CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #10
—¿Puedes hacer una intervención corta esta tarde?
Leo miró a su madre.
—Depende.
—Es poca cosa. Un estudio de arquitectura. Les salta la luz en la zona de plotters y sala de maquetas. Parece sobrecarga o una línea mal repartida. Marcos no puede, está en Deusto. Yo estoy con otra historia. Te paso dirección.
—Hoy tengo lo de mi madre.
—¿A qué hora?
Leo miró la libreta.
—Resultados a las 12:30. Si todo va normal, podría por la tarde.
—Vale. Vas, miras y si es tontería lo dejas resuelto. Si hay que abrir más, presupuestamos.
Leo cerró los ojos al escuchar esa frase.
Abrir más.
Últimamente todo pedía abrir más.
—Mándame ubicación.
—Te la mando. Y Leo.
—Qué.
Iñaki tardó una fracción de segundo.
—No te metas presión. Si no puedes, no puedes.
A Leo le molestó la delicadeza.
—Puedo.
Colgó.
Clara lo miró desde la encimera.
—¿Trabajo?
—Una avería puntual.
—¿Vas a ir?
—Si los resultados salen…
No terminó la frase.
Nadie en la cocina quiso completarla.
Su madre dejó la cucharilla sobre la mesa.
—Vas.
Leo la miró.
—No mandas.
—Sí mando.
—Estás enferma.
—Eso no me ha quitado jerarquía.
Clara se secó las manos con un paño.
—La verdad es que no.
Leo respiró hondo.
—Primero vamos al médico.
—Primero vamos al médico —aceptó su madre—. Luego tú vas a trabajar. Yo me quedo con Clara. Y todos fingimos que tenemos una vida además de esperar resultados, aunque sea mentira.
La frase salió con una serenidad seca.
Leo quiso discutir.
No lo hizo.
Porque, por debajo de su tono, entendió el ruego.
No me conviertas en el único centro de tu miedo.
Su madre le sostuvo la mirada con una dureza tranquila.
—No soy una instalación defectuosa, Leo.
Él se quedó quieto.
—Ama...
—No me mires como miras los cuadros eléctricos, buscando dónde va a saltar la chispa. Ya sé que lo haces por amor. Pero no quiero que me vigiles como si cada gesto mío fuera una señal de alarma. Quiero que me acompañes. No es lo mismo.
Leo sintió que la frase le entraba despacio, sin violencia, precisamente por eso más difícil de esquivar.
—No sé hacerlo de otra manera.
—Pues aprende. Para eso también sirve seguir vivo.
A las 12:30 la consulta iba con retraso.
Siempre iban con retraso los lugares donde uno necesitaba que el tiempo corriera o se detuviera. La sala de espera estaba llena de personas que miraban al suelo, al móvil, a una pantalla con números, a carteles sobre alimentación saludable, a puertas cerradas. Había un olor tenue a desinfectante y calefacción. Una mujer mayor dormía con la boca entreabierta. Un hombre leía un periódico de hacía varios días. Una niña jugaba con la cremallera de la chaqueta de su abuela.
La madre de Leo estaba sentada entre él y Clara, con el bolso sobre las rodillas.
—Estáis respirando raro los dos —dijo sin mirarlos.
Clara la miró.
—¿Cómo se respira raro?
—Como si estuvierais intentando que no se note que tenéis miedo.
Leo apoyó los codos en las rodillas.
—¿Y tú?
—Yo respiro como puedo.
Nadie contestó.
La llamaron veintitrés minutos tarde.
Entraron los tres.
La consulta tenía una ventana alta, una mesa demasiado grande y un ordenador girado hacia el médico. En la pared había un calendario con una fotografía de costa, tan azul y luminosa que parecía ofensiva en aquel contexto. El médico no era el mismo de urgencias. Era mayor, con pelo blanco, gafas rectangulares y una forma lenta de juntar las manos antes de hablar.
Leo aprendió a odiar ese gesto en menos de tres segundos.
El médico explicó.
No dijo la palabra definitiva al principio. Habló de una lesión. De una imagen que requería confirmación. De marcadores. De la necesidad de completar estudio. De una derivación preferente. De una biopsia. De prudencia. De no adelantarse. De protocolos.
La madre de Leo escuchaba sin pestañear.
Clara apretaba un pañuelo entre las manos.
Leo miraba la boca del médico, no sus ojos.
Porque si miraba sus ojos sabría antes de tiempo lo que estaba intentando no saber.
—¿Es cáncer? —preguntó su madre.
El médico dejó de rodear la frase.
—Hay una sospecha fundada. Necesitamos confirmarlo y tipificarlo antes de hablar de tratamiento.
Clara empezó a llorar en silencio.
Leo no.
Leo sintió algo más raro. Una quietud. Como si su cuerpo hubiera apagado varias funciones para no incendiarse. Miró la mesa. Había un bolígrafo azul junto al teclado, una carpeta amarilla, una taza con restos de café frío. Detalles. Siempre detalles. Si contaba los objetos, quizá la frase no llegaba del todo.
Sospecha fundada.
Confirmarlo.
Tratamiento.
Su madre asintió despacio.
—¿Qué hay que hacer?
La pregunta fue tan limpia que el médico pareció agradecerla.
Habló de pruebas, fechas, derivaciones, especialistas. Leo empezó a apuntar en la libreta. Su letra salió demasiado pequeña, demasiado apretada. Clara preguntó por plazos. La madre preguntó por efectos. Ninguno preguntó por miedo. El miedo no necesitaba turno. Ya estaba allí, sentado con ellos.
Al salir, la madre de Leo caminó hasta el ascensor sin decir nada.
Dentro, mientras bajaban, Clara le sujetó la mano. La madre no la apartó. Leo miró los números encenderse piso a piso.
3.
4.
5.
Planta baja.
La puerta se abrió.
La vida del hospital entró de golpe: voces, pasos, un celador empujando una cama vacía, olor a café, una mujer hablando por teléfono demasiado alto. Todo seguía funcionando.
Eso fue lo insoportable.
En la calle, su madre se detuvo.
—Quiero ir a casa.
—Te llevo —dijo Leo.
—Me lleva Clara.
—Ama.
Ella lo miró.
—Tú tienes trabajo.
—Puedo cancelarlo.
—No.
—No es importante.
—Precisamente por eso vas.
Leo no entendió.
Su madre se ajustó el pañuelo al cuello.
—Porque si solo haces cosas importantes, te mueres antes que yo.
Clara lloró con más fuerza al escucharla.
La madre de Leo le acarició la mejilla.
—Ay, hija. No he dicho que me vaya a morir mañana. He dicho una frase dramática para que tu hermano obedezca.
Leo se quedó mirándola.
—No tengo ganas de ir.
—Ya lo sé.
—No voy a concentrarme.
—Entonces concéntrate en no electrocutar a nadie. Eso suele ayudar.
La broma no ocultó del todo el temblor de la voz.
Leo la abrazó.
No lo hizo con suavidad. La abrazó como si necesitara comprobar con el cuerpo que ella seguía allí. Sintió sus huesos bajo la bata, la fragilidad nueva de sus hombros, el olor de siempre a crema de manos y ropa limpia. Su madre le pasó una mano por la espalda.
—No me aprietes como si fuera a evaporarme.
Él cerró los ojos.
—No sé hacerlo de otra manera.
—Pues aprende.
La soltó.
Clara llamó un taxi.
Antes de subir, su madre le señaló con un dedo.
—Y come algo.
—Sí.
—No bebas.
Leo se quedó quieto.
Ella lo vio.
Claro que lo vio.
Las madres no necesitan encontrar la botella para saber que algo se está abriendo en un armario.
—Ama…
—No te estoy acusando. Te estoy avisando.
Después subió al taxi con Clara.
Leo se quedó en la acera mientras el coche se alejaba. Tenía la libreta en la mano y la sensación de que acababan de entregarle un plano de un edificio que se estaba hundiendo desde un lugar al que nadie podía acceder.
El móvil vibró.
Marta.
¿Ya tenéis resultados?
Leo miró la pantalla.
No supo contestar.
Escribió:
Hay sospecha seria. Más pruebas. Biopsia.
Envió.
La respuesta tardó casi dos minutos.
Lo siento muchísimo.
Leo leyó la frase.
Lo siento muchísimo.
Era sincera.
También inútil.
No por culpa de Marta. Por culpa del lenguaje.
Marta escribió de nuevo:
¿Quieres que nos veamos luego?
Leo sintió que la calle se inclinaba un poco.
La propuesta era pequeña, pero no lo era. Verla después de oír aquello. Verla con la madre en sospecha de cáncer, con el casi beso todavía abierto, con David en alguna parte, con Nerón esperándola sin saberlo. Todo era demasiado.
Escribió:
Hoy no puedo.
Era verdad.
También era huida.
Marta respondió:
Lo entiendo. Estoy pendiente.
Leo guardó el móvil.
No quería que ella estuviera pendiente.
Quería que estuviera.
Y como eso no podía pedirlo, caminó hacia la parada del tranvía con la libreta azul bajo el brazo y una rabia sin dirección en el pecho.
El estudio de arquitectura ocupaba la segunda planta de un edificio estrecho, reformado con más gusto que dinero, en una calle próxima a la ría. La fachada conservaba balcones de hierro antiguos y una puerta pesada de madera oscura con un telefonillo moderno mal integrado. Leo comprobó la dirección que le había enviado Iñaki.
Estudio Hiru.
Pulsó el timbre.
Una voz joven contestó con ruido de oficina al fondo.
—¿Sí?
—Electricidad. Vengo por la avería.
—Sube, por favor.
El portal olía a piedra húmeda y barniz reciente. La escalera era estrecha, con peldaños gastados en el centro. Al subir, Leo pasó la mano por la barandilla sin pensarlo, comprobando su firmeza. Estaba bien anclada. Sonrió apenas al darse cuenta.
En la segunda planta, una mujer con gafas grandes le abrió la puerta. Tendría veintipocos años y cara de llevar tres cafés y ninguna comida.
—Menos mal —dijo—. Si vuelve a saltar la luz, creo que Iñigo se tira por la ventana.
—Sería otro tipo de incidencia.
Ella tardó medio segundo en reír.
—Soy Ane. Bueno, una Ane. Aquí hay dos. Pasa.
El estudio estaba lleno de luz blanca y desorden controlado. No era grande, pero parecía más amplio por la altura del techo y por las mesas largas colocadas en paralelo, cubiertas de planos, reglas, muestras de materiales, tazas, portátiles, carpetas y maquetas en distintos estados de fragilidad. En una pared había tableros con fotografías de edificios, detalles de ladrillo, secciones constructivas, esquemas de circulación, fragmentos de textos subrayados. En otra, estanterías con libros de arquitectura, catálogos de materiales y cajas de cartón etiquetadas con nombres de proyectos.
El aire olía a papel, café, polvo de maqueta y plástico caliente.
Al fondo, en una sala separada por un cerramiento de vidrio, había dos plotters grandes, una mesa de corte y varias maquetas bajo lámparas de brazo. Una de las luces parpadeaba de forma irregular.
Leo lo vio antes de que nadie se lo explicara.
Demasiada carga en una línea que probablemente no había nacido para aquello.