Ocho horas CAPÍTULO 5 – EL REENCUENTRO #4
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CAPÍTULO 5 – EL REENCUENTRO #4

Marta abrió los ojos.

—No he sabido qué hacer contigo dentro de mí.

—Pero necesito que entiendas algo —continuó Marta—. No sobreviví para volver a tu vida. Sobreviví porque, si no lo hacía, ellos ganaban también esa parte. Durante mucho tiempo pensé que regresar significaba encontrar el punto exacto donde todo se había roto y meterme otra vez allí, como si pudiera desandar el daño. Pero no se puede.

Leo no se movió.

—Yo tampoco soy la misma.

—Lo sé.

—No, no lo sabes todavía. Lo quieres saber, que no es igual. A veces me miras como si debajo de todo esto siguiera estando la Marta de aquella cena, esperando a que alguien quite el polvo de encima. Y hay partes de mí que siguen ahí, sí. Pero hay otras que no. Hay partes que se quedaron en sitios que no quiero nombrar. Y otras que he tenido que construir sin ti, sin David, sin nadie.

La palabra David pasó entre ellos sin ocuparlo todo.

—No te lo digo para alejarte —añadió ella—. Te lo digo porque si algún día volvemos a hablarnos de verdad, no puede ser desde la idea de que tú me encuentras y yo vuelvo. Yo también tengo que decidir si quiero entrar.

Leo se quedó sin aire.

Ella siguió, muy bajo:

—A veces eras lo único que me mantenía viva. A veces eras una culpa. A veces eras una casa a la que no podía volver. A veces eras una voz diciéndome que aguantara. A veces eras la prueba de que antes de aquello yo había sido otra persona.

Leo apoyó una mano sobre la mesa.

No la acercó a ella.

Solo la dejó allí.

—Yo te convertí en una pared —dijo.

Marta miró su mano.

—¿Qué?

—En mi casa. Puse tu cara en una pared. Mapas. Fechas. Pistas. Todo. A veces creo que si hubieras entrado, te habrías asustado de mí.

Marta levantó la vista.

—No.

—No lo sabes.

—Sí lo sé.

—No.

—Leo, yo viví en una casa donde todo estaba hecho para encerrarme. Sé distinguir una pared de una jaula.

Él no pudo responder.

Marta deslizó apenas los dedos sobre la mesa.

No llegó a tocarlo.

La distancia entre sus manos quedó reducida a unos centímetros.

—Tú no me encerraste —dijo—. Intentaste no perderme del todo.

Leo miró ese espacio mínimo entre ambos.

Podía tocarla.

No debía.

Podía.

No.

La campanilla sonó.

Los dos apartaron las manos a la vez, como culpables.

Entró una pareja joven riendo bajo un paraguas. El aire frío se coló un instante en el café. Marta recogió su taza, aunque ya no quedaba nada que beber. Leo miró hacia la puerta como si la interrupción hubiera evitado una caída.

—¿Y ahora? —preguntó él.

Marta lo miró.

—No lo sé.

—¿Vas a seguir con él?

Ella bajó la vista al anillo.

—No puedo contestarte eso hoy.

—No te he pedido que lo dejes.

—Pero una parte de ti sí.

Leo apretó los labios.

No mintió.

—Sí.

Marta agradeció la honestidad con una tristeza leve.

—Yo tampoco sé qué parte de mí ha venido hoy —dijo—. La que te debía una explicación. La que quería ver a Nerón. La que necesitaba saber si me odiabas. La que no ha dejado de pensar en aquella cena. No sé.

—No te odio.

—Ayer parecías odiarme un poco.

—Ayer no sabía dónde poner todo.

—¿Hoy sí?

Leo miró sus manos.

—No.

Marta asintió, como si esa respuesta fuera más segura que cualquier promesa.

El camarero empezó a bajar la intensidad de una de las luces del fondo. El café no cerraba todavía, pero la tarde había cambiado. Había menos gente. La lluvia seguía golpeando el cristal con paciencia. En la calle, las luces de los coches se alargaban sobre el asfalto.

Leo sacó el móvil.

No sabía por qué.

La pantalla estaba apagada.

Al tocarla, vio la hora.

17:37.

No era 05:37.

Pero el 37 estaba allí, como una astilla.

El dolor de cabeza regresó, leve.

Marta lo notó.

—¿Te duele?

—Un poco.

—¿Desde cuándo te pasa?

—Desde el accidente.

—¿Te hicieron pruebas?

—Sí.

—¿Y?

—Nada.

Ella lo miró con esa antigua expresión médica suya, la de preocuparse sin querer parecer alarmista.

Leo casi sonrió.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara sabe más que yo.

La frase era tan de antes que ambos quedaron un segundo suspendidos.

Leo la miró.

Marta también.

Algo cambió.

No fue una decisión.

Fue un descenso.

La conversación había abierto demasiadas puertas, había gastado demasiadas defensas. Ya no estaban en el café exactamente. Estaban en algún lugar entre la casa que perdieron y la vida que no podían recuperar. Marta tenía los ojos húmedos. Leo la veía más cerca de lo que estaba. La mesa parecía más pequeña. El ruido del local se alejó.

—Pensé que habías muerto —dijo ella.

Leo se quedó quieto.

—¿Cuándo?

—Cuando me dijeron lo del accidente. Antes de saber más. Durante un rato pensé que había apagado el móvil y tú te habías muerto mientras yo dormía.

La frase se quebró al final.

Leo no pensó.

Esta vez sí acercó la mano.

Tocó sus dedos.

Marta cerró los ojos.

No retiró la mano.

Leo sintió su piel fría.

La misma y no la misma.

—Estoy aquí —dijo él.

Marta abrió los ojos.

La frase parecía sencilla.

Pero en esa mesa tenía demasiados significados.

Estoy aquí.

No en Londres.

No en la pared.

No en el accidente.

No en la noche.

Aquí.

Ella giró la mano despacio, hasta que sus dedos quedaron entre los de él.

El anillo rozó la piel de Leo.

Ese contacto metálico fue una advertencia.

No la obedeció.

Marta tampoco.