CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #6
Leo llegó a las ocho menos cuarto, con un café comprado en una gasolinera y el estómago revuelto. El aire junto a la ría estaba frío y olía a agua, metal y polvo mojado. Sobre la entrada del edificio, una lona blanca anunciaba la rehabilitación con un render demasiado limpio: cristaleras perfectas, personas felices, árboles jóvenes, bicicletas apoyadas en un suelo que en la realidad todavía era barro, grava y restos de cable.
En el acceso había dos operarios fumando, un palé de material cubierto por plástico azul y una carretilla mal aparcada. Al fondo, dentro de la nave, se oían golpes de martillo, voces, una radial cortando metal y el eco hueco de los pasos sobre plataformas provisionales.
Iñaki estaba junto a la caseta, hablando por teléfono con la libreta en una mano y cara de querer jubilarse por segunda vez. Desde el accidente de la grúa, su relación con Leo había quedado llena de zonas frías. Ya no discutían como antes. Eso era peor. Iñaki lo trataba con una prudencia que Leo odiaba porque no sabía si venía del cariño, de la culpa o del miedo a que se rompiera delante de todos.
Al verlo, tapó el micrófono del teléfono.
—Llegas tarde.
Leo miró la hora.
—Faltan siete minutos.
—Con esa cara llegas tarde aunque llegues ayer.
—Buenos días para ti también.
Iñaki volvió al teléfono.
—Sí, sí, te digo que la línea no puede entrar por ahí sin coordinación con estructura… No, porque si no luego me llamáis a mí cuando salte todo… Ya.
Leo siguió hacia el interior.
El edificio lo recibió con una respiración de obra: polvo suspendido, olor a yeso, humedad atrapada en ladrillo antiguo, cables provisionales colgando como raíces negras, tubos de PVC apoyados contra paredes, bandejas metálicas a medio montar, marcas de spray fluorescente sobre el suelo. Había charcos pequeños en zonas donde el techo aún filtraba. La luz entraba por ventanas altas, sucia, oblicua, atravesando el aire lleno de partículas. Todo parecía inacabado y, sin embargo, vivo.
Marcos estaba junto a un cuadro secundario, agachado, revisando unas etiquetas con un rotulador entre los dientes.
—Tienes cara de haber dormido debajo de un puente —dijo sin girarse.
—Gracias.
—No era crítica. Era diagnóstico.
—¿Tú también ahora?
Marcos escupió el rotulador en la mano.
—Yo siempre he tenido vocación sanitaria. Lo que pasa es que me daba asco la sangre y acabé contigo, que es peor.
Leo dejó la caja de herramientas en el suelo.
—¿Qué tenemos?
Marcos señaló el cuadro.
—Lo mismo de siempre. El plano dice una cosa, el edificio dice otra, y nosotros hacemos de traductores mal pagados.
Leo miró las líneas.
—¿Zona del montacargas?
—Sí. Hay una derivación antigua que no aparece en documentación. Iñaki dice que tú la mires antes de que los arquitectos empiecen a ponerse poéticos.
Leo se agachó.
El cuadro tenía polvo en las esquinas y etiquetas nuevas pegadas sobre marcas viejas. Alguien, años atrás, había hecho modificaciones sin registrarlas. Nada nuevo. Las instalaciones antiguas siempre guardaban secretos. En eso, los edificios eran más honestos que las personas: no negaban haber cambiado, solo escondían dónde.
Empezó a trabajar.
Durante una hora, el mundo se redujo a herramientas, mediciones, continuidad, tensión, cableado. Era una reducción que agradecía. Allí no había anillos. No había resultados médicos. No había mensajes que se contestaban demasiado poco. Había cobre, aislante, bornas, tornillos, bandejas, esquemas, errores de alguien que probablemente ya no trabajaba allí y que, aun así, seguía condicionando la vida de todos.
A las nueve y algo, llegaron los arquitectos.
Se notó antes de verlos.
Cambió la densidad del ruido. Los operarios bajaron un poco la voz, algunos se apartaron de zonas de paso, Iñigo apareció por la entrada con dos personas más y una carpeta de planos grandes bajo el brazo. Era uno de los arquitectos principales del proyecto, un hombre de treinta y tantos, alto, de barba cuidada, gafas redondas y una forma de caminar como si hubiera diseñado el suelo cinco minutos antes. No era antipático. Eso Leo se lo concedía. Pero tenía esa seguridad blanda de quien está acostumbrado a que los demás conviertan sus líneas en materia.
Junto a él venía una mujer.
Leo la vio primero de lado, entre el movimiento de dos operarios que pasaban cargando una escalera. Llevaba casco blanco, chaleco reflectante y una libreta negra pegada al cuerpo. No parecía de la empresa. El casco estaba demasiado limpio, el chaleco demasiado nuevo, las botas todavía sin la capa de polvo que iguala a todo el mundo en una obra. Tenía el pelo castaño recogido de manera práctica, sin preocuparse demasiado por los mechones que se le escapaban cerca de la cara. No iba maquillada o, si lo iba, era de una forma que no buscaba convencer a nadie.
Leo volvió al cuadro.
No estaba para visitas.
Iñigo dio unas palmadas suaves, más por llamar la atención que por autoridad.
—Un segundo, por favor. Os presento a Lara.
Leo siguió apretando una borna.
Marcos le dio un codazo leve.
—Mira al menos. Educación básica.
—Estoy midiendo.
—Estás evitando.
Leo levantó la vista.
Iñigo había reunido a parte del personal en el espacio central de la nave: dos arquitectos del estudio, el encargado de obra, varios técnicos, Marcos, un par de instaladores, un responsable de seguridad y algunos operarios que se acercaron con la curiosidad moderada de quien sabe que cualquier presentación puede significar trabajo extra.
Lara estaba junto a Iñigo, no exactamente incómoda, pero sí atenta a no ocupar más espacio del necesario. No sonreía de forma automática. Miraba al grupo con una calma reservada.
—Lara es arquitecta —dijo Iñigo—. Fue compañera mía en la escuela y ahora trabaja en intervención sobre patrimonio industrial y rehabilitación adaptativa. Ha venido invitada a echar un vistazo al proyecto, sobre todo por el interés del edificio y por algunas soluciones que estamos planteando en la zona del altillo y la nave principal. No viene a supervisar ni a fiscalizar a nadie.
Alguien soltó una risa breve.
Iñigo sonrió.
—Lo digo porque os conozco. Puede moverse por la obra conmigo o con quien esté disponible, pero, por favor, seguridad básica. Casco, chaleco, nada de zonas sin autorización y nada de hacerla saltar zanjas como si esto fuera una gincana.
Lara tomó la palabra sin levantar demasiado la voz.
—Prometo no tocar nada que no deba.
El encargado, un hombre ancho con bigote canoso, contestó desde atrás:
—Eso dicen todos.
Ella lo miró.
—Entonces prometo tocarlo con cara de culpa.
La risa fue pequeña, pero real.
La tensión bajó un grado.
Iñigo la fue presentando por nombres. El encargado, Aitor. La aparejadora, Maite. El responsable de seguridad, Rubén. Los instaladores. Marcos, que levantó la mano con teatralidad.
—Marcos, electricidad, sarcasmo y cafés malos —dijo él mismo.
—Lo último se subcontrata —añadió Iñigo.
Lara sonrió.
Entonces Iñigo miró hacia Leo.
—Y él es Leo. También electricidad. Cuando le da por hablar, suele tener razón, que es una desgracia para todos.
Leo, agachado junto al cuadro, levantó apenas la mano.
—No siempre.
Marcos murmuró:
—Falsa modestia. Apuntadlo en acta.
Lara miró a Leo con una atención breve, no invasiva. Él sostuvo la mirada un segundo y volvió al cuadro. No por timidez. Por defensa. Había personas que llegaban a los lugares haciendo ruido, reclamando presencia. Ella no. Ella llegaba mirando. Y ese tipo de mirada era peor: no pedía permiso, pero tampoco podía acusársela de entrar a la fuerza.
La presentación terminó y el grupo se dispersó.
Iñigo empezó a explicarle a Lara la intervención general. Hablaba con entusiasmo contenido, señalando con el plano los puntos donde abrirían nuevos huecos, conservarían ladrillo visto, reforzarían estructura, introducirían pasarelas, dejarían parte de las antiguas marcas industriales como memoria del edificio. Lara escuchaba sin interrumpir demasiado. De vez en cuando hacía una pregunta corta. No preguntas de lucimiento. Preguntas que iban al hueso.
—¿La humedad de ese muro se resolvió o se maquilló?
—¿Qué carga nueva entra en el altillo?
—¿La escalera es reversible?
—¿Quién decidió conservar esa línea de pilares y eliminar la otra?
—¿Tenéis lectura estratigráfica de los revestimientos o vais a escoger lo bonito?
Iñigo se defendía bien, pero Leo notó que empezaba a sonreír menos.
Marcos también lo notó.
—Me cae bien —susurró.
—No ha hecho nada.
—Ha preguntado si vais a escoger lo bonito. Eso en idioma arquitecto es apuñalar con servilleta de lino.
Leo no respondió, pero se le escapó una mínima sonrisa.
La mañana avanzó entre ruido y polvo.
A las diez, Leo tenía localizada la derivación antigua. Venía de la zona del montacargas, como sospechaba Marcos, pero no exactamente por el trazado previsto. Alguien había aprovechado una canalización lateral oculta detrás de un falso tabique instalado quizá en los noventa. El cable seguía vivo, aunque en plano aparecía anulado. Una trampa clásica. No peligrosa si se detectaba; peligrosa precisamente porque todos creían que ya no existía.
—Aquí hay que cortar y rehacer —dijo Leo.
Marcos miró el hueco.
—¿Seguro?
Leo le pasó el comprobador.
—Mira.
Marcos midió.
—La madre que los parió.
—Probablemente ya estén jubilados.
—Peor. Los jubilados duermen tranquilos y nosotros abrimos sus regalos.
Leo dejó una marca con cinta.
Iñaki apareció poco después, ya sin teléfono, con cara de haber perdido dos discusiones y ganado una por agotamiento del contrario.
—¿Qué tenemos?
—Línea viva no documentada —dijo Leo—. Entra desde montacargas, cruza falso tabique y alimenta parte del circuito que todos creían limpio.
Iñaki cerró los ojos.
—Maravilloso.
—Hay que rehacer.
—¿Tiempo?
—Depende de cuánto queráis fingir que no existe.
Iñaki lo miró.
—Hoy no estoy para filosofía.
—Yo tampoco. Rehacer bien, día y medio. Parchear, medio día y problema en tres meses.
Iñaki suspiró.
—Día y medio.
Leo asintió.