Ocho horas CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #12
67%

CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #12

—Que durante cinco minutos hables de algo que no sea cáncer, Marta o Nerón.

Leo no respondió.

La tortilla se cuajó demasiado por un lado.

Clara se levantó y bajó el fuego.

—Ves. No puedes controlarlo todo.

Él miró la sartén.

—Últimamente ni una tortilla.

Clara apoyó la cabeza en su hombro un segundo.

No fue un abrazo completo.

Solo un contacto de hermanos cansados.

—Pues empezamos por la tortilla.

Cenaron los tres cuando su madre despertó. Ella dijo que la tortilla estaba seca. Leo dijo que el diagnóstico culinario era correcto. Clara se rio. Durante veinte minutos, la palabra biopsia no apareció. Tampoco Marta. Tampoco Lara. Nerón sí, porque la madre de Leo preguntó por él y luego dijo que debería traerlo un día, que un perro en una casa triste siempre mejora el ambiente aunque deje pelos.

Leo volvió a su piso tarde.

Nerón tardó en levantarse otra vez.

No mucho.

Pero lo suficiente.

—Eh —dijo Leo, dejando las llaves—. No me hagas esto cada noche.

El perro caminó hacia él con la cola moviéndose despacio. Leo se arrodilló y lo abrazó. Sintió el olor de su piel, la tibieza del cuerpo, la respiración contra su cuello. Le dio la medicación, revisó el agua y se sentó en el suelo a su lado.

El móvil vibró.

Marta.

¿Cómo está tu madre?

Leo apoyó la cabeza contra el sofá.

Respondió:

Cansada. Todos cansados.

Marta escribió:

Me gustaría saber qué decirte.

Leo leyó la frase.

Ahí estaba, limpia, exacta, insuficiente y humana.

Escribió:

Yo también.

No añadió nada más.

Minutos después apareció otro mensaje.

¿Nerón?

Leo miró al perro.

Conmigo. Lento, pero bien.

La respuesta de Marta tardó más.

Me gustaría verlo cuando puedas. Si puedes. Si crees que no le hará mal.

Leo cerró los ojos.

No a él, pensó.

No le hará mal a él.

Escribió:

Lo vemos.

No sabía si “lo vemos” significaba sí, no, mañana, nunca, cuando duela menos o cuando duela más.

Marta respondió:

Gracias.

La palabra quedó en la pantalla como una silla vacía.

Leo guardó el móvil.

Aquella noche sí bebió.

No mucho al principio. Un vaso. Luego otro. El whisky dejó de saber tan mal. O quizá su boca dejó de protestar. La casa se volvió más lenta. La pared de Marta menos afilada. La respiración de Nerón más profunda. La palabra cáncer más lejana. Lara, en el rellano, diciendo “te devuelvo”, apareció un segundo en su cabeza y se fue antes de que él pudiera sentirse culpable.

A medianoche, Unai escribió.

Estoy por el Casco. Ven, que tienes pinta de estar pensando.

Leo miró el mensaje.

Miró la botella.

Miró a Nerón.

No debería.

Eso pensó.

Y como últimamente sus peores decisiones empezaban siempre con una frase razonable, se puso la chaqueta y salió.

El bar al que lo llevó Unai estaba más lleno que el anterior. Música alta, luces bajas, cuerpos apretados, voces que obligaban a acercarse demasiado para entender una frase. Olía a ginebra, cerveza derramada, perfume, humedad de abrigos, tabaco traído de la calle en la ropa. Leo entró con la sensación de cruzar una frontera voluntaria hacia un país donde nadie le pediría resultados médicos ni explicaciones morales.

Unai estaba en la barra con dos copas.

—Tarde.

—No habíamos quedado.

—Siempre llegas tarde a las cosas que te convienen.

Leo tomó la copa.

—¿Qué es?

—No preguntes. Bebe.

Bebió.

Dulce.

Fuerte.

Peligrosamente fácil.

La noche empezó como una distracción y siguió como una renuncia gradual. Primero una copa. Luego otra. Unai hablaba con todo el mundo. Conocía a alguien en cada esquina o fingía conocerlo tan bien que daba igual. Leo se dejó arrastrar por conversaciones que no exigían verdad. Un hombre le habló de apuestas. Una chica de un tatuaje recién hecho. Alguien mencionó Londres y Leo dijo que había vivido allí sin explicar por qué. Alguien preguntó si tenía novia. Él dijo que no.

No era mentira.

Tampoco era verdad.

Más tarde apareció una mujer llamada Irene o Iria, no estaba seguro. Pelo oscuro, risa ronca, labios pintados de un rojo que se había desgastado con la noche. Le preguntó a qué se dedicaba. Él dijo electricidad. Ella dijo que odiaba a los hombres que arreglaban cosas porque luego creían que podían arreglar personas. Leo soltó una carcajada más fuerte de lo necesario.

—No arreglo personas —dijo.

—Eso dicen los peligrosos.

Ella le tocó el brazo al decirlo.

No hubo amor.

Ni siquiera deseo limpio.

Hubo contacto.

Calor.

La posibilidad de no ser el hombre de Marta, ni el hijo de una mujer enferma, ni el dueño de un perro viejo, ni el técnico que ve etiquetas imposibles con números repetidos. Ser solo un cuerpo en un bar, con alcohol en sangre y una mujer que no conocía su historia.

A cierta hora, Unai le preguntó con la mirada si estaba seguro.

Leo no respondió.

Eso fue respuesta suficiente.

La habitación de ella, o quizá de una amiga, estaba en un piso sin ascensor, con una lámpara de papel, una cama sin hacer y un olor a suavizante intenso. En una pared había fotos pegadas con cinta. Personas riendo en playas, cenas, fiestas, cumpleaños. Vidas que no le pertenecían. Leo recordó su propia pared, la de Marta, y sintió un mareo breve.

—¿Estás bien? —preguntó ella, quitándose los zapatos.

Leo la miró.

No sabía su nombre.

O lo había olvidado.

—Sí.

Ella se acercó.

Lo besó.

Leo cerró los ojos.

Durante un segundo quiso que fuera Marta.

Luego quiso no querer eso.

Después dejó de pensar.

La mañana llegó con una luz sucia entre cortinas.

Leo despertó boca arriba, con la boca seca, dolor de cabeza y una sensación de vergüenza que no era moral sino física. Tardó unos segundos en reconocer el techo. Una grieta fina cruzaba la pintura cerca de la lámpara. Había ropa en una silla, un vaso en el suelo, un móvil cargando junto a la cama. La mujer dormía de espaldas, respirando suavemente.

Leo se levantó con cuidado.

Se vistió en silencio.

En la mesilla había un pendiente pequeño, una moneda de dos euros y un recibo de taxi. Buscó sus llaves. Su móvil. La cartera. Durante un segundo no encontró la libreta azul de su madre y el pánico lo atravesó, hasta recordar que no la llevaba.

Antes de salir, la mujer se movió.

—¿Te vas?

Leo se quedó quieto.

—Sí.

Ella abrió los ojos apenas.

—Vale.

No sonó herida.

Eso lo hizo sentirse peor.

—Perdón.

—No pasa nada.

La frase fue tan común, tan usada, tan vacía, que Leo quiso responder que sí pasaba, que pasaba todo, que la habitación entera era la prueba de que pasaba. Pero ella no tenía culpa. No le debía una confesión. Él tampoco a ella.

—Cuídate —dijo él.

Ella cerró los ojos.

—Tú también.

Salió.

La escalera olía a humedad y lejía. En la calle, la mañana estaba demasiado limpia para lo que él llevaba encima. Caminó hasta casa sin mirar escaparates. Le dolía el cuerpo de cansancio, de alcohol, de no haber dormido, de haber usado la piel para no pensar. Compró café en un local abierto y no pudo beberlo.

Al entrar en el piso, Nerón no fue a recibirlo.

Leo se quedó en el recibidor.

—¿Nerón?

Nada.

Dejó las llaves sobre el mueble.

—Chico.

Oyó un movimiento en el salón. Un roce lento. Nerón apareció desde la manta, incorporándose con dificultad. Caminó hacia él despacio, demasiado despacio. Leo sintió que algo se le rompía por debajo del esternón.

—Eh.

Se agachó.

El perro llegó hasta él, lo olfateó.

Alcohol.

Perfume ajeno.

Calle.

La cola se movió una vez.

No había juicio en sus ojos.

Eso fue insoportable.

Leo se sentó en el suelo del recibidor, sin quitarse la chaqueta. Nerón apoyó la cabeza en su rodilla. Leo le puso una mano sobre el cuello y se quedó así, respirando con dificultad.

—Lo siento —dijo.

No sabía a quién.

A Nerón.

A Marta.

A su madre.

A sí mismo.

A la mujer cuyo nombre no recordaba.

Al día que acababa de empezar.

Nerón cerró los ojos.

Leo hundió la cara en su pelaje.

—No me mires así, por favor.

Pero el perro no lo miraba.

Solo estaba.

Y esa presencia silenciosa, fiel, envejecida, le dolió más que cualquier reproche.

El móvil vibró en el bolsillo.

Leo no quiso sacarlo.

Vibró otra vez.

Clara.

Contestó con la voz rota.

—Sí.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Estabas dormido?

—Algo así.

Clara guardó silencio medio segundo.

—Ama pregunta si puedes pasar luego.

—Sí.

—¿Estás bien?

Leo cerró los ojos.

—No.

Esta vez no mintió.

Clara respiró al otro lado.

—Vale. Dúchate. Come algo. Y vienes.

—Vale.

—Leo.

—Dime.

—No te pierdas ahora.

La frase entró despacio.

No como orden.

Como súplica.

—Lo intento —dijo.

Colgó.

Se duchó con agua demasiado caliente. El vapor llenó el baño hasta borrar el espejo. Se frotó la piel como si pudiera quitar de encima la noche, el alcohol, el olor de otra cama. Cuando salió, vio su reflejo en el cristal empañado. Pasó la mano para limpiarlo.

Detrás de su cara, por un segundo, creyó ver el símbolo.

Una línea vertical.

Otra horizontal, fina, atravesándola.

Parpadeó.

Solo eran marcas del vapor.

O eso quiso creer.

A la tarde tuvo que volver al estudio de Lara.

Iñaki lo llamó mientras estaba en casa de su madre, ayudándola a ordenar medicación.

—¿Puedes terminar lo de ayer? Han aprobado reparación. Mañana les entra una entrega grande y necesitan eso listo.

Leo miró a su madre.

Ella estaba dormida en el sofá, con una manta sobre las piernas y la cara más tranquila que despierta.

—Voy.

Clara lo miró desde la cocina.

—¿Trabajas ahora?

—Un par de horas.

—Tienes una cara horrible.

—Gracias.

—¿Saliste anoche?

Leo no contestó.

Clara cerró los ojos.

—Leo.

—No ahora.

—¿Cuándo?

—No sé.

—Esa respuesta empieza a ser tu autobiografía.

Él recogió la chaqueta.

—Vuelvo luego.

—No. Luego vete a tu casa y duerme. Yo me quedo con ama.

Leo quiso protestar.

Clara levantó la mano.

—No discutas. Das pena.

—Eso sí que ayuda.

—No lo digo para ayudar. Lo digo porque es verdad.

Leo salió.

El estudio Hiru estaba más silencioso que el día anterior. Era tarde. Quedaban menos personas. La luz exterior caía azulada sobre las mesas, mezclándose con las lámparas blancas de trabajo. Había maquetas cubiertas con papel, tazas vacías, pantallas encendidas sin nadie delante. Los plotters dormían al fondo como animales grandes.

Ane le abrió y lo miró con una mezcla de alivio y prisa.