CAPÍTULO 6 – LO QUE NO SE PUEDE ARREGLAR
El taxi olía a ambientador barato y tapicería húmeda.
Leo iba sentado en el asiento trasero con las manos juntas, los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos habían perdido color. Fuera, Bilbao pasaba en manchas de luz y lluvia: escaparates cerrados, pasos de cebra brillantes, paraguas inclinados contra el viento, farolas duplicadas en los charcos. El conductor no hablaba. De vez en cuando miraba por el retrovisor, no con curiosidad, sino con esa prudencia seca de quien ha llevado demasiada gente hacia hospitales como para saber cuándo una conversación sobra.
En el bolsillo, el móvil seguía caliente.
La llamada de Clara había terminado hacía apenas unos minutos, pero la voz de su hermana continuaba dentro de él, rota, urgente, infantil de pronto.
Ven al hospital. Es ama.
Leo apoyó la cabeza contra el cristal.
El frío le atravesó la sien.
Cerró los ojos.
Y, en lugar de ver a su madre, vio a Marta.
No quiso.
La vio igualmente.
Marta en el Café Lur, con la taza de té entre las manos, el abrigo oscuro, el pelo mojado en las sienes, la voz baja diciendo cosas que no podían caber en una tarde. Marta hablando de una casa extranjera, de ventanas hechas para mirar fuera sin poder salir, de un hombre que no gritaba, de una tarjeta dejada demasiado cerca, de una fuga medida en ocho segundos. Marta diciendo “no me fui” como quien deposita una verdad sobre una mesa y sabe que la verdad, por sí sola, no salva nada.
Después vio sus dedos.
La mano de ella girando despacio sobre la mesa.
El anillo rozándole la piel.
El casi beso.
El teléfono.
Leo abrió los ojos.
El taxi frenó en un semáforo.
Rojo.
Durante unos segundos no hubo más movimiento que los limpiaparabrisas cortando la lluvia de un lado a otro. El sonido, regular y cansado, le pareció insoportable.
Vaivén.
Vaivén.
Vaivén.
La ciudad seguía obedeciendo semáforos, turnos, carriles, horarios. Todo tenía una norma excepto lo que importaba.
Leo sacó el móvil.
Ningún mensaje nuevo de Clara.
Ningún mensaje de Marta.
Abrió el chat de Marta, el número nuevo, todavía sin conversación. El cursor parpadeó en blanco. Pensó en escribirle algo. No sobre el casi beso. No sobre el café. Algo mínimo.
He llegado.
No.
Todavía no había llegado.
Mi madre está en urgencias.
Demasiado.
Gracias por contarme.
Insuficiente.
Borró la pantalla sin haber escrito nada.
El semáforo cambió.
El taxi avanzó.
Cuando llegaron a urgencias, Leo pagó con tarjeta y salió tan rápido que casi olvidó cerrar la puerta. La lluvia le golpeó la cara. No abrió el paraguas. Cruzó la entrada con pasos largos, esquivando a una mujer que fumaba bajo el toldo y a un hombre que sostenía una bolsa de ropa contra el pecho.
Las puertas automáticas se abrieron.
El calor del hospital lo envolvió de golpe.
Desinfectante.
Café.
Cuerpos.
Miedo.
Ese olor tenía algo de regreso y de amenaza. Lo conocía por Marta, por su madre, por demasiadas esperas acumuladas. Pero aquella noche le pareció distinto, más limpio y más cruel, como si el edificio hubiera sido construido para recordarle que había cosas que ningún hombre podía reparar con las manos.
Clara estaba junto a una máquina expendedora, de pie, con el abrigo puesto y el pelo pegado a la cara. Tenía los ojos rojos. Al verlo, caminó hacia él y lo abrazó sin fuerza, como si el abrazo fuera más una forma de no caerse que de recibirlo.
—¿Dónde está? —preguntó Leo.
—Dentro. La están mirando.
—¿Qué ha pasado?
—Se mareó en casa. Dijo que no era nada. Luego se cayó en el baño.
Leo cerró los ojos.
—¿Se golpeó?
—Un poco. No mucho. Creo. No sé.
Clara hablaba rápido, desordenada, con esa culpa inmediata de quien ha estado allí y aun así siente que llegó tarde.
—La encontré sentada en el suelo. Decía que se había resbalado, pero no había agua. Leo, estaba blanca. Nunca la he visto así.
Leo miró hacia la puerta de triaje.
—¿Ha hablado con el médico?
—Una residente. Dijo que le harán analítica, electro, no sé qué más. Que esperemos.
Esperemos.
La palabra lo golpeó con una precisión cruel.
Leo pasó una mano por la cara.
Clara lo miró mejor entonces.
—¿Estás mojado?
—Está lloviendo.
—Ya, pero…
Se detuvo.
Lo observó como si hubiera recordado de pronto dónde había estado él antes de recibir la llamada.
—¿La viste?
Leo no respondió enseguida.
Clara tragó saliva.
—¿A Marta?
Él asintió.
—Sí.
—¿Y?
Leo miró hacia el pasillo.
Una enfermera pasó empujando una silla de ruedas vacía. Las ruedas chirriaron suavemente sobre el suelo brillante.
—Está viva —dijo.
Clara cerró los ojos.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. Ahora lo sé.
La diferencia se quedó entre los dos.
Clara bajó la vista.
—¿Hablasteis?
—Sí.
—¿Te contó?
Leo sintió la mano de Marta entre la suya.
El anillo.
La llamada.
—Algo.
Clara no preguntó más.
Quizá porque vio en su cara que no había espacio.
Se sentaron en una fila de sillas de plástico junto a una pared color crema. La televisión colgada en una esquina emitía un programa de cocina sin sonido. En la pantalla, unas manos decoraban un pastel con una precisión absurda. Leo miró esas manos y pensó en las de su madre doblando sábanas, etiquetando táperes, colocando medicamentos por días, sujetando durante años la casa con una autoridad silenciosa que él confundió demasiadas veces con invulnerabilidad.
—¿Cuándo la viste mal por primera vez? —preguntó.
Clara se encogió.
—No sé.
—Piénsalo.
—No me hables así.
Leo se detuvo.
—Perdón.
—No soy un parte técnico.
—Ya.
Clara respiró hondo.
—Llevaba semanas más cansada. Decía que era por el trabajo. Luego por la edad. Luego porque dormía mal. A veces no comía mucho. Yo le dije que fuera al médico.
—¿Y?
—Me dijo que tú necesitabas más que ella.
Leo se quedó inmóvil.
La culpa llegó sin ruido.
Una frase sencilla.
Tú necesitabas más que ella.
Vio a su madre entrando en el piso con comida. A su madre retirando carteles húmedos de la pared. A su madre diciéndole que siguiera vivo mientras buscaba. A su madre envejeciendo a un lado de su tragedia sin reclamar escenario.
—Joder —susurró.
Clara apoyó la cabeza contra la pared.
—No empieces.
—¿A qué?
—A convertirlo todo en culpa tuya.
Leo soltó una risa seca.
—Últimamente todo viene con esa instrucción.
—Porque no escuchas.
Él miró sus manos.
Todavía recordaban la mano de Marta.
Y ahora esperaban noticias de su madre.
El cuerpo era una memoria desordenada.
Un médico salió al cabo de cuarenta minutos.
No era mayor. Tendría poco más que Leo, quizá menos, con bata blanca, barba incipiente y expresión cuidadosamente neutra. Llamó por el apellido de su madre. Leo y Clara se levantaron a la vez.
—Está estable —dijo.
Estable.
Leo conocía esa palabra. Marta la habría usado. Su madre la habría usado. El médico la usaba como una manta fina sobre una cama demasiado fría.
—¿Qué significa estable? —preguntó Leo.
—Que ahora mismo no hay riesgo inmediato. Ha tenido una lipotimia con caída leve. El electro no muestra alteraciones importantes. La tensión estaba baja al llegar, pero ha remontado.
Clara cerró los ojos con alivio.
Leo no.
La cara del médico no había terminado.
—¿Pero? —preguntó.
El médico lo miró.
—En la analítica hay algunos valores que queremos estudiar mejor. Probablemente no estén relacionados directamente con el desmayo, pero conviene hacer más pruebas.
—¿Qué valores?
—Marcadores inflamatorios, anemia, algunos parámetros que no me gusta interpretar sin contexto. Vamos a solicitar imagen y repetir analítica.
—¿Imagen de qué?
—Abdominal inicialmente. Luego se valorará.
Clara miró a Leo.
Leo no apartó los ojos del médico.
—¿Sospechan algo?
El médico hizo una pausa mínima.
Demasiado mínima.
—Es pronto para hablar de sospechas.
—Eso es una respuesta de sospecha.
—Es una respuesta prudente.
Leo sintió que algo dentro de él buscaba una herramienta, un plano, una medición. Cualquier cosa que convertir en acción.
—Quiero verla.
—Ahora mismo están terminando. En unos minutos podrán pasar.
—¿Está consciente?
—Sí. Cansada, pero consciente.
—¿Ha preguntado por nosotros?
—Ha preguntado si Clara había llamado a Leo.
Clara se tapó la boca con una mano.
Leo bajó la vista.
Incluso desde una camilla, incluso después de caerse en el baño, su madre seguía comprobando que el mundo estuviera avisado en el orden correcto.
Cuando entraron, ella estaba recostada en una cama estrecha, con una manta hasta el pecho y una vía en el brazo. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y una pequeña marca rojiza en la sien. La luz del box le borraba color de la cara. Parecía más pequeña.
Eso fue lo que más le dolió a Leo.
No verla enferma.
Verla pequeña.
Su madre giró la cabeza al oír la cortina.
—Vaya dos caras —dijo—. Parece que la que se ha caído sois vosotros.
Clara rompió a llorar.
—Ama.
—Ay, no empieces, que me subes la tensión por pena.
Clara se acercó y le besó la frente.
Leo se quedó un paso atrás.
Su madre lo miró.
—¿Tú vas a saludar o vas a revisar la instalación del techo?
Leo levantó la vista por instinto.
Los fluorescentes zumbaban.
Ella sonrió apenas.
—Ves.
Leo se acercó.
Le tomó la mano con cuidado, evitando la vía.
—Nos has asustado.
—Exagerados.
—Te has caído en el baño.
—Me senté con poca elegancia.
Clara soltó una risa entre lágrimas.
Leo no pudo.
—El médico dice que hay que hacer más pruebas.
Su madre apartó la mirada.
Solo un segundo.
Pero él lo vio.
—Los médicos siempre quieren hacer más pruebas. Si por ellos fuera, nos desmontaban por piezas cada seis meses.
Leo apretó su mano.
—Ama.
Ella volvió a mirarlo.
—No empieces tú tampoco.
—¿Sabías que algo iba mal?
—Sabía que estaba cansada.
—Clara dice que llevas semanas.
—Clara habla demasiado.
—Ama.
La voz de Leo se endureció sin querer.
Su madre lo miró con esa autoridad antigua que ni la cama, ni la vía, ni la palidez conseguían quitarle.
—No me hables como si fuera una avería que acabas de detectar tarde.
La frase lo dejó sin respuesta.
Clara bajó la mirada.
La madre de Leo respiró despacio.
—Perdón —dijo después, más suave—. Estoy cansada.
Leo negó.
—No. Tienes razón.
Su madre lo observó con atención.
—¿La viste?
Leo sintió que Clara levantaba la vista.
—Sí.
—¿A Marta?