CAPÍTULO 5 – EL REENCUENTRO
Leo llegó cuarenta y siete minutos antes.
No lo había decidido. No salió de casa pensando: voy a llegar demasiado pronto, voy a sentarme a esperar como un idiota, voy a darle al tiempo la oportunidad de triturarme despacio. Simplemente caminó demasiado rápido. O quizá la ciudad se contrajo bajo sus pies. Cuando se quiso dar cuenta, estaba frente al Café Lur con el papel de Marta doblado dentro del bolsillo de la camisa y una humedad fría pegada al cuello.
El local ocupaba la esquina de una calle estrecha, no muy lejos del Casco Viejo, en una zona donde Bilbao parecía hablar en voz baja. La fachada era de madera oscura, algo gastada por la lluvia, con unas letras blancas pintadas a mano que habían empezado a desconcharse por los bordes. En la puerta, una campanilla pequeña temblaba cada vez que alguien entraba o salía. Junto al cristal, varias mesas redondas esperaban bajo una luz cálida que no terminaba de vencer el gris de la tarde.
Leo se quedó unos segundos en la acera.
Había pasado por allí muchas veces con Marta.
Nunca habían entrado.
Una tarde, años atrás, ella se detuvo frente al escaparate, con Nerón tirando de la correa hacia una papelera y Leo cargando una bolsa de pan, tomates y no recordaba qué más. Marta miró el interior, las tazas, las lámparas bajas, las personas leyendo o hablando sin prisa, y dijo:
—Algún día tenemos que entrar aquí.
Leo respondió algo estúpido. Algo práctico. Que iban con el perro. Que no tenía terraza. Que ya harían. Que otro día.
Otro día.
La forma más educada que tiene la vida de mentir.
Ahora estaba allí.
Sin Marta.
O con Marta a punto de llegar.
No sabía cuál de las dos cosas daba más miedo.
Miró el reloj.
16:13.
A las cinco.
Podía dar una vuelta. Podía caminar hasta el río, comprar tabaco aunque no fumara, llamar a Clara, entrar en una tienda, hacer tiempo. Pero se conocía demasiado bien. Si se alejaba, volvería al cabo de tres minutos con la sensación absurda de que Marta podría haber llegado antes y haberse ido al no encontrarlo.
Así que entró.
La campanilla sonó con un tintineo breve, casi íntimo. El interior olía a café molido, madera húmeda y bollería recién calentada. No era un olor espectacular. Era mejor que eso. Era un olor de refugio, de conversaciones que no necesitaban levantar la voz, de manos alrededor de una taza, de gente que entraba para retrasar un poco el regreso a la calle.
Había cuatro mesas ocupadas. Una pareja mayor compartía una tostada junto a la ventana. Un hombre leía el periódico con una lupa pequeña. Dos chicas subrayaban apuntes en una mesa del fondo, rodeadas de bolígrafos de colores y vasos de agua. Leo apartó la mirada al ver los apuntes. Durante un segundo vio a Marta inclinada sobre su libro de inmunología, con el pelo recogido de cualquier manera y el labio inferior atrapado entre los dientes.
El camarero, un chico joven con barba corta y una camiseta negra, levantó la vista desde la barra.
—Buenas.
—Buenas.
Leo eligió una mesa junto al cristal, pero no demasiado expuesta. Desde allí podía ver la puerta, la calle y el reflejo parcial del local en la ventana. Se sentó de espaldas a la pared. Vieja costumbre de los meses de búsqueda. O quizá de la culpa. No quería que nada ocurriera fuera de su campo de visión.
—¿Qué te pongo? —preguntó el camarero.
Leo tardó en responder.
—Café solo.
—¿Algo más?
Miró la vitrina. Croissants, bizcocho, tostadas, una tarta de queso cubierta con una campana de cristal. Había una bandeja de pequeñas palmeras de chocolate. Marta las odiaba y las compraba igual cuando estaba triste.
—No.
El camarero asintió y se fue.
Leo sacó el papel del bolsillo.
No necesitaba leerlo. Ya conocía cada línea. Café Lur. A las cinco. El número. La letra. Aun así, lo abrió sobre la mesa y lo alisó con dos dedos, como si tuviera miedo de que la cita pudiera borrarse antes de cumplirse. La tinta azul parecía más oscura bajo la luz amarilla del local.
Guardó el papel cuando llegó el café.
La taza era blanca, con el borde un poco desgastado. El plato tenía una pequeña grieta junto al centro. El camarero dejó un azucarillo y una cucharilla.
—Aquí tienes.
—Gracias.
Leo no tomó azúcar.
Removió el café igualmente.
La cucharilla chocó contra la cerámica con un sonido pequeño, repetido, demasiado claro.
Tic.
Tic.
Tic.
La dejó quieta.
Miró la puerta.
16:19.
La espera empezó a deformar las cosas.
Cada mujer que pasaba junto al cristal le tensaba el cuerpo. Cada vez que la campanilla sonaba, levantaba la mirada con una violencia interior que intentaba disimular bajando después los ojos al café. A las 16:26 entró una madre con un niño. A las 16:31, un repartidor dejó una caja en la barra. A las 16:38, las dos chicas de los apuntes recogieron sus cosas, una de ellas con la carpeta apretada contra el pecho y los ojos rojos de estudiar más de la cuenta. Leo pensó en Marta otra vez. Marta antes de todo. Marta agotada. Marta con el pijama de cuadros. Marta diciendo “solo media hora más”. Marta cerrando el libro porque él le insistía. Marta viva en una casa donde ninguno sabía todavía que la normalidad era una forma de lujo.
Bebió un sorbo.
El café estaba demasiado caliente.
Le quemó la lengua.
No pidió agua.
Fuera empezó a llover con más claridad. No una tormenta. Una lluvia fina, vertical, casi educada, que llenó el cristal de líneas delgadas. El reflejo de Leo apareció superpuesto a la calle: la barba recortada de aquella mañana, las ojeras, la camisa que había elegido y cambiado tres veces, el pelo algo húmedo por no haber querido abrir el paraguas. Se vio a sí mismo como podría verlo Marta. No joven. No viejo. No entero. Un hombre esperando una explicación con una taza delante y demasiadas versiones de sí mismo acumuladas en los hombros.
Pensó en irse.
No porque quisiera.
Porque el cuerpo, a veces, intenta huir justo cuando más ha deseado llegar.
El móvil vibró.
Leo lo sacó demasiado rápido.
Clara.
No contestó.
El mensaje apareció en pantalla.
¿Estás ya?
Leo escribió:
Sí.
Clara respondió:
No la atosigues.
Leo miró el mensaje.
Sintió una irritación inmediata, injusta, fraternal.
Escribió:
No soy idiota.
No lo envió.
Lo borró.
Respondió:
Lo sé.
Clara mandó otro mensaje.
Y no te rompas antes de escuchar.
Leo dejó el móvil boca abajo.
Miró la puerta.
16:47.
El tiempo empezó a ir más despacio a partir de ahí.
A las 16:51, el camarero le preguntó si quería otro café. Leo dijo que no y luego cambió de opinión.
—Sí. Perdón. Otro.
El chico no comentó que apenas había tocado el primero.
A las 16:56, Leo fue al baño, más por hacer algo que por necesidad. Se lavó las manos. El agua fría le golpeó los dedos. En el espejo pequeño, mal iluminado, su cara parecía más dura. Se secó con papel. Observó un cartel pegado junto al lavabo: “Por favor, deje el baño como le gustaría encontrarlo.” Pensó que había frases capaces de sobrevivir en cualquier contexto. La gente pidiendo orden incluso dentro de la ruina.
Cuando volvió a la mesa, todavía no estaba.
16:59.
Se sentó.
La campanilla sonó a las 17:03.
Leo no levantó la vista enseguida.
No pudo.
Primero vio su reflejo en el cristal cambiar, como si alguien hubiera movido una sombra detrás de él. Después, en el vidrio, apareció una figura borrosa junto a la puerta. Abrigo oscuro. Pelo recogido. Un paraguas cerrado en la mano. La luz del local rodeándole los hombros.
Leo bajó la mirada al café.
Respiró.
Una vez.
Dos.
Luego miró.
Marta estaba allí.
No entró del todo al principio. Se quedó junto a la puerta, como hacen las personas que llegan a un lugar y descubren que no han calculado bien el peso de lo que ocurre dentro. Cerró el paraguas con torpeza, lo sostuvo unos segundos sin saber dónde dejarlo y miró alrededor hasta encontrarlo.
Cuando sus ojos se encontraron, ninguno sonrió.
Eso fue lo más honesto.
El camarero dijo algo desde la barra. Marta respondió con un gesto, quizá pidió un minuto, quizá solo pidió permiso para existir allí. Luego caminó hacia la mesa.
Leo se levantó.
La silla rozó el suelo con un ruido áspero.
Marta se detuvo a medio metro.
Durante un segundo pareció que iban a abrazarse. Sus cuerpos recordaron antes que ellos. Leo lo notó en el movimiento mínimo de ella, en la inclinación de sus hombros, en la forma en que su mano derecha dejó de sujetar el paraguas con firmeza. También él dio una fracción de paso. Pero entre ambos apareció algo invisible: los años, David, la calle del hospital, la palabra marido, la imagen borrosa de un país extranjero, el salón lleno de carteles, el hecho brutal de que no sabían qué derecho tenían ya sobre el cuerpo del otro.
No se abrazaron.
—Hola —dijo Marta.
Leo guardó silencio.
—Hola.
Se sentaron.
El gesto de tomar asiento fue casi ridículo por lo cotidiano. Después de dos años de búsqueda, desaparición, policía, mapas, Londres y fotografías imposibles, los dos estaban allí, ajustando sillas, dejando objetos sobre la mesa, evitando chocar las rodillas.
Marta colocó el paraguas junto a la pared y dejó el bolso en una silla vacía. Llevaba un abrigo gris oscuro, sencillo, con el cuello levantado. Debajo, un jersey azul pálido. No llevaba gafas de sol. Leo pudo verle bien los ojos. Estaban más cansados que en su recuerdo. No solo por sueño. Había en ellos una vigilancia nueva, una forma de medir el espacio antes de habitarlo.
Él intentó no mirar el anillo.
Lo miró.
Marta se dio cuenta.
Movió la mano izquierda hacia el regazo.
No de forma brusca.
Pero lo suficiente.
—Perdón —dijo Leo.
—No tienes que pedir perdón por mirar.
—No sé por qué cosas tengo que pedir perdón.
Marta bajó la vista.
—Yo tampoco.
El camarero se acercó.
—¿Qué va a tomar?
Marta tardó en salir de donde estuviera.
—Un té negro, por favor.
—¿Con leche?
—No.
—¿Algo más?
Ella miró la vitrina. Durante un instante sus ojos se detuvieron en las palmeras de chocolate.
Leo también las miró.
—No —dijo ella.
El camarero se fue.
El silencio quedó entre ellos con una presencia casi material.