Leo soñó con Marta y despertó tan culpable que no pudo tocar a Lara en toda la mañana. Lara lo notó y no lo soportó en silencio.

—No quiero competir con una mujer a la que no estoy viendo —dijo.

Leo bajó la mirada.

—No estás compitiendo.

—Entonces no me castigues como si hubiera ganado algo.

La frase dolió.

Y sirvió.

Hablaron.

Mal al principio. Mejor después. Leo le contó más de Marta. No todo, porque algunas cosas no eran suyas para contarlas, pero sí lo suficiente: la desaparición, la búsqueda, el regreso, David, Nerón, el casi imposible. Lara escuchó sentada en el suelo del salón, junto a la pared vacía, con las piernas cruzadas y las manos quietas.

Cuando él terminó, ella tardó en hablar.

—La quieres.

Leo cerró los ojos.

—Sí.

—Y me quieres.

Él la miró.

—Sí.

Lara asintió despacio.

—Entonces vamos a necesitar una casa con más de una habitación.

Leo soltó una risa triste.

—Eso es muy tuyo.

—Y muy cierto.

La casa empezó a cambiar sin que ninguno declarara una reforma.

Una planta apareció junto a la ventana. Luego otra, porque la primera sobrevivió y Lara dijo que eso había que celebrarlo. Un dibujo pequeño de la casa posible quedó apoyado en una estantería, no colgado todavía. Una taza de Lara empezó a vivir en el armario. Un libro suyo quedó en la mesa. Un día Leo encontró un lápiz detrás de la oreja de Lara mientras ella discutía por teléfono con alguien del estudio y sintió una ternura tan fuerte que tuvo que salir al balcón.

La madre de Leo mejoró lo suficiente para volver a quejarse con energía.

Eso fue celebrado como una fiesta.

La enfermedad no desapareció. Siguió allí, vigilada, tratada, nombrada con prudencia. Pero dejó de ocupar cada minuto. Hubo semanas sin hospital. Luego revisiones. Luego resultados razonables. Clara empezó a hacer planes sin pedir perdón por tenerlos. Unai volvió a llevar a Leo a tomar cervezas, pero ya no para hundirse, sino para discutir tonterías con la solemnidad de dos hombres que han sobrevivido a sus peores versiones y no saben muy bien qué hacer con las siguientes.

Marta se mudó un tiempo fuera de Bilbao con David.

Antes de irse, quedó con Leo en un parque. Era una tarde luminosa, con niños corriendo y perros ajenos ocupando el mundo como si Nerón no hubiera sido el centro de nada. Marta llevó una fotografía dentro de un sobre. En la imagen, Nerón era joven, negro brillante, con los ojos azules encendidos por el sol. Marta aparecía detrás, riéndose, con una mano extendida hacia él.

—La encontré en casa de mis padres —dijo—. Debe ser tuya.

Leo la sostuvo con cuidado.

—Gracias.

—¿Estás bien?

La pregunta, dicha por ella, ya no abrió el suelo.

Leo miró la foto.

—Algunos días.

Marta sonrió.

—Eso es mucho.

—Sí.

Caminaron un rato. Hablaron de la madre de Leo, de la terapia de Marta, de David, de que algunas cosas no se curan pero se ordenan de otra manera. Al despedirse, Marta le tocó el brazo.

—Me gusta saber que tienes una vida.

Leo sintió un dolor suave, soportable.

—A mí también me gusta saberlo de ti.

Se abrazaron.

Cuando Marta se fue, Leo no la siguió con la mirada hasta que desapareció. La vio alejarse un poco, luego miró la foto de Nerón y después el cielo.

Esa noche puso la foto en la caja.

No en la pared.

En la caja.

Y no le pareció un entierro.

Le pareció un lugar correcto.

La pedida de mano no ocurrió por accidente.

Leo la pensó.

Eso era lo importante.

No apareció en mitad de una conversación como una frase que se escapa. No fue una respuesta defensiva ante una posibilidad lanzada por Lara. Durante semanas, Leo llevó la idea dentro con la torpeza de quien transporta algo frágil sin saber cómo agarrarlo. No se lo dijo a Clara al principio porque Clara le habría hecho doscientas preguntas y luego habría llorado antes de tiempo. No se lo dijo a su madre porque su madre tenía una habilidad peligrosa para convertir cualquier secreto en una orden logística. No se lo dijo a Unai porque Unai habría querido organizar una celebración con consecuencias penales.

Se lo dijo primero a la caja.

Una noche, solo en el salón, abrió la caja y miró la foto de Nerón, la nota de Marta, el collar rojo.

—Quiero pedirle que se case conmigo —dijo.

La frase sonó menos absurda que la noche en que le dijo al collar que iba a casarse.

Quizá porque esta vez no era una escena vacía.

Era una consulta íntima con los muertos, los ausentes y los lugares del pasado que uno lleva dentro aunque ya no vivan en la pared.

Después se lo dijo a Clara.

Fue en una cafetería, entre dos recados de hospital. Clara estaba removiendo un café con leche y quejándose de una compañera de trabajo cuando Leo la interrumpió.

—Voy a pedirle matrimonio a Lara.

Clara dejó de mover la cucharilla.

—Perdona, estaba en modo odio laboral. Repite.

—Voy a pedirle matrimonio a Lara.

Clara abrió la boca.

La cerró.