CAPÍTULO 5 – EL REENCUENTRO #2
No era ausencia de palabras. Era exceso de ellas. Había demasiadas frases posibles empujando desde dentro y ninguna podía salir sin romper algo. Leo apoyó las manos a ambos lados de la taza. Marta tenía los dedos entrelazados sobre la mesa, tan quietos que parecían ajenos.
—Has cambiado el pelo —dijo él.
En cuanto lo dijo, quiso desaparecer.
Marta parpadeó.
Después soltó una risa mínima, sin alegría pero tampoco sin ternura.
—Sí.
—Perdón. Es una estupidez.
—No. Es verdad.
—Antes lo llevabas más largo.
—Antes muchas cosas eran más largas.
Leo no supo si hablaba del pelo, de la vida, del camino de vuelta o del tiempo que los había separado.
—Te queda bien —dijo.
Marta lo miró.
Esa frase, por alguna razón, dolió.
—Gracias.
El camarero trajo el té. La taza era de vidrio transparente. El agua se tiñó lentamente alrededor de la bolsita, primero ámbar claro, luego oscuro. Marta observó el color como si le resultara más fácil mirar una infusión que mirarlo a él.
—¿Cómo está Nerón? —preguntó al fin.
La pregunta abrió una puerta distinta.
Leo no respondió rápido.
—Viejo —dijo.
Marta cerró los ojos un segundo.
—Ya.
—No mucho. No como para decir viejo viejo. Pero se le nota.
—¿La piel?
—Mejor algunos meses. Peor otros. Cambiamos el pienso cuando estuvimos en Londres. Le fue bien una temporada. Ahora vuelve a rascarse.
Marta apretó los dedos alrededor de la taza.
—¿Sigue con la pomada?
—Sí.
—La de avena no le hacía nada.
—Lo sé.
—La otra, la que olía fatal.
—Esa.
Marta sonrió.
Muy poco.
Pero sonrió.
Y durante ese segundo Leo vio a la Marta anterior, no completa, no intacta, pero sí como una luz que atravesara una cortina gruesa.
—Odiaba esa pomada —dijo ella.
—Él no. Él se dejaba hacer si luego le dabas pollo.
—Porque era un vendido.
—Sigue siéndolo.
Marta bajó la mirada, y la sonrisa se le deshizo con lentitud.
—Me reconocería?
Leo sintió que la pregunta se colocaba exactamente en el centro de la mesa.
—Ayer reconoció tu olor.
Ella levantó los ojos.
—¿Qué?
—Cuando volví a casa. Me olfateó la ropa. La mano. Se volvió loco un poco. Fue a la puerta.
Marta se llevó una mano a la boca.
No lloró.
Contuvo el llanto con una violencia silenciosa que Leo pudo ver en la garganta, en la mandíbula, en la forma en que cerró los ojos antes de que las lágrimas pudieran salir.
—Pensé en él todos los días —dijo.
La frase salió casi sin aire.
Leo no contestó.
Marta abrió los ojos.
—Sé cómo suena.
—No sabes cómo suena.
Ella lo miró.
—Suena a que pensé en un perro mientras tú me buscabas.
—No.
—Sí.
—No.
Leo apoyó los codos en la mesa.
—Suena a que estabas viva.
Marta bajó la vista.
La bolsita de té seguía soltando color.
—A veces eso no era exactamente una buena noticia —dijo.
Leo sintió que el cuerpo se le tensaba.
Ahí estaba.
La puerta.
No la abrió.
No todavía.
Marta tomó la taza, pero no bebió. El vapor le subió hacia la cara, suavizando por un instante los rasgos afilados. Leo observó una pequeña cicatriz cerca de la base del pulgar derecho. No la recordaba. Quizá era nueva. Quizá había estado siempre y él no la había mirado con suficiente atención antes de perderla.
—¿David sabe que estás aquí? —preguntó Leo.
No quiso hacerlo.
Lo hizo.
Marta dejó la taza.
—Sí.
—¿Sabe quién soy?
—Sí.
—Qué cómodo.
Ella sostuvo la mirada.
—Nada de esto es cómodo.
Leo apartó los ojos.
—Ya.
—No he venido a hacerte daño.
—Eso no depende solo de ti.
Marta recibió la frase sin defenderse.
—Lo sé.
Ese “lo sé” le molestó porque parecía haber aprendido demasiado bien a aceptar golpes.
Leo respiró hondo.
—Perdón.
—No me pidas perdón por estar enfadado.
—No sé estar enfadado contigo.
Ella lo miró como si esa frase tocara algo antiguo.
—Antes sí sabías.
—Antes no habías desaparecido.
Marta cerró los dedos alrededor de la taza.
—No desaparecí porque quisiera.
El silencio posterior fue distinto.
Ya no era espera.
Era borde.
Leo lo sintió: estaban al límite de algo. Una frase más y caerían dentro.
El local seguía funcionando alrededor. La pareja mayor se levantó despacio junto a la ventana. El camarero limpió una mesa. Una máquina soltó vapor detrás de la barra. Alguien rió en la calle. La vida ajena mantenía su ritmo obsceno, incapaz de percibir que en una mesa del fondo dos personas estaban intentando entrar en años que no podían contarse sin romper la tarde.
—Dijiste eso ayer —dijo Leo—. “No me fui.”
Marta bajó la cabeza.
—Sí.
—Necesito entenderlo.
Ella soltó el aire despacio.
—No sé si puedo contarlo bien.
—No necesito que lo cuentes bien.
—Sí lo necesitas.
Leo no supo qué decir.
Marta miró el té.
—Necesitas una historia con principio, centro y final. Necesitas saber dónde falló todo, en qué punto exacto, quién hizo qué, quién pudo evitarlo. Siempre has sido así.
Él la miró.
No había reproche en su voz.
Eso lo hizo peor.
—¿Y eso está mal?
—No. A veces me salvaba. Cuando la lavadora sonaba raro, cuando Nerón se rascaba demasiado, cuando yo decía que no podía más y tú empezabas a ordenar el mundo alrededor para que pareciera menos grande.
Leo tragó saliva.
—No lo ordené muy bien.
Marta lo miró con una ternura tan triste que casi le pidió que no lo hiciera.
—No era tuyo arreglarlo.
—Eso decís todos.
—Porque es verdad.
—La verdad no siempre sirve.
Marta apartó la mirada hacia la ventana.
La lluvia había aumentado. Las gotas corrían por el cristal en líneas torcidas, deformando la calle. Al otro lado, un hombre con paraguas esperaba junto a un semáforo. Una mujer cruzó con una bolsa roja. La tarde parecía la misma de tantos años atrás. Bilbao tenía esa crueldad: podía conservar la atmósfera exacta de una pérdida y ofrecerla de nuevo, intacta, como si nada hubiera aprendido.
—Aquella noche —empezó Marta.
Leo dejó de moverse.
Ella no lo miraba.
—Después de que te fueras, recogí la mesa.
La escena entró en Leo con una precisión dolorosa.
Los platos.
Las velas.
Los girasoles.
La copa de vino de él a medio terminar.
—Habías dejado la carne perfecta —dijo ella.
Leo bajó la mirada.
—Se enfrió.
—Sí.
Marta sonrió apenas, con una tristeza doméstica, casi absurda.
—La guardé. La pasta también. Pensé que cuando volvieras te daría hambre.
Leo cerró los ojos.
No tardo.
—Luego estudié un rato —continuó ella—. O lo intenté. El móvil no paraba. Laura, Ane, Nerea. Audios. Dudas del examen. Mensajes del hospital. No podía más.
Leo abrió los ojos.
Marta tenía la mirada fija en la calle, pero no estaba mirando la calle.
—Lo puse en modo avión.
La frase fue suave.
Casi inofensiva.
Leo no entendió al principio por qué le produjo frío.
—¿El móvil?
Ella no respondió.
—Solo quería silencio.
Leo recordó sus llamadas. Los mensajes sin entregar. La voz automática. Marta no disponible. Marta no disponible. Marta no disponible.
—Yo te llamé.
—Lo sé.
—Muchas veces.
—Lo sé.
—No lo sabías entonces.
Marta cerró los ojos.
—No.
Leo se recostó en la silla.
—Sigue.
Ella respiró.
—Me quedé dormida en el sofá. No mucho. Me despertó un trueno. O algo. Nerón estaba en la puerta.
Leo sintió que la realidad se tensaba alrededor de esa imagen.
Nerón en la puerta.
Otra vez.
—Pensé que eras tú —dijo ella—. Abrí. No había nadie.
La mano de Leo apretó la taza hasta que le dolieron los dedos.
—Después me fui a trabajar. Por la mañana. Tenía turno. El móvil seguía en modo avión. Pensé en quitarlo, pero… no sé. No quería que entrara todo. Estaba cansada. Pensé que tú estarías de guardia, o en el depósito, o dormido en alguna parte. Pensé que luego.
Marta pronunció esa palabra con una amargura tranquila.
Luego.
Leo no dijo nada.
—El día se complicó. Me quedé más horas. Después otra noche. No sé explicarte bien cómo pasa eso. El hospital te traga y tú dejas que te trague porque al menos allí todo tiene un orden.
—¿Cuánto tiempo?
Marta lo miró.
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo tuviste el móvil en modo avión?
Ella bajó la vista.
—Dos días.
Leo sintió un golpe en el pecho.
No era rabia limpia.
Era algo más confuso.
Durante dos días, él había estado buscándola. O no. En esa realidad, dentro de esa versión, la línea era imposible. El accidente, el hospital, Juan muerto, Marta ausente, las llamadas. La cronología de su dolor tenía bordes que a veces se superponían, pero la emoción era clara: él la había necesitado y ella había estado detrás de un icono pequeño, invisible.
Marta lo vio.
—Lo sé.
—No digas eso.
—Es que lo sé.
—No puedes saberlo todo.
—No. Pero sé eso.
—¿Y después?
Ella tragó saliva.
—Después quité el modo avión.
Leo esperó.
Marta tomó la taza con ambas manos, buscando calor.
—Tenía llamadas. Mensajes. De Clara. De tu madre. De números que no conocía. Pensé que era por ti. Que te había pasado algo.
Leo se quedó inmóvil.
—¿Por mí?
—Sí.
—Pero yo…
Se detuvo.
En lo que recordaba de aquel primer despertar, era él quien buscaba a Marta, quien volvía a casa. Pero ahora Marta estaba contando otra línea, una en la que ella creía recibir noticias de él. La realidad del coma se doblaba sobre sí misma, generando versiones que no encajaban del todo. Leo sintió un dolor de cabeza leve, apenas un aviso.
Bip.
No.
La máquina del café.
—Sigue —dijo.
Marta lo observó unos segundos, como si hubiera visto algo raro en su cara.
—Me dijeron que habías tenido un accidente. Que estabas en el hospital.
Leo no respiró.
—¿Quién?
—Clara. Luego tu madre. Yo… fui.
—¿Fuiste?
—Sí.
—¿Y?
Marta cerró los ojos.
La siguiente parte no salió enseguida.
Cuando habló, la voz le cambió. Se volvió más baja. Más seca. Como si dejara de narrar y empezara a atravesar.
—No llegué.
Leo no entendió.
—¿Cómo que no llegaste?
Marta abrió los ojos.
—Salí del hospital donde trabajaba. Iba al tuyo. Llovía. Pedí un taxi, pero no había. Caminé hasta la avenida. Me acuerdo de un semáforo rojo. Me acuerdo de que me pareció larguísimo. Me acuerdo de pensar: qué estupidez, enfadarse con un semáforo.
Leo notó que tenía la boca seca.
—Marta.
Ella no se detuvo.
—Crucé. Había una furgoneta blanca aparcada unos metros más adelante. No le di importancia. ¿Por qué iba a dársela? La ciudad está llena de furgonetas. Alguien me preguntó algo desde atrás. Creo que mi nombre. O quizá no. Me giré.