Ocho horas CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE
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CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE

La nota de Lara pasó tres días sobre la mesa antes de que Leo hiciera caso.

No era exactamente una nota. Era el reverso de una tarjeta de taxi, con una frase escrita a lápiz, rápida, ligeramente inclinada, como si Lara la hubiera dejado allí sin concederle demasiada importancia y, al mismo tiempo, sabiendo que la tendría.

Hazte revisar la cabeza. No es una sugerencia estética.

Leo la encontraba en lugares distintos, aunque no recordara haberla movido. Una mañana estaba junto al papel del Café Lur. Otra, debajo del mando de la televisión. Otra, cerca del comedero de Nerón, con una esquina húmeda porque el perro había bebido agua y luego se había acercado a olfatearla. La frase se volvía más incómoda cuanto más tiempo pasaba, no porque fuera dramática, sino porque era práctica. Lara no le había pedido una confesión, ni una explicación, ni una promesa. Le había indicado una tarea concreta.

Eso era más difícil de ignorar.

La segunda cosa difícil de ignorar fue descubrir que Lara también tenía una vida cuando él no estaba delante. No una vida ordenada para resultar interesante, sino una vida real: planos abiertos de madrugada, llamadas que cortaba con un gesto seco, presupuestos imposibles, una hermana en Valencia a la que respondía tarde y mal, una beca rechazada años antes por cuidar a su madre, una oportunidad en Rotterdam que aún no sabía si aceptar porque le daba rabia desearla demasiado.

Leo lo supo a fragmentos, sin que ella se lo ofreciera como confidencia. Lara no contaba su intimidad: se le escapaba en los bordes. Una tarde la encontró en la mesa de la cocina, rodeada de maquetas pequeñas y fotografías de una nave abandonada. Tenía un lápiz atravesado en el pelo y el ceño fruncido.

—Pensaba que diseñabas casas —dijo Leo.

—Diseño espacios. Algunas casas son demasiado pequeñas para lo que la gente necesita esconder.

—Eso suena a frase preparada.

—Lo es. La uso cuando no quiero explicar cosas.

Leo sonrió. Lara no.

Clara llamó el jueves a las 08:12.

—¿Has pedido cita?

Leo estaba en la cocina, esperando a que subiera el café, con Nerón tumbado junto a la mesa y la libreta azul de su madre abierta por la página de la biopsia.

—Buenos días a ti también.

—No me distraigas con educación. ¿Has pedido cita?

Leo miró la tarjeta de taxi sobre la encimera.

—Estoy en ello.

—Eso significa que no.

—Significa que estoy en ello.

—Leo.

Había una forma en que Clara decía su nombre que ya no pertenecía a una hermana pequeña. Antes, cuando era niña, su “Leo” era una llamada, un reproche suave, una petición de ayuda para abrir un bote o arreglar un juguete. Ahora sonaba a mujer cansada de empujar a un adulto que se resistía a cuidarse.

—Voy a pedirla hoy —dijo él.

—No hoy como concepto filosófico. Hoy de verdad.

—Hoy de verdad.

—Mándame captura.

—¿También quieres mi historial médico?

—Si me obligas, sí.

Leo cerró los ojos.

—La pido ahora.

—Bien.

Clara no colgó.

—¿Qué?

—La pides conmigo al teléfono.

—Eres insoportable.

—Funciona.

Leo entró en la aplicación del seguro, buscó neurología, urgencia no urgente, cefaleas postraumáticas. Las palabras le parecieron ridículas juntas. Postraumáticas. Como si el trauma fuera una etiqueta limpia que se pudiera pegar detrás de la cabeza y archivar. Encontró una cita disponible esa misma tarde.

—18:40 —dijo.

—Reserva.

—Estoy reservando.

—Reserva.

Leo pulsó confirmar.

La pantalla mostró la cita.

—Ya está.

—Captura.

—Clara.

—Captura.

Se la mandó.

Al otro lado, su hermana respiró como si acabaran de cerrar una fuga de gas.

—Gracias.

—¿Contenta?

—No. Pero menos furiosa.

—Es algo.

—Es mucho últimamente.

Colgaron.

Leo dejó el móvil sobre la mesa y se quedó mirando el café sin servirse. Nerón levantó la cabeza, atento a ese pequeño silencio extraño que los perros detectan antes que las personas. Tenía el hocico más blanco alrededor de la nariz. Leo no sabía cuándo había ocurrido exactamente. La vejez en los animales no llega como un acontecimiento. Se acumula en detalles: un salto que ya no hacen, una carrera que se vuelve paseo, una siesta que dura más, una mirada que sigue queriendo levantarse cuando el cuerpo tarda.

—Me van a mirar la cabeza —dijo Leo.

Nerón movió la cola una vez.

—Sí, ya sé. Tarde.

Le acarició el cuello y notó una zona donde la piel seguía áspera, aunque mejor. La veterinaria había ajustado la medicación, pero también había empezado a hablar de controlar el dolor articular, de vigilar el apetito, de no obligarlo a subir escaleras largas. Frases pequeñas que formaban una escalera hacia algo que Leo no quería subir.

El móvil vibró.

Marta.

Durante un instante, Leo no lo tocó.

Habían hablado poco desde la noche del Café Lur y la noticia de su madre. Mensajes breves, contenidos, palabras que se quedaban siempre a una distancia prudente de lo que realmente querían decir. Marta preguntaba por su madre y por Nerón. Leo respondía con datos. Estable. Pendiente. Mejor de la piel. Cansada. Otra prueba. Ninguno mencionaba la mano en la mesa. Ninguno mencionaba el casi beso. Ninguno mencionaba a David, y esa omisión lo hacía más presente.

Abrió el mensaje.

¿Crees que podría ver a Nerón esta semana?

Leo leyó la frase varias veces.

La pregunta era delicada, casi humilde. No decía “quiero ir a casa”. No decía “quiero verte”. No decía “necesito recuperar algo”. Decía Nerón, como si el perro fuera un territorio común al que todavía podían acercarse sin romper todas las normas.

Leo miró hacia el suelo.

Nerón lo observaba.

—Te quiere ver —dijo.

El perro inclinó apenas la cabeza.

Leo escribió:

Sí.

Se quedó mirando la palabra.

Añadió:

Puede ser mañana por la tarde.

Marta respondió después de unos minutos.

Gracias.

Luego:

¿Seguro?

Leo miró la pared.

La fotografía de Marta seguía allí, aunque ya no estaba rodeada de tanta locura. Había dejado de ser una imagen de búsqueda y se había convertido en algo más difícil: una persona viva que no vivía allí.

Escribió:

No estoy seguro de nada. Pero puede verlo.

Envió.

Marta tardó más esta vez.

Vale. Iré.

Leo dejó el móvil boca abajo.

La casa cambió de peso desde ese momento.

No de forma visible. Los muebles siguieron donde estaban. La taza sobre la mesa, la manta de Nerón, los papeles médicos, el papel del Café Lur, la nota de Lara, la fotografía. Pero algo empezó a prepararse en las paredes, como si el piso recordara antes que él que Marta había vivido allí. Durante el resto del día, Leo no pudo tocar nada sin preguntarse cómo lo vería ella. Si notaría que había cambiado la lámpara. Si se daría cuenta de que una esquina del sofá estaba más hundida. Si reconocería el olor de la casa o si le parecería la casa de un desconocido que había conservado demasiados restos.

A las 18:40 fue al neurólogo.

La consulta estaba en una clínica privada de pasillos claros, plantas artificiales y una música ambiental tan suave que parecía diseñada para no ser escuchada por nadie. Leo esperó sentado bajo un cuadro abstracto de tonos azules, con la tarjeta de Lara en el bolsillo de la chaqueta y la sensación de estar traicionando alguna forma antigua de orgullo. A su lado, un hombre mayor leía resultados en una carpeta. Una mujer joven movía el pie sin parar. En la recepción, una impresora emitía de vez en cuando un sonido breve.

Bip.

Leo cerró los ojos.

No.

No era un monitor.

No era un hospital.

No era nada.

Cuando entró, el médico le preguntó por el accidente, por el rayo, por la pérdida de conciencia, por las pruebas posteriores, por la frecuencia del dolor, por si había visión borrosa, náuseas, hormigueos, lagunas, ansiedad, alcohol. Leo respondió con más honestidad de la que esperaba. No toda. Pero más.

—¿Bebe? —preguntó el médico.

Leo miró la mesa.

—Últimamente más.

—¿Cuánto es más?

—Lo suficiente para que mi hermana lo note sin verlo.

El médico levantó la mirada.

No sonrió.

Apuntó algo.

Le hizo pruebas simples: seguir un dedo con la vista, apretar manos, caminar en línea recta, cerrar los ojos, tocarse la nariz. Leo obedeció con la incomodidad de un hombre acostumbrado a revisar sistemas y no a ser revisado. Después el médico pidió una resonancia, analítica y seguimiento. Habló de cefaleas postraumáticas, estrés sostenido, trastorno del sueño, consumo de alcohol como agravante, posible componente de ansiedad.

No había una respuesta limpia.

Eso fue lo peor y lo mejor.

—No veo signos neurológicos alarmantes en la exploración —dijo—, pero con sus antecedentes hay que mirar bien.

Leo asintió.

—Vale.

—Y reduzca el alcohol.

—Vale.

—No lo digo como recomendación moral.

—Ya.

—Lo digo porque su cabeza ya tiene bastante ruido.

Leo se quedó callado.

Esa frase sí la entendió.

Al salir, escribió a Clara.

He ido. Piden resonancia. No alarmante de momento. Alcohol mal. Ya puedes respirar.

Clara respondió:

No respiro hasta que vea resultados, pero gracias.

Luego:

Estoy orgullosa de ti, aunque seas idiota.

Leo guardó el móvil.

Caminó hasta casa bajo una lluvia fina. No abrió el paraguas. Bilbao tenía una forma de mojar sin violencia, de ir entrando por los hombros, por el cuello, por el borde de los zapatos, hasta que uno descubría demasiado tarde que estaba empapado. Al pasar por una panadería, vio pan en la cesta del escaparate y pensó en la nota de Marta de aquella noche.

Compra pan, cielo. Te quiero. Marta.

Una frase doméstica.

Una frase anterior al rayo.

Una frase que, en otro tiempo, no habría significado nada más que lo que decía.

Compró una barra.

No la necesitaba.

Al llegar a casa, Nerón la olfateó con interés.

—No es para ti.

Nerón lo miró.

—Bueno. Un poco.

Le dio un trozo pequeño. El perro lo tomó con una delicadeza que siempre le había parecido impropia de un animal capaz de destrozar un juguete en cuatro minutos.

Esa noche Leo limpió.