Ocho horas CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #9
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CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #9

—Nadie sabe qué decir.

—Entonces suerte vale.

Leo asintió.

Ella miró hacia la pared abierta, luego hacia el altillo clausurado.

—Este edificio tiene demasiadas cosas tapadas.

—Todos.

Lara volvió la vista hacia él.

La palabra había salido demasiado personal.

Leo bajó la mirada y cerró la caja de herramientas.

—Los edificios —añadió.

Pero ya era tarde.

Lara no lo corrigió.

—Hasta mañana, Leo.

Él tardó medio segundo en responder.

—Hasta mañana.

La vio marcharse con Iñigo hacia la salida. Bajo los focos de la nave, el polvo se movía alrededor de ella como una niebla baja. Al cruzar junto a la barandilla clausurada, Lara levantó la vista una vez, no hacia el metal, sino hacia el punto exacto donde la grieta bajaba desde la viga hasta el muro.

Leo pensó que había personas que, al entrar en una vida, hacen ruido.

Otras miran una grieta.

Y uno tarda más en defenderse de eso.

Marcos apareció detrás de él.

—Arquitecta curiosa.

Leo cerró la caja.

—No empieces.

—Hoy todo es “no empieces”. Me estás quitando repertorio.

—Busca otro.

Marcos miró hacia la salida.

—No he dicho nada malo.

—No.

—Solo que te vendría bien hablar con alguien que no sea del hospital, de la policía, de tu familia o de la categoría canina.

Leo lo miró.

—¿La categoría canina?

—Nerón tiene más presencia emocional que todos nosotros juntos.

Leo soltó una risa breve.

Marcos levantó las manos.

—Mira, otra vez. Esto va a constar en acta.

Leo se colgó la mochila al hombro.

—Voy al hospital.

—¿Quieres que te acerque?

—No. Camino.

—Está lloviendo.

Leo miró hacia la entrada. La lluvia había empezado de nuevo, fina, persistente, borrando el polvo del exterior y convirtiendo el suelo de la obra en una mezcla de barro y reflejos.

—Ya.

—Leo.

—Necesito caminar.

Marcos no insistió.

—Llama si necesitas algo.

Leo asintió.

Salió.

La tarde olía a ría y cemento mojado. El cuerpo le pesaba, pero no como por la mañana. La jornada le había dejado un cansancio físico más limpio. Caminó con las manos en los bolsillos, sin abrir el paraguas. En el móvil, ningún mensaje nuevo de Marta. Ninguno de Clara. Ninguna llamada del hospital.

A mitad de camino, pasó frente a una tienda con los escaparates encendidos. En el cristal se vio a sí mismo: botas sucias, pantalón de trabajo, chaqueta húmeda, una mancha de polvo en la mejilla. Por un instante, detrás de su reflejo, creyó ver otra figura. Una mujer con casco blanco y libreta negra, parada junto a una grieta.

Parpadeó.

Solo había un expositor de lámparas.

Siguió caminando.

Al llegar al hospital, Clara estaba en la cafetería, sentada frente a dos vasos de agua y un plato con una tortilla francesa intacta. Su madre dormía en casa, le dijo, no en el hospital. Habían ido solo a la prueba y luego la habían llevado de vuelta. Pero Clara necesitaba estar un rato en algún sitio que no fuera la casa.

Leo se sentó frente a ella.

—¿Eso es cena?

Clara miró la tortilla.

—Era una idea.

—Mala.

—Las ideas se hacen lo que pueden.

Leo llamó al camarero y pidió dos cafés y algo de comer.

Clara lo miró con sospecha.

—¿Has comido tú?

—Medio bocadillo.

—Milagro.

—Marcos me obligó.

—Le subiré el sueldo emocional.

Durante unos minutos hablaron de cosas prácticas. Medicación. Próxima cita. Quién dormía esa noche en casa de su madre. La libreta donde Leo había apuntado horarios. La terquedad de la madre. La necesidad de no hablarle como si estuviera hecha de cristal.

Luego Clara lo miró mejor.

—Tienes otra cara.

Leo se tocó la mejilla, pensando en la mancha de polvo.

—Vengo de obra.

—No digo eso.

—¿Qué dices?

—No sé. Estás menos… hundido.

Leo bajó la vista al café.

—Casi se cae una arquitecta por una barandilla.

Clara parpadeó.

—¿Perdona?

—En la obra. Una invitada de Iñigo. Lara.

—¿Lara?

—Arquitecta.

Clara se inclinó un poco hacia adelante.

—Has dicho su nombre como si no quisieras que se notara que recuerdas su nombre.

—No empieces tú también.

—¿También quién?

—Marcos.

Clara sonrió por primera vez en días.

—Ah.

—No hay “ah”.

—Siempre hay “ah”.

Leo bebió café.

—Es arquitecta. Ha venido a curiosear el proyecto. Casi se apoya en una barandilla suelta. La avisé. Ya está.

—Claro.

—Clara.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara sabe más que yo.

La frase cayó sobre la mesa.

Leo se quedó inmóvil.

Marta la había dicho.

En el café.

Mi cara sabe más que yo.

Clara lo notó.

—¿Qué?

Leo tragó saliva.

—Nada.

—Leo.

—Nada.

Pero el dolor de cabeza volvió, rápido, una aguja detrás del ojo.

La cafetería del hospital se desdibujó un segundo. El ruido se alejó. Las voces se convirtieron en una masa. El pitido de la caja registradora sonó al fondo.

Bip.

Bip.

Bip.

Leo cerró los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó Clara.

La voz de su hermana parecía venir desde muy lejos.

Abrió los ojos.

Clara estaba allí, frente a él, con miedo.

—Sí.

—No.

—Se me ha pasado.

—Eso no es normal.

—Nada es normal últimamente.

Ella no sonrió.

—Hazte pruebas.

—Clara.

—No. Ama con sus pruebas, Marta con su historia, Nerón con la piel, y tú haciendo como que esos dolores son decoración. Hazte pruebas.

Leo miró el café.

—Ya me las hice.

—Hace dos años.

Dos años.

Dentro de su cuerpo, la cifra sonó mal.

Como si alguien hubiera colocado una duración equivocada en una historia que no debía tenerla.

—Las pediré —mintió.

Clara lo supo.

—Te odio cuando haces eso.

—¿Qué?

—Mentir para que deje de hablar.

Leo no respondió.

La noche terminó tarde.

Pasó por casa de su madre, revisó que tuviera agua, medicación, el teléfono cerca, una manta. Ella le dijo que dejara de entrar como un inspector. Él le dijo que dejara de estar enferma. Ella le lanzó un cojín pequeño sin fuerza. Clara se rio. Durante unos segundos, la enfermedad quedó fuera de la habitación, esperando en el rellano como una visita maleducada.

Cuando Leo volvió a su piso, Nerón tardó en levantarse.

Eso le heló más que cualquier diagnóstico.

—Eh —dijo, entrando rápido—. ¿Qué pasa?

El perro se incorporó con dificultad, movió la cola y caminó hacia él. No cojeaba exactamente, pero iba lento. Leo se arrodilló y lo revisó con manos demasiado nerviosas.

—No me hagas esto.

Nerón le lamió la muñeca.

Leo apoyó la frente contra su cabeza.

—Hoy no.

El piso estaba oscuro. La pared de Marta apenas visible. El olor a perro viejo, a comida seca y a humedad doméstica le pareció de pronto insoportablemente querido. Encendió una lámpara baja. Dejó la mochila en el suelo. Sacó el móvil.

Un mensaje de Marta.

¿Todo bien?

Leo miró a Nerón.

Luego la pared.

Luego sus manos, todavía con restos de polvo de obra en las uñas.

Escribió:

Todo estable.

La palabra le dio asco.

Pero la envió.

Marta respondió:

Esa palabra no siempre tranquiliza.

Leo se quedó mirando la pantalla.

No.

No siempre.

Escribió:

No.

Borró.

Volvió a escribir:

No.

Envió.

Durante un rato no hubo respuesta.

Luego Marta escribió:

Buenas noches, Leo.

Él leyó su nombre en la pantalla.

Buenas noches, Leo.

La frase era sencilla. Demasiado sencilla. En otra vida, habría contestado con una broma. Algo sobre Nerón roncando. Algo sobre comprar pan. Algo sobre que ella estudiara menos y durmiera más.

Ahora escribió:

Buenas noches.

Y dejó el móvil sobre la mesa.

No bebió whisky esa noche.

Se sentó en el suelo junto a Nerón y apoyó la espalda en el sofá. El perro se acomodó a su lado con un suspiro largo. Leo le acarició el lomo mientras la casa se iba apagando alrededor.

Pensó en Marta.

Pensó en su madre.

Pensó en la barandilla cediendo un centímetro bajo la mano de Lara.

Pensó en una frase que no quería recordar y recordaba de todos modos.

No sabes qué está pagando para aguantar.

El sueño llegó despacio.

No como descanso.

Como una rendición pequeña.

Soñó otra vez con el edificio.

Pero esta vez no estaba vacío. En la planta alta, una barandilla se movía sola, despacio, como si respirara. Marta estaba al fondo, detrás de una ventana que no se abría. Su madre caminaba por el pasillo con una carpeta médica bajo el brazo. Nerón ladraba desde abajo. Leo intentaba subir, pero cada escalón cambiaba de sitio.

En el centro de la nave, Lara dibujaba una línea sobre un plano.

—No puedes reforzarlo todo desde fuera —decía sin mirarlo—. Hay cargas que obligan a abrir.

Leo quería preguntarle qué había que abrir.

Pero entonces el edificio entero emitía un pitido.

Bip.

Bip.

Bip.

Y al despertar, antes incluso de mirar el reloj, ya sabía la hora.

05:37.

La llamada de Iñaki llegó dos días después, a una hora en la que Leo estaba intentando convencer a su madre de que un yogur no podía contar como comida.

Ella estaba sentada en la cocina, envuelta en una bata gris, con una cucharilla en la mano y la expresión de quien ha decidido perder una guerra pequeña para no conceder importancia a la grande. La luz de la mañana entraba por la ventana con una claridad fría, casi médica, y hacía visibles las motas de polvo que flotaban sobre la mesa. Había una bolsa de pan abierta, 2 tazas de café, una caja de medicación y la libreta azul donde Leo había empezado a ordenar las citas con una pulcritud que a su madre le producía una mezcla de gratitud y ganas de insultarlo.

—No tengo hambre —dijo ella.

—Ya.

—No me digas ya como si fueras mi padre.

—Tú tampoco me hables como si yo fuera tu enfermero.

—Pues deja de hacerme inventario.

Leo cerró la libreta.

—Solo estoy apuntando lo que te han pedido.

—Lo estás apuntando con cara de querer presentarlo a una auditoría.

Clara, desde la encimera, soltó una risa breve mientras lavaba una taza.

—Tiene razón.

Leo la miró.

—Gracias por el apoyo.

—Estoy con la paciente. Tiene más mala leche.

Su madre sonrió apenas, y ese gesto, mínimo, cansado, hizo que la cocina pareciera durante un instante una cocina normal. No una sala de espera doméstica. No una habitación vigilada por resultados pendientes. Solo una cocina de mañana, con café, pan, una discusión familiar y una mujer que se resistía a convertirse en diagnóstico.

Entonces vibró el móvil.

Leo miró la pantalla.

Iñaki.

Dudó antes de contestar.

—Dime.

La voz de Iñaki sonó con ruido de fondo, probablemente desde la furgoneta o desde una obra.