Ocho horas CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #3
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CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #3

No con Marta exactamente. Con la distancia de la frase. Con la corrección. Con la prudencia. Con el hecho de que después de haber estado a punto de besarla, de haber escuchado una parte de su infierno, de haber sentido su mano en la suya, todo quedara reducido a una frase limpia, casi administrativa.

Me alegro de que esté estable.

Escribió:

No está bien. Le harán pruebas. Puede ser algo grave.

Lo envió.

Se arrepintió al instante.

No porque fuera mentira.

Porque era una forma de tirar de ella hacia su lado del dolor.

Marta tardó en responder.

Durante esos minutos Leo caminó por el pasillo con el teléfono en la mano, odiándose por mirar la pantalla cada pocos segundos. Clara seguía junto a la máquina de agua. Una enfermera pasó con una bandeja. Un hombre mayor preguntó por radiología a una celadora que no supo responderle. En alguna parte, un niño lloró dormido.

El móvil vibró.

Estoy aquí si necesitas algo.

Leo miró la frase.

Estoy aquí.

No debería haberle hecho daño.

Se lo hizo.

Porque no era verdad de la forma en que su cuerpo quería que fuera verdad. Marta no estaba allí. Estaba en otra casa, con otra vida, quizá con David esperando despierto o fingiendo dormir. Estaba aquí en un sentido prudente, moral, limitado. Un aquí de quien no puede cruzar todas las puertas.

Leo escribió:

No sé qué necesito.

Esta vez no borró.

Marta respondió:

Yo tampoco.

Leo se apoyó contra la pared.

Durante un instante, aquella simetría mínima los acercó más que el casi beso. No era deseo. No era promesa. Era la confesión simple de que ninguno sabía habitar lo que les estaba ocurriendo.

Guardó el móvil.

Volvió junto a Clara.

—¿Alguna novedad? —preguntó ella.

—No.

—¿Marta?

Leo no respondió.

Clara entendió.

—Cuidado.

—No empieces.

—No te estoy juzgando.

—Sí.

—Vale, un poco. Pero con cariño.

Leo cerró los ojos.

—No pasó nada.

Clara lo miró.

—Esa frase siempre significa que pasó algo.

Él apoyó la cabeza contra la pared.

—Casi.

—¿Casi qué?

No contestó.

Clara bajó la voz.

—Leo.

—Casi la beso.

Su hermana cerró los ojos con cansancio, no con escándalo.

—Joder.

—Sí.

—¿Y ella?

Leo miró hacia el box donde dormía su madre.

—Ella también casi.

Clara se sentó a su lado.

Durante un rato no dijo nada.

Después habló despacio, como si eligiera cada palabra para no convertir la advertencia en condena.

—Está casada.

—Lo sé.

—Y está rota.

—Lo sé.

—Y tú también.

Leo soltó aire por la nariz.

—Gracias por el informe.

—No te lo digo para hacerte daño.

—Ya.

—Te lo digo porque cuando dos personas rotas se reconocen, a veces creen que eso es amor. Y a veces lo es. Pero a veces es solo que las grietas coinciden.

Leo volvió la cabeza hacia ella.

La vio adulta.

Eso le dolió más de lo esperado.

—¿Cuándo aprendiste a hablar así?

Clara se encogió de hombros.

—Viéndote no hablar.

Leo no tuvo respuesta.

La madrugada se espesó en el hospital como una sustancia sin color. Las horas no avanzaban; se acumulaban. A la una y media, Clara se quedó dormida en una silla, con el cuello torcido y el abrigo sobre las rodillas. Leo la cubrió con su propia chaqueta. A las dos, una enfermera les dijo que podían irse y volver por la mañana, que su madre estaba estable y dormida. Clara se negó sin despertarse del todo. Leo no discutió. A las tres, compró un café que no bebió. A las cuatro, volvió a mirar el móvil.

Nada de Marta.

A las 05:37, el hospital pareció detenerse un segundo.

Leo no miró la hora por voluntad. La vio reflejada en la pantalla de una máquina junto a la pared, números verdes sobre fondo negro. 05:37. Allí estaba otra vez, infiltrada en otra noche, apareciendo como un hilo mal escondido en la costura del mundo.

El dolor de cabeza volvió.

Esta vez no fue intenso, sino profundo. Un peso detrás de la frente, como si alguien presionara desde dentro con dos dedos. Leo se levantó y caminó hasta el baño. Se encerró en un cubículo, bajó la tapa del inodoro y se sentó. El baño olía a lejía, papel húmedo y cansancio humano. Había un grafiti mínimo en la puerta: “Aguanta.”

Una palabra.

Aguanta.

Leo la miró hasta que las letras empezaron a moverse.

Bip.

No.

Silencio.

Bip.

El sonido era tan bajo que podía no existir.

Leo se tapó los oídos.

Bip.

Cerró los ojos.

Y vio una luz blanca.

No una imagen completa. Solo luz. Después, una sombra inclinada sobre él. Un rostro que no lograba enfocar. Marta. O su madre. O ambas superpuestas en una figura imposible. Alguien le pasaba los dedos por el dorso de la mano.

Estoy aquí.

Leo abrió los ojos con violencia.

El baño volvió de golpe.

Lejía.

Azulejos.

La palabra aguanta escrita con rotulador.

Se levantó, se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo. Tenía los ojos rojos. Durante un segundo, su reflejo llegó tarde. El gesto de parpadear pareció repetirse con una mínima demora, como si el espejo estuviera recordándolo en vez de devolverlo.

—No —susurró.

El reflejo movió los labios al mismo tiempo.

Normal.

Todo normal.

Salió antes de que el miedo pudiera darle forma.

Su madre recibió el alta provisional a media mañana.

No era un alta tranquila. Era un “váyase a casa, pero vuelva pronto”. Le dieron papeles, citas, recomendaciones, una lista de síntomas de alarma, una medicación para la anemia y una frase que nadie dijo en voz alta pero que todos oyeron: esto no ha terminado.

La llevaron al piso de ella. Clara insistió en quedarse. Leo también. Su madre dijo que no quería convertir la casa en una sala de espera, pero no tuvo fuerzas para echarlos. Se sentó en el sofá con una manta sobre las piernas, más irritada que agradecida.

—Estoy bien.

—No estás bien —dijo Clara desde la cocina.

—Estoy suficientemente bien para saber que habláis de mí como si no estuviera.

Leo dejó los papeles médicos sobre la mesa.

—Nadie habla de ti como si no estuvieras.

—Peor. Habláis como si me fuera a ir.

La frase dejó la habitación sin aire.

Clara apareció en el marco de la cocina, con una taza en la mano.

—Ama.

La madre de Leo miró hacia la ventana.

—No soy tonta.

Leo se sentó frente a ella.

—Nadie ha dicho nada definitivo.

—Exacto. Por eso todos tenéis esa cara.

El silencio fue más honesto que cualquier respuesta.

La casa de su madre siempre había estado ordenada de una forma casi militar. No por rigidez, sino por costumbre. Los cojines rectos, las mantas dobladas, las fotografías limpias, los medicamentos en una caja metálica, las facturas guardadas en carpetas. Era una casa que no permitía el abandono. Incluso la luz parecía caer en ella con disciplina.

A Leo le resultó insoportable ver, sobre la mesa, los papeles del hospital rompiendo ese orden.

Analítica.

Derivación.

Prueba de imagen.

Control.

Palabras que parecían pequeñas mientras no se pronunciaban juntas.

Su madre siguió su mirada.

—No empieces a hacer carpetas.

Leo levantó los ojos.

—No he dicho nada.

—Te conozco.

—Solo quiero organizar las citas.

—Puedes organizar las citas. No mi muerte.

Clara dejó la taza con un golpe.

—No digas eso.

La madre cerró los ojos.

—Perdón.

Leo sintió que aquella palabra, en su boca, tenía un peso que no debería tener. Su madre casi nunca pedía perdón. No por orgullo, sino porque procuraba no necesitarlo. Escucharla hacerlo era como ver una pared maestra agrietarse.

—No va a pasar eso —dijo Clara.

—No lo sabemos —respondió su madre, más suave.

—Pues hasta que no lo sepamos, no lo digas.

La madre de Leo la miró.

Clara estaba llorando otra vez, pero esta vez de rabia.

—Vale —dijo la madre—. No lo digo.

Leo se levantó.

—Voy a comprar algo.

—No hace falta.

—Ya.

Salió antes de discutir.

En la calle, el día estaba demasiado claro. No soleado, pero sí abierto. Las nubes altas dejaban una luz pálida sobre los edificios. Leo caminó sin rumbo durante varios minutos, incapaz de entrar en ninguna tienda. Sentía el móvil en el bolsillo como un animal pequeño.

Cuando por fin lo sacó, tenía un mensaje de Marta.

¿Cómo está?

Leo se detuvo frente a un escaparate de electrodomésticos. Dentro, varias lavadoras giraban vacías, iluminadas por una luz blanca absurda. La ropa de muestra daba vueltas detrás de los cristales redondos. Ciclos perfectos. Agua, giro, pausa, giro. Un mundo cerrado fingiendo limpieza.

Escribió:

En casa. Tiene más pruebas pendientes.

Marta respondió:

¿Quieres que pase por Nerón si necesitas estar con ella?

Leo miró la frase.

No esperaba eso.

Nerón.

La propuesta atravesó una capa que ni Marta ni él habían tocado todavía. No decía “quiero verte”. No decía “hablemos de lo que pasó”. No decía “dejemos que lo del café siga”. Decía: puedo cuidar al perro que fue nuestro hogar si tú tienes que cuidar a tu madre.

Leo apoyó la espalda contra el cristal del escaparate.

Una señora pasó a su lado y lo miró con desconfianza.

Escribió:

No sé si es buena idea.

La respuesta tardó más.

Lo entiendo.

Después llegó otro mensaje.

Pero si lo necesitas, puedo.

Leo cerró los ojos.

Se imaginó a Marta entrando en el piso. Nerón volviéndose loco. Ella agachándose. El perro hundiendo la cabeza en su pecho. La pared de pistas. La nota. El girasol. La casa entera abriendo una herida de golpe.

No.

Todavía no.

Respondió:

Gracias. Hoy no.

Marta escribió:

Vale.

Una palabra correcta.

Otra puerta cerrada con cuidado.

Leo guardó el móvil y entró en una tienda sin mirar el rótulo. Compró pan, leche, manzanas, caldo, yogures, galletas sin azúcar que su madre odiaría y una libreta pequeña para citas médicas. Al llegar a la caja, vio un cubo con girasoles cerca de la entrada. No pegaban con nada: amarillos, grandes, casi violentos bajo la luz blanca del comercio.

No compró ninguno.

Pero se quedó mirándolos demasiado tiempo.

—¿Quiere flores? —preguntó la cajera.

—No.

La mujer pasó las galletas por el lector.

Bip.

Leo apretó los dientes.

Bip.

Leche.

Bip.

Pan.

Bip.

Libreta.

Cada producto entraba en el sistema con un sonido breve, quirúrgico.

Bip.

Bip.

Bip.

—¿Está bien? —preguntó la cajera.

Leo parpadeó.

—Sí.

Pagó y salió con las bolsas.

No estaba bien.

Pero ya empezaba a acostumbrarse a que esa respuesta no sirviera de nada.

Los días siguientes se organizaron alrededor de citas.