CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #8
Lara caminaba con Iñigo y Maite por la nave principal, señalando zonas del muro, tomando notas, agachándose a mirar encuentros entre materiales. No parecía impresionada por la estética de la ruina, ni por las vigas, ni por el ladrillo visto que tanto emocionaba a los renders. Se detenía donde el edificio estaba peor: humedades, grietas, anclajes dudosos, reparaciones mal hechas, zonas donde se había tapado en vez de resolver. Parecía menos interesada en lo que el edificio podía llegar a ser que en lo que había tenido que soportar para seguir en pie.
A media mañana, Iñaki reunió a los técnicos en una zona despejada.
—Cambio de prioridades —dijo, con esa voz de resignación organizada que le salía cuando una obra decidía complicarse—. Se condena el altillo hasta revisión estructural. Electricidad sigue con la derivación del montacargas, pero sin paso por zona superior. Marcos, Leo, marcad recorrido alternativo. Iñigo necesita saber hoy si podemos sacar línea limpia por el lateral izquierdo o si hay que abrir más.
—Hay que abrir más —dijo Leo.
Iñaki lo miró.
—Todavía no has mirado el lateral izquierdo.
—Por eso lo digo.
Marcos sonrió mirando al suelo.
Iñaki suspiró.
—Míralo y luego me dices que hay que abrir más.
—Vale.
Lara estaba junto a Iñigo. No participaba en la reunión, pero escuchaba. Leo notó que cuando él dijo “hay que abrir más”, ella bajó la mirada al suelo, como si la frase le hubiera interesado.
Abrir más.
Eso era lo que nadie quería en una obra.
Abrir más significaba coste, retraso, polvo, incomodidad, sorpresas. Pero también era la única manera de saber.
Leo pensó, sin querer, en Marta.
En el café.
En su historia contada a medias.
En todo lo que todavía no habían abierto.
Trabajaron hasta el mediodía en el lateral izquierdo. Había que retirar parte de un panel viejo, levantar una canaleta, comprobar continuidad. Marcos se ocupó de despejar zona. Leo midió, marcó y desmontó. Aitor protestó porque abrir más implicaba coordinar con albañilería. Iñaki protestó porque Aitor protestaba. Iñigo protestó porque el plazo protestaba en silencio sobre todos ellos.
Lara no protestó.
Se quedó mirando el hueco cuando retiraron el primer panel.
Detrás apareció una capa de pared antigua, con pintura verde deteriorada y restos de una numeración industrial casi borrada. Había también una línea de cableado viejo, más alta de lo previsto, y una pequeña caja metálica empotrada que no figuraba en ningún plano.
—Ahí está —dijo Leo.
Marcos iluminó con la linterna.
—Otro regalo.
Iñigo se acercó.
—Eso no puede estar activo.
Leo miró el comprobador.
La luz se encendió.
—Pues explícaselo.
Iñigo se pasó una mano por la cara.
Lara se inclinó un poco hacia la pared.
—Es anterior al falso tabique.
—Sí —dijo Leo.
—Entonces lo taparon después.
—Sí.
—Sin anularlo.
—Sí.
Ella miró a Iñigo.
—Esto no es una incidencia. Es una capa del edificio que no habíais leído.
Iñigo resopló.
—Lara.
—No lo digo como crítica.
—Suena bastante a crítica.
—Entonces lo digo como diagnóstico.
Leo no pudo evitar una sonrisa mínima.
Iñigo la vio.
—No te rías, que esto también te complica a ti.
—No me río.
—Tienes cara de reírte por dentro.
Marcos levantó la mano.
—Confirmo.
El ambiente, por un instante, se volvió menos pesado.
Luego la obra siguió exigiendo.
Decidieron parar para comer más tarde de lo previsto. Algunos salieron al bar de la esquina. Otros comieron bocadillos sobre cajas de material. Leo no tenía hambre, pero Marcos le puso medio bocadillo delante como quien deja una obligación.
—Come.
—No tengo hambre.
—Ya. Esa frase está muy de moda en tu familia. Come.
Leo tomó el bocadillo.
Marta escribió mientras él estaba sentado sobre un cubo invertido, con polvo en las botas y el bocadillo sin abrir sobre las rodillas.
¿Cómo va tu madre?
Leo miró la pantalla.
Pendiente de la prueba. Estoy en obra.
Envió.
Marta respondió:
¿Has vuelto a trabajar?
Sí.
Eso está bien, creo.
Leo se quedó mirando el “creo”.
Escribió:
No sé si está bien. Pero estoy.
Marta tardó un poco.
A veces estar ya es bastante.
Leo cerró los ojos.
Estoy aquí.
Estoy.
El verbo volvía de distintas bocas como si la realidad intentara enseñarle algo con una paciencia irritante.
—¿Marta? —preguntó Marcos.
Leo bloqueó el móvil.
—Sí.
—¿Todo bien?
—No hagas preguntas imposibles.
Marcos asintió y mordió su bocadillo.
Al otro lado de la nave, Lara comía de pie junto a una ventana abierta, hablando con Maite. No parecía especialmente integrada ni apartada. Simplemente estaba allí, con una naturalidad discreta. Iñigo gesticulaba cerca, explicando algo sobre plazos. Lara escuchaba y de vez en cuando miraba hacia la pared abierta, no hacia él.
Leo agradeció eso.
Y le molestó agradecerlo.
Después de comer, el cielo se oscureció.
No de golpe. La luz fue perdiendo fuerza poco a poco, como si alguien hubiera puesto sobre la ciudad una tela húmeda. El viento empujó olor a lluvia hacia el interior de la nave. Algunos operarios cerraron ventanas provisionales. Se encendieron focos. La obra cambió de temperatura. Bajo luz artificial, el polvo parecía más espeso y los ladrillos adquirieron un color más profundo, casi sanguíneo.
Leo volvió al cuadro.
La derivación era más compleja de lo previsto. Había que aislar, documentar, cortar, rehacer. Trabajo lento. Trabajo útil. La clase de tarea que le permitía no pensar si lograba concentrarse lo suficiente.
Pero no lograba concentrarse del todo.
A las 15:12, Clara llamó.
Leo salió a una zona menos ruidosa.
—¿Qué pasa?
—Ya le hicieron la prueba.
—¿Y?
—Nada todavía. Dicen que resultados en unos días.
Leo apoyó la frente contra una columna.
—¿Cómo está?
—Enfadada porque no la dejamos ir sola.
—Buena señal.
—O señal de que sigue siendo ama.
Leo cerró los ojos.
—Voy al salir.
—No hace falta que vengas corriendo.
—Voy al salir.
Clara no discutió.
—¿Tú estás bien?
Leo miró hacia la nave. Desde allí veía a Lara hablando con Aitor junto al altillo clausurado. Ella señalaba la barandilla desde abajo, sin tocar nada, y Aitor asentía con el gesto resignado de quien empieza a aceptar que una invitada había visto demasiado.
—Estoy trabajando.
—Eso no responde.
—Es lo que hay.
Clara suspiró.
—Vale. Ven luego.
Colgó.
Leo volvió hacia su zona.
Antes de llegar, Lara apareció a su lado con la libreta en la mano.
—¿Mal momento?
—Depende para qué.
—Necesito entender por dónde pasa esa línea antigua.
—¿Por curiosidad dignísima del oficio?
—Exacto.
Leo la miró.
Ella no sonreía, pero había algo en sus ojos que se acercaba a la sonrisa sin utilizarla.
—Ven.
Le mostró el recorrido desde el cuadro, la zona del montacargas, el falso tabique, la canalización oculta. Lara escuchó con atención. Hizo dos preguntas precisas. Una sobre la fecha probable de la intervención, otra sobre si la nueva distribución cargaría más demanda sobre un trazado que ya había demostrado estar adulterado.
—No usaría esto para nada nuevo —dijo Leo.
—¿Aunque se pudiera adaptar?
—Precisamente porque se podría adaptar.
Lara lo miró.
—Explícate.
Leo señaló la caja metálica empotrada.
—Cuando algo viejo todavía funciona mal, siempre hay alguien que dice: aguantará. Y a veces aguanta. Pero no sabes qué está pagando para aguantar. Calor, humedad, conexiones malas, aislamiento fatigado. Puedes sacarle más tiempo. No significa que debas.
Lara escribió algo en la libreta.
—¿Qué apuntas?
—No sabes qué está pagando para aguantar.
Leo se quedó quieto.
—No era una frase.
—Ahora sí.
Él apartó la mirada.
—No la uses en una memoria técnica.
—No prometo nada.
La conversación quedó suspendida con una ligereza extraña. No era intimidad. No todavía. Era algo más raro: el reconocimiento de que, hablando de cables y muros, ambos estaban rozando otra materia.
Lara cerró la libreta.
—Antes has dicho que no arreglas vidas.
Leo la miró con cautela.
—Sí.
—Yo tampoco.
—¿No era eso la arquitectura?
Ella soltó una risa breve.
—Ojalá. La arquitectura ordena espacios. A veces ayuda a vivir mejor. A veces solo pone suelo caro debajo de los mismos problemas.
Leo apoyó una mano sobre la caja de herramientas.
—Suena honesto.
—Hoy casi me caigo por una barandilla estética. Estoy en fase humilde.
Leo sonrió.
Pequeño.
Pero Lara lo vio.
—Ahí está —dijo ella.
—¿Qué?
—Pensaba que tu cara no hacía eso.
La sonrisa se le borró.
No por enfado. Por defensa automática.
Lara levantó una mano.
—Perdón. No era…
—No pasa nada.
Pero algo sí pasó. La puerta que se había abierto un centímetro volvió a cerrarse.
Lara lo notó y no insistió.
Eso, otra vez, le gustó.
Se alejó hacia Iñigo.
Leo volvió al trabajo con una incomodidad nueva. No por Lara exactamente. Por él. Por la facilidad con que una persona desconocida había conseguido sacarle una sonrisa en medio de una semana donde todo parecía exigir solemnidad o desastre. Sintió culpa. No una culpa grande. Una culpa absurda, casi ridícula, como si sonreír en una obra ante una arquitecta invitada fuera una forma de traicionar a Marta, a su madre, a Nerón, al hombre que durante año y medio había dormido frente a una pared de pistas.
A las 17:00 terminó la jornada para casi todos, aunque algunos se quedaron recogiendo. Leo se limpió las manos con un trapo y guardó herramientas. Tenía polvo en las uñas y una mancha oscura en el antebrazo. La cabeza le dolía menos. Eso también le pareció sospechoso.
Iñigo se acercó con Lara.
—Leo, mañana tendremos que revisar contigo el trazado alternativo antes de decidir. ¿Estás?
—Depende de la hora.
—¿Tienes algo?
Leo dudó.
Podía decir “mi madre tiene pruebas médicas”. Podía no decir nada.
—Hospital —dijo solo.
Iñigo cambió la expresión.
—¿Todo bien?
—No lo sé.
No añadió más.
Iñigo asintió.
—Lo vemos a primera hora entonces. Si no puedes, avisa.
Lara no dijo nada. Pero su mirada cambió. Leo notó que había escuchado sin invadir.
Iñigo se adelantó para hablar con Aitor. Lara quedó un segundo junto a Leo, en el espacio extraño que dejan las personas cuando una conversación no está prevista pero tampoco terminada.
—Suerte con lo del hospital —dijo ella.
—Gracias.
—No sé si se dice suerte.