Ocho horas CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #2
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CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR #2

—Sí.

Su madre cerró los ojos un instante.

—Bien.

Leo casi se enfadó.

—¿Bien?

—Sí. Bien que esté viva.

—Está casada.

Su madre abrió los ojos.

No pareció sorprendida. O quizá en los últimos años había aprendido a no parecerlo.

—También está viva.

—No es tan simple.

—Nunca dije que lo fuera.

Leo soltó su mano y se apartó medio paso.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Reducirlo.

Su madre lo miró con cansancio.

—Leo, llevo años viéndote ampliar el dolor hasta que no cabía nadie más en la habitación. Permíteme reducir algo, aunque sea un poco.

Él se quedó callado.

La máquina cercana emitió un pitido leve.

No era un monitor conectado a ella. Era un aparato de otro box, quizá una bomba de infusión, quizá una alarma menor. Pero el sonido atravesó a Leo.

Bip.

La luz blanca.

La mano.

Marta diciendo “estoy aquí”.

Se llevó una mano a la sien.

Su madre lo notó.

—¿La cabeza?

—No es nada.

—Otra vez.

—Estoy bien.

—No estás bien.

Clara miró entre ambos.

—¿Otra vez qué?

Leo bajó la mano.

—Dolores. Desde el accidente.

—¿Y no me lo dices? —preguntó Clara.

—No era prioridad.

Su madre soltó una risa sin humor.

—Mira quién habla.

La frase quedó suspendida.

Por primera vez esa noche, los tres se quedaron en silencio, enfrentados no a una enfermedad concreta, ni a Marta, ni a la búsqueda, sino a la manera absurda en que cada uno había escondido su propio daño para no cargar a los otros.

La madre de Leo cerró los ojos.

—Estoy cansada —dijo.

Esta vez no sonó a excusa.

Sonó a verdad.

Leo se acercó de nuevo.

—Descansa.

Ella abrió un ojo.

—No me voy a morir esta noche, por si pensabas montar drama.

—Ama.

—¿Qué?

—Cállate un poco.

Clara soltó una risa breve.

La madre de Leo sonrió.

—Eso está mejor.

Se quedó dormida unos minutos después, con la mano de Clara sobre la manta y Leo de pie al lado de la cama, mirando la línea fina de su respiración.

Arriba.

Abajo.

Arriba.

Abajo.

Pensó en los sistemas que mantenían vivo un edificio: cables, bombas, conductos, luces de emergencia, válvulas ocultas. Todo parecía sólido hasta que una parte mínima fallaba. Entonces se descubría que la estabilidad no era fortaleza, sino coordinación.

Un cuerpo era igual.

Una familia también.

Cuando salieron del box, Clara se fue a llamar a su trabajo. Leo quedó solo en el pasillo. Sacó el móvil.

Había un mensaje de Marta.

Solo cinco palabras.

Espero que tu madre esté bien.

Leo las leyó varias veces.

No había beso.

No había explicación.

No había continuación del café.

Solo eso.

Una frase correcta, contenida, cuidadosa.

Le dolió precisamente por eso.

Escribió:

Está estable. Le harán más pruebas.

Envió.

Marta respondió casi enseguida:

Me alegro de que esté estable.

Leo miró la pantalla.

Escribió:

Lo siento por irme así.

Borró.

Escribió:

Lo de antes…

Borró.

Escribió:

Gracias por venir.

No lo envió.

Guardó el móvil.

Al fondo del pasillo, una máquina de café zumbaba. El hospital seguía funcionando con su indiferencia exacta. Leo caminó hacia la ventana y miró la ciudad mojada. En algún lugar, Marta estaría llegando a su casa, o a la casa de David, o a un lugar que Leo no podía imaginar sin sentir una punzada. Quizá se quitaría el abrigo, dejaría las llaves en un cuenco, diría que la madre de Leo estaba estable. Quizá David le preguntaría cómo había ido. Quizá ella no sabría qué contestar.

Leo apoyó la frente en el cristal.

Esta vez el vaho no dibujó nada.

Solo lo empañó todo.

Al parecer, todo se mantenía en una caída progresiva: primero la madre, después el cansancio moral de Leo, la presencia suspendida de Marta y el inicio de la deriva.

Clara regresó con los ojos secos y la mandíbula tensa.

Traía dos cafés de máquina, uno en cada mano, y caminaba con cuidado para que no se derramaran, como si en aquel momento sostener dos vasos de plástico sin quemarse fuera la única tarea razonable del mundo. Le entregó uno a Leo sin mirarlo del todo. El café estaba tan caliente que el vapor le empañó la vista al acercarlo a la boca.

—He llamado al trabajo —dijo ella.

—¿Y?

—Mañana no voy.

—No hacía falta que…

Clara le lanzó una mirada.

Leo se calló.

Se quedaron junto a la ventana, los dos mirando hacia el aparcamiento de urgencias. Había una ambulancia detenida con las luces apagadas y la puerta trasera abierta. Un celador fumaba debajo del voladizo, con el cigarrillo escondido en la palma de la mano, como si fumara algo prohibido incluso fuera. La lluvia caía sobre los coches con una paciencia antigua. No llovía fuerte, pero todo estaba mojado: los techos, las aceras, los bordes amarillos pintados en el suelo, los hombros de la gente que entraba con prisa y salía con bolsas, recetas o silencios.

—No me has contado nada —dijo Clara.

Leo mantuvo la vista fuera.

—No era el momento.

—Nunca es el momento contigo.

—Clara.

—No. Déjame decirlo antes de que vuelva alguien con cara seria y tengamos que hacer como que somos personas funcionales.

Él bebió un sorbo y se quemó la lengua.

—¿Qué quieres saber?

Clara miró el café, no a él.

—Si Marta está bien.

La pregunta era sencilla. Eso la hacía imposible.

—No lo sé.

—Pero está viva.

—Sí.

—Y hablasteis.

—Sí.

—¿Te contó dónde estuvo?

Leo cerró los ojos un instante.

La casa.

Las ventanas.

La furgoneta.

Los ocho segundos.

—Algo.

Clara esperó.

Leo no siguió.

Ella asintió despacio, aceptando el límite aunque no le gustara.

—¿Está… muy rota?

Leo miró por fin a su hermana.

La expresión de Clara no tenía curiosidad. Tenía miedo. Marta no había sido solo la pareja de Leo. Había estado en su casa, en comidas familiares, en conversaciones de domingo, en bromas con Nerón, en tardes en las que Clara entraba sin avisar y encontraba a Marta estudiando con el pelo recogido, una taza fría a un lado y los pies subidos al sofá.

—No sé si esa palabra sirve —dijo Leo.

—¿Cuál?

—Rota.

Clara bajó la mirada.

—Ya.

Leo volvió al cristal.

—Es ella. Pero no es la misma. Y eso es una frase absurda porque nadie es el mismo después de dos años, supongo. Yo tampoco. Tú tampoco. Pero en ella se nota de otra forma. Como si hubiera aprendido a dejar una parte de sí fuera de la habitación antes de entrar.

Clara no dijo nada.

—Me contó cosas —continuó Leo—. No todas. No creo que pueda contarlas todas. No creo que deba. Pero estaba allí, Clara. Estaba delante de mí y yo… no sabía qué hacer con las manos. No sabía si pedirle perdón, si enfadarme, si abrazarla, si preguntarle por él.

—¿Por David?

Leo se detuvo un instante.

—Sí.

—¿Y?

—Es su marido.

Clara cerró los ojos.

—Joder.

Leo soltó una risa breve, sin alegría.

—Ese es el resumen técnico.

—¿Es majo?

La pregunta le salió a Clara con tal torpeza que Leo casi sonrió.

—No lo sé. Parece… correcto.

—Qué asco.

—¿Que parezca correcto?

—Sí. Sería más fácil si fuera un imbécil.

Leo asintió.

—Sí.

Durante unos segundos, esa pequeña crueldad compartida les permitió respirar. No porque desearan realmente que David fuera malo, sino porque la bondad de otros a veces deja menos espacio para el dolor propio. Un enemigo ordena el mundo. Una persona decente lo complica.

Clara apoyó el vaso sobre el alféizar.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué quieres?

Leo miró el pasillo.

La pregunta debería haber sido inmensa. Sin embargo, en ese momento le pareció infantil. Querer era lo que uno decía antes de que el mundo entrara con barro en las botas.

—Quiero que ama no tenga nada grave —dijo.

Clara lo miró, y por primera vez en toda la noche no insistió.

El médico volvió casi a medianoche.

No trajo una noticia, sino una espera más ordenada.

Eso hizo que pareciera peor.

Les explicó que su madre pasaría la noche en observación. Que la caída no preocupaba demasiado, que el golpe era leve, que la tensión había remontado. Pero las pruebas iniciales obligaban a mirar con más cuidado. Había anemia. Había inflamación. Había una imagen que no permitía concluir nada, pero tampoco ignorarlo. Había que ampliar estudio. Programar una prueba más completa. Citar con digestivo. Quizá oncología si procedía. El médico pronunció esa última palabra como quien deja un objeto delicado sobre una mesa.

Oncología.

No dijo cáncer.

No hizo falta.

Clara lo oyó primero con la cara. Se le retiró la sangre de las mejillas. Leo, en cambio, tardó más. La palabra entró en él con retraso, como un golpe que no duele hasta que alguien señala la herida.

—¿Está diciendo que puede ser un tumor? —preguntó.

El médico no desvió la mirada.

—Estoy diciendo que hay que descartarlo.

—Eso no es lo mismo.

—No.

—Pero tampoco no.

—Tampoco no.

Leo asintió despacio.

Agradeció la honestidad y la odió en el mismo movimiento.

Clara empezó a hacer preguntas prácticas: cuándo, dónde, si podía comer, si necesitaba ingreso, si había que avisar al médico de cabecera, si la prueba se podía adelantar. Leo la escuchaba como si la voz de su hermana viniera de otra sala. Él miraba la placa identificativa del médico, el borde de su bata, el bolígrafo que asomaba del bolsillo, una pequeña mancha de café junto a la manga. Detalles. Siempre detalles. Si miraba lo bastante cerca, podía no mirar lo grande.

Cuando el médico se fue, Clara se sentó.

No lloró.

Eso le dio más miedo a Leo.

—Voy a llamar a ama —dijo ella.

—Está dormida.

—Ya. Pero quiero estar haciendo algo.

—No puedes llamarla si está dentro.

—Entonces llamaré a nadie.

Clara se levantó y caminó hasta la máquina de agua. No bebió. Solo apoyó las manos en el borde y bajó la cabeza.

Leo quiso acercarse.

No lo hizo.

En otra época, cuando Clara era pequeña y se hacía daño en una rodilla, él la levantaba sin pensar, le limpiaba la herida, le decía que no era nada aunque hubiera sangre. Ahora su hermana era una mujer de veinte años, con ojeras, miedo y una madurez que él no había sabido evitarle. No había agua oxigenada para aquello. No había tirita. No había frase de hermano mayor que no sonara falsa.

Sacó el móvil.

El mensaje de Marta seguía allí.

Me alegro de que esté estable.

Leo lo leyó otra vez.

Y de pronto se enfadó.