CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #13
—Menos mal. Lara está en la sala de maquetas. Te dejo el cuadro abierto.
Leo entró.
Lara salió de la sala de vidrio con una carpeta en la mano.
Se detuvo al verlo.
No dijo “tienes mala cara”.
No al principio.
—Hola.
—Hola.
—¿Todo bien?
Leo dejó la caja de herramientas.
—Todo estable.
La palabra salió amarga.
Lara la oyó.
—Esa palabra no te gusta.
—Últimamente no.
Ella lo miró mejor.
Ahora sí.
La resaca no se podía ocultar del todo. Ni el cansancio. Ni esa forma de sostener el cuerpo como si todas las articulaciones hubieran llegado tarde a su sitio.
—¿Quieres café? —preguntó.
—No.
—Agua entonces.
—No hace falta.
Lara se fue igualmente y volvió con un vaso de agua.
Se lo dejó sobre la mesa, sin comentario.
Leo lo miró.
—No soy un niño.
—No. Los niños suelen aceptar el agua sin hacer discurso.
Él casi sonrió.
Casi.
Bebió.
Trabajó durante dos horas.
Lara no se quedó todo el tiempo mirando. Eso habría sido incómodo. Iba y venía, revisaba planos, hablaba con Ane, cortaba piezas pequeñas para una maqueta, respondía correos. Pero cada vez que pasaba cerca, Leo notaba que había una atención discreta sobre él. No vigilancia. No lástima. Algo más parecido a una lectura.
Al terminar, probó los circuitos. La línea quedó limpia. Los plotters funcionaron. La sala de maquetas dejó de parpadear. La cafetera también sobrevivió.
—Ya está —dijo.
Lara se acercó.
—¿Definitivo?
—Nada es definitivo. Pero esto sí está bien hecho.
—Te concedo la diferencia.
Leo guardó herramientas.
Al agacharse, el dolor de cabeza lo golpeó de pronto.
Fuerte.
Blanco.
Tuvo que apoyar una mano en la pared.
El mundo perdió profundidad.
Las mesas se alejaron.
Las luces del estudio se convirtieron en manchas.
Bip.
Bip.
Bip.
—Leo.
La voz de Lara estaba cerca.
Él cerró los ojos.
Notó una mano en su brazo, firme pero no invasiva.
—Siéntate.
—Estoy bien.
—No.
—Se me pasa.
—Te sientas igual.
Esta vez obedeció porque el cuerpo no le dio margen. Lara acercó una silla. Leo se sentó, inclinándose hacia adelante, una mano en la sien. El estudio quedó en silencio a su alrededor. Ane miraba desde una mesa.
—¿Llamo a alguien? —preguntó Lara.
—No.
—¿Te pasa a menudo?
—No.
Lara no dijo nada.
Leo abrió un ojo.
—Vale. Sí.
—Desde cuándo.
No fue pregunta suave.
Fue pregunta precisa.
—Desde un accidente.
—¿Qué accidente?
—Trabajo. Rayo. Grúa. Hace…
Se detuvo.
Hace dos años.
No.
Casi dos años.
O 8 horas, dijo una parte absurda de su cabeza.
—Hace tiempo.
Lara se arrodilló frente a él, no demasiado cerca.
—Mírame.
—Eres arquitecta, no médica.
—Y tú electricista, no paciente ejemplar. Mírame.
Leo la miró.
Los ojos de Lara estaban serios, concentrados. No había dramatismo. Eso lo ayudó.
—¿Ves borroso?
—Un poco.
—¿Náuseas?
—No.
—¿Hormigueos?
—No.
—¿Has bebido?
La pregunta llegó sin rodeos.
Leo apartó la mirada.
Lara entendió.
—Ya.
—No es asunto tuyo.
—No. Pero te acabas de sentar en una silla de mi estudio con cara de apagón general, así que ha entrado un poco en la sala.
Ane fingió no escuchar desde el fondo.
Leo se pasó una mano por la cara.
—Perdón.
—No me pidas perdón. Hazte pruebas.
Él soltó una risa sin fuerza.
—Todos decís eso.
—Entonces quizá no somos todos idiotas.
El dolor empezó a bajar.
La luz recuperó bordes.
Leo respiró.
—Estoy bien.
Lara se levantó.
—No estás bien. Puedes estar funcional. Eso es distinto.
La frase se quedó en el estudio.
Funcional.
Leo pensó en cables sobrecargados, barandillas pintadas, edificios que aguantan mientras pagan un precio oculto.
—Tú lo ves todo como estructura, ¿no? —dijo.
Lara cruzó los brazos.
—Solo cuando alguien parece a punto de vencerse.
Leo la miró.
—Eso ha sido casi poético.
—No te acostumbres.
Él sonrió.
Esta vez de verdad, aunque cansado.
Lara también lo hizo, apenas.
Después miró hacia la sala de maquetas.
—Te llamo un taxi.
—Puedo caminar.
—No he preguntado si puedes. He dicho que te llamo un taxi.
—Mandona.
—Invitada puntual, arquitecta y ahora gestora de transporte sanitario improvisado.
—Te falta casco limpio.
—Lo tengo guardado para ocasiones especiales.
Ane soltó una risa desde su mesa.
La tensión se aflojó.
Pero no desapareció.
Lara pidió el taxi desde su móvil. Mientras esperaban, Leo se quedó sentado junto a una mesa donde había una maqueta de un edificio con patio interior. Era de cartón blanco, madera fina y acetato. Tenía una precisión delicada, casi vulnerable. Las pequeñas escaleras, los huecos, las sombras interiores. Leo la miró más de lo que pretendía.
—¿Es tuya? —preguntó.
Lara se acercó.
—Sí.
—Tiene demasiados recorridos.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Eso es crítica?
—No. Observación.
—Explícate.
Leo señaló el patio.
—Aquí obligas a la gente a cruzarse. Mucho. Está bien si quieres comunidad. Mal si alguien necesita desaparecer un rato.
Lara guardó silencio.
—El proyecto es una residencia temporal para mujeres en recuperación —dijo.
Leo retiró la mano.
No sabía si había tocado algo que no debía.
—Perdón.
—No. Es interesante.
Lara miró la maqueta.
—Habíamos pensado justo lo contrario. Que cruzarse evitaba aislamiento.
—A veces sí.
—Pero no siempre.
—No siempre.
La conversación quedó allí, suspendida sobre una maqueta blanca que de pronto parecía contener demasiadas vidas posibles.
Lara lo miró con una atención nueva.
—¿Cómo sabes eso?
Leo pensó en Marta.
En la casa del país desconocido.
En ventanas hechas para mirar fuera y recordar que no se podía salir.
En sí mismo, caminando por un salón lleno de mapas donde nadie podía entrar sin sentirse culpable.
—No lo sé —dijo.
Lara no insistió.
El taxi llegó.
Ella lo acompañó hasta el portal. La noche había caído sobre la calle y el asfalto brillaba bajo las farolas. Leo se detuvo antes de subir al coche.
—Gracias por el agua.
—Y por el taxi.
—Eso no lo he agradecido.
—Lo doy por hecho.
—No deberías.
—Soy arquitecta. Trabajo con hipótesis.
Leo casi rio.
Lara se metió las manos en los bolsillos.
—Cuídate, Leo.
La frase era común.
Pero en su boca no sonó a despedida automática.
Él asintió.
—Tú no te apoyes en barandillas.
—Trato hecho.
Subió al taxi.
Mientras el coche arrancaba, vio a Lara quedarse en la puerta del estudio, bajo la luz del portal, con los brazos cruzados y el pelo algo suelto por el día. No era Marta. No llevaba su historia. No ocupaba su lugar. No tenía derecho a dolerle ni a aliviarlo.
Y, sin embargo, durante unos minutos, camino a casa, Leo no pensó en Marta.
Cuando se dio cuenta, sintió culpa.
Luego sintió cansancio de sentir culpa.
Luego no sintió nada.
Al llegar al piso, Nerón estaba junto a la puerta.
No de pie.
Tumbado.
Esperando.
Leo abrió y el perro levantó la cabeza, moviendo la cola contra el suelo con un golpe lento.
Tac.
Tac.
Tac.
Leo se arrodilló a su lado.
—No te has levantado.
Nerón lo miró.
Leo le pasó las manos por el cuerpo, buscando dolor, buscando calor, buscando cualquier señal que pudiera traducir. El perro se dejó hacer. Después apoyó el hocico en su pierna.
—Mañana veterinario otra vez —dijo Leo.
Nerón cerró los ojos.
Leo se sentó en el suelo del recibidor, sin quitarse la chaqueta. La casa estaba en silencio. Sobre la mesa del salón, el móvil vibró.
No se levantó enseguida.
Volvió a vibrar.
Al final fue a buscarlo.
Mensaje de Marta.
¿Puedes hablar?
Leo miró el teléfono.
Después miró a Nerón, todavía tumbado en el recibidor.
La botella de whisky estaba en el armario de la cocina.
La tarjeta del taxi, que Lara le había dado por si necesitaba reclamar algo, seguía en el bolsillo de su chaqueta. La sacó sin querer al buscar las llaves. En el reverso, Lara había escrito con lápiz una nota breve:
Hazte revisar la cabeza. No es una sugerencia estética.
Leo la miró.
Sonrió apenas.
El móvil volvió a iluminarse.
Marta.
Leo no contestó.
No todavía.
Se sentó junto a Nerón, con la nota de Lara en una mano y el teléfono con el nombre de Marta en la otra. En la pared, la fotografía de Marta parecía observar desde una vida que ya no podía ordenarlo todo. En la cocina, detrás de una puerta de armario, el whisky esperaba sin hacer ruido. En casa de su madre, una libreta azul contenía fechas que nadie quería necesitar. En alguna parte de Bilbao, Lara quizá seguía corrigiendo una maqueta para que las mujeres de un proyecto no tuvieran que cruzarse más de lo necesario.
Leo respiró hondo.
Por primera vez, entendió que no estaba reconstruyéndose.
Estaba parcheando.
Como la barandilla.
Como el cuadro del estudio.
Como el falso tabique que escondía una línea viva.
Como todas las cosas que siguen funcionando durante un tiempo mientras pagan por dentro el precio de aguantar.
Nerón suspiró.
Leo dejó el móvil boca abajo.
La nota de Lara quedó sobre la mesa, junto al papel del Café Lur y la vieja nota de Londres.
Sigo.
El piso entero pareció detenerse alrededor de esa palabra.
Leo apoyó la espalda contra el sofá y cerró los ojos.
No bebió.
No respondió.
No llamó a nadie.
Se quedó allí, en el suelo, con Nerón respirando a su lado, la cabeza latiéndole suavemente y la noche extendida sobre la casa como una manta demasiado pesada.
A las 05:37 abrió los ojos.
No sabía si había dormido.
El móvil seguía boca abajo.
La botella seguía cerrada.
Nerón seguía vivo.
Y por ahora, en aquella hora imposible que volvía siempre como una grieta en la pared del mundo, eso fue lo único que Leo pudo llamar victoria.