CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #7
Desde el otro lado de la nave llegó la voz de Iñigo explicando la pasarela superior. Lara caminaba con él hacia el altillo metálico. El altillo era una estructura antigua que recorría el lateral derecho de la nave, elevada unos tres metros sobre el suelo principal. Había servido para supervisar carga y descarga cuando el edificio aún funcionaba como almacén. Ahora querían conservar parte de la plataforma como elemento de memoria industrial, reforzarla y convertirla en un recorrido interior.
Leo la había mirado al entrar.
No por estética.
Por costumbre.
Había algo mal en la barandilla.
No lo había marcado todavía porque no era su frente de trabajo, pero lo vio: el tubo superior no seguía una línea limpia. Tenía una pequeña caída junto al tercer anclaje, casi imperceptible desde lejos. El metal presentaba una sombra irregular alrededor de la unión con el muro. Pintura vieja, óxido, una reparación anterior. La clase de cosa que no grita. La clase de cosa que espera.
Lara subió primero, detrás de Iñigo.
El responsable de seguridad estaba hablando con Aitor junto a la entrada. Nadie miraba demasiado.
Leo siguió con el trabajo, pero la imagen le quedó en la periferia.
Lara avanzó por el altillo con la libreta abierta. Iñigo señalaba hacia el techo, explicando no sé qué sobre iluminación natural y conservación de cerchas. Ella escuchaba, pero su atención se desvió hacia el muro lateral. Había una grieta vertical cerca del encuentro con una viga. Una línea fina, antigua, parcialmente cubierta por pintura. Lara se acercó para verla mejor.
Apoyó la mano en la barandilla.
Leo levantó la cabeza.
El cuerpo lo supo antes que el pensamiento.
—No te apoyes ahí —dijo.
El ruido de la radial cubrió su voz.
Lara no se movió.
Leo dejó el destornillador.
—¡Eh! La barandilla.
Esta vez ella giró la cabeza.
—¿Perdón?
—No te apoyes.
La frase salió seca, casi como una orden. Iñigo dejó de hablar. Lara retiró un poco el peso, pero lo hizo tarde o no del todo. El tubo cedió apenas un centímetro con un quejido metálico. No fue espectacular. No hubo caída, ni grito, ni movimiento de película. Precisamente por eso dio más miedo. Las cosas que están a punto de fallar no siempre anuncian su caída con dramatismo. A veces solo bajan un poco, como si probaran.
Leo subió los escalones de dos en dos.
El metal retumbó bajo sus botas.
Llegó hasta Lara y le sujetó el antebrazo, apartándola hacia el interior de la plataforma. No tiró fuerte, pero sí con decisión. Ella perdió medio paso, recuperó el equilibrio y se quedó quieta, muy cerca de él. Durante una fracción de segundo, Leo notó la temperatura de su brazo bajo la tela, el olor leve a jabón y polvo, la tensión contenida de alguien que acaba de entender el peligro después de haberlo rozado.
La soltó enseguida.
—Está suelta.
Iñigo se acercó, pálido.
—¿Cómo que suelta?
Leo tomó el tubo y lo movió con cuidado. El anclaje respondió con un crujido bajo. Cayó polvo. Lara miró la unión con una concentración inmediata, sin llevarse una mano al pecho, sin decir que se había asustado.
—Joder —dijo.
No lo dijo como víctima de un susto.
Lo dijo como arquitecta.
Como si acabaran de mostrarle una verdad del edificio.
Abajo, varias cabezas se levantaron.
Rubén, el de seguridad, soltó una maldición y empezó a caminar hacia la escalera.
—¡Nadie sube ahí! —gritó.
—Ya estamos arriba —dijo Marcos desde abajo.
—Pues que bajen.
Leo ignoró el comentario y volvió a mover el anclaje, apenas.
—No es el tubo. Es el soporte.
Lara se acercó un poco, esta vez sin tocar.
—El ladrillo está deshecho detrás.
Leo la miró.
—Sí.
Ella inclinó la cabeza, observando la pintura abierta alrededor de la pieza, la diferencia de textura bajo la capa vieja, la pequeña sombra ovalada que dejaba el movimiento repetido del metal.
—La fijaron sobre una reparación —dijo—. No sobre soporte sano.
Leo hizo un gesto con la mano.
—Y alguien pintó encima para que pareciera una barandilla.
Iñigo se pasó una mano por la barba.
—Eso estaba pendiente de revisión.
Leo lo miró.
—Entonces ha llegado tarde por diez centímetros.
La frase no fue amable.
Tampoco gratuita.
Iñigo la aceptó con la cara tensa.
Rubén llegó arriba, respirando fuerte.
—Bajamos ya. Esto se condena ahora mismo.
—Antes necesito una foto —dijo Lara.
Rubén la miró como si acabara de pedir una copa.
—¿Perdona?
—Una foto del anclaje antes de que lo toquéis más.
—La foto la hago yo.
—Perfecto.
Lara se apartó, dejando espacio.
Leo observó ese detalle. No discutía por orgullo. Pedía lo necesario y se movía. Eso era raro. En obra, mucha gente confundía tener razón con ocupar el centro de la habitación.
Bajaron.
Al llegar al suelo, Aitor empezó a organizar el cierre del altillo con cinta y vallas provisionales. Rubén hablaba por teléfono con alguien de seguridad. Iñigo revisaba planos con la mandíbula cerrada. El susto se había convertido rápido en procedimiento. Así funcionaban las obras: un segundo de peligro, veinte minutos de voces, después una lista de acciones.
Lara se quedó un poco apartada, mirando hacia arriba.
Leo volvió hacia su cuadro, o eso intentó. Pero antes de llegar, ella se acercó.
—Gracias.
Él no se giró del todo.
—Era seguridad básica.
—La seguridad básica también se agradece.
—No deberías andar sola por una obra que no conoces.
Lara levantó una ceja.
—No estaba sola. Estaba con Iñigo.
Leo miró hacia el arquitecto, que seguía examinando el plano como si pudiera borrar el error con la vista.
—Eso confirma lo que digo.
Lara sonrió apenas.
—Eres bastante seco.
—Y tú bastante confiada para alguien que mira grietas.
—No confié en la barandilla. No sabía que mentía.
Leo la miró.
La frase le gustó.
No quiso que se notara.
—Todas mienten hasta que las mueves.
—Eso sirve para más cosas.
Él no respondió.
Lara se acercó al cuadro provisional, manteniendo una distancia prudente.
—¿Qué haces exactamente aquí?
—Electricidad.
—Eso ya lo dijo Iñigo.
—Entonces estabas escuchando.
—Escuchar no siempre parece escuchar.
La frase le produjo una punzada extraña porque la sentía suya y ajena al mismo tiempo. Leo bajó la vista al cuadro.
—Estoy revisando una derivación no documentada.
—¿No documentada porque nadie la encontró o porque alguien prefirió no escribirla?
Leo tomó el comprobador.
—En edificios viejos suele ser lo mismo.
—No siempre.
—Casi siempre.
Ella miró el interior del cuadro. No tocó nada. Observó los cables con una atención respetuosa, no impostada.
—No entiendo de instalaciones —dijo—, pero sí de edificios que acumulan decisiones cobardes.
Leo conectó las puntas del tester.
—Aquí hay unas cuantas.
—¿Y qué haces cuando las encuentras?
—Depende.
—¿De qué?
—De si quieren arreglarlas o esconderlas mejor.
Lara lo miró.
—¿Y tú qué prefieres?
Leo dejó el comprobador sobre la caja.
—Arreglarlas.
—Eso es caro.
—Lo escondido también. Solo que la factura llega más tarde.
Lara se quedó callada un momento.
Alrededor, la obra seguía con su respiración áspera. Un martillo golpeaba al fondo. Alguien arrastró un palé. La cinta de seguridad se desenrolló con un sonido plástico. La luz de la mañana, filtrada por los ventanales altos, caía sobre el polvo suspendido, haciendo visible lo que normalmente se respiraba sin pensar.
—Me interesa eso —dijo Lara.
—¿El qué?
—Lo que haces.
Leo la miró, desconfiado.
—No es muy emocionante.
—Eso suele decir la gente que hace cosas importantes sin darse cuenta.
—No arreglo vidas. Solo cables.
Lara sostuvo su mirada un segundo de más.
—Los cables también sostienen vidas.
La frase no era sentimental. No en su boca. Sonó técnica, casi objetiva. Y precisamente por eso a Leo le golpeó en un lugar inesperado. Pensó en hospitales, monitores, luces de emergencia. Pensó en Marta bajo fluorescentes, en su madre en una cama, en el pitido que a veces escuchaba donde no debía.
Bip.
No.
Una carretilla dando marcha atrás.
—¿Estás bien? —preguntó Lara.
Leo parpadeó.
—Sí.
—No lo parece.
—No nos conocemos lo suficiente para que puedas decir eso.
—No hace falta conocer mucho a alguien para ver que se ha ido un segundo.
Leo cerró la tapa del cuadro con más fuerza de la necesaria.
—Tengo trabajo.
Lara no se ofendió.
—Yo también tenía una barandilla.
Leo la miró.
Ella sonrió apenas, no burlona, y se apartó.
—Te dejo.
Caminó hacia Iñigo y Aitor, que discutían ahora sobre catas, refuerzos y responsabilidad. Leo la siguió con la mirada solo un instante, el tiempo justo para notar que no caminaba como quien acababa de salvarse de una caída, sino como quien había añadido una pregunta nueva al edificio.
Marcos apareció a su lado con un rollo de cinta aislante.
—Bueno.
Leo no lo miró.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Has dicho “bueno”.
—Es una palabra abierta. Cabe mucha interpretación.
Leo volvió al cuadro.
—Trabaja.
Marcos se agachó a su lado.
—Te ha mirado.
—Casi se cae.
—Te ha mirado después de casi caerse.
—Qué análisis tan profundo.
—Tengo talento.
Leo no contestó.
Marcos lo observó de reojo.
—No he dicho que hagas nada.
—Mejor.
—Ni que pienses nada.
—También mejor.
—Solo digo que, por tres segundos, no tenías cara de funeral.
Leo apretó una borna.
—Pues disfruta el recuerdo.
El día siguió.
Pero algo había cambiado.
No mucho. Nada que pudiera señalarse en un plano. Nada que alterara el avance de la obra ni la espera médica ni el hilo invisible que lo unía a Marta. Pero, igual que una pequeña derivación oculta puede modificar el comportamiento de una línea entera, la presencia de Lara dejó una tensión distinta en el aire.
Leo la veía de lejos mientras trabajaba. No la buscaba. Eso se decía. Pero la veía.