CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #5
—Me acostaría con alguien que no me importara, bebería más de la cuenta, diría que estoy bien, volvería a casa peor y repetiría hasta que el cuerpo me pasara factura.
Leo lo observó.
—Eso no suena como consejo.
—No. Suena como advertencia.
El bar siguió haciendo ruido alrededor.
El partido.
La tragaperras.
La cafetera.
Risas ajenas.
Leo bajó la vista al vaso.
—¿Y si quiero hacerlo igual?
Unai no respondió enseguida.
Después levantó la mano hacia la camarera.
—Entonces al menos no lo hagas solo.
La segunda cerveza existió.
También la tercera.
No hablaron todo el tiempo de Marta. Habría sido insoportable. Unai contó historias de gente del barrio, trabajos absurdos, una boda a la que fue sin conocer al novio, una pelea en fiestas de Santutxu que terminó con un hombre llorando porque había perdido una zapatilla. Leo escuchaba. A veces reía. A veces se quedaba fuera de la conversación y volvía al notar que Unai lo miraba.
El alcohol le dio a la noche una textura menos afilada.
No borró nada.
Pero puso distancia.
Eso bastó.
Al salir del bar, la lluvia había parado. La calle brillaba bajo las farolas. Unai encendió otro cigarrillo.
—¿Ves? No ha pasado nada terrible.
Leo se apoyó contra la pared.
—Eso es discutible.
—No has escrito a tu ex desaparecida casada, no has llorado sobre la máquina tragaperras y no has intentado arreglar el neón del bar. Éxito rotundo.
Leo miró el rótulo del local. Una letra parpadeaba.
—Está mal conectado.
—Ni se te ocurra.
Leo sonrió.
Esta vez sin casi.
Unai lo vio.
—Mañana hay más.
—No.
—No he dicho beber. He dicho mañana. Una cosa que le ocurre a la gente aunque tú no la autorices.
Leo miró la calle.
Mañana.
La palabra todavía tenía filo.
Pero aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, no sonó solo como amenaza.
Sonó también como una posibilidad incómoda.
Volvió a casa pasada la medianoche.
No borracho del todo. Lo suficiente para que la escalera pareciera más larga y la llave tardara dos intentos en entrar. Nerón lo recibió levantándose con esfuerzo, no corriendo. Leo se agachó y el perro le olió el aliento. Después lo miró con una dignidad decepcionada.
—Ya —dijo Leo—. Tú también.
Nerón volvió a la manta.
Leo se quitó los zapatos en el recibidor. Entró al salón sin encender la luz. La pared de Marta estaba en sombras. La fotografía grande apenas se distinguía. La nota del Café Lur seguía pegada debajo. La palabra “Sigo” era invisible, pero Leo sabía dónde estaba.
Sacó el móvil.
Un mensaje de Marta.
Enviado a las 22:48.
¿Tu madre sigue estable?
Leo leyó la pregunta.
Se dejó caer en el sofá.
Escribió:
Sí. Gracias.
Dudó.
Añadió:
Perdón por no contestar antes. Estaba con un amigo.
Esta vez Marta tardó menos.
Me alegro.
Leo miró la pantalla.
No supo si le molestó que no preguntara más o si agradeció que no lo hiciera.
Escribió:
Mañana te escribo.
No envió.
Borró.
Guardó el móvil.
Nerón respiraba despacio en la manta.
La casa olía a perro, lluvia seca y cerveza en su propia ropa. Leo cerró los ojos.
Durante unos segundos, antes de dormirse, vio tres imágenes superpuestas.
Marta retirando la mano cuando sonó el teléfono.
Su madre en la cama de urgencias diciendo que no la organizara como una muerte.
Unai levantando una cerveza y diciendo que mañana era una cosa que ocurría aunque él no la autorizara.
La oscuridad llegó sin permiso.
Y, por primera vez en semanas, Leo no soñó con buscar a nadie.
Soñó con un edificio sin terminar.
Ladrillo visto, vigas desnudas, planos extendidos sobre una mesa. Una mujer a la que no conocía caminaba entre columnas, tocando las paredes con los dedos como si leyera algo escrito en ellas. Tenía el pelo castaño, recogido de forma descuidada, una camisa blanca manchada de grafito y un lápiz detrás de la oreja.
—Aquí hay una carga mal repartida —decía.
Leo intentaba responder, pero no podía verla bien.
—¿Qué carga?
Ella se volvía.
No era Marta.
No era nadie que él conociera.
—La que no se ve —decía la mujer—. Esa es la que acaba tirando abajo las casas.
Leo despertó antes de verle la cara.
El reloj marcaba las 05:37.
Esta vez, todavía con sabor a cerveza en la boca y la cabeza pesada, no sintió miedo.
Solo cansancio.
Y una extraña certeza, pequeña y absurda, de que algún día conocería a esa mujer.
La mañana en que Leo conoció a Lara no empezó con una señal.
Empezó con un dolor de cabeza bajo, una boca pastosa y el zumbido del móvil sobre la mesilla antes de que amaneciera del todo. Durante unos segundos, al abrir los ojos, no supo si estaba en su piso, en Londres, en casa de su madre o en aquel hospital de pasillos blancos donde las noches parecían no terminar nunca. La habitación estaba oscura, pero no del todo. Entraba por la ventana una claridad azulada, temprana, de esas que no iluminan aún, solo separan los muebles de la sombra.
Nerón dormía en el suelo, junto a la puerta del dormitorio. Ya no se tumbaba siempre en la manta del salón. Últimamente cambiaba de sitio durante la noche, como si buscara una postura que el cuerpo viejo no terminaba de concederle. Leo lo oyó respirar, un sonido profundo, ligeramente ronco, y por un instante se quedó quieto, escuchándolo con una atención casi supersticiosa.
El móvil volvió a vibrar.
Leo alargó la mano.
Clara.
No era llamada. Mensaje.
Hoy prueba a las 11:30. No te olvides.
Leo escribió con un ojo medio cerrado.
No me olvido.
Clara respondió al momento.
Ya. Por eso te lo recuerdo.
Leo dejó el móvil boca abajo y se incorporó despacio. El suelo estaba frío bajo los pies. La cabeza le latía en una zona concreta, detrás del ojo izquierdo, no con la violencia blanca de otras veces, sino con esa persistencia sucia que deja el alcohol cuando no ha sido suficiente para hacer olvidar nada y sí suficiente para empeorar el cuerpo.
En la cocina, mientras esperaba a que saliera el café, miró la botella de whisky dentro del armario. No la tocó. Ni siquiera la abrió. Pero saber que estaba allí ya era una forma de conversación.
Nerón apareció en el umbral, despacio, con una pata algo rígida.
—Buenos días, viejo —dijo Leo.
El perro movió la cola sin entusiasmo, como si quisiera cumplir con el gesto, aunque el cuerpo no colaborara del todo.
Leo se agachó y le acarició el cuello. La piel seguía irritada en una zona. La veterinaria había dicho que no era grave, que había que ajustar tratamiento, que la edad, que la humedad, que los perros grandes. Palabras tranquilas. Palabras razonables. Palabras que no consolaban.
—Hoy vuelvo pronto —murmuró.
Nerón lo miró.
Leo sonrió sin ganas.
—Ya, no debería decir eso.
Preparó café, puso agua limpia, dejó la medicación del perro junto al comedero y abrió la ventana del salón para que entrara aire. La pared de Marta, menos llena desde la noche anterior al café, seguía ahí. Ya no era aquella masa sofocante de papeles, mapas y fotografías, pero tampoco había dejado de ocupar la casa. Era una herida ordenada a medias. La foto grande de Marta, el papel del Café Lur, la nota de Londres con aquella palabra que seguía pareciendo insuficiente.
Sigo.
Leo se quedó mirándola mientras bebía café de pie.
El móvil vibró otra vez.
Esta vez no era Clara.
Marta.
Que vaya bien la prueba de tu madre.
Leo leyó el mensaje varias veces.
No decía “dime algo después”. No decía “quiero verte”. No decía “lo del café sigue dentro de mí como una taza que no se enfría nunca”. Solo eso. Una frase limpia, prudente, atenta. La clase de frase que se puede enviar sin traicionar a nadie, sin mentir demasiado, sin abrir una puerta que luego no se sabe cerrar.
Leo escribió:
Gracias.
Miró la palabra.
La envió.
Después añadió, sin pensarlo:
Nerón está algo mejor de la piel.
Marta tardó un poco más.
Me alegro. Dale una caricia de mi parte, si quieres.
Si quieres.
Leo miró a Nerón, que se había tumbado en el suelo de la cocina con la cabeza apoyada sobre las patas.
—Te manda una caricia —dijo.
El perro levantó apenas los ojos.
Leo se agachó y le pasó la mano por la cabeza, lenta, desde la frente hasta el cuello. Nerón cerró los ojos con un placer cansado.
Leo escribió:
Se ha quedado dormido.
Marta respondió:
Eso hacía cuando fingía que no escuchaba.
Y ahí, en esa frase pequeña, estuvo Marta entera durante un segundo. La de antes. La de la casa. La que podía bromear sobre el perro mientras estudiaba con ojeras. Leo sintió que el cuerpo se le inclinaba hacia el teléfono, como si una parte de él quisiera meterse dentro de aquella grieta y quedarse allí, donde todo era todavía reconocible.
No respondió.
No porque no quisiera.
Porque si respondía, quizá diría algo que no podía sostener.
Se vistió con ropa de trabajo limpia, aunque sabía que en menos de una hora tendría polvo hasta en los hombros. Camisa gris, pantalón técnico, botas. Al mirarse al espejo del baño, se notó la cara algo hinchada por haber dormido mal y bebido más de la cuenta la noche anterior. Pasó agua fría por las mejillas. La barba estaba decente. Los ojos no.
Antes de salir, se detuvo junto a la puerta del salón.
—No hagas tonterías —le dijo a Nerón.
El perro no se movió.
—Eso va por los dos.
Cerró con llave.
La obra estaba en un antiguo edificio industrial cerca de la ría, una construcción de ladrillo rojizo ennegrecido por años de humedad, hollín y abandono. Había sido almacén, luego taller, luego casi nada. Durante un tiempo quedó vacío, con las ventanas tapiadas, grafitis en la planta baja y palomas anidando entre vigas metálicas. Ahora alguien había decidido que podía convertirse en otra cosa: oficinas, espacios culturales, una cafetería de diseño, quizá estudios para empresas que pagarían alquileres imposibles por trabajar bajo techos altos y paredes heridas.
Bilbao hacía eso cada vez más: limpiaba sus cicatrices, las iluminaba bien y las vendía como identidad.