Ocho horas CAPÍTULO 5 – EL REENCUENTRO #5
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CAPÍTULO 5 – EL REENCUENTRO #5

Se miraron con una tristeza tan cargada de deseo que ninguno pudo sostenerla mucho tiempo. Leo sintió que el mundo entero se reducía a la presión mínima de sus dedos, al vapor muerto del té, al olor a café, a la lluvia pegada al cristal. No había respuestas suficientes para llevarlos a ese gesto. Y, sin embargo, allí estaban.

Marta susurró:

—Esto no está bien.

Leo respondió:

—Ya lo sé.

Ninguno soltó la mano.

—David…

—Lo sé.

—Leo.

—Lo sé.

Ella respiró antes de responder.

—No puedo hacerle daño.

—No quiero que lo hagas.

—Pero estás aquí.

—Sí.

—Y yo también.

La frase quedó abierta.

Marta miró sus manos unidas.

Luego a él.

Leo vio el momento exacto en que la distancia dejó de ser una decisión consciente. Se inclinaron apenas. Nada más. Un movimiento mínimo, casi imperceptible para cualquiera que mirara desde fuera. Pero dentro de ellos fue enorme. Años enteros se desplazaron unos centímetros.

Leo olió su perfume.

Muy leve.

Distinto al de antes.

Debajo, sin embargo, había algo suyo. Algo de piel, de lluvia, de hospital, de casa perdida.

Marta cerró los ojos.

Leo también.

Estaban a punto de besarse cuando sonó el teléfono.

No fue el suyo.

Fue el de Leo.

El sonido cortó el aire con una violencia vulgar, demasiado cotidiana para la magnitud de lo que interrumpía. Marta abrió los ojos de golpe y retiró la mano como si se hubiera quemado. Leo se quedó inmóvil un segundo, con el cuerpo inclinado hacia ella y la llamada vibrando sobre la mesa.

Miró la pantalla.

Clara.

El nombre brillaba insistente.

Marta también lo vio.

—Contesta —dijo.

La voz le salió baja, rota, pero firme.

Leo no se movió.

El teléfono siguió vibrando.

—Leo —repitió ella—. Contesta.

Él tomó el móvil con la mano torpe.

Deslizó el dedo.

—Clara.

Al otro lado no hubo saludo.

Solo la respiración de su hermana.

Y después:

—Leo, ven al hospital. Es ama.

El café desapareció.

Marta se incorporó despacio.

Leo se levantó tan rápido que la silla golpeó el suelo detrás de él.

—¿Qué ha pasado?

Clara lloraba, pero intentaba hablar claro.

—Se ha desmayado. Le están haciendo pruebas. No sé. Dicen que hay que esperar. Leo, ven.

La palabra esperar volvió con toda su crueldad antigua.

Leo cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, Marta estaba frente a él. Había recogido el bolso, pero no se había puesto el abrigo. Sus ojos le preguntaban algo que ninguno de los dos sabía formular.

—Tengo que irme —dijo él.

—Lo sé.

—Mi madre…

—Ve.

Leo metió el móvil en el bolsillo. Buscó dinero para pagar, pero las manos le fallaban. Marta sacó un billete y lo dejó sobre la mesa.

—Ya está.

—No.

—Leo, ve.

Él la miró.

Durante un segundo, el beso no dado siguió allí, flotando entre los dos como una tercera presencia. No podían tocarlo. No podían fingir que no existía. Tampoco podían llevarlo al hospital.

—¿Vienes? —preguntó él.

La pregunta salió antes de pensar.

Marta se quedó inmóvil.

Allí estaba todo otra vez: David, el anillo, la historia recién abierta, la madre de Leo, el lugar que ella había ocupado antes y que ya no sabía si podía ocupar ahora.

—No sé si debo —dijo.

Leo sintió que la respuesta le dolía y la entendía al mismo tiempo.

—Yo tampoco.

Marta cerró los ojos un instante.

Luego tomó el abrigo.

—Voy contigo hasta la puerta.

No era sí.

No era no.

Era lo que podía dar.

Salieron del café bajo la lluvia.

La campanilla sonó detrás de ellos, pequeña, indiferente. En la calle, el aire frío les golpeó la cara. Leo abrió el paraguas sin coordinar bien el movimiento. Marta se acercó apenas para quedar cubierta, y durante unos metros caminaron juntos bajo el mismo techo oscuro, sin tocarse.

La ciudad seguía viva alrededor.

Un autobús frenó junto a la acera.

Una bicicleta pasó salpicando agua.

Alguien cerró una persiana.

Leo caminaba rápido. Marta acompasó el paso.

En la esquina, él se detuvo para llamar un taxi.

Ella se quedó a su lado.

La lluvia golpeaba el paraguas con un sonido sordo.

—Leo —dijo.

Él la miró.

Marta tenía el pelo mojado en las sienes. Los ojos claros, cansados, abiertos con una mezcla imposible de miedo y ternura.

—Lo de antes…

No terminó.

Leo negó despacio.

—Ahora no.

Ella asintió.

—Ahora no.

El taxi apareció al otro lado de la calle.

Leo levantó la mano.

El coche se detuvo junto al bordillo.

Durante un instante, ninguno se movió.

—Te llamo —dijo él.

La frase sonó absurda después de todo.

Marta casi sonrió.

—Esta vez lo cogeré.

El dolor de la broma llegó tarde.

Leo abrió la puerta del taxi.

Antes de entrar, Marta le tocó el brazo.

No fue un abrazo.

No fue un beso.

Solo los dedos sobre la tela de su manga, una presión mínima.

—Espero que esté bien —dijo.

—Sí.

Leo quiso decir algo más.

No pudo.

Entró en el taxi.

Marta cerró la puerta desde fuera.

A través del cristal mojado, la vio quedarse en la acera, con el paraguas bajo, el abrigo abierto y la mano todavía a medio levantar. La lluvia deformó su figura enseguida. El coche arrancó.

Leo se volvió para mirarla por la luneta trasera.

Marta no se movió hasta que la esquina la borró.

Entonces Leo miró al frente, hacia el hospital, con el sabor del café frío en la boca, el eco de una confesión imposible en el pecho y la sensación física de que la vida acababa de interrumpirlos otra vez justo antes de que alguno de los dos pudiera cometer, o recibir, una verdad definitiva.