Ocho horas CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #4
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CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #4

Esa fue la forma que tomó el miedo.

No un monstruo. No una sombra. No una frase dramática. Citas.

Lunes, analítica.

Miércoles, digestivo.

Viernes, prueba de imagen.

La semana siguiente, resultados.

Leo compró una carpeta azul y separadores. Su madre protestó al verla.

—Te dije que no hicieras carpetas.

—Es para no perder papeles.

—Nunca pierdo papeles.

—Ya. Pero ahora los tengo yo también.

—Controlador.

—Herencia materna.

Ella casi sonrió.

Esa fue una de las pocas victorias de aquellos días.

Marta escribió dos veces más.

Mensajes breves.

Prudentes.

¿Cómo salió la prueba?

¿Necesitas algo?

Leo respondía igual de breve.

Pendiente.

No.

Gracias.

Cada respuesta era una cuerda que no se atrevía a tensar. El casi beso seguía allí, pero ninguno lo mencionaba. La historia de Marta seguía incompleta, pero ninguno pedía otra cita. David existía en el margen de cada mensaje, no nombrado, como una sombra educada. Leo imaginaba a veces a Marta escribiendo desde una cocina ajena, con el móvil en la mano y el anillo golpeando suavemente la mesa. Otras veces la imaginaba en la cama, de espaldas a David, borrando frases antes de enviarlas.

No sabía qué era peor: imaginarla sola o acompañada.

Una noche, después de dejar a su madre dormida y discutir con Clara por turnos de cuidado, Leo volvió a su piso. Nerón lo recibió con menos entusiasmo del habitual. Se levantó, sí, pero despacio. La cola se movió con cariño cansado. Leo dejó las llaves en la entrada y se agachó.

—¿Qué pasa, viejo?

Nerón apoyó la cabeza en su pecho.

Leo notó el peso.

No el peso físico, sino otro: una lentitud nueva en el cuerpo del perro, una forma de abandonarse contra él que antes no tenía. Le levantó el hocico, revisó sus ojos, las encías, la piel de la panza. Había una zona más irritada cerca de una pata. Nada grave. Pero el perro parecía cansado.

—Mañana te llevo al veterinario.

Nerón suspiró.

Leo lo abrazó con cuidado.

—No me hagas esto tú también.

El perro no respondió.

Aquella noche, por primera vez en meses, Leo quiso beber.

No una cerveza con Marcos. No una copa social. Beber de verdad. Quiso llenar el cuerpo de algo que hiciera ruido por dentro, algo que tapara la voz del médico, la prudencia de Marta, el cansancio de su madre, el peso de Nerón, la palabra marido, la palabra oncología, la hora 05:37 apareciendo como una amenaza en cualquier superficie.

Tenía una botella de whisky en un armario.

Un regalo antiguo de Iñaki por una Navidad laboral, sin abrir. Leo la encontró detrás de un paquete de arroz y un bote de lentejas. La sacó, la puso sobre la encimera y la miró.

No bebía whisky.

No le gustaba.

Eso le pareció útil.

Sirvió un dedo en un vaso bajo.

Lo olió.

Alcohol, madera, incendio pequeño.

Bebió.

Le quemó la garganta.

Tosió.

Nerón levantó la cabeza desde la manta.

—No mires.

Sirvió otro.

No terminó borracho. Ni siquiera cerca. Pero el calor del alcohol le abrió una puerta peligrosa: durante unos minutos, el cuerpo dejó de estar tan tenso. La cabeza dolió menos. La casa pareció menos llena. La noche perdió una capa de filo.

Eso bastó para que al día siguiente quisiera repetir.

No lo hizo.

Aguantó dos días.

Al tercero, después de una llamada del hospital aplazando resultados y un mensaje de Marta que decía “lo siento” sin que nadie pudiera hacer nada con esa palabra, volvió a abrir la botella.

Esta vez no tosió.

El viernes, el veterinario dijo que Nerón estaba mayor, pero estable.

Otra vez la palabra.

Estable.

—Tiene algo de inflamación y la piel peor, pero no veo nada alarmante —dijo la veterinaria, una mujer de manos rápidas y voz dulce—. Vamos a ajustar tratamiento. Y quizá conviene controlar peso y movilidad.

Leo acariciaba la cabeza de Nerón sobre la mesa metálica.

—Está más cansado.

—Es normal con la edad.

—Antes subía las escaleras corriendo.

—Antes era más joven.

La frase no era cruel.

Pero a Leo le sonó insoportable.

La veterinaria debió de notar su expresión, porque suavizó la voz.

—No está mal, Leo. Solo necesita más cuidado.

Más cuidado.

Todo necesitaba más cuidado.

Su madre.

Nerón.

Marta.

Él.

La casa.

La vida entera parecía haber entrado en una fase en la que nada podía dejarse solo sin deteriorarse.

Al salir, Nerón caminó despacio por la acera. Leo no tiró de la correa. Dejó que olfateara cada esquina, cada árbol, cada rastro. Cuando llegaron a la panadería de Amparo, la mujer salió al verlo.

—Leo, hijo.

Él levantó la mano.

Amparo miró a Nerón.

—Está mayor.

—Todos.

Ella no sonrió.

—Me enteré de lo de Marta.

Leo se quedó quieto.

—¿Qué se enteró?

—Que volvió. Me lo dijo Laura. Bueno, no me dijo mucho. Solo que estaba viva. Gracias a Dios.

Leo no dijo nada.

Amparo se secó las manos en el delantal.

—¿La has visto?

—Sí.

—¿Y?

Leo miró a Nerón.

El perro olfateaba la entrada de la panadería, quizá recordando otros tiempos.

—Está viva —dijo.

Amparo asintió, entendiendo que no había permiso para más.

—Eso ya es mucho.

Leo casi respondió que sí.

Pero no pudo.

Compró pan.

Al salir, sostuvo la barra bajo el brazo con una sensación extraña de repetición. Compra pan, cielo. Te quiero. Marta. La vida seguía entregándole objetos antiguos como si quisiera obligarlo a leer un mensaje que cambiaba cada vez.

Esa noche, Unai apareció en el portal.

Leo llevaba a Nerón de vuelta del paseo y lo encontró sentado en el primer escalón, con una cazadora de cuero gastada, barba de varios días y una bolsa de supermercado a los pies. Unai levantó la vista y sonrió como si no hubieran pasado años, aunque habían pasado demasiados.

—Joder, el desaparecido.

Leo se detuvo.

—Unai.

Nerón lo olfateó con interés. Unai le ofreció la mano.

—Y este sigue vivo. Milagro. Tú sí que eres fiel, cabrón.

Nerón movió la cola.

Unai había sido amigo de Leo en la adolescencia, de esos amigos que pertenecen a una edad concreta y después quedan archivados en una zona poco visitada de la memoria. Habían jugado al fútbol en plazas mojadas, fumado a escondidas bajo portales, hablado de irse algún día de Bilbao como quien habla de colonizar Marte. Luego la vida los separó sin dramatismo: trabajos, parejas, falta de llamadas, esa erosión lenta que no necesita conflicto.

Seguía teniendo los mismos ojos vivos, algo burlones, pero la cara estaba más marcada. Había ganado peso en el cuerpo y desgaste en la mirada. Olía a tabaco, colonia barata y calle.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Leo.

—Saludarte. ¿O hace falta cita previa con la oficina de desaparecidos?

Leo endureció la mandíbula.

Unai levantó ambas manos.

—Vale. Mal chiste. Perdón.

—¿Quién te dijo que estaba aquí?

—Tu hermana.

—Clara no tenía que…

—Clara está hasta los cojones de verte hablar solo con el perro y los fantasmas.

Leo miró hacia la escalera.

—No estoy para esto.

—Perfecto. Yo tampoco estoy para casi nada. Por eso nos vamos a tomar una.

—No.

—Sí.

—Tengo que subir.

—Subes, dejas al perro, compruebas que la pared de las obsesiones sigue en pie, te cambias esa cara de viudo administrativo y bajamos.

Leo lo miró.

—No me hables así.

Unai sostuvo la mirada.

—Alguien tiene que hacerlo.

Durante un segundo, Leo pensó en mandarlo a la mierda. Habría sido fácil. Casi placentero. Pero Unai permaneció allí con una mezcla de descaro y preocupación mal disimulada que pertenecía a otra época, una época anterior a Marta, al rayo, a la policía y a la palabra estable. Había algo ofensivamente vivo en él.

—Una —dijo Leo.

Unai sonrió.

—Claro. Una. Como cuando teníamos diecisiete años y estudiábamos media hora.

Leo subió a Nerón.

Le puso agua, le dio la medicación nueva, le dejó la manta bien extendida. El perro lo miró desde el salón con sospecha. Leo se agachó frente a él.

—Vuelvo pronto.

La frase le heló la boca.

No tardo.

Vuelvo en dos días.

Vuelvo pronto.

Ninguna promesa pequeña era inocente ya.

—De verdad —añadió.

Nerón apoyó la cabeza en las patas.

Leo bajó.

Unai lo esperaba fumando en el portal.

—¿Sigues con esa cara porque vienes o porque has prometido volverle al perro y te ha dado una crisis existencial?

Leo lo miró.

—Clara habla demasiado.

—Clara habla lo justo. Tú escuchas poco.

Caminaron hasta un bar estrecho cerca de una calle lateral. No era el bar de siempre de Leo y Marcos. Era más oscuro, más ruidoso, con una barra de madera marcada por vasos y una máquina tragaperras iluminando una esquina con colores desagradables. Olía a cerveza, fritura y humedad en las chaquetas. Había cuatro hombres viendo un partido sin demasiado entusiasmo y una camarera con el pelo rojo sirviendo cañas con una eficiencia triste.

Unai pidió dos cervezas sin preguntar.

—He dicho una —dijo Leo.

—Y esta es la una. La segunda todavía no existe. No seas técnico con la bebida.

Se sentaron junto a la pared.

Leo dio un sorbo.

La cerveza estaba fría.

Le hizo bien.

Eso le preocupó.

Unai lo observaba por encima de su vaso.

—Te vi en una foto de Facebook con carteles. Hace tiempo.

Leo miró la espuma.

—Todos me vieron en alguna foto.

—Yo no supe qué decir.

—Nadie sabía.

—Ya. Pero algunos al menos aparecieron. Yo no.

Leo levantó la vista.

Unai no sonreía.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Pero no vamos a ponernos profundos en la primera cerveza, que luego se nos corta la digestión emocional.

Leo soltó una risa pequeña.

La primera verdadera en días.

Unai señaló con el vaso.

—Ahí está. El tío seguía vivo.

—No exageres.

—No exagero. Pareces un santo de iglesia después de 3 incendios.

Leo bebió otro sorbo.

—Marta volvió.

Unai bajó el vaso.

—Lo sé.

—¿También te lo dijo Clara?

—Medio barrio lo sabe a medias. Así funcionan los milagros y las desgracias.

Leo miró alrededor.

Nadie les prestaba atención.

—Está casada.

Unai hizo una mueca.

—Joder. Eso es una patada con bota de obra.

—Gracias por la poesía.

—La poesía es verdad con resaca.

Leo casi sonrió.

—¿Tú qué harías?

Unai se recostó en la silla.

—¿Yo? Una barbaridad.

—Me sirve.

—No, no te sirve. Yo he arruinado dos relaciones, tres trabajos y una moto. No soy brújula. Soy señal de peligro.

—Entonces dime la barbaridad.

Unai lo miró con seriedad repentina.