CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #2
No hizo una limpieza profunda. No habría sabido qué hacer con eso. Pero recogió ropa del tendedero, pasó un paño por la mesa, tiró botellas vacías que no quería que Marta viera, guardó papeles médicos en una carpeta y aspiró pelos de Nerón, aunque sabía que volverían a aparecer antes de que terminara el día. No quitó la foto de Marta de la pared. Se acercó a hacerlo dos veces, pero no pudo. Quitarla justo antes de que ella viniera habría sido una mentira demasiado visible.
Tampoco quitó la nota de Lara.
La dejó sobre la mesa, sin saber por qué.
Quizá porque todavía no tenía categoría.
No era recuerdo.
No era promesa.
No era culpa.
Era una frase escrita a lápiz por una mujer que le había dicho que se hiciera revisar la cabeza y le había dado agua cuando él intentaba demostrar que no la necesitaba.
A la mañana siguiente, su madre recibió la llamada con fecha para la biopsia.
Clara lloró en el baño para que no la vieran.
La madre de Leo pidió tortilla de patata para comer como si aquella llamada le hubiera abierto apetito por pura contradicción. Leo fue a comprar huevos y patatas. Le salió mejor que la primera vez. No buena. Mejor. Su madre comió tres trozos pequeños y dijo:
—Progresas.
—No pareces convencida.
—Una madre nunca debe inflar demasiado el ego culinario de un hijo.
—Tienes miedo de que deje de venir a cocinar.
—Exacto.
Después se quedó dormida en el sofá con la televisión encendida.
Leo la miró desde la cocina, con el paño en la mano. El cáncer, aunque todavía no tuviera apellido definitivo, ya estaba allí. No como una escena dramática, sino como una presencia que cambiaba el ritmo de la casa. Hacía que las conversaciones bajaran de volumen. Que los planes se dijeran con cuidado. Que las comidas tuvieran un valor desproporcionado. Que cada gesto normal pareciera una victoria provisional.
A las 17:11, Marta escribió.
Estoy cerca. ¿Subo?
Leo estaba en el piso, de pie en el salón, con Nerón mirando hacia la puerta desde hacía minutos, como si hubiera oído antes que él un sonido que todavía no existía.
Respondió:
Sí.
La palabra quedó enviada.
No hubo vuelta atrás.
Leo guardó el móvil y se quedó en medio del salón, sin saber qué hacer con el cuerpo. Podía sentarse. Podía abrir una ventana. Podía poner agua a calentar. Podía quitar la foto. Podía guardar la nota de Lara. Podía fingir que aquello era una visita normal.
No hizo nada.
Nerón, en cambio, sí.
Se levantó.
Despacio, con dificultad, pero se levantó.
Caminó hasta el recibidor y se quedó frente a la puerta. La cola empezó a moverse antes de que sonara el timbre.
Leo sintió un nudo en la garganta.
—Ya lo sabes, ¿verdad?
El timbre sonó.
Nerón soltó un gemido.
No un ladrido.
Un sonido más pequeño, más antiguo, como si saliera de un lugar del cuerpo donde todavía era cachorro.
Leo abrió.
Marta estaba al otro lado.
No llevaba el abrigo gris del Café Lur, sino una chaqueta oscura, sencilla, el pelo suelto y la cara lavada, sin esa preparación mínima que uno se pone para enfrentarse a un encuentro difícil. O quizá esa era su preparación: venir sin defensa visible. Tenía una bolsa pequeña en la mano. Al ver a Leo, no sonrió enseguida.
—Hola —dijo.
—Hola.
Durante un segundo, el piso entero pareció sostener la respiración.
Después Nerón cruzó el espacio entre ambos.
No corrió. Ya no podía correr como antes. Pero avanzó con una urgencia torpe, con las patas resbalando un poco sobre el suelo, la cola moviéndose con tanta fuerza que el cuerpo entero parecía descompensarse. Marta soltó la bolsa al suelo y se arrodilló antes de que el perro llegara.
—Nerón.
La voz se le rompió en la primera sílaba.
El perro hundió la cabeza en su pecho.
Marta lo abrazó con ambas manos, fuerte, sin cuidado al principio, como si necesitara sentir el peso completo de él para creerlo. Después aflojó, recordando quizá que estaba viejo, que podía dolerle, que ya no era aquel animal joven que saltaba sobre la cama con las patas mojadas. Le acarició el cuello, las orejas, la frente, el lomo. Nerón gemía y la olía con desesperación tranquila, metiendo el hocico en su pelo, en la manga, en las manos.
Leo se quedó de pie junto a la puerta abierta.
No podía mirar.
No podía dejar de mirar.
Marta lloraba sin hacer ruido, con la cara enterrada en el pelaje negro de Nerón.
—Mi chico —susurró—. Mi chico precioso.
Nerón le lamió la mejilla.
Ella soltó una risa rota.
—Sí. Ya sé. Ya sé.
Leo cerró la puerta despacio.
La escena no le pertenecía del todo.
Eso fue lo primero que comprendió.
Durante años había pensado en Nerón como el testigo de su pérdida, el animal que había esperado con él, que había envejecido junto a la puerta, que había sostenido la casa cuando no quedaba nadie más. Pero ahora, viendo a Marta arrodillada en el recibidor, entendió que Nerón también había esperado otra cosa. Otra voz. Otras manos. Otro olor. Una parte de aquella casa no había sido solo suya ni siquiera en la ausencia.
Marta levantó la cara.
Tenía los ojos mojados y la mejilla marcada por el pelo del perro.
—Está viejo.
Leo respiró.
—Sí.
—Pero sigue siendo él.
—Sí.
Ella volvió a abrazarlo.
—Perdóname —le dijo al perro.
Leo apartó la mirada.
La bolsa que Marta había dejado en el suelo se había caído de lado. Dentro había un paquete de premios para perros, una pomada y algo envuelto en papel. Leo la recogió y la dejó sobre el mueble de la entrada.
—Traje cosas —dijo ella, sin soltar a Nerón—. No sabía si podía, pero…
—Está bien.
—La pomada es la que usábamos antes. No sé si sigue sirviendo.
—Tiene otra ahora. Pero gracias.
Marta no dijo nada.
El perro se acomodó medio sobre sus piernas, agotado por la emoción.
—Pesa —dijo ella.
—También eso.
Marta rió apenas.
La casa escuchó aquella risa como se escucha una llave antigua probando una cerradura que ya no abre igual.
Pasaron al salón.
Marta caminó despacio, mirando sin querer mirar demasiado. Leo lo notó. La mesa. El sofá. La manta de Nerón. La pared. Su foto. El papel del Café Lur. La vieja nota. La tarjeta de taxi con la letra de Lara.
Marta vio la tarjeta.
No preguntó.
Eso fue peor que si lo hubiera hecho.
Se sentó en el suelo, no en el sofá, porque Nerón se negó a separarse de ella. Leo se quedó en una butaca, a una distancia que habría parecido absurda en otros tiempos. Antes habrían compartido el sofá sin pensar, ella con las piernas sobre las suyas, él quejándose de que no le dejaba moverse, Nerón intentando subir entre los dos. Ahora cada centímetro tenía significado.
—¿Quieres café? —preguntó Leo.
—No, gracias.
—Agua.
—Vale.
Fue a la cocina. Mientras llenaba un vaso, apoyó las manos en la encimera y respiró hondo. Tenía que volver al salón. Tenía que entrar en su propia casa como si fuera territorio neutral.
Cuando regresó, Marta acariciaba la cabeza de Nerón y miraba la pared.
—Pensé que habrías quitado todo —dijo.
Leo le dio el vaso.
—Quité bastante.
—Ya.
Marta no lo dijo con reproche.
Lo dijo con una tristeza difícil de sostener.
—No sabía cómo buscarte sin dejar pruebas de que seguía buscando —dijo Leo.
Ella cerró los ojos un momento.
—Lo entiendo.
—No sé si deberías.
—Yo tampoco.
Nerón suspiró entre ellos.
Durante un rato hablaron solo de él. De la piel. De la medicación. De que ya no subía igual las escaleras. De cómo a veces se quedaba mirando la puerta. De la veterinaria. De la manía de seguir odiando el secador. De cómo, si oía una bolsa de pan, todavía aparecía, aunque estuviera dormido.
Marta escuchaba cada detalle como quien recoge objetos de una casa quemada.
—¿Puedo darle uno? —preguntó, sacando los premios de la bolsa.
—Sí. Pero pequeño.
Ella partió uno con cuidado.
Nerón lo tomó de su mano.
—Sigue teniendo modales selectivos —dijo.
—Conmigo no.
—Porque tú eres débil.
Leo sonrió.
La frase salió igual que antes.
Demasiado igual.
Ambos lo sintieron.
La sonrisa se apagó lentamente.
Marta bajó la vista.
—Perdón.
—No.
—A veces se me olvida.
—¿Qué?
Ella acarició a Nerón.
—Que ya no puedo hablar como si no hubiera pasado nada.
Leo miró sus manos.
El anillo estaba allí.
No brillante, no protagonista, pero allí.
—Puedes hablar como quieras.
Marta negó suavemente.
—No. No puedo.
El silencio volvió.
No era un silencio vacío. Estaba lleno de todo lo que no se atrevieron a tocar: David, el café, la mano sobre la mesa, la furgoneta blanca, Londres, la madre de Leo, la vida que Marta había construido después de sobrevivir, la vida que Leo había construido alrededor de su ausencia.
—Mi madre tiene sospecha de cáncer —dijo Leo.
Marta cerró los ojos.
—Lo siento.
—Ya.
—No sé decir otra cosa.
—Nadie sabe.
Ella lo miró.
—¿Cómo estás?
Leo soltó una risa mínima.
—Funcional.
Marta frunció el ceño.
—¿Eso qué significa?
—Que sigo haciendo cosas.
—Eso no es estar bien.
—No he dicho que lo sea.
Marta bajó la mano hasta el cuello de Nerón.
—Yo también fui funcional mucho tiempo.
Leo la miró.
La frase abrió una puerta, pero ella no entró del todo.
—David me ayudó en eso —dijo después.
Leo sintió que el nombre le cruzaba el pecho como una cuerda.
—¿En ser funcional?
—En no tener que estarlo todo el tiempo.
No había crueldad en la frase.
Pero dolió.
Porque Leo entendió lo que significaba: David había estado en los días que no se cuentan, en la burocracia, en el miedo después del miedo, en las noches sin épica, en el cuerpo que no responde, en los silencios donde amar no consiste en desear sino en no exigir.
Leo asintió.
—Me alegro.
Marta lo miró.
—No tienes que decir eso.
—Ya lo sé.
—Entonces no lo digas si no puedes.
Leo respiró hondo.
—No sé qué puedo decirte.
—Yo tampoco.
El eco de sus mensajes volvió entre ellos.
Nerón se acomodó más cerca de Marta. La cabeza del perro descansó sobre su muslo. Ella le acarició la oreja con una ternura que parecía dolerle en la mano.
—A veces pensé que, si volvía, él sería lo único que sabría recibirme sin preguntarme nada —dijo.
Leo miró al perro.
—Tenía preguntas. Solo que las olfatea.
Marta sonrió con lágrimas.
—Eso parece más justo.
La tarde fue cayendo poco a poco.