Ocho horas CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #11
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CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #11

—El cuadro está por aquí —dijo Ane, guiándolo hacia un pasillo estrecho.

Leo la siguió.

Y entonces la vio.

Lara estaba de pie junto a una mesa central, inclinada sobre una maqueta blanca. No llevaba casco ni chaleco. Llevaba una camisa azul oscuro con las mangas remangadas, vaqueros negros y el pelo recogido con un lápiz atravesado de cualquier manera. Tenía una regla metálica en una mano y una pequeña mancha de grafito en el dorso de la otra.

Al levantar la vista, no pareció sorprendida del todo.

Pero sí se detuvo.

—Leo.

Él tardó un segundo en responder.

—Lara.

Ane miró a uno y a otro.

—¿Os conocéis?

—Casi se cae por una barandilla —dijo Leo.

Lara dejó la regla sobre la mesa.

—Él lo cuenta así porque le quita mérito a mi entrada dramática.

Ane sonrió.

—Ah. Eres el de la obra de Iñigo.

—Eso parece.

Leo sintió una incomodidad extraña al estar allí, en el territorio de Lara. En la obra, ella había sido la visitante. Allí era él quien entraba con botas sucias, caja de herramientas y una avería colgada del hombro en un espacio que claramente respiraba su manera de mirar.

Lara rodeó la mesa.

—¿Te han mandado por lo de los plotters?

—Sí.

—Salta sobre todo cuando imprimimos planos grandes y está encendida la sala de maquetas. A veces también con la cafetera.

—La cafetera siempre acaba implicada en los crímenes eléctricos.

—Es el corazón del estudio.

—Entonces puede que el corazón esté en una línea equivocada.

Lara lo miró.

—Eso suena grave.

—No todavía.

Él se arrepintió al notar cómo la frase resonaba.

No todavía.

La misma clase de prudencia que el médico había utilizado con su madre.

Lara lo notó, o notó algo.

Su expresión cambió apenas.

—¿Estás bien?

Ane, que no entendía la capa subterránea de la pregunta, intervino:

—El cuadro está aquí.

Leo agradeció la interrupción.

El cuadro eléctrico estaba en un pequeño cuarto de instalaciones, junto a archivadores antiguos y cajas de muestras. La tapa estaba caliente. No mucho, pero lo suficiente para que Leo apoyara la palma y frunciera el ceño.

—¿Esto lleva tiempo pasando?

Ane miró a Lara.

Lara respondió:

—Meses. Primero solo saltaba si imprimíamos y alguien usaba el microondas. Luego empezó con los plotters. Esta semana ya es varias veces al día.

Leo abrió el cuadro.

—O sea, que lleva tiempo avisando.

Lara se quedó en la puerta.

—Eso dijiste en la obra.

—¿Qué?

—Algo parecido.

Leo no respondió.

Trabajó en silencio.

A veces el silencio de un cuadro abierto es más claro que una conversación. Había una distribución antigua, ampliada con demasiada confianza. La oficina había crecido por encima de la instalación: más ordenadores, más pantallas, más impresoras, más iluminación, más pequeños aparatos conectados a regletas que se multiplicaban bajo las mesas como raíces. Alguien había reformado la estética del estudio sin rehacer de verdad su sistema nervioso.

—Aquí hay demasiada carga en una línea —dijo.

Lara se acercó un poco, sin entrar del todo.

—¿Se puede solucionar?

—Sí.

—¿Hoy?

Leo miró el cuadro.

—Hoy puedo dejarlo seguro y repartir parte. Pero si queréis hacerlo bien, hay que separar circuitos y revisar alimentación para la zona de impresión.

Ane hizo una mueca.

—Eso suena caro.

—Más caro es perder un plotter, o quemar una línea, o quedarte sin luz antes de una entrega.

Desde la sala principal, alguien gritó:

—¡No invoques entregas!

Lara sonrió.

Leo siguió revisando. Trabajar allí era distinto a la obra. No había ruido de radial ni golpes de martillo. Había teclas, murmullos, páginas saliendo de impresoras, el roce de reglas sobre papel, el sonido seco de un cúter cortando cartón pluma. Era un lugar de precisión nerviosa. Todo parecía frágil y urgente a la vez.

Lara se quedó cerca más tiempo del necesario.

No invadía. Observaba.

—¿Siempre sabes dónde mirar? —preguntó.

Leo ajustó una conexión.

—No.

—Parecía que sí en la obra.

—En la obra vi una sombra alrededor del anclaje.

—Y aquí.

—La tapa caliente. El patrón de fallo. El uso real no coincide con la instalación.

—O sea, sabes dónde suelen esconderse los problemas.

Leo se detuvo.

—Sí.

Lara se apoyó en el marco de la puerta, esta vez después de comprobar con una mirada casi irónica que no fuera a caerse.

—¿Y dónde suelen esconderse?

—Donde alguien supone que ya está todo resuelto.

Ella lo miró con atención.

Leo bajó la vista al cuadro.

Otra vez.

Había hablado de más sin decir nada.

Lara no lo empujó.

Eso empezaba a ser una costumbre suya: no empujar las puertas aunque supiera dónde estaban.

—¿Quieres café? —preguntó.

—Si la cafetera no mata el edificio.

—Puedo hacerlo en la de abajo.

—Entonces sí.

Lara se fue.

Leo se quedó en el cuarto, rodeado de cables, archivadores y cajas de muestras de piedra. Respiró hondo. Le dolía la cabeza, pero menos. El trabajo técnico lo sujetaba. La presencia de Lara no le daba calma exactamente, pero le quitaba el centro a otras cosas. No de forma limpia. No sin culpa. Pero lo hacía.

Mientras reorganizaba parte del circuito, vio una etiqueta escrita a mano dentro del cuadro.

05/37.

Se quedó inmóvil.

La etiqueta estaba pegada junto a un magnetotérmico antiguo. Podía ser un código de instalador. Podía ser una referencia interna. Podía ser cualquier cosa.

05/37.

Leo tocó la etiqueta con el dedo.

El dolor le cruzó la frente.

Bip.

No.

Una impresora empezando a trabajar fuera.

Bip.

No.

Un mensaje en algún ordenador.

Cerró los ojos.

—Leo.

La voz de Lara llegó desde la puerta.

Él retiró la mano.

—¿Sí?

Ella sostenía un vaso de café.

—Te has quedado parado.

—Estaba leyendo una etiqueta.

Lara miró el cuadro.

—¿Algo malo?

Leo arrancó la etiqueta con cuidado, la dobló y la guardó en el bolsillo sin saber por qué.

—No. Viejo.

Ella le ofreció el café.

—Aquí casi todo es viejo.

—No todo.

Lara miró hacia el estudio.

—No. Algunas cosas solo parecen nuevas porque están mejor iluminadas.

Leo tomó el vaso.

—Gracias.

Bebió.

El café estaba fuerte, sin azúcar.

—Está bueno.

—Lo ha hecho la máquina. No me atribuyo méritos ajenos.

—Eso es raro en arquitectura.

Lara sonrió.

—Vas a acabar cayéndome mal.

—Eso también sería raro?

—No. Eso pasa bastante.

La conversación quedó allí, ligera, pero con un fondo que ninguno nombró. Leo terminó el ajuste provisional en algo más de una hora. Separó cargas, anuló una derivación peligrosa, dejó marcado lo que habría que corregir de forma definitiva. Cuando probó el sistema, los plotters arrancaron, las lámparas de maquetas se encendieron y la cafetera funcionó sin derribar el mundo.

En la sala principal hubo un aplauso irónico.

—No celebréis todavía —dijo Leo—. Esto es provisional.

—Aquí todo es provisional —contestó alguien desde una mesa.

Lara, junto a la maqueta, lo miró.

—¿Vas a tener que volver?

Leo cerró la caja de herramientas.

—Uno o dos días, si aprobáis la reparación buena.

—La aprobarán. No pueden vivir sin plotters ni café.

—Prioridades sólidas.

Ane apareció con una carpeta.

—¿Nos pasas informe?

—Sí.

Lara acompañó a Leo hasta la puerta. No hacía falta. Él lo supo. Ella también.

En el rellano, lejos del ruido del estudio, quedaron unos segundos en silencio. La escalera olía a piedra fría y humedad. Desde abajo subía el sonido de una moto arrancando en la calle.

—Gracias por venir —dijo Lara.

—Me han mandado.

—Entonces gracias por obedecer.

Leo la miró.

—No se me da muy bien.

—Ya me había dado cuenta.

Él bajó un escalón.

Lara no cerró la puerta.

—Lo del hospital —dijo ella.

Leo se detuvo.

—Mi madre.

—Lo siento.

—No sabes qué pasa.

—No. Por eso lo siento.

La respuesta lo dejó sin defensa unos segundos.

—Hay sospecha de cáncer —dijo.

No sabía por qué lo dijo.

Quizá porque ella no había preguntado.

Lara no cambió la cara de forma exagerada. No abrió la boca. No puso esa expresión de lástima que obliga al otro a tranquilizarte por tu propia noticia. Solo bajó un poco la mirada y luego volvió a él.

—Qué mierda.

La frase fue tan simple que Leo casi se rió.

—Sí.

—¿Tienes que ir ahora con ella?

—Sí.

—Entonces vete.

—Siempre me echan.

—No te echo. Te devuelvo.

Leo la miró.

Lara pareció arrepentirse un poco de la frase, no porque fuera falsa, sino porque había salido demasiado cerca.

—Al lugar donde tienes que estar —añadió.

Leo no dijo nada.

—Hasta mañana o pasado.

—Hasta cuando salte algo.

—En este estudio, pronto.

Ella sonrió apenas.

Leo bajó las escaleras.

Cuando llegó al portal, miró hacia arriba. Lara seguía en el rellano, una mano en la puerta, la luz blanca del estudio detrás. No dijo nada. Él tampoco. Luego ella entró y cerró.

La calle estaba mojada, aunque no recordaba haber visto llover.

Aquel segundo encuentro con Lara no cambió nada de forma visible.

Esa fue precisamente su fuerza.

No hubo revelación, ni contacto, ni promesa. Solo un cuarto eléctrico demasiado cargado, un café sin azúcar, una frase limpia en un rellano y la sensación incómoda de haber sido mirado sin ser reducido a su tragedia.

Leo fue a casa de su madre.

La encontró dormida en el sofá, con la televisión encendida sin sonido. Clara estaba en la cocina, hablando por teléfono en voz baja. Sobre la mesa estaban los papeles médicos, la libreta azul, una caja de galletas abierta y un vaso de agua. El orden de la casa había cedido un poco. No mucho. Lo suficiente para que Leo entendiera que la enfermedad ya había empezado a mover muebles.

Clara colgó.

—Era Laura. Preguntaba por ama.

Leo asintió.

—¿Ha comido?

—Un poco.

—¿Tú?

Clara señaló las galletas.

—Alta cocina.

Leo fue a la cocina, abrió la nevera, sacó huevos, queso, un tomate. Preparó una tortilla sin decir nada. Clara se sentó en una silla y lo miró cocinar.

—¿Qué tal la avería?

—Provisionalmente resuelta.

—Hablas como un informe.

—Era una avería.

—¿Y Lara?

Leo dejó el cuchillo sobre la tabla.

—¿Qué pasa con Lara?

Clara sonrió apenas.

—No he dicho nada.

—Has dicho su nombre.

—Porque aparece en la historia.

—No hay historia.

—Vale.

Leo cortó el tomate.

—Trabaja en el estudio. Bueno, no sé si trabaja allí o colabora allí. Es arquitecta. El problema era eléctrico. Ya está.

—Claro.

—Clara.

—Me parece bien.

—¿Qué te parece bien?