Ocho horas CAPÍTULO 5 – EL REENCUENTRO #3
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CAPÍTULO 5 – EL REENCUENTRO #3

Sus dedos temblaron.

Leo lo vio.

Ella los escondió bajo la mesa.

—Después hay partes que no están limpias —dijo—. Olores. Plástico. Una mano en la boca. El suelo mojado. Alguien diciendo que no hiciera ruido. Luego nada.

Leo dejó de sentir las piernas.

Quiso tocarla.

No lo hizo.

—Desperté en un sitio que no conocía —continuó Marta—. No al principio. Al principio desperté y volví a dormir. O me durmieron. No sé. El tiempo allí no funcionaba como aquí.

Leo sintió un escalofrío.

El tiempo allí no funcionaba como aquí.

Ella no sabía lo que esa frase abría en él.

—¿Dónde? —preguntó.

Marta negó lentamente.

—No lo supe durante mucho tiempo.

—¿País?

—Después me dijeron uno. Luego otro. No sé si era verdad. Creo que primero cruzamos Francia. Después… este. Este de Europa. No quiero decir nombres si no estoy segura.

Leo asintió.

La parte técnica de su mente quería datos. Fechas. Rutas. Matrículas. Idiomas. Horas. Pero otra parte, más humana y más tardía, entendió que pedir precisión en una herida puede ser otra forma de herir.

Marta respiró hondo.

—Había otras chicas.

La frase cayó sobre la mesa sin hacer ruido.

Leo cerró los ojos.

—No tienes que…

—Sí tengo.

—No conmigo.

—Sobre todo contigo.

Él abrió los ojos.

Marta lo miraba ahora directamente.

—Si no lo digo, tú vas a imaginarlo todo. Y lo que imagines puede ser peor. O más fácil. No sé. Pero no será mío.

Leo asintió despacio.

Ella volvió a mirar su té.

—No voy a contarte detalles que no quiero tener otra vez en la boca.

—No te los estoy pidiendo.

—Ya.

Marta dejó escapar una respiración mínima.

—Me llevaron a una casa. No una casa normal. Una propiedad. Grande. Fría. Todo demasiado limpio. Había seguridad, cámaras, puertas que se cerraban con códigos. La primera vez que vi las ventanas pensé: son ventanas hechas para que uno mire fuera y recuerde que no puede salir.

Leo se quedó quieto.

Marta hablaba sin dramatismo. Eso era lo más terrible. No había énfasis. No había teatralidad. Cada frase parecía haber sido limpiada durante mucho tiempo hasta dejar solo lo que podía soportarse.

—El hombre que mandaba allí no gritaba —dijo—. Eso fue lo primero que me confundió. Yo esperaba gritos. Golpes. Amenazas claras. Algo que pudiera odiar de forma sencilla. Pero él era educado. Hablaba bajo. Vestía bien. Olía a una colonia carísima, de esas que se quedan en una habitación después de que alguien se va.

Leo apretó la mandíbula.

—No digas más si…

—Déjame.

Él calló.

—Tenía dinero. Muchísimo. Y esa clase de soledad enferma que algunos hombres confunden con derecho. No quería solo cuerpos. Eso ya lo tenía. Quería sentirse distinto. Quería que alguien lo mirara como si no fuera un monstruo.

Marta pasó un dedo por el borde de la taza.

—Y yo entendí eso.

Leo sintió que la frase era importante.

—¿Qué entendiste?

—Que no podía ganar por fuerza. Ni por rabia. Ni por pedir ayuda. Las chicas que gritaban recibían castigos. Las que se rendían desaparecían por dentro. Yo no era más valiente que ellas. Quiero que eso lo entiendas. No hice lo que hice porque fuera fuerte. Lo hice porque tenía miedo.

Leo la miró.

—El miedo también piensa —dijo ella—. A veces piensa mejor que una.

El camarero pasó cerca, retirando una taza de otra mesa. Ninguno de los dos se movió. El mundo alrededor había perdido nitidez. Solo quedaban Marta, su voz y el vapor ya casi inexistente del té.

—Empecé a escucharlo —dijo—. No como se escucha a alguien que importa. Como se estudia un mecanismo. Sus manías. Sus silencios. Sus frases repetidas. Lo que lo enfadaba. Lo que lo halagaba. Lo que necesitaba creer de sí mismo.

Leo pensó en un cuadro eléctrico abierto.

En cables.

En fallos.

En estructuras.

Odiaba que su mente hiciera esa comparación.

Marta continuó:

—Le hice creer que conmigo podía tener algo que no se compraba. Conversación. Calma. La sensación de ser elegido sin tocarme. Le dije, no así de claro, pero se lo hice creer, que los demás podían darle obediencia, miedo, deseo fingido, lo que quisiera. Pero que mi compañía valía más porque no era automática.

Leo sintió náuseas.

No por ella.

Por el mundo que había obligado a Marta a convertir su inteligencia en una cerradura.

—¿Y él…?

No pudo terminar.

Marta entendió.

—Nunca me acosté con él.

La frase salió firme.

No desafiante.

Firme.

Leo bajó la vista.

Sintió vergüenza por la pregunta que no había terminado y alivio por una respuesta que no tenía derecho a necesitar. Se odió por ese alivio. Luego se odió por odiarse en medio de la historia de ella.

Marta lo vio todo.

—No eres malo por preguntarte cosas horribles —dijo.

Leo levantó la mirada.

—No he preguntado.

—Pero lo pensaste.

Él no contestó.

—Yo también pensé cosas horribles —dijo ella—. Sobre mí. Sobre ti. Sobre si me buscarías. Sobre si seguirías con tu vida. Sobre si era injusto querer que no la siguieras.

Leo tragó saliva.

—Te busqué.

—Lo sé.

—No. Tú no viste la casa.

—No.

—No viste la pared.

—No.

—No viste a Nerón.

Marta cerró los ojos.

—No.

Leo respiró, intentando contener algo que no sabía si era reproche o necesidad de ser visto.

—Había días que pensaba que si dejaba de buscarte un solo día, ese sería justo el día en que aparecería la pista buena.

Marta abrió los ojos.

—Yo había días que pensaba que si dejaba de parecer útil un solo día, ese sería el día en que me sacarían de allí.

Las dos frases quedaron una frente a la otra.

Por primera vez, Leo entendió que sus prisiones habían sido distintas, pero ambas habían tenido reglas.

Él preso de buscar.

Ella presa de sobrevivir.

Marta tomó aire.

—Con el tiempo me dejó moverme más por la casa. No libre. Nunca libre. Pero sí menos vigilada en algunos momentos. Me pedía que leyera con él, que le tradujera cosas, que cenara cerca, que caminara por el jardín. Yo le hacía preguntas. No íntimas. No al principio. Preguntas que a un hombre así le permiten hablar de sí mismo sin sentir que se desnuda.

—Lo manipulaste.

Ella asintió.

—Sí.

—Bien.

Marta lo miró.

Fue la primera vez que algo parecido a una chispa cruzó sus ojos.

—Sí —dijo—. Bien.

La palabra los unió un segundo en una complicidad terrible.

—Un día dejó una tarjeta demasiado cerca —continuó—. No fue tan fácil como en las películas. No escapé corriendo por un bosque con música de fondo. Me equivoqué dos veces. Una casi me cuesta todo. Pero había aprendido sus horarios. Había aprendido qué guardia fumaba. Qué cámara tenía un ángulo muerto de 8 segundos cuando la puerta del garaje se abría del todo.

Leo sintió un escalofrío.

—¿Ocho?

Marta frunció apenas el ceño.

—Sí. Ocho segundos.

Leo se quedó mirándola.

Bip.

No.

El camarero golpeó una taza contra la barra.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Nada.

—Leo.

—Nada. Sigue.

Marta dudó, pero continuó.

—Salí por el garaje. Me escondí en la parte trasera de una furgoneta de servicio. No sabía adónde iba. Solo sabía que salía. Estuve horas sin moverme. Luego caminé. No sé cuánto. Un hombre mayor me encontró en una carretera. No hablábamos el mismo idioma. Me dio agua. Llamó a alguien. Luego vinieron otros. Policía, creo. O una organización. Hay partes borrosas.

Leo notó que ella empezaba a cansarse.

No de hablar.

De volver.

—No tienes que seguir hoy —dijo.

Marta lo miró como si no supiera si agradecerle o enfadarse.

—Si paro ahora, quizá no pueda empezar otra vez.

Leo asintió.

Ella bebió un sorbo de té ya frío y siguió.

—Volví a España con ayuda. No fue rápido. Ni limpio. Había declaraciones, médicos, preguntas, papeles. Me hicieron repetir cosas hasta que las palabras dejaron de parecer mías. Cuando por fin pude volver a Bilbao, pensé que tú estarías aquí.

La frase lo atravesó.

—No estaba.

—No.

—Estaba en Londres.

—Lo sé.

—Me fui porque pensé que no quedaba nada más que hacer.

Marta asintió.

—Y yo pensé que quizá habías tenido que hacerlo para sobrevivir.

Leo cerró los ojos.

—No sobreviví muy bien.

—Yo tampoco.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue reconocimiento.

Marta miró hacia la ventana.

—Pregunté por ti. Al principio no directamente. No podía. Me costaba incluso decir nombres. Luego me dijeron que te habías ido. Que habías estado buscándome mucho tiempo. Que Nerón estaba contigo. Que tu casa…

No terminó.

—Mi casa estaba enferma —dijo Leo.

Marta volvió a mirarlo.

—¿Quién te dijo eso?

Leo se quedó quieto.

Su madre.

Pero por un instante recordó otra voz. Marta, quizá. Lara, aunque Lara todavía no existía en su vida. Una mujer arquitecta mirando una habitación y diciendo que los espacios enferman cuando se les obliga a contener lo que nadie quiere ordenar. La imagen apareció y desapareció con una velocidad absurda: una mesa de planos, una mano con lápiz, una risa desconocida.

—Mi madre —dijo al fin.

Marta asintió.

—Yo también estaba enferma.

Leo quiso decir algo.

No lo hizo.

—David apareció después —dijo ella.

El nombre cambió el aire.

Leo lo sintió físicamente.

Marta también.

—No tienes que hablarme de él.

—Sí tengo.

—No sé si quiero.

—Lo sé.

Ella apoyó ambas manos sobre la mesa.

El anillo volvió a ser visible.

Leo lo miró y luego apartó los ojos.

—David no me salvó —dijo Marta—. Eso sería injusto. Nadie salva a nadie así. Pero estuvo cuando yo no sabía estar en ningún sitio. No preguntó más de lo que podía responder. No intentó tocarme cuando yo no soportaba que nadie se acercara. Me acompañó a declarar dos veces. Me esperaba fuera de terapia. Me traía comida y no se enfadaba si yo la dejaba entera.

Leo escuchó con el cuerpo cerrado.

—Es bueno —dijo.

Marta no lo dijo como defensa.

Lo dijo como una dificultad añadida.

—Me alegro —mintió Leo.

Ella bajó la mirada.

—No tienes que alegrarte.

—Entonces no me alegro.

Marta casi sonrió.

—Eso suena más a ti.

Leo sintió un dolor dulce, insoportable.

—¿Lo quieres?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Marta no respondió rápido.

Eso fue una respuesta parcial.

—Sí —dijo al fin—. De una forma.

Leo miró al suelo.

Notó que el café se le había enfriado por completo.

—¿Y a mí?

Marta cerró los ojos.

El silencio posterior fue tan largo que Leo se arrepintió de haber preguntado. Pero no retiró la pregunta. Ya no podía.